4. Quincy #2
—Que voy a estar por aquí una temporadita —contesta con arrogancia, encantado de tener algo con lo que chincharme—. Voy a hacer una serie documental sobre la temporada de huracanes en el sudeste, así que nos veremos mucho más a menudo.
—En la ABC se han cansado de enseñar tu cara bonita, ¿no? —le suelto—. ¿Es que el puesto de jefe de meteorología por el que sales en pantalla diez minutos por las noches implica demasiado esfuerzo para el tío que aparece en redes sociales posando con su Jeep?
—Monroe, por favor. —Sebastian se lleva una mano al pecho y finge estar escandalizado—. Deja de tontear conmigo en público. Vas a hacer que me ponga colorado.
—¿Qué se siente al ser tan egocéntrico como para pensar que todo es un cumplido?
—¿«Egocéntrico»? Eso es como llamarme «guapo». —Sus labios se curvan en una sonrisa burlona y prepotente. Un tanto más a su favor en nuestro interminable tira y afloja—. No puedo creer que te haya costado dieciséis años admitirlo.
—Más bien es como llamarte «repelente».
—Yo sigo escuchando «guapo». Sabía que te gustaba. —Sebastian acerca el carrito al mío. Las ruedas chocan entre sí y retrocedo—. Vuelve a decírmelo. Me encanta que seas tan cruel conmigo.
Pongo los ojos en blanco y me niego a seguirle el rollo.
—Enhorabuena por el nuevo proyecto. Espero que te haga largarte de aquí lo antes posible.
—Reconoce que me echas de menos cuando no estoy, Monroe.
—Tú sueñas, Dunn. —Llevamos cinco minutos juntos y ya estamos volviendo a la rutina de siempre, como si estuviéramos agobiados con las tesis doctorales y compitiendo por un puesto de profesor adjunto.
Peleándonos por ser el mejor de la promoción o por unas prácticas en el canal de noticias local de Orlando.
Sebastian ha formado parte de mi vida desde que tengo uso de razón, me guste o no.
Señalo el iPhone que hay en el suelo para intentar concentrarme en otra cosa—. ¿Eso es tuyo?
—Sí. Gracias por no aplastarlo.
—Todavía estoy a tiempo. Además, ¿cómo ibas a publicar los vídeos para tus admiradoras sin él?
—¿Eres una de ellas?
—Repito: tú sueñas.
—Sí, la verdad es que sueño mucho. —Esboza otra sonrisa burlona y se encoge de hombros—. A lo mejor algún día te cuento con qué.
—No veo el momento —replico con sorna—. ¿No usas funda?
—Me gusta vivir al límite.
—¿Ya no te basta con perseguir fenómenos meteorológicos extremos?
—Es más divertido ver si la pantalla de mi móvil de mil doscientos dólares se hace añicos —replica él.
—Todo el mundo tiene sus rarezas, pero lo tuyo raya la locura.
—Pues aún no te he contado lo mejor: tampoco tengo contraseña. —Se agacha para recoger el teléfono y asiente con la cabeza mientras lo examina—. Como nuevo.
—Me alegro por ti.
—Ahí está otra vez ese sarcasmo —dice Sebastian mientras se guarda el móvil en el bolsillo trasero—. ¿Estás comprando comida?
—No, estoy mirando muebles. Quiero redecorar el salón —suelto.
—¿Y has venido al supermercado para inspirarte? Ya sabía yo que había visto esto en algún tablero de Pinterest. Los frijoles aportan un toque especial a cualquier ambiente.
—¿A qué ambiente? ¿Al leguminoso?
—Bueno. Es mucho mejor que el de los cereales integrales, obviamente.
—Esta noche hay un concurso de chili. —Me muerdo el labio inferior para reprimir una sonrisa no deseada. No se la merece—. Harlow, Mia y yo nos hemos apuntado, y he tenido que venir al supermercado a hacer unas compras de última hora.
—¿Cuál es tu ingrediente secreto?
—No cuela.
Sebastian levanta una lata pequeña y le da un golpecito en el lateral.
—El mío son los chiles poblanos.
—Qué original. —Me duelen las muelas de tanto apretarlas—. ¿Eso significa que voy a tener que verte dentro de un rato?
—Y seguirás haciéndolo durante mucho tiempo. Qué suerte la tuya. —Esboza otra sonrisa, esta vez maliciosa y perversa—. Intentaré molestarte lo mínimo posible.
—Te lo agradecería mucho. Últimamente estoy muy ocupada.
