Llueva o truene 1. Quincy
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Llueva o truene

Llueva o truene

Por Chelsea Curto

© inepub.com

1. Quincy

Quincy

M e cago en el universo y en su obsesión por darme lecciones.

Aunque en los treinta y un años que llevo en este planeta he cosechado muchos éxitos, recibir un mensaje inesperado de alguien al que tengo guardado en el móvil como «Capullo Integral del Restaurante» no es uno de ellos.

Acaba de joderme la mañana. Una pena, con lo bien que iba.

No me molesta la lluvia. La espero con emoción, como el inicio del verano y las inevitables tormentas de esta época del año en Florida. Lo que sí me molesta es que me envíen fotopollas no deseadas antes de las siete de la mañana.

Es una forma cruel de recordarme por qué mi vida personal se reduce a pasar el poco tiempo que tengo libre encerrada en casa, lejos del género que tiene los huevos —literalmente— de fastidiarme el día antes de que haya ingerido siquiera una gota de cafeína.

Para mí eso es un crimen, así que hago lo que haría cualquier persona normal si le enviaran a traición unas fotos pornográficas tan decepcionantes como el hombre que las ha mandado: lleno hasta arriba una taza de café desportillada, salgo al porche con una camiseta oversize que me queda por las rodillas y unos calcetines desparejados que me llegan hasta la mitad de las pantorrillas, me siento en el columpio de madera que está colgado en un rincón y respondo con un emoji de un pulgar hacia abajo al mensaje del Capullo de la Polla para herir profundamente su ego.

Una vez solucionada la crisis del pene y cada vez con más ganas de renunciar a la tecnología, levanto la vista hacia el cielo y exhalo un suspiro. Unos amenazadores nubarrones grises se acercan por el horizonte. Sonrío con una alegría desbordante al sentir una fuerte ráfaga de viento.

Siempre me ha gustado estar al aire libre. Era la típica niña que solía tener las uñas llenas de tierra y las rodillas manchadas de hierba. Soy mucho más de lluvia y de campo abierto que de autopistas de cuatro carriles.

Me encantan los últimos días de mayo y adoro el calor sofocante del mes de junio en Florida.

Me muero por que llegue el abrasador julio y espero con ilusión el pegajoso e insoportable mes de agosto, cuando el aire se transforma en una bruma lánguida e indolente que te asfixia, te envuelve con fuerza y no te suelta.

Ojalá pudiera quedarme así eternamente. Inmortalizada como una amante del verano con la piel bronceada, la nariz llena de pecas y esa serenidad que tanto me cuesta encontrar cuando los meses de otoño se van acercando sigilosamente en el calendario.

—Quin.

Sonrío al oír mi nombre y giro la cabeza hacia aquella voz tan familiar que viene de la casa de al lado.

—¡Buenos días, guapa!

—Demasiado temprano para tanta alegría. —Harlow Whitaker asoma la cabeza por la ventana de la cocina para mirarme—. Por mucho entusiasmo que le pongas, te veo las ojeras desde aquí.

—Genial. Justo lo que quería: parecer una mujer completamente agotada física y profesionalmente.

—Los treinta y tantos son una mierda. Demasiadas crisis y demasiado pocos orgasmos. Espera. Ahora voy.

Harlow cierra la ventana.

Oigo el portazo de una vieja puerta mosquitera.

Se escuchan unos zapatos arrastrándose por el cemento.

En un abrir y cerrar de ojos, mi amiga pelirroja y patilarga está subiendo las escaleras del porche con unas Doc Martens desatadas.

—Hola —le digo.

—Feliz uno de junio, Quin. —Me pone un gorrito de cumpleaños en la cabeza antes de darme unos toquecitos con el dedo en la nariz—. Y feliz temporada de huracanes.

—No sabía que este año tendríamos que celebrarlo. —Me pongo la goma por debajo de la barbilla y hago una mueca de dolor cuando me da en el cuello—. ¿Tan mal pinta la cosa como para sacar los gorritos de fiesta?

—Tú eres la científica. —Harlow se sienta a mi lado y bosteza mientras se tapa la boca con una mano en la que lleva tatuadas media docena de flores distintas—. ¿El mundo está a punto de estallar?

—¿Literalmente, quieres decir? Las erupciones solares pueden provocar tormentas geomagnéticas aquí en la Tierra y… —Hago una pausa para beber un sorbo de café y sonrío por encima de la taza—. Todavía no ha estallado, pero nunca se sabe. Seguro que en el año 2500 estará hecho un desastre.

—¿Qué hiciste ayer por la noche?

