2. Quincy #2
—Tendría que estar al día de los avances científicos y tecnológicos que hay al alcance de la población y de los meteorólogos.
Y asegurarme de que el personal de la oficina tenga la formación adecuada en herramientas meteorológicas y de predicción del tiempo.
—Me río, contagiada por el entusiasmo de Mia—.
Es un puesto importante que puede salvar muchas vidas y que también implica ejercer de mujer del tiempo cuando sea necesario.
Sería la investigadora principal de la oficina de Melbourne, en la costa este de Florida.
—Qué pasada. Adoras tu programa y creo que eso podría ser una prolongación de ese amor.
Formar parte del NWS… ¡Qué importante me siento al pronunciar esas siglas!
—Mia aplaude antes de coger la copa de vino—.
Te permitiría seguir haciendo lo que te gusta, pero teniendo un mayor impacto, ¿no?
¿Es así? Ya sabes que se me dan mejor las letras que las ciencias.
Eso de trabajar para una agencia gubernamental es otro nivel.
—No te infravalores. Se te dan genial las dos cosas.
Trabajar en el NWS me permitiría participar más activamente a nivel estatal y federal en lo que respecta a la investigación y la toma de decisiones.
Podría contribuir con la recogida de datos y la integración de los avances científicos más recientes.
Es importante estudiar la forma de ralentizar los efectos del cambio climático sobre nuestro planeta.
—Hago una pausa para respirar y la verdadera razón por la que quiero probar con algo nuevo sale a la superficie—.
Y, como mujer, me parece todavía más importante intentarlo.
Estaría bien demostrarles a las personas que menosprecian mi trabajo poniéndome la etiqueta de «influencer meteorológica» que se equivocan.
Mucha gente en internet cree que lo único a lo que me dedico es a hacer fotos de puestas de sol y no a informar sobre los desastres naturales —les digo—.
No dejaría el canal, simplemente tendría menos presencia.
Fusionaría ambas plataformas. No es que vaya a cambiar el mundo, pero algo es algo.
—Si alguien puede cambiar el mundo esa eres tú. Eres increíble, Quin. —Mia se sorbe la nariz y vuelve a agarrarme de la mano—. Te voy a decir lo mismo que te dije cuando decidiste empezar a hacer un programa en internet sobre el tiempo: si los hombres lo hacen, no puede ser tan difícil.
—Efectivamente, todos los que lo hacen son hombres, pero yo puedo hacerlo mejor. —Esbozo una sonrisa—. Gracias por los ánimos.
—Así se habla —exclama Harlow. Un tipo que está al final de la barra brinda por nosotras, y, aunque parece más borracho que orgulloso, agradezco igualmente el detalle—. He aquí una pionera, damas y caballeros.
La primera copa se convierte en una segunda ronda y luego en una tercera.
La música suena en la vieja gramola de la esquina, pasando de una canción de Dolly Parton a otra de Diana Ross.
Alguien se pone a jugar al pinball, Harlow nos trae unos palitos de mozzarella y Mia empieza a contarme que se ha comprado un teclado nuevo.
En medio de la historia, cambia de tema para enseñarme una foto del gato que le gustaría adoptar, si consigue convencer a Richard, y al cabo de una hora me duelen los costados de tanto reírme.
Niego con la cabeza cuando Harlow intenta ofrecernos otra copa.
—Yo me voy a retirar. —Empujo el vaso vacío.
Ya empiezo a ver doble. Estoy feliz, disfrutando de ese puntillo que precede la borrachera, cuando todo parece divertido, maravilloso y resplandeciente—.
Tengo que madrugar para trabajar un poco antes del programa y empiezo a ser demasiado mayor para salir por la noche y tomarme más de un par de copas.
—Y yo —añade Mia. Su móvil se ilumina sobre la barra y desliza el pulgar por la pantalla para leer el mensaje. Abre mucho los ojos. Me mira, vuelve a bajar la vista hacia el teléfono y se pone muy seria—. Uy.
Frunzo el ceño.
—¿Qué pasa?
—Nada, va todo genial —replica, con una voz bastante más aguda que antes. Se nota a la legua que está mintiendo—. Estupendamente, de verdad. No hay nada de qué preocuparse.
—Mia.
—Quincy.
—Mia.
Mi amiga resopla. Pone el teléfono boca abajo y vuelve a resoplar.
—Es mi hermano.
Siento un escalofrío.
Sebastian Dunn.
Mi eterno rival académico y la mayor pesadilla de mi vida.
Siempre ha habido una especie de hilo conductor que nos ha unido a ambos, un fino hilillo de antipatía que se remonta a la adolescencia.
A cuando nuestros grupos de amigos se solapaban y teníamos que sentarnos al lado en Química y Cálculo.
A aquellos días en los que éramos expertos en el juego de «todo lo que tú hagas, yo lo hago mejor».
