Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO VEINTE #2
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CAPÍTULO VEINTE #2

—Que Dios te bendiga, Calvin —dijo el obispo—.

Haré que mi oficina te envíe el expediente.

Puede empezar el quince de julio. —Escuchó—.

Sí. Sí. ¿Vivienda? Ah, qué maravilla. Un apartamento encima del salón de actos.

Será perfecto. —Volvió a escuchar y soltó una risita—.

Sí, es alto. Muy alto. Noruego. Tendrás que darle de comer.

—Se rio—. Muy bien. Que Dios te bendiga. Dale recuerdos a Ruth.

Colgó.

Miró a Luke al otro lado del escritorio, en el círculo amarillo de luz que proyectaba la lámpara de cristal verde.

—El reverendo Calvin Harlow —dijo—. Grace Covenant Tabernacle. Austin, Texas. El quince de julio. —Sonrió: una sonrisa amable, triste, de abuelo, la sonrisa de un hombre que una vez había enseñado a un niño de ocho años a cebar un anzuelo—. Hará calor. Cómprate un sombrero.

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Volvió a casa por Pascua.

No sabía qué otra cosa hacer. Lo habían relevado de sus funciones, no tenía ninguna iglesia a la que ir el domingo por la mañana y su apartamento de Richfield se le hacía una celda.

Así que el sábado hizo las dos horas y diez minutos de carretera por la I-94 hasta Alexandria, con la radio apagada y las dos manos sobre el volante, enfiló el camino de grava de la granja a las cuatro de la tarde, pasó junto al buzón de la bisagra de latón y se quedó mucho rato dentro de la camioneta, mirando la casa.

Su madre salió al porche.

Lo sabía. No exactamente qué. Pero algo sabía.

Luke lo veía en su manera de estar de pie: muy quieta, con las manos enlazadas delante del delantal, igual que estaba al final del camino cuando él se marchó a la boda de Caleb.

Lo había llamado el martes, el miércoles y el jueves, y él no había respondido.

El viernes le había enviado un mensaje: «Vuelvo a casa por Pascua. Te lo contaré entonces».

Bajó de la camioneta. Subió al porche.

—Lukey —dijo ella.

Él la rodeó con los brazos, hundió la cara en su pelo rubio canoso y se quedó allí, en los escalones del porche, sin poder decir nada.

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Se lo contó en la mesa de la cocina después de cenar, con los platos todavía sin recoger y la luz que se volvía dorada y después gris al otro lado de la ventana de encima del fregadero.

No se lo contó todo. No podía. Les contó lo que habían comunicado a los ancianos.

Que había mantenido una relación inapropiada con un miembro casado del personal de Covenant Word.

Que lo habían descubierto. Que era culpa suya.

Que lo habían relevado de su puesto. Que el obispo le estaba dando una segunda oportunidad en una iglesia de Texas, bajo la autoridad de un pastor firme, a partir de julio.

No dijo «él». No dijo «hombre». No pronunció la palabra. Dijo «un miembro casado del personal», y «la relación», y «culpa mía».

Vio que su madre lo entendía de todos modos.

Lo vio ocurrir en su cara. Despacio. Como una fotografía que se revela en la oscuridad.

Primero, confusión: «¿Un miembro casado del personal?

¿En la iglesia? ¿Luke?»; y después otra cosa, algo que se remontaba años atrás, a los sombreros de iglesia, las obras de la escuela dominical, La Sirenita y un chico de Iowa que llevó una tarta.

Entonces se le descompuso la cara, se la cubrió con las manos y rompió a llorar.

No en voz alta. Su madre nunca hacía nada en voz alta. Se quedó sentada a la mesa de la cocina, con las manos sobre la cara y los hombros temblando, llorando sin decir nada.

Su padre estaba sentado a la cabecera de la mesa, mirando su taza de café.

Tampoco él dijo nada. No se movió. Permaneció allí sentado, con el mono de trabajo puesto, las manos grandes y llenas de cicatrices de granjero alrededor de la taza, mirando el fondo como si allí hubiera algo escrito.

El reloj de la pared hacía tictac. Una vaca mugió en el establo.

—Lo siento —dijo Luke—. Lo siento muchísimo, mamá. Lo siento, papá.

Su madre alargó la mano por encima de la mesa sin levantar la cabeza, agarró la de Luke y apretó con tanta fuerza que le hizo daño.

Su padre se levantó.

Apartó la silla de la mesa, se puso en pie, fue hasta la puerta trasera, descolgó del gancho el abrigo de establo, se lo puso y salió al crepúsculo de abril sin decir una palabra. La puerta mosquitera se cerró de golpe a su espalda.

Luke se quedó sentado a la mesa, sujetando la mano de su madre, y lo vio cruzar el patio hacia el establo bajo la última luz gris, con los hombros encorvados y la cabeza gacha. Igual que había cruzado ese mismo patio todas las tardes de la vida de Luke.

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Lo encontró en el establo una hora después.

Su madre había subido. Le había besado la frente al pie de las escaleras y le había dicho: «Te quiero, Lukey. Pase lo que pase. ¿Me oyes? Pase lo que pase». Y había subido despacio, con una mano en la barandilla, había cerrado la puerta del dormitorio y él la había oído llorar al otro lado.

Había salido al establo porque no sabía a qué otro sitio ir.

Era la hora del ordeño de la tarde. Las luces fluorescentes estaban encendidas.

Las holstein seguían en sus puestos, masticando y agitando la cola, y sus grandes ojos oscuros se volvieron a mirarlo cuando entró.

El aire olía a leche, heno, estiércol y hormigón frío.

La radio del estante de al lado de la puerta emitía muy bajito el parte agrícola de la WCCO.

Su padre estaba al final de la fila, agachado junto a una vaca. Estaba de espaldas a la puerta.

Luke se quedó justo dentro, nada más pasar la puerta.

Su padre sabía que estaba allí. Tenía que saberlo. Había oído la puerta. Pero no se volvió. Siguió trabajando, con las manos grandes moviéndose sin pausa, igual que lo habían hecho durante cincuenta años.