Llueva o truene 4. Quincy
8%

4. Quincy

Quincy

L a primera semana de junio vuela, y de repente ya estamos a mediados de mes, cuando los días son largos, las tardes calurosas y la temporada de huracanes se encuentra en pleno apogeo.

Paso gran parte del tiempo respondiendo a los comentarios de mis publicaciones en redes sociales sobre kits para huracanes y haciendo un seguimiento de las ondas tropicales que se forman frente a las costas africanas.

De vez en cuando me entrevistan en algún informativo para hablar sobre cómo prepararse para las tormentas y por las tardes me relajo en el porche de mi casa, donde Mia, Harlow y yo nos apoltronamos en las mecedoras mientras bebemos té helado y compartimos un trozo de tarta de lima.

Me encuentro en ese estado tan maravilloso en el que uno se siente casi abrumado pero completamente feliz.

Imagino cómo la situación podría mejorar aún más y trato de no pensar en el puesto del Servicio Nacional de Meteorología que me ronda la cabeza.

Mi bandeja de entrada sigue vacía, pero yo me mantengo optimista.

O eso intento al menos.

El móvil suena sobre el escritorio. Dejo de concentrarme en las imágenes del satélite del océano Atlántico que llevo treinta minutos analizando y veo el nombre de Harlow en la pantalla. Sonrío y deslizo el dedo para abrir el mensaje.

A quién se le ocurre organizar un concurso de chili en pleno verano?

Hace falta tener mala leche

Ven cuando quieras y nos ponemos manos a la obra!

—Mierda —murmuro en mi estudio vacío.

El tiempo se me ha pasado volando, como siempre que me enfrasco en el trabajo.

Cuando me pongo, me pongo. Todo lo demás queda relegado a un segundo plano y le dedico más tiempo del que debería.

Me obsesiono y me entrego en cuerpo y alma a los proyectos, olvidándome de todo lo demás.

Descuidando el resto de mi vida. No a propósito, sino porque estoy centrada en otra cosa.

Demasiado agotada por haber dado prioridad a la ciencia en vez de a las personas que me importan.

Empeñada en que me reconozcan y me consideren importante.

Echo hacia atrás la silla del escritorio y apago el ordenador. Le envío rápidamente una respuesta a Harlow mientras cojo el bolso y la lista de ingredientes que me mandó la noche anterior para que hiciera la compra en el supermercado.

Me paso por el Publix y voy a tu casa!

Me pongo una gorra de béisbol para disimular que llevo cuatro días sin lavarme el pelo y salgo a la calle.

Me recibe una humedad asfixiante que me hace sonreír mientras me subo al Hyundai.

Paso del aire acondicionado y abro las ventanillas.

La brisa cálida me acaricia la piel y no puedo creer que alguna vez me hubiera planteado irme de Florida.

En su día visité universidades en Colorado y Oklahoma porque quería entrar en la mejor facultad de Meteorología del país, pero soy feliz aquí en Oak Valley, el pueblo en el que me crie.

Estamos lo suficientemente cerca de los parques temáticos y de Orlando como para sentirnos como en una gran ciudad, pero lo suficientemente lejos como para que se nos considere un pueblo pintoresco y mono.

Se percibe ese toque de magia propio de los pueblos pequeños en los escaparates decorados para las fiestas y en las viejas calles de adoquines.

En la familiaridad de los vecinos que conozco desde hace años y en el sendero por el que paseo cuando acaba la temporada de huracanes y no estoy hasta arriba de trabajo.

Mi corazón está ligado al Estado del Sol. Siempre ha sido así, y aunque mis padres se mudaron al norte cuando acabé el instituto, yo me quedé aquí, aferrándome a esos meses en los que me salen mechas rubias en el pelo por pasar demasiadas horas al sol.

En este lugar hay algo especial en el ambiente que puede ser difícil de percibir si uno no se ha criado rodeado de tormentas y con temperaturas que rondan los veinticinco grados cuando toca poner el árbol de Navidad.

Es algo especial. Un recordatorio de que estás vivo.

De que eres una persona de carne y hueso que lucha por salir adelante en este caos llamado vida, y que eso es un regalo maravilloso.

El trayecto hasta el supermercado es corto y de camino voy escuchando varias canciones de Pearl Jam y The Wallflowers.

Recorro tranquilamente los pasillos de punta a punta para comprar todos los artículos de la lista de Harlow.

Meto una lata de frijoles en el carrito junto con algunas especias y un bote de ajo.

Voy a la sección de frutas y verduras, que está al fondo de la tienda, y añado cebollas, tomates y un pimiento verde al resto de los ingredientes para cocinar «el chili más mediocre del mundo» antes de ir directamente a la sección de carnicería.

Justo antes de llegar a la vitrina de la carne picada, mi carrito se detiene de golpe. Un móvil sale volando. Un expositor de papel higiénico se tambalea, y extiendo la mano para evitar que se caiga y me aplaste una avalancha de Charmin.

