Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO DIECIOCHO
76%

CAPÍTULO DIECIOCHO

——— ❧ ———

Eden Prairie

❦

Duró once meses.

Después, cuando Luke intentó explicárselo —a Nathan, en un futón, encima de un salón parroquial, en Texas, con el aire acondicionado de la ventana traqueteando—, no pudo.

No de verdad. Podía contarle los hechos.

Las fechas. Las reglas. Pero no podía explicar por qué.

Por qué había dejado que durase tanto. Por qué había dicho sí cada vez, sin fallar una, que sonaban en la puerta de su apartamento aquellos tres golpecitos suaves y vacilantes a las once de la noche.

Por qué había amado a un hombre que no lo miraba a la luz del día.

—Porque me necesitaba —fue lo mejor que supo decir—. Porque se estaba ahogando. Y yo sabía lo que era ahogarse. Y pensé que, si aguantaba lo suficiente, aprendería a nadar.

Nathan guardó silencio un largo rato después de aquello.

—Eso no es amor —dijo al final, muy bajito—. Eso es hacer de balsa salvavidas.

Luke no había sabido qué responder.

❦

Había reglas.

Nadie las dijo nunca en voz alta. Trevor nunca decía nada en voz alta. Pero Luke las aprendió como se aprenden las reglas de una casa donde alguien bebe: rompiéndolas una vez, viendo lo que pasaba y no volviendo a romperlas nunca.

Trevor venía los lunes y los jueves. A veces los sábados, si Amy se llevaba a los niños a casa de su madre, en Mankato.

Siempre después de las once. Nunca antes.

Aparcaba a dos manzanas, al otro lado de Lyndale, delante de la tintorería cerrada.

Llevaba una gorra de béisbol. Llamaba tres veces, suavemente.

Nunca pasaba la noche. Nunca. Ni una sola vez en once meses.

Se iba antes de las dos. A veces antes de la una.

Se levantaba de la cama de Luke a oscuras, se vestía sin encender la luz y se quedaba junto a la puerta con la chaqueta puesta y la gorra en la mano; y a veces —no siempre— volvía a la cama, se inclinaba y apoyaba la frente contra la de Luke, solo un segundo, a oscuras, sin decir nada.

Y luego se marchaba. Y Luke se quedaba tumbado, escuchando sus pasos por las viejas escaleras de madera del edificio de cuatro viviendas, la puerta de la calle al cerrarse y, un minuto después, muy débilmente, a dos manzanas, un coche que arrancaba.

Nunca decía el nombre de Luke. Ni en la cama.

Ni en ninguna parte. Decía oye, y Dios, y por favor, y a veces cosas que ni siquiera eran palabras.

Pero nunca decía Luke. Una vez, en noviembre, a oscuras, justo al final, Luke notó que empezaba a decirlo —sintió su forma en los labios de Trevor, contra su propia garganta, la L—, y entonces Trevor se detuvo, hundió la cara en el hombro de Luke, no dijo nada y tembló.

Nunca dejaba que Luke lo tocase a la luz del día.

Ni una mano en el hombro. Ni un roce de dedos al pasarle una taza de café en The Well.

Ni una palmada en la espalda después de una buena noche de miércoles.

En la iglesia era el pastor Halvorsen. En las reuniones del personal era el pastor Halvorsen.

En el escenario del Loft, delante de cuatrocientos sesenta chicos, cuando se colocaban uno al lado del otro al final del servicio para la oración de clausura, siempre quedaban noventa centímetros justos de escenario vacío entre ellos.

Luke los midió una vez con la mirada. Noventa centímetros exactos.

Nunca hablaba de Amy. Ni una sola vez. Ni a oscuras. Nunca.

Y nunca, jamás, miraba a Luke a los ojos.

Esa fue la que Luke tardó más en notar. Hasta diciembre no se dio cuenta.

Una noche, después de que Trevor se marchara, estaba tumbado a oscuras, repasándolo todo como hacía siempre, reproduciendo cada segundo, y comprendió que no recordaba los ojos de Trevor.

Ni de aquella noche. Ni de ninguna. Recordaba sus manos, su boca, su voz y los sonidos que hacía.

Recordaba su peso, su olor y la sal de sus lágrimas.

Pero no sus ojos. Porque Trevor siempre los cerraba.

O apartaba la mirada. O mantenía la cara vuelta hacia la almohada, hacia el hombro de Luke, hacia la oscuridad.

En once meses, Trevor Lindgren no miró a Luke ni una sola vez mientras estaban juntos.

Ni una sola vez.

❦

Lo extraño era que no todo había sido malo.

Eso era lo que lo hacía tan difícil. Si todo hubiera sido malo —si Trevor hubiera sido cruel, o frío, o descuidado—, Luke se habría marchado. Se había marchado de lo de Marcus, que era el hombre más bondadoso que había conocido. De la crueldad habría podido marcharse.

Pero Trevor no era cruel. Trevor se estaba ahogando. Y a oscuras, a veces, entre una regla y otra, alargaba la mano hacia Luke con una ternura que a Luke le partía el corazón.

Le recorría con la yema de un dedo la cicatriz del pie, una y otra vez, de punta a punta, los once puntos de sutura enteros, y no decía nada.

