Llueva o truene 5. Sebastian
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5. Sebastian

Sebastian

@Nate el Magnífico

Seb se ha encontrado con Quincy en el súper

@Supercoop

Y la Tierra sigue girando? Increíble

Qué tal ha ido?

Me ha dicho que tenía un ego exagerado

Y yo le he dicho que debía de pensar mucho en mí cuando no estaba aquí

El juego acaba de empezar, chicos

—Admitidlo. —Cooper sirve un cucharón de chili en un cuenco de poliestireno. Gira el plato, lo inspecciona y retira un trocito rebelde de cebolla picada—. Esto es divertidísimo.

—¿Te parece divertido estar de pie frente a un hornillo portátil con treinta y cinco grados de temperatura?

—Nate se abanica la cara. Frunce el ceño, coge la botella de agua y se bebe la mitad de un solo trago—.

Yo trabajo delante de un horno todos los días y estoy a punto de sufrir un golpe de calor. Esta ha sido una idea pésima.

—¿Qué crees que es peor? —le pregunto—. ¿Lo del fuego, o tener que hablar con todo el mundo y fingir que te lo estás pasando bien?

—Lo de la gente. La señora Johnson, una de las clientas habituales del invernadero, se ha pasado por aquí hace diez minutos.

Me ha hecho un interrogatorio y me ha preguntado si pensaba sentar la cabeza algún día o si un ramo de coreopsis iba a hacer la elegía en mi funeral, porque a este paso iba a morir solo.

—Pronto volverás con tus plantas, aunque a ninguno de los dos os vendría mal un poco de espíritu comunitario.

—Cooper señala el parque de la ciudad, repleto de gente.

Saluda con la mano a alguien que está sentado en una silla plegable sobre el césped y se ajusta el delantal que lleva atado al cuello hasta que los cordones forman un lazo perfecto—.

Sebby vive en una ciudad de ocho millones de habitantes.

Últimamente no tiene mucho contacto con la gente.

—Venga ya. Tenemos espíritu comunitario a raudales. —Espolvoreo queso rallado en el bol que Coop ha servido y hundo en él una cuchara, orgulloso de mi contribución al trabajo en equipo—. Aunque en Manhattan no hay muchas actividades que impliquen estar delante del fuego.

—Cierto. —Coop corona el plato con una rodaja de lima y le da el visto bueno a la presentación—. Pero ahora estás con tus mejores amigos. Y no hay nada mejor que eso, ¿no?

—Pero qué monos sois. —La voz de Mia resuena en mis oídos cuando se presenta en nuestra mesa con los dedos manchados de tinta y los rizos recogidos—.

Los tres juntos tenéis todas las papeletas para cagarla y, por lo que tengo entendido, vais por ese camino.

¿Acabas de llegar y ya te dedicas a acosar a mi mejor amiga en el supermercado, Seb? Ya te vale.

—¿Quién ha acosado a nadie? Me la he encontrado por casualidad en un sitio público. Que yo sepa, eso no es ilegal. Y no ha sido nada más llegar. Ya había desayunado. —Le sonrío a mi hermana, que pone los ojos en blanco—. ¿Qué haces aquí?

—Ayudar a las chicas a daros una paliza en el concurso de cocina.

Señala hacia el otro lado del parque, y por primera vez echo un vistazo más allá de las mantas de pícnic llenas de tablas de embutidos y del grupo musical que está tocando en el pequeño escenario.

También es la primera vez que me fijo en Quincy, que se ha recogido el cabello oscuro en un moño en lo alto de la cabeza.

Lleva unos pantalones vaqueros cortos sobre la piel bronceada y unas largas hebras de tela vaquera le rozan la parte superior de los muslos.

Aparto la mirada de su vientre y del pedacito de piel que le asoma por debajo del dobladillo de la camiseta porque sé que, si me pillan mirándola fijamente, puedo acabar con un plato de chili en la cara.

Para distraerme cojo el cuchillo que Cooper ha sacado y corto una lima por la mitad.

Es mejor que prestar atención a lo que está pasando allí.

A cómo Quincy habla con la gente que se acerca a su mesa, señala el cielo y luego los árboles.

A cómo se ríe de algo que le está contando Harlow y sus hombros se agitan por una broma que no puedo oír.

Corto una segunda lima y luego una tercera, evitando levantar la vista hasta que acabo con un ejército de cítricos delante de mí.

—¿Por qué estás tan rojo? —me pregunta Cooper alarmado, tocándome las mejillas—. ¿Te encuentras mal? Mierda. ¿Eres alérgico a algún ingrediente del chili?

—Estoy perfectamente. Al que se le ha ocurrido organizar este concurso de cocina cuando la temperatura en Florida es comparable a la de las profundidades del infierno es gilipollas —digo.

—Espero que no te quejes en mi boda el verano que viene.

—Mia frunce el ceño. A Cooper se le cae sobre la mesa la tapa metálica de la olla que tiene en la mano y murmura una disculpa antes de ponerse a buscar un rollo de papel de cocina—.

La única fecha en la que los jardines estaban disponibles era en julio.

—Porque a nadie en su sano juicio se le ocurriría casarse al aire libre en Florida en julio.

—Vuelvo a mirar disimuladamente hacia el otro lado del parque y veo a un tío que lleva un polo por dentro de unos pantalones chinos cortos merodeando por la mesa de Quincy.