Maestros del «es imposible que te sepas la respuesta» y del «pues me la sé, lee esto y llora, listillo de mierda».
Recuerdo las pullitas del instituto.
Y los comentarios sarcásticos.
Y cuando se matriculó en la Universidad de Florida Central, como yo, y se sentó a mi lado en la clase de Introducción a las Ciencias del Clima para hacerme la vida imposible.
Y el año que ganó el WxChallenge, un concurso de meteorología para universitarios que premiaba la precisión de las previsiones meteorológicas, y compartió públicamente su victoria como mejor meteorólogo individual en un vídeo.
«Buen intento —había dicho, sonriendo con aire burlón a la cámara durante el discurso de agradecimiento que había compartido en redes sociales—. Pero parece que no ha bastado», había añadido, con el trofeo en la mano. Me sentí como si me estuviera hablando directamente a mí.
Lo único que me consuela es que ahora vive en Nueva York, a miles de kilómetros de distancia. Afortunadamente lejos de mi vista y, por suerte, fuera de mi cabeza.
—¿Todavía no lo ha tirado nadie del Empire State Building?
—le pregunto a Mia, intentando pensar en cualquier otra cosa que no sea él.
Soy mucho más feliz cuando ese capullo arrogante no anda cerca, echándome en cara que han aceptado sus datos en una revista de investigación y los míos no, a pesar de habérmelo currado el doble.
—Creo que tú serías la única capaz de hacerlo, aunque sé que jamás recurrirías a la violencia física —contesta ella.
Menos mal que no puede ver lo que se me está pasando por la mente.
Se llevaría una gran decepción—. Solo quiere saber qué tal va todo.
Enterarse de las novedades que hay por aquí.
Está muy liado con el trabajo y ya no hablamos tanto como antes.
—Dile que va todo estupendamente.
—Se lo comunicaré. —Mia se queda callada.
Espero el siguiente mazazo. Que haya ganado el Premio Nobel de Física.
Que haya descubierto la solución para acabar con el hambre en el mundo.
O puede que vaya a irse al espacio a colonizar Marte.
De ilusión también se vive—. Dice que tiene una sorpresita para mí.
—Ojalá sea que va a irse a vivir a la Antártida. Seguro que la fauna marina lo adoraría —replico molesta, porque sé que es verdad.
Todo el mundo adora a Sebastian Dunn.
Siempre es la persona más extrovertida y entusiasta de todas.
Hace un par de años, se hizo famoso en internet y consiguió un montón de seguidores.
Hasta llegó a salir en el especial «El hombre más sexy del mundo» de la revista People , en la categoría «Meteorólogos sexis por los que no nos importaría mojarnos», después de que un vídeo en el que salía persiguiendo un tornado con un sombrero de vaquero y una camiseta medio transparente estuviera a punto de colapsar las redes sociales.
Los memes provocativos y los jueguecitos de palabras sobre «mojarse» y «humedecerse» me persiguieron durante meses.
Apodado «el chico de oro del tiempo» por sus admiradores, trabaja en los informativos de la noche de la ABC como jefe de meteorología y tiene cinco veces más seguidores que yo.
Su feed está lleno de imágenes suyas en el campo, asomado a la ventanilla de su Jeep y mirando al horizonte.
Cientos de miles de likes y comentarios se acumulan bajo las fotografías de color sepia, y bloquear cualquier tipo de referencia a él ha sido lo más inteligente que he hecho en mi vida.
—Cuando lo averigüe, te lo diré. —Mia me interrumpe mientras sueño despierta con verlo meter la pata en directo todas las noches ante ocho millones de televisores—. No creo que sea nada importante. Seguramente será que va a venir de visita a finales de verano.
—El momento perfecto para organizar un viaje al norte. Qué pena que no vayamos a coincidir —digo.
—Eso no ha sonado nada sarcástico.
—No tengo ni idea de a qué te refieres. —Cojo la cartera y saco dos billetes de veinte. Harlow no aceptará el dinero si lo ve, así que los camuflo debajo de un vaso limpio, detrás de la barra, para que los encuentre más tarde—. ¿Nos vamos?
—Sí. —Mia sonríe y añade más dinero al montón—. ¿Compartimos un Uber?
—Claro. —Le digo adiós con la mano a Harlow, que está ocupada hablando con el rubio que no es un asesino.
Me parece ver cierto rubor en sus mejillas, pero lo achaco a la pésima iluminación y a la ginebra que me he bebido—.
Puede que esté maquinando cómo cargarme a tu hermano, pero tú, Mia Dunn, eres de las buenas.
—Voy a ser cómplice, ¿verdad?
—Qué va. —Me bajo del taburete y le rodeo los hombros con el brazo—. Cuando acabe con él, haré que parezca un accidente. Te lo prometo.
Más tarde, cuando me meto en la cama, no pienso lo más mínimo en Sebastian ni a en la misteriosa sorpresa que tiene para su hermana.