—Bah, lo de siempre. —Agito una mano y me encojo de hombros—. Nada especial.

—Como me digas que estuviste despierta hasta las doce para esperar a que empezara la temporada de huracanes, como si fuera Nochevieja, me voy a cabrear mucho. Necesitas divertirte un poco.

—Ya me divierto mucho y que sepas que mi vida no gira en torno al trabajo.

—Harlow arquea una ceja para demostrar que no se lo traga, y yo resoplo—.

Vale. Es mentira, pero no me quedé despierta hasta que empezó el mes de junio.

Estuve contestando unos correos y me fui a la cama temprano.

Tenía un mensaje de un niño de Colorado que vive en un rancho.

Su padre lo lleva hasta el límite de la propiedad para ver las nubes cuando hay tormenta y dice que sabe identificarlas todas.

—Me río, recordando viejos tiempos. Yo era exactamente igual a los nueve años.

Me fascinaban el viento y cómo bajaban las temperaturas justo antes de llover.

Vi tantas veces Twister en el reproductor de VHS de mis padres que la cinta se rayó y tuve que ir en bici al Blockbuster a alquilar otra copia—. Me pareció entrañable.

—Supongo que es una buena razón para quedarse en casa.

—Harlow me roza una pierna con la suya y el dobladillo del mono se le sube un poco por los muslos.

Tiene un par de cerezas tatuadas justo encima de la rodilla.

Y, al lado, un montoncito de libros—. ¿Qué tal el programa? Echo de menos verte en el ordenador.

—Por fin voy a empezar otra vez a hacer vídeos en directo a diario. Menos mal. La primavera es aburridísima. Casi no hay nada de qué hablar —le digo, cuando me pregunta por The Rainy Day Show , el programa online sobre meteorología que tengo.

—La NOAA prevé un par de meses muy activos, con veintitrés borrascas con nombre y once huracanes, seis de ellos de gran intensidad. Voy a estar muy ocupada.

—Como a ti te gusta. No soportas estarte quieta.

—No recuerdo la última vez que me tomé un día libre. —Sostengo la taza con ambas manos—. Anoche me pasó otra cosa muy emocionante.

—¿Aparte de lo de comunicarte con tu amigo virtual? —Harlow se acerca más a mí—. ¿Te has vuelto a descargar alguna app de contactos? ¿Por fin has enmarcado tu título para que los trols de internet vean que estás cualificada para hablar de meteorología y no te lo sacas todo de la manga?

—Lo tengo en la lista de tareas de los próximos seis meses. —Hago una pausa para saborear la noticia que estoy a punto de darle—. He alcanzado el millón de seguidores en Instagram.

—¡Qué fuerte! —Harlow se abalanza sobre mí y me rodea el cuello con los brazos para darme un achuchón. Se me cae un poco de café en el suelo del porche, pero me cuesta preocuparme cuando me está abrazando tan fuerte, riéndose y haciéndome sentir importante—. Llevas siglos persiguiendo ese objetivo.

—Desde que empecé con el programa, hace siete años.

—¿Es la primera plataforma en la que consigues un millón de seguidores?

—Sí. Tengo más de dos millones en total en el resto de las redes sociales, pero Instagram es la única donde pone un millón y… —Dejo la frase en el aire mientras me alejo de ella—. Es agradable ver que tanto esfuerzo ha dado sus frutos.

—Trabajas muchísimo. —Mi amiga se sorbe la nariz y se seca la parte inferior de un ojo—. Joder.

—Harlow Whitaker. ¿Estás llorando? Ahora sí que se va a acabar el mundo.

—De vez en cuando soy capaz de mostrar cierta emoción. —Me da unas palmaditas en el brazo—. Estoy muy orgullosa de ti, Quincy Phillips Monroe. Lo estás petando en el mundillo de las ciencias, siendo mujer. Estás persiguiendo tus sueños. Y me encanta ser testigo de ello.

—También recibo fotopollas cutres antes de que salga el sol. Seguramente esa es la parte más importante de mi currículum. Sobre todo cuando ni siquiera sé cómo se llama el tío.

—¿Perdona? —Harlow arruga la nariz, poniendo cara de asco—.

Ojalá yo tuviera tan poca vergüenza como un hombre.

¿Cómo se le puede ocurrir a alguien bajarse los pantalones en el baño de un Starbucks para hacerse una foto del paquete porque cree que a alguna mujer le gustaría verla? A nosotras no, desde luego.

—Ha sido traumático, en serio. —Me acurruco con las piernas contra el pecho y apoyo el mentón en las rodillas—.

