3. Sebastian
Sebastian
E l guiño que la camarera me dedica mientras me guía a través del restaurante en el que he quedado con mis amigos para desayunar no puede ser más descarado.
Como la forma en la que vuelve la cabeza y admira mis brazos durante más tiempo del que podría interpretarse como «hospitalidad sureña».
Baja la vista hacia mi dedo anular izquierdo antes de volver a mirarme a la cara, y no me queda más remedio que reconocerle el detalle de haber comprobado al menos que no estoy casado.
—¿Esta le parece bien? —me pregunta, señalando una mesa libre.
Entorno los ojos, intentando recordar de qué me suena.
Es imposible que tenga mi edad. Su mirada está llena de vida. Carece del pesimismo existencial que empezamos a padecer los treintañeros a medida que nos vamos alejando de la edad mínima para beber y acercándonos a la de la jubilación.
—Perfecta. —Esbozo una sonrisa. Ella se sonroja, tal y como esperaba. Tengo la fórmula totalmente dominada—. ¿Te conozco de algo? Juraría que nos hemos visto antes.
—Ah. —Baja la barbilla y se ríe—. Es que tu hermana me cuidaba a veces de pequeña y nos cruzamos de vez en cuando por aquí, cuando vuelves en vacaciones. Soy Penélope.
—Hola, Penélope. Yo soy…
—Demasiado mayor para ti. —Cooper Givens, el aguafiestas de turno y mejor amigo al que no pienso volver a dirigir la palabra, me rodea los hombros con un brazo y me revuelve el pelo.
Le doy un buen puñetazo en el costado mientras me zafo—.
Deja a la pobre chica en paz, Seb. No le van los vejestorios.
La camarera se va con otra de sus risitas y me giro hacia Cooper. Está demasiado sonriente para ser un bombero que acaba de salir de un turno de cuarenta y ocho horas, y pongo los ojos en blanco.
—Yo también me alegro de verte, capullo —le digo.
—Te doy veinte pavos si te acuerdas de su nombre —replica él.
—Peggy.
—Ni siquiera te has acercado.
—¿Priscilla?
—Eres un caso perdido. Aunque te doy un sobresaliente en esfuerzo.
—Déjate de cumplidos, Coop. Se me van a subir a la cabeza.
—Le doy unas palmaditas en el hombro y me río cuando él tira de mí para darme un abrazo rápido.
Nos sentamos en la mesa el uno frente al otro.
Cojo la cafetera que nos han dejado y lleno la taza de cafeína hasta arriba—.
Y si yo soy un vejestorio, tú eres un puto fósil.
—Solo te llevo tres meses, Dunn. No seas faltón.
—Cooper estira las piernas y me roza la rodilla con la suya por debajo de la mesa.
Me da un golpecito suave en la espinilla con la punta de la bota y vuelve a sonreír—.
Me sorprende que hayas dejado tu lujoso ático de la Quinta Avenida para codearte con la plebe.
—Sabes perfectamente que no vivo en la Quinta Avenida. Hay demasiados turistas.
—Supongo que eso quiere decir que ya eres prácticamente un manhattanita. ¿Son ciertos los rumores sobre la larga lista de modelos con las que has salido? Me voy a decantar por el no, en vista de que te dedicas a ligar con chicas de veinticuatro años en las cafeterías.
—Menuda bienvenida. —Ahora soy yo el que le da una patada, procurando apuntar justo al tobillo. Cooper suelta un grito agudo y esbozo una sonrisa burlona—. No sé si te dejaré probar la tarta de queso que he traído.
—No cabe duda de que el hijo pródigo ha vuelto.
La chica del mostrador de recepción está escribiendo el nombre de Sebastian por todo el plano de distribución de las mesas.
Había olvidado cómo te adora la gente. —Nathan, la otra mitad de mi grupo de amigos, nos interrumpe y se sienta al lado de Cooper en el reservado—.
Qué alegría volver verte, Sebby. Aparte de mis plantas o una tarta de arándanos recién hecha, eres lo único capaz de sacarme de la cama tan temprano.
—Eh, que estoy aquí sentado —replica Cooper.
—Aun así, no retiro lo dicho. —Nate le echa un vistazo rápido antes de centrarse en mí—. ¿Qué haces aquí? ¿Te has tomado unas vacaciones largas? ¿La ABC te ha cambiado por otro?
—Espero que no. Me han dado luz verde para ampliar horizontes y probar algo nuevo, así que sería una putada que ya me hubieran largado —digo.
—¿Algo nuevo? —pregunta Cooper.
—Me voy a tomar un pequeño descanso del trabajo de jefe de meteorología.
—¿Es que no te basta con haber ganado un Emmy? ¿Se trata de uno de esos viajes de introspección al estilo Come, reza, ama ? —pregunta Nate—. Porque dudo que vayas a encontrar lo que sea que estés buscando en nuestro barrio de Orlando.
—Ese Emmy está orgullosamente expuesto en el estudio de mi casa.
—Seguro que le sacas brillo todas las mañanas —se burla Coop. Le doy otra patada—. Apuesto a que miras tu reflejo en él.
—Tú sigue con los cumplidos, Givens. —Me echo hacia atrás y apoyo un brazo en la curva del banco del reservado—. No hay ninguna introspección. Es que este verano me apetecía cambiar de aires.
