2. Quincy
Quincy
M ás tarde, esa misma noche, antes de que me dé tiempo siquiera a ponerme cómoda en el taburete de cuero raído de The Hideout, ya tengo una copa delante.
—Por mi meteoróloga favorita —dice Harlow—. No es champán, pero sirve para celebrarlo.
—Gracias a mi camarera favorita. —Sonrío, bebo un trago de gin-tonic y me relajo después de no haber parado en todo el día, desde que ella se fue de mi casa por la mañana.
Tengo la batería bajo mínimos, pero estoy satisfecha y siento una alegría desbordante por todas las cosas buenas que me están pasando—.
No te veas obligada a hacerme compañía, Har.
Esta noche hay mucha gente y necesitas ganar dinero.
The Hideout es suyo, en todo su decadente esplendor.
Harlow compró el bar hace cinco años y lleva al timón desde entonces. Las lámparas están anticuadas, el suelo de pino cruje cuando llueve y, si nunca has entrado, lo más probable es que lo pases de largo.
No tiene ningún atractivo exterior. No hay papeles pintados ni fondos estéticamente llamativos para hacer publicaciones en redes sociales.
Solo se puede pagar en efectivo y el letrero de neón de la entrada está a punto de apagarse, pero en el interior se está muy a gusto.
Es acogedor y cálido, un lugar en el que te sientes como en casa, entre las risas y las anécdotas de los amigos de toda la vida.
No tengo muy claro cómo consigue Harlow que siga abierto, pero si alguien puede hacerlo es ella. The Hideout es el centro de su vida y ha puesto todo su corazón en ese lugar.
—Soy buena haciendo varias cosas a la vez y controlo perfectamente el ambiente del bar. —Lo demuestra abriendo una botella de cerveza y tirando la chapa a un cubo de plástico con el logotipo de Fred’s Crab Shack pintado en la parte delantera—. Podría haber sido asesina a sueldo.
—¿En serio? —Suelto una carcajada. Dejo el vaso sobre la mesa después de darle otro trago a la copa, que está cargadísima—. Voy a regalarte unas cuantas novelas románticas por Navidad. Olvídate de las de suspense. Te las voy a prohibir.
—Las novelas de suspense son mucho más creíbles que las románticas. Los acosadores y los asesinos en serie existen en la vida real, Quin. Puede que haya uno aquí con nosotras en este preciso instante.
Echo un vistazo al local y me fijo en un tío que está sentado en una mesa alta que hay en un rincón, solo.
No pega nada allí, con esa camisa de vestir y ese reloj tan brillante en la muñeca izquierda.
Tiene un vaso vacío al lado del codo, además de un montón de carpetas y papeles sueltos encima de un cuaderno de espiral, y un bolígrafo entre los dientes.
Si es uno de esos que dice Harlow, se trata del asesino en serie mejor vestido que he visto nunca.
Tiene pinta de ser un poco capullo y seguramente sabrá más de planes de pensiones y cuentas de ahorro para la jubilación que yo del tiempo, pero entender de finanzas es mucho mejor que ser un asesino.
—Te refieres a ese, ¿no? —digo, señalándolo.
El tipo acerca un crucigrama a la lámpara que tiene encima y lee una de las definiciones con el ceño fruncido, antes de reafirmar su peligroso aspecto pasándose la mano por la barba de tres días que le cubre la mandíbula—.
Es que ni siquiera intenta disimular su malvado instinto asesino.
—Por favor. El único delito que ha cometido ese tío es ser rubio.
Tiene toallas de mano en el baño de invitados y un difusor de aceites esenciales en el salón.
Seguro que llora cuando mata a una abeja.
Es imposible que pudiera cometer un asesinato.
—Harlow se pone una mano en la cadera—. Venga ya.
¿Finales felices? ¿Parejas que se aman hasta la muerte?
—Echa una rodaja de lima en un vaso alto de tequila con gaseosa mientras resopla con incredulidad—. Todo eso es una puñetera farsa.
—Ahí está esa pesimista escéptica que tanto me gusta. —Me inclino sobre la barra y le pellizco la mejilla—. Algún día creerás en ello.
—Creeré en ello cuando tú reconozcas que Twisters era científicamente fiel.
—Y una mierda. No se puede detener un puto tornado.
—Deberían haberse besado.
—Deberían haber hecho mucho más que besarse. Eso habría salvado la película.
Harlow señala algo por encima de mi hombro izquierdo.
—Hablando de finales felices. Ahí está la señorita «Hasta que la muerte nos separe».
Me giro en el taburete y veo que Mia Dunn viene rápidamente hacia nosotras.
Harlow y yo la conocimos en el penúltimo año de instituto.
Era una estudiante un año más pequeña que venía de otro centro y se había mudado al pueblo en verano, y las tres hicimos buenas migas enseguida.
Los viernes por la noche íbamos juntas al cine y los domingos por la tarde salíamos en kayak por el lago que estaba cerca de la casa de Mia.