Pollas aparte, a veces me parece increíble que esta sea mi vida.

Jamás habría pensado que unos cuantos vídeos en los que explicaba las causas de una tormenta eléctrica pudieran hacerse virales y…

—Señalo la casa de estilo Craftsman que tengo detrás.

La contraventana del salón se ha soltado y todavía no la he cambiado.

Y, a la derecha de la puerta principal, hay una planta en un tiesto de terracota que tiene una grieta porque se me cayó el verano anterior.

Sí, es una vida imperfecta llena de lecciones y errores, pero lo he conseguido todo yo solita—. Convertirse en esto.

Esta es la vida que me he forjado a base de crear contenido meteorológico que me reporta unas ganancias anuales de seis cifras. Apenas tengo un momento para bajar el ritmo, descansar o hacer otra cosa que no sea centrarme en el trabajo, pero jamás se me ocurriría quejarme.

Soy feliz y las cosas me van bien.

De junio a noviembre, me conecto a diario para la gente que sigue mi canal en todo el mundo.

Hago entrevistas virtuales a los coordinadores de los servicios de emergencia de diferentes condados del sudeste, reviso los datos oceanográficos y sigo de cerca los sistemas de bajas presiones que se forman en el Atlántico y en el Golfo.

A las mujeres se nos enseña a no alardear de nuestros logros.

A no presumir de nuestros triunfos, por si llamamos demasiado la atención y parecemos unas descaradas, pero yo soy muy buena en mi trabajo.

En un campo lleno de hombres que sienten la necesidad de explicar con condescendencia los ciclos de las precipitaciones a una mujer con un doctorado, no me da miedo reconocer mi talento.

—Se ha convertido en esto porque eres increíble.

—Harlow me roba el café y le da un sorbo—.

Te mereces hasta el último pedacito de éxito que has conseguido.

Pásate por The Hideout esta noche. Comeremos palitos de mozzarella y celebraremos el primer día de la temporada.

A lo mejor hasta saco un poco de salsa marinara.

—¿Cómo sabías que unos aperitivos congelados de dudosa calidad y recalentados en el microondas eran la clave para conquistarme?

—Eres mi mejor amiga desde los doce años. No te queda otra que aguantarme de por vida, Quin.

—Ya que no me queda otra que aguantarte de por vida, ¿puedo contarte otro secreto?

—Claro.

Me acaricio el labio inferior con el pulgar.

Sonrío al recordar la noche del jueves de la semana anterior, en la que me puse a dar vueltas por el salón con una botella de cabernet bajo el brazo; las dos copas de vino que me bebí antes de rellenar la solicitud para un trabajo con el que siempre he soñado, pero que nunca me había atrevido a intentar conseguir; y la emoción que sentí después.

—He solicitado un puesto en el Servicio Nacional de Meteorología —digo. Me río al ver que Harlow me mira boquiabierta—. Yo tuve la misma reacción.

—Venga ya. Si llevas hablando de trabajar para el Servicio Nacional de Meteorología desde que somos amigas.

—Pues por fin lo voy a intentar. —Una sensación de orgullo me recorre el cuerpo como una corriente eléctrica, y bajo la barbilla, un poquito avergonzada pero muy satisfecha—.

Quiero probar suerte y creo que es el momento ideal.

Mi carrera está en pleno apogeo. Me he labrado un nombre sin ningún tipo de recursos ni financiación.

Imagina lo que podría aportar en una organización que se dedica a mantener informada a la gente cuando se producen fenómenos meteorológicos extremos.

Hasta ahora nunca me parecía el momento adecuado y siempre ponía excusas para no intentarlo.

Pero la semana pasada…, no sé, Har. Esto suena muy moñas, así que no te rías de mí.

Es que de repente miré por la ventana, vi el cielo azul y pensé: «Valgo para mucho más que para crear contenido.

Debería intentarlo de una puñetera vez».

En el NWS podría demostrarlo. Así que me lancé.

Puede que redactar un currículum y una carta de presentación estando un poco piripi no haya sido la mejor idea del mundo, pero ahora ya está, así que a ver qué pasa.

—Ay, Quin. Qué emocionante. Ahora sí que tienes que pasarte por The Hideout. Olvida los palitos de mozzarella. Hoy descorchamos una botella de champán, nena.

Apoyo la cabeza en su hombro. Un trueno retumba en lo alto. Las nubes liberan su carga. La lluvia cae sobre el camino que conduce al porche, y me cuesta disimular una sonrisa.

—Es el mejor verano de mi vida —susurro.