—¿Qué significa eso? ¿Que vas a remar más? ¿Que te vas a dedicar a informar sobre el tráfico en vez de hablar de las labores de recuperación tras un desastre natural? —Nate ladea la cabeza—. ¿Que vas a ir a clases de Humildad para aprender a no ser tan narcisista?
—Muy gracioso. De hecho estoy aquí porque les he propuesto a mis jefes de Nueva York hacer una serie documental sobre el clima.
Les ha encantado la idea de ofrecer a la gente algo que ver durante un periodo prolongado y el objetivo principal va a ser centrarse en la temporada de huracanes.
—Hago una pausa para aclararme la garganta—.
Informaré a los espectadores de los peligros del clima al tiempo que muestro su belleza.
Cada vez que una tormenta llegue a Florida, estaré ahí para cubrirla.
Entrevistaré a los lugareños y daré a conocer las consecuencias mediante una evaluación exhaustiva de los daños.
—Me gusta. —Nate resopla—. En directo desde el ojo del huracán, el galán de América, Sebastian Dunn.
—Esa era la bienvenida que esperaba —digo—. A ver si aprendes, Coop.
—Sí, claro. —Cooper se pone la gorra de béisbol del revés, sobre el cabello rubio. Tiene una marquita roja en la frente, seguramente por haberse quitado el casco hace poco—. El informativo nacional de la noche. Una serie nueva. ¿Hay algo que se te dé mal? Nos estás haciendo quedar fatal al resto.
—Hay muchas cosas que se me dan mal. —Me encojo de hombros—. No sería capaz de doblar una sábana bajera ajustable ni aunque me fuera la vida en ello.
—Acabamos de encontrar el talón de Aquiles de nuestro héroe.
—Ya conocéis el dicho: Dios reserva las batallas más duras para los soldados más aguerridos. —Me cruzo de brazos, sonriendo—. Y yo soy todo un guerrero.
La camarera rellena la jarra de café, deja dos tazas vacías más y toma nota de la comanda. Mis amigos se pelean para no quedarse con la taza rosa de margaritas blancas. Se lo juegan a piedra, papel o tijera hasta que Nate gana y le dedica una peineta a Cooper.
—Yo soy miembro de los servicios de emergencia. Arriesgo mi vida por gente como vosotros. Debería tener prioridad para elegir la taza que quiera —dice Coop—. ¿Sabéis a cuántos heridos he tenido que sacar de un vehículo accidentado esta noche mientras vosotros dormíais? A cinco.
—Menuda forma de hacerme sentir culpable —gruñe Nate mientras empuja la taza lisa hacia el otro lado de la mesa y la cambia por la de flores—. No hay derecho, lo único que yo puedo aportar son bollitos e instrucciones para hacer tu propio abono. Tú eres un puñetero héroe.
—Me encanta empezar el día hablando de abono —digo.
—Y a mí. —Nate se echa un terrón de azúcar en el café y lo remueve—. ¿Cuánto tiempo te vas a quedar por aquí, Seb? ¿Toda la temporada de huracanes?
—Probablemente solo hasta septiembre u octubre. Dudo que me concedan una excedencia de seis meses, por muchos premios que haya ganado.
—Te ayudaremos a mantener los pies en la tierra —replica Cooper—. ¿Estás emocionado con el proyecto nuevo? Está bien cambiar un poco, ¿no?
Abro la boca, pero la cierro inmediatamente.
Ambos lo saben todo sobre mi vida, pero, no sé por qué, no me veo capaz de hablarles de lo mal que lo estoy pasando últimamente.
De la sensación de que estoy estancado en mi carrera.
De que el último año ha sido una pesadilla en la que los días se me hacían cada vez más largos.
Del pánico que me atenaza el estómago cuando me preparo para ir al trabajo.
¿Cómo les explico que creo que el puesto que antes tanto me gustaba está perdiendo su atractivo?
¿Cómo reconozco que estoy yendo a la deriva, manteniéndome a flote a duras penas en medio del mar sin chaleco salvavidas?
Que estoy quemadísimo, completamente exhausto y buscando algún atisbo de alegría en el infierno de las grandes multinacionales estadounidenses, donde lo único que me dejan hacer es hablar de sistemas de baja presión y frentes fríos?
No quiero hablarles de esa sonrisa falsa que tanto he perfeccionado. Del profundo dolor que me oprime el pecho porque extraño algo que adoro: el subidón de adrenalina que sentía cuando trabajaba sobre el terreno. La amenaza del peligro al que estaba expuesto.
Los viejos tiempos.
Es cierto que viajo por todo el país para cubrir desastres naturales que acaban de ocurrir y visito cada mes un sitio distinto arrasado por incendios forestales, deslizamientos de tierra o tornados, pero eso no quiere decir que me lo pase bien. No quiere decir que esté en primera línea de fuego.
Como antes.
Como me gustaría estar.
—Me muero de ganas —contesto, sin dejar de sonreír. Tranquilo, sereno y calmado. Como el Seb de siempre. El que no se inmuta por nada—. Estará bien volver con las tormentas.
—Qué poético —dice Nate.
—Puede que esté colocado —replica Cooper mientras se come un plato de tortitas con expresión ausente—. Quién sabe.
Lo único que me coloca es rememorar mis primeros pasos en el mundo de la meteorología.