Salta a la vista que está intentando entablar conversación con ella mientras esta reparte los cuencos de comida, y se marcha después de que le dé una servilleta—.

No pienso mencionar las probabilidades que hay de que llueva el día de tu boda, estadísticamente hablando.

—Te tomo la palabra y me vuelvo con las chicas. Ahí os quedáis. —Mia da media vuelta y se despide de los tres con la mano—. Espero que perdáis.

—Dale recuerdos a Quincy —le grito—. Y pregúntale cuándo va a dejar de pensar en mí.

—¿Conoces a Quincy? —El hombre del polo toma el relevo de Mia en nuestra mesa y me pregunto cómo coño ha podido ser tan rápido.

Parece un poco nervioso y la urgencia con la que me hace la pregunta no me gusta nada—.

Soy físico en la Universidad de Florida Central y llevo años siguiendo su trabajo. Es buenísima, ¿verdad?

—¿Quincy? Es… —Dejo la frase en el aire y vuelvo a fijarme en su mesa.

Esta vez es ella la que me está mirando.

Con los ojos entornados y una mano en la cadera.

Esboza una sonrisa y yo echo los hombros hacia atrás—.

Lo siento, tío. No quiero ser aguafiestas, pero Quincy es un poco…

¿cómo podría decirlo sin que resulte incómodo?

Ya sabes que le encanta la meteorología, ¿no?

—Sí. —El hombre se balancea hacia delante sobre las puntas de los pies y se acerca un poco más—. He visto su programa. Es increíble cómo consigue que la cizalladura del viento resulte interesante.

—El problema es que le gusta demasiado.

—No lo pillo.

—Le gusta tanto que le pone. Tornados. Tsunamis. El calentamiento global. Es lo que visualiza cuando… ya sabes.

El tío frunce la nariz. Retrocede y se seca el sudor de la frente con la manga.

—¿En la cama?

—Exacto.

—Soy bastante abierto de mente, pero eso no me va mucho. ¿Es que le gustaría…? ¿Le gustaría montárselo con un tornado?

—Eso parece. No todos podemos ser perfectos. —Cojo un plato de chili y se lo ofrezco—. Lo siento, tío.

—Gracias por avisarme. Tornados. Vaya. —El tipo niega con la cabeza y da media vuelta para ir en dirección contraria a la mesa de Quincy. La servilleta que ella le ha dado acaba en la papelera. Estoy encantado de la vida—. Nunca lo habría imaginado.

Cuando Quincy cruza otra mirada conmigo, la saludo sarcásticamente con la mano. Ella me responde dedicándome una peineta con un orgulloso movimiento de muñeca, y, de repente, estar ahí fuera pasando calor me parece muchísimo más divertido.

Tres horas más tarde, cuando ya tengo la nuca achicharrada por el sol, Cooper se quita el delantal y lo deja encima de la mesa.

—¿Te importa recoger? Tengo que ir al parque de bomberos a hacer otro turno. —Desenrolla una funda de cuchillos digna de un chef con varias estrellas Michelin y señala tres compartimentos vacíos—. Los cuchillos van aquí. Puedes dejar todo lo demás en el fregadero de mi casa. Luego lo lavo.

—Me estás dejando vivir contigo por el morro, qué menos que ocuparme de limpiar y fregar los platos.

Qué coño. Lo haría aunque tuviera que pagarte el alquiler.

Tengo un techo sobre mi cabeza. No me veo obligado a compartir casa con mi hermana ni con mi madre.

Y gracias a ti hemos ganado el primer premio en el concurso de cocina.

Todo son ventajas. —Me quito el delantal y apago el hornillo portátil.

El aire que me rodea se refresca al instante y exhalo un profundo suspiro al sentir la brisa de junio.

Nate ha hecho bien en escabullirse. No le habría hecho ninguna gracia tener que recoger el premio—.

¿Desde cuándo te gusta cocinar? A los veinte años nos alimentábamos a base de comida rápida.

—Eso era antes de que se me ralentizara el metabolismo. Ya no puedo comerme diez burritos del Taco Bell.

—Qué pena, ¿verdad?

—Pues sí. Cocinar me entretiene cuando no tengo tarea en el parque de bomberos y así los chicos más jóvenes no me hacen participar en sus vídeos. Ya sabes lo discreto que soy y ellos no paran de subir publicaciones a las redes sociales.

—El año que salgas en el calendario de los bomberos va a ser el momento más memorable de mi vida. Espero que estés sosteniendo una camada de gatitos cuando poses sin camiseta.

—Qué gilipollas. —Cooper se pone rojo como un tomate y sonríe al ver a mi hermana, que viene hacia nosotros agitando unas llaves—. Mia me va a acercar al parque de bomberos para que puedas irte en mi coche a casa. Volveré mañana, a lo largo del día.

—Te voy a echar de menos, cari. Entonces no te espero despierto. —Me río, pero la bromita deja de hacerme gracia cuando recuerdo cuál es su trabajo. El riesgo que corre para ayudar a los demás—. Ten cuidado, tío.

—Lo intentaré. En casa me esperan cosas importantes. —Sus ojos azules brillan durante una fracción de segundo, como si bajo la superficie se ocultara algún secreto que aún no está dispuesto a compartir conmigo, pero lo disimula con una sonrisa perezosa—. Y tú pórtate bien.