3. Sebastian #2
Perseguir tormentas es una válvula de escape.
Algo que se me da bien y de lo que últimamente me acuerdo mucho.
Sueño con los veintipocos años, antes de «triunfar», cuando solo tenía unos prismáticos, un portátil cutre y toda la carretera por delante.
Con cumulonimbos hasta donde alcanzaba la vista y una alarma de tornado a lo lejos.
La nostalgia me ha estado consumiendo durante casi todo el año, y, por más seguidores que tenga en redes sociales, eso nunca será tan emocionante como perseguir una tormenta.
Cada día me siento más estancado. Me preocupa no ser capaz de salir del círculo vicioso en el que me he metido. No sé cómo volver a disfrutar de lo que hago y esa serie documental es una forma de intentar encontrar una respuesta.
Las personas de mi entorno más cercano siempre han tenido claro lo que querían hacer con sus vidas.
Mia, mi hermana pequeña, empezó a escribir historias a los cinco años y tiene una imaginación desbordante.
Cooper entró en la academia de bomberos nada más terminar la universidad; siempre ha sido un líder abnegado con un corazón enorme.
Nate no quiso seguir estudiando y, antes de cumplir los veinte, dio un giro a su vida y abrió una pastelería.
Y luego estoy yo.
Treinta y un años y a punto de sufrir una crisis existencial bajo la atenta mirada de millones de personas.
—¿Le has dicho ya a Quincy que has vuelto? —me pregunta Nate.
Parpadeo, volviendo a la realidad.
Quincy Monroe.
La mejor amiga de mi hermana y la persona a la que más me gusta tocarle las narices del mundo.
A pesar de la distancia que nos separa, Quincy está en todas partes. Pienso demasiado en ella y llevo años intentando encontrar la forma de dejar de hacerlo.
Veo su pelo castaño asomando por el borde de una foto que Nate publica para presumir de las nuevas hortensias que ha pedido para Wet Your Plants, el invernadero que abrió cuando tenía veinticinco años.
Me la imagino oliendo las flores. Haciendo algún comentario sobre lo perfectas que quedarán en el jardín de alguien.
Y vuelvo a verla otra vez, un poco borrosa, al fondo de una foto en la que salen Cooper, Harlow y Mia en casa de Harlow durante una noche de juegos.
Hay una baraja sobre la mesita del salón.
Y botellas de cerveza desperdigadas por la mesa de la tele.
La han pillado en plena carcajada y tiene la cabeza echada hacia atrás.
—No. —Tamborileo con los dedos en el asa de la taza para mantener las manos ocupadas.
Estoy inquieto. Acalorado y nervioso, y vuelvo a encogerme de hombros—.
Aún no he tenido ocasión de verla, pero seguro que se pondrá loca de contenta al enterarse de que voy a pasar aquí el verano.
Coincidir con ella después, en el concurso de chili, va a ser el momentazo del mes.
—¿No te cerró la puerta en las narices la última vez que la viste? Fue el verano pasado, cuando le propusiste colaborar con ella en una investigación, ¿no?
«Me cago en Cooper y su memoria de elefante».
—No sé a qué te refieres. No me suena lo del portazo.
—Te cerró la puerta en las narices. —Nate se mete una patata frita en la boca—. Y te estuvo bien empleado por decirle que eras el único de los dos que estaba… ¿Cómo era? Ah, sí. «Haciendo algo importante por la meteorología».
—Joder. —Cooper niega con la cabeza—. Ya te vale.
—Yo no… —Aprieto los dientes—. No quería decir eso.
—¿Y qué querías decir?
No lo recuerdo muy bien.
Quincy empezó a utilizar terminología científica superrebuscada, y me aturullé.
No hay nada que me ponga más que la inteligencia y ella estaba soltando algunos de mis términos favoritos, como «termodinámica», «macrorráfaga» y «adiabático», con la misma naturalidad con la que otros hablan de un programa de televisión.
Pero la guinda del pastel, mi mayor perdición, es que una mujer confíe en sí misma y tenga clara su valía. Y Quincy siempre ha sido segura de cojones.
—Esto parece un interrogatorio. —Tiro sin querer el azucarero y lo vuelvo a levantar—. ¿De qué lado estáis?
—Yo de ninguno —dice Cooper.
—Yo tampoco —añade Nate—. Soy neutral.
—Sigo sin entender por qué os lleváis tan mal. Todos los demás le caemos bien.
—Probablemente porque no pueden ser más distintos. Sebby es caótico y extrovertido. Es un desastre total y va improvisando sobre la marcha.
—Oye —protesto—. Yo no soy…
—No es nada malo. Mira cuánto éxito tienes —dice Nate, señalándome con la mano—.