El paso a la edad adulta trajo consigo la universidad y los trabajos. Los novios, las rupturas, nuevos amigos y viajes. Hay momentos en los que la vida se complica y estamos un par de semanas o más sin vernos, pero siempre encontramos un hueco para volver a estar las tres juntas.
Nunca he creído demasiado en las almas gemelas y, a medida que me hago mayor, cada vez tengo más claro que ningún hombre conquistará jamás mi corazón. Les pertenece a ellas dos, mis mayores apoyos y mi mayor alegría.
Ninguna relación romántica se acercará jamás a eso.
Mia nos saluda con la mano y se disculpa con una sonrisa al esquivar a un hombre que lleva un cuenco de plástico lleno de patatas fritas. Finalmente se sienta en la silla que tengo al lado, jadeando y con las mejillas sonrosadas.
—Esta carrerita desde el aparcamiento me ha hecho plantearme seriamente empezar a ir al gimnasio. —Se lleva una mano al pecho—. Perdón por el retraso.
—Por favor, no te me mueras. —La saludo dándole un apretoncito en la rodilla—. ¿Un día complicado?
—¿Cuándo no lo es? Tengo un plazo de entrega ajustadísimo y estoy superagobiada con los preparativos de la boda. —Apoya un codo en la mesa y posa la barbilla en la mano—. ¿Quién iba a pensar que habría tantas cuberterías entre las que elegir?
—¿Estás con un libro nuevo? ¿De qué va?
—De amor. Alerta de spoiler: al final acaban juntos.
Harlow la abuchea, pero Mia suspira con melancolía, como siempre que habla de amor y de todo lo relacionado con él. Esa pasión le ha llevado a escribir tres libros que se han convertido en best sellers de The New York Times y a encontrar al futuro marido que llevaba años esperando.
Está encantada con su valla blanca y sus toallas de mano con iniciales. Con los jerséis a juego para la postal de Navidad que envía cada año junto a su prometido, Richard, y con los nombres de sus futuros hijos apuntados en un diario en el que anota todas sus ideas creativas.
Y yo me alegro muchísimo por ella.
Lo único que siempre ha deseado es que la quieran. Como persona extremadamente sensible que aporta tanta bondad al mundo, Mia se merece todo eso y más. Su vida parece el epílogo de un libro. Una respuesta agridulce a la pregunta de cómo te imaginas dentro de diez años.
Asentada.
Contenta.
No como yo, que soy demasiado complaciente y adicta al trabajo como para encontrar a alguien que me resulte interesante durante más de unos minutos, o Harlow, que está tan en contra de las relaciones que no le importaría morir sola.
—Tiene una pinta horrible. —Harlow, que memorizó lo que nos gustaba tomar cuando abrió The Hideout, le sirve a Mia una copa de chardonnay —. A ver cuándo nos sorprendes con algún crimen sangriento en alguno de tus libros.
—Eso sería un grito de socorro. La señal de que me están reteniendo en contra de mi voluntad. —Mia me mira—. Y tú, ¿qué te cuentas?
—Quin ha tenido un día muy largo —dice Harlow.
—Para variar. —Esbozo una sonrisa—. Ya se lo he contado antes a Harlow, cuando se ha presentado en mi casa con unos gorritos de cumpleaños, así que solo me faltas tú. ¿Qué prefieres que te cuente antes? ¿Lo más importante o lo menos importante?
—Lo menos importante —contesta Mia—. Me gusta empezar con las expectativas bajas e ir emocionándome cada vez más.
—He alcanzado un millón de seguidores en Instagram —digo, y la dejo boquiabierta.
—¿Un millón? Madre mía, Quin. ¡Enhorabuena! ¡Hay que ver la cantidad de personas que te ven para enterarse del tiempo!
—Seguro que la mitad son bots y gente que duerme en el sótano de la casa de su madre, pero…
—Ni se te ocurra quitarle importancia. —Mia me agarra de la mano y entrelaza los dedos con los míos—. Sabes perfectamente que están ahí por ti. Eres la mejor en tu campo.
—No tenía ni idea de que hubiera tanta gente interesada en la cizalladura del viento —comento, riéndome—. La siguiente noticia es sobre algo un poco más impulsivo.
—¿Impulsivo? —Mia me acaricia el pelo—. No veo ningún flequillo ni ningún piercing en la nariz.
—He solicitado un puesto en el Servicio Nacional de Meteorología.
Mia suelta un chillido. Está a punto de tirar la copa de vino al echarme los brazos al cuello y darme un abrazo enorme.
Su pelo rubio y rizado se me mete en la boca mientras grita de alegría.
Sonrío ante su entusiasmo, sintiéndome afortunada por poder contar con gente que me apoya tanto a la hora de perseguir uno de mis mayores sueños.
—¡Madre mía! ¡Por fin lo has hecho! —Se echa atrás con un gritito—. Cuéntanoslo todo. Quiero más detalles. ¿De qué es el puesto?
—De responsable de ciencias y operaciones —respondo.
—¿Podrías explicarnos qué significa eso a las que no somos del sector? —me pide Harlow, después de haber dejado a medias un ron con Coca-Cola que estaba preparando al fondo de la barra para uno de los clientes habituales y unirse a la conversación.