—No lo dudo. —Se apoya en un expositor y cruza los brazos sobre el pecho. Tamborilea con los dedos sobre sus bíceps, justo donde la manga marca la curva del músculo. Sigo mirándolo fijamente a la cara—. ¿Qué tal los vídeos? Los programas en directo y esas cosas.
«Esas cosas», como si lo único que hiciera fuera cotorrear ante la cámara en vez de analizar datos científicos hasta que se me nubla el cerebro y me duele el cuello.
—Muy bien —contesto, haciéndome la interesante—.
Hace poco he alcanzado una meta importante y creo que esta temporada de huracanes va a ser la mejor de todas, en términos de suscriptores.
El creciente interés por el cambio climático y los fenómenos meteorológicos extremos cada vez atrae a más seguidores.
Y un mayor interés equivale a una mayor motivación para seguir creando contenido para informar a la gente y ayudarla a protegerse.
Sebastian me mira fijamente a los ojos. Con intensidad y determinación.
—Un millón de seguidores, ¿no?
Inhalo bruscamente, sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Crees que no estoy al tanto de lo que hace la competencia? Tengo que saber si lo estás petando demasiado, Monroe, por si necesito esforzarme un poco más y ganar otro Emmy.
Lo dice medio en broma, pero en el fondo es verdad.
Está tan pendiente de mí como yo de él.
Por eso sé que estuvo en Oklahoma el mes pasado, después de que un tornado de intensidad EF4 arrasara un pueblo entero. Y que visitó California en enero, cuando los incendios forestales asolaron la costa oeste.
Y que se fue de viaje a la Antártida para mostrar cómo ha cambiado la geografía de los glaciares en los últimos treinta años. Y a Sudamérica para entrevistar a los habitantes de un pueblito afectado por una grave sequía.
Siempre tengo a Sebastian presente.
Como supongo que él me tendrá presente a mí.
—Es mejor que me dé prisa. Voy a necesitar al menos dos intentos para que el chili salga bien, y no quiero hacer esperar a Harlow y a tu hermana.
—Lo mismo digo. —Sebastian endereza el carrito, en el que solo lleva una lata de chiles y una chocolatina Snickers. De las grandes, con crema de cacahuete—. Aún tengo mucho que hacer.
—Vale. Pues buena suerte.
Doy media vuelta, pero, antes de que pueda dejar atrás esa conversación que me ha hecho sentir tan vulnerable —como si me hubiera expuesto demasiado y él fuera a utilizarlo en mi contra más adelante—, siento unos dedos en la cara interna del codo.
Sebastian me está agarrando con suavidad para impedir que me marche.
Al bajar la vista, veo su mano sobre mi piel y me quedo mirando el punto por el que me está sujetando.
—Oye, Quincy… —Deja la frase en el aire y me suelta. Luego se guarda la mano en el bolsillo de mala gana, como si hubiera hecho algo malo. Vacila antes de continuar—. Lo siento.
Me sobran los dedos de una mano para contar las veces que Sebastian me ha llamado por mi nombre: una para llevarme la contraria en un debate sobre predicciones meteorológicas en la universidad y otra el año que me felicitó por mi cumpleaños con un único cupcake, que tiré a la basura por miedo a que le hubiera echado laxante.
Todas las alarmas se disparan en mi cabeza.
—¿Que lo sientes? —digo—. ¿Por qué?
—Por todo.
—Por todo —repito, incapaz de tener pensamientos propios—. ¿Te refieres al calentamiento global y a no usar pajitas de papel?
—No. —Sebastian se queda callado y luego resopla, medio riéndose. Niega con la cabeza y sonríe. El hoyuelo vuelve a hacer acto de presencia y sigue sin gustarme—. Da igual. Olvida lo que he dicho.
—Ya lo he hecho.
—Esto es mucho más divertido. Me encanta este jueguecito.
—No es ningún jueguecito.
—No, claro —dice—. Nos vemos luego, en el concurso de cocina.
—No sé si podré soportar tanta emoción.
Sebastian me golpea el hombro con el suyo mientras va hacia el pasillo del pan. Actúo como si no sintiera una especie de descarga eléctrica que me recorre todo el cuerpo.
—No eches demasiado de menos mi cara bonita mientras tanto.
—No pensaba hacerlo —respondo, deseando alejarme de él—. Ni ahora ni nunca.
—Ya lo veremos —grita mientras yo intento contener una sonrisa que hace que lo odie todavía más que hace diez minutos.