No he sobrevivido a fenómenos meteorológicos extremos para acabar tirada en el suelo, ahogada en papel de doble capa.

Una vez evitada la catástrofe, echo hacia atrás el carrito. Parpadeo y me encuentro con la última persona del mundo a la que me gustaría ver.

Pecho ancho. Levi’s deshilachados y piel bronceada.

Barbita de tres días y mandíbula bien definida.

Cadena fina de plata alrededor del cuello.

Cabello negro revuelto y ojos azul oscuro.

El aire huele a protector solar y a café, y de repente vuelvo a tener diecisiete años.

Discusiones interminables y sonrisas presuntuosas.

Sebastian Dunn sonríe como si acabara de recibir un puñetero premio, mientras que yo deseo que me trague la tierra.

—Mira a quién tenemos aquí —dice. Su voz es grave y profunda, con un ligero acento sureño que envuelve sus palabras—. Cuánto tiempo esperando este momento. Me alegro de verte, Monroe.

Vuelvo a parpadear, con la esperanza de que se trate de una alucinación, pero él sigue ahí. Lo cual no me hace ninguna gracia.

Nunca estoy preparada para ver a Sebastian en persona.

Está imponente e irresistible, con esa sencilla camiseta blanca que le marca un torso que sé que está bien definido porque practicaba remo en el instituto y la universidad.

Mia me ha comentado que sigue remando como aficionado en un club de Nueva York, algo que se le nota en los hombros y en los bíceps bien esculpidos.

Y en la seguridad que transmite su porte.

«La madre que lo parió».

Me fijo en sus musculosos antebrazos, que no encajan para nada con un hombre que se gana la vida hablando de frentes fríos y vapor de agua.

Por debajo de la manga le asoma un tatuaje y me fastidia saber lo que es: un nubarrón con un micrófono.

«Cantando bajo la lluvia», me explicó de pasada una noche que estábamos un poco pedo, después de cerrar The Hideout con nuestros amigos.

Ambos habíamos bajado un poco la guardia y, en ese momento, me hizo gracia.

O esa noche me habían hecho una lobotomía, o me había bebido hasta el agua de los floreros, porque ahora me parece horroroso.

Cuando por fin vuelvo a levantar la vista hacia su cara, me desconcierta ver que Sebastian está mirando fijamente mis vaqueros cortos.

Me cambio de sitio para interponer el carrito de la compra entre ambos como si fuera un muro defensivo y una inhalación entrecortada me hace traquetear los pulmones.

—Esto no es Nueva York —le suelto, rompiendo el silencio—. ¿Es que te has perdido?

—No me digas. —Él finge mirar a su alrededor mientras se ajusta la gorra que lleva puesta del revés, el muy capullo. Luego resopla—. Joder. Habría jurado que estaba en Brooklyn.

—¿Te envía Satanás desde las profundidades del averno?

—Sí. Cree que me merezco una recompensa por ser tan buen compinche y me ha dejado salir a tomar un poco el aire.

Además, suelo conseguir que nos pongan cinco estrellas en Yelp.

A la gente le encanta nuestro alojamiento.

Hace calor durante todo el año y dicen que mi sonrisa hace que las personas se derritan.

¿Tú qué opinas, Monroe? —Me dedica una sonrisa deslumbrante con hoyuelo incluido que me convierte en orgullosa miembro del club de personas que odian los hoyuelos en las mejillas—. ¿Crees que es cierto?

No es su voz de reportero, esa tan estudiada que suele usar ante las cámaras.

Es la auténtica. La personal. La que capta tu atención y te atrapa como un remolino, mucho más que su físico imponente, y eso que es superalto (mide metro noventa y cinco), superfuerte (si hasta se le marcan las venas de los antebrazos, por el amor de Dios) y superguapo (la madre que lo parió, otra vez).

—Disfruto más con una endodoncia que viéndote sonreír —replico—. ¿Qué haces aquí? ¿Es que me reclaman en el infierno?

—No. Usamos trompetas para llamar a la gente. La verdad es que es todo un espectáculo. Esto no es tan emocionante ni de lejos.

—No sé por qué lo dices. Yo me lo estoy pasando en grande.

—Muchas gracias por el falso entusiasmo, Presi, lo tendré en cuenta —dice. Me pongo de los nervios al oír el apodo por el que me llama desde el instituto.

—¿No piensas decirme nunca qué significa ese nombre?

—No. Es mucho más divertido mantenerlo en secreto —contesta y esboza una sonrisita con hoyuelo y todo—. Me alegro de haberme encontrado contigo. Aquí hay menos posibilidades de que me atropelles con el coche.

—Si quieres salimos al aparcamiento. Siempre he tenido curiosidad por saber cuánto tarda mi Hyundai en pasar de cero a cien.

—No me tientes. —Sebastian suelta una carcajada y el sonido de su risa me pone de mala leche. Luego se inclina hacia delante y apoya tranquilamente los codos en la barra del carrito de la compra. Eso también me pone de mala leche—. ¿Ya te has enterado de la buena noticia?

—¿Qué buena noticia?