Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO VEINTIDÓS #3
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CAPÍTULO VEINTIDÓS #3

«Ay, no, no, no».

Porque el joven del umbral no era el joven de la fotografía de la página web de la iglesia.

El joven de la fotografía sonreía. Este no.

Este estaba muy quieto en el umbral de una casita de piedra caliza, con las manos planas contra los muslos, la cara encendida y el pelo —oscuro, casi negro, rizado y húmedo en la nuca, como si acabara de salir de la ducha— caíndole sobre la frente.

Era delgado, fibroso y quemado por el sol, con los antebrazos nervudos y el moreno de granjero de quien se gana la vida trabajando al aire libre.

Tenía una diminuta cicatriz blanca que le atravesaba la ceja izquierda.

Le salpicaba el puente de la nariz un puñado de pecas.

Tenía la mandíbula afilada, la boca suave y unas pestañas largas, oscuras, absurdas.

Y tenía los ojos de un verde avellana. Los ojos de su padre, exactamente los mismos. En una cara completamente distinta.

Estaban clavados en Luke.

No era la mirada educada y fugaz de saludo que Luke había recibido de mil desconocidos en mil vestíbulos de iglesia.

No era la mirada cauta y calculadora que el reverendo le había echado a través de la ventanilla del Buick.

Tampoco era la mirada de soslayo, asustada y hambrienta que le había lanzado Trevor en la sala de reuniones, que apareció y se esfumó en un instante, como un respingo.

Aquello era otra cosa.

Aquello era un hombre de pie en un umbral, mirándolo como si acabara de ver salir el sol por primera vez en su vida y aquello lo aterrorizara.

Luke conocía aquella mirada. Nunca la había visto en el rostro de nadie más. Pero la conocía. La había sentido una vez en el suyo, inmóvil en las escaleras el día de Acción de Gracias, a los catorce años, mientras veía a un chico colocarle a su hermana un mechón de pelo detrás de la oreja.

En lo más profundo del pecho —en algún lugar bajo las promesas, bajo el muelle, los somorgujos y se acabó—, algo hizo clic.

Como una llave al girar en una cerradura.

Lo oyó. Lo oyó de verdad. Y se quedó de pie en el camino de entrada, bajo el calor, con las bolsas al hombro, y pensó con toda claridad, con una voz que sonaba como la de Kari, como la de Mormor, como la de Tomás, como una carta de hacía sesenta años en el Salmo 139:

«Ah. Ahí estás».

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—Nathan —dijo el reverendo mientras subía los escalones del porche y le ponía en las manos a su hijo la fuente de comida—. Este es el pastor Luke Halvorsen, de la iglesia Covenant Word de Bloomington, Minnesota. Pastor Halvorsen, mi hijo, Nathan.

Luke dejó la bolsa de viaje en el porche. Se enderezó. Se obligó a sonreír —la sonrisa fácil y amistosa del Medio Oeste con la que había sonreído a desconocidos toda su vida— y le tendió la mano.

—Luke está bien —dijo. Le salió la voz firme; no sabía cómo—. El pastor Halvorsen es primo de mi padre y es un auténtico pelmazo. Encantado de conocerte, Nathan.

Nathan pasó la fuente a un brazo. Tendió la mano y estrechó la de Luke.

Tenía la palma caliente y húmeda, callosa en la parte alta, la mano de un hombre que se ganaba la vida con una clavadora. Era más pequeña que la de Luke. La de todo el mundo lo era. Los dedos de Luke la rodearon por completo.

Y no la soltó.

Un segundo más de lo que requería un apretón de manos.

Solo uno. No fue algo que decidiera. Su mano lo hizo sin más, igual que su cuerpo había cruzado una habitación de motel en Duluth, el suelo de un dormitorio en St. Paul y un estudio blanco lleno de luz en North Loop —por su cuenta, sin pedir permiso, sabiendo algo antes que él.

Un segundo.

Le miró la cara mientras le retenía la mano. El rubor. Las pecas. La cicatriz que le atravesaba la ceja. Aquellos ojos verde avellana, muy abiertos, oscuros y asustados, que lo miraban a su vez.

«Un nuevo comienzo», dijo una voz en su cabeza. «Se acabó. Lo prometiste. Mantén la puerta cerrada».

La soltó.

—Gracias por acogerme —dijo—. Sé que ha sido con muy poca antelación. Le dije a tu padre que podía buscarme un hotel, pero casi me arranca la cabeza.

—No es ninguna molestia —dijo Nathan.

Tenía la voz grave y un poco áspera, con un arrastre texano lento que hacía que cada palabra sonara como si la estuvieran vertiendo.

—Eso lo dices ahora —contestó Luke, y sonrió, porque era lo único que se le ocurrió hacer—. Espera a oírme roncar.

El reverendo soltó su gran carcajada de púlpito y le dio una palmada en la espalda.

Y Nathan Harlow se dio la vuelta y metió en la casa la fuente de comida de su madre, deprisa, sin decir una palabra más.

Luke lo vio marcharse —le vio la nuca, sonrosada, y el rizo oscuro y húmedo pegado a ella—, y se quedó de pie en el porche de una pequeña casa de piedra caliza, al final de un callejón sin salida en el sur de Austin, Texas, a treinta y nueve grados, con las cigarras chillando y las estrellas asomando sobre el nogal pacano, y supo, igual que se sabe que el hielo va a romperse bajo los pies, que todas las promesas que había hecho en el muelle del lago Carlos ya se habían esfumado.