Quincy es muy metódica. Se basa en la investigación, los datos y la ciencia para hablar del tiempo, mientras que tú rebosas energía y te dejas llevar por el instinto la mayoría de las veces.
Ambos sois muy buenos en lo vuestro, solo que tenéis enfoques diferentes.
—Deberíais hacer algún reportaje juntos. No puedes rodar una serie documental sobre la temporada de huracanes sin mencionar a Quin. Es un referente en vuestro campo —añade Coop.
—Sí, una eminencia —murmuro—. Y yo no tengo la culpa de que mi carisma se interprete como desorganización.
—Venga ya. —Cooper se ríe—. No serás tan capullo como para no reconocer que sabe de lo que habla, ¿no?
Decir que «sabe de lo que habla» es quedarse corto.
Quincy es la meteoróloga más inteligente que conozco.
Presta muchísima atención a los detalles y se fija en cosas que los demás pasamos por alto.
Los años que estudiamos juntos nos pusieron en igualdad de condiciones, pero, cuando empieza a hablar de un tema que le apasiona…
, me quedo con la boca abierta. Se me llenan los ojos de corazoncitos, sobre todo cuando plantea la conversación de forma que la gente normal pueda entenderla.
—Claro que no. —Me arreglo el cuello de la camiseta. Soy incapaz de estarme quieto—. Es muy inteligente.
—¿Recuerdas cuando la conociste? Estabas mirando a todas partes en la clase de Química, creyendo que tu compañero sería un chico. Cuando Quincy se sentó a tu lado, le tiraste los tejos y le preguntaste si quería… ¿Cómo era, Nate?
—Jugar a siete minutos en el cielo a la hora de la comida. —Nathan Shaw, que siempre ha sido el tío más gruñón del mundo, se parte de risa a mi costa—. La bronca que te echó después fue maravillosa.
Nunca olvidaré cómo me miró cuando puse los pies encima de la mesa, doblé el programa de la asignatura para hacer un corazón de origami y se lo lancé, guiñándole un ojo.
«¿Qué te parece si nos saltamos la comida y hacemos algo más divertido?», le pregunté.
«¿Como qué?», replicó ella, abriendo el cuaderno y pasando de mí.
«Dicen que lo de siete minutos en el cielo mola mucho. Te aseguro que te haría ver las estrellas».
«Lo único que quiero hacer contigo es humillarte académicamente, chulo de mierda».
Nunca les he confesado a mis amigos lo cachondo que me puso aquella conversación.
—Simplemente hice una suposición, pero no todo fue culpa mía. ¿Os suena lo del género neutro? ¿Cómo iba a…?
Cooper me interrumpe con una carcajada.
—Es verdad. ¿No intentaron sentarse contigo unas cuatro chicas ese día?
—Gracias por entenderme por fin. Eso es justo lo que intentaba decir.
¿Qué culpa tengo yo de haber pensado que iba a tener como compañero a un chico que tocaba en un grupo musical y era amante de la historia?
Además, eso ya es agua pasada. —Sonrío—.
Ahora somos adultos y estoy deseando sacarla de quicio este verano.
Debería llevar la cuenta de cuántas veces consigo cabrearla.
—Me alegro de que estés aquí, Sebby —dice Nate.
Tengo amigos en Nueva York. Un grupo de compañeros de trabajo del canal de noticias y los tíos con los que remo cuatro días por semana.
Un vecino con el que me he tomado una cerveza un par de veces y un conocido de la universidad que se puso en contacto conmigo cuando estuvo todo el verano pasado en la ciudad.
Pero ninguno se puede comparar con ellos dos.
—No hay ningún otro sitio en el mundo en el que más me apetezca estar —digo, de todo corazón.
—Ya que la comida y la fiesta de exaltación de la amistad se han acabado…
—Cooper saca la cartera y deja un poco de dinero sobre la mesa.
Se desliza por el banco del reservado y se pone de pie—.
Me voy a casa a meterme en cama. El de esta noche ha sido el turno más largo de mi vida.
Tendré el móvil en «no molestar» las próximas doce horas.
—¿No nos tienes entre las excepciones de emergencia? —Nate frunce el ceño—. Por eso me gusta más la tarta que tú.
—El sentimiento es mutuo. La cama es más importante. Ya os las arreglaréis.
—Duerme un poco, tío —le digo—. Nos vemos esta tarde.
—Más bien voy a hibernar. —Cooper esboza una sonrisa—. Me alegro de que hayas vuelto, Seb. Esto no era lo mismo sin ti.
—Y yo me alegro de haberlo hecho. —Le devuelvo la sonrisa.
Por primera vez en mucho tiempo, me siento libre.
Tengo un montón de opciones a mi alcance.
Como estar con mi hermana e inventarme nuevas formas de poner de los nervios a una mujer que no me soporta—.
Nos esperan unos meses muy divertidos, chicos.