Se tumbaba con la cabeza sobre el pecho de Luke y le escuchaba el corazón, y Luke sentía cómo se relajaba —se relajaba de verdad, del todo, como un hombre que suelta en el suelo algo pesado que ha cargado durante kilómetros— y durante unos minutos, solo unos pocos, se quedaba quieto. Y callado. Y a salvo.

Tarareaba. Muy bajito. Melodías que Luke no conocía. Fragmentos de canciones que estaba escribiendo. Una vez, en febrero, a oscuras, con la cabeza apoyada en el pecho de Luke, tarareó algo tan hermoso que Luke se echó a llorar sin saber por qué, y Trevor se detuvo, levantó la cabeza y preguntó:

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Nada. Sigue. ¿Qué es eso? —dijo Luke.

Trevor guardó silencio un largo rato y luego dijo:

—Es para ti.

Y volvió a apoyar la cabeza y tarareó el resto, hasta el final.

Nunca la tocó en la iglesia. Nunca la tocó en ningún sitio.

Ni siquiera le dijo a Luke cómo se llamaba.

Pero Luke la oiría en la cabeza durante años: en la ducha, en el coche, tumbado sin dormir en una habitación de invitados de Texas con el aire acondicionado roto.

Una melodía lenta, triste, ascendente, en tono menor, que al final, inesperadamente, resolvía en mayor. Como una puerta que se abre.

No volvió a oírla nunca.

❦

Por Navidad, los Lindgren celebraron la fiesta del personal en su casa de Eden Prairie.

Luke estuvo a punto de no ir. Permaneció veinte minutos sentado en la camioneta, a oscuras, al final de la calle sin salida donde vivían, con el motor en marcha, mirando la casa.

Era una casa nueva y grande de dos plantas, en una urbanización de casas nuevas y grandes de dos plantas, con garaje para tres coches, canasta de baloncesto, luces blancas de Navidad bordeando el tejado en líneas perfectamente rectas, una corona en la puerta, un muñeco de nieve hinchable en el jardín y un cartel clavado en el parterre que decía: JESÚS ES LA RAZÓN DE LA NAVIDAD.

Todas las ventanas estaban iluminadas de dorado. Veía a gente moviéndose dentro. Miembros del personal. Pastores. Voluntarios. Veía el árbol de Navidad en el ventanal de delante, enorme y reluciente.

Veía a Trevor en la cocina, por la ventana lateral. Riéndose de algo. Con una niña en brazos —Ella, tenía que ser Ella—, con un vestido de terciopelo rojo.

Entró.

Amy Lindgren lo recibió en la puerta.

Era encantadora. Cómo no iba a serlo. Era menuda, de pelo oscuro, con un calor que se le notaba, la cara redonda, pecas y una risa sonora, y llevaba un jerséy navideño horrible con un reno al que se le encendía la nariz.

Lo abrazó. Abrazaba a todo el mundo. Le cogió el abrigo, le puso en la mano una taza de sidra caliente y dijo:

—¡Tú eres el pastor Halvorsen! ¡Madre mía! Trevor habla de ti todo el tiempo. Dice que eres el mejor predicador con el que ha trabajado. Dice que juntos sois un equipo de ensueño.

—Sí, señora —dijo Luke—. Encantado de conocerla.

—Ay, déjate de señoras. Soy Amy —se rio—. Pasa. Hay comida por todas partes. Y no dejes que Noah se te acerque, muerde.

Noah lo mordió antes de los diez minutos. En el tobillo, desde debajo de la mesa del comedor. Luke soltó un grito y derramó la sidra, y Amy llegó corriendo, cogió en brazos al niño de tres años y se disculpó cien veces, y Trevor salió de la cocina a ver a qué venía el alboroto.

Vio a Luke de pie en su comedor, con la camisa empapada de sidra por delante.

Durante un segundo —solo uno—, sus miradas se encontraron. De un lado a otro del comedor. A la luz dorada del árbol de Navidad, con cuarenta personas hablando y riendo alrededor, Bing Crosby por los altavoces y Amy sosteniendo a su hijo.

A Trevor se le quedó la cara blanca.

Después se le alisó. Agradable. Inexpresiva. Sonrió con cortesía.

—Pastor Halvorsen. Me alegro de que haya podido venir. Voy a traerle una toalla.

Y volvió a la cocina.

No volvió con ninguna toalla. La trajo Amy.

❦

Luke se quedó una hora. Habló con el pastor Ellison sobre el retiro de invierno y con Diane Ellison sobre el Walker, donde acababa de ver una retrospectiva fascinante de un fotógrafo local —«en blanco y negro, Luke, todo manos, pies y espaldas; tienes que verla, está hasta enero»—, y él dijo: «Lo intentaré, señora», se excusó y se metió en el baño de la planta baja, cerró la puerta con llave y se quedó cinco minutos con las manos apoyadas en el lavabo.

Cuando salió, Ella estaba en el pasillo.

Tenía seis años. Tenía los ojos grises de Trevor y las pecas de Amy, y llevaba un vestido de terciopelo rojo con cuello de encaje blanco, y sostenía un dibujo. Miró a Luke desde abajo —muy desde abajo—, con la cabeza echada hacia atrás.

—¿Eres tú el pastor alto? —preguntó.

—Supongo que sí.

—Papá dice que eres su mejor amigo.

A Luke se le paró el corazón.

—¿Ah, sí?

—Ajá —Ella levantó el dibujo—. Te he hecho un dibujo. Es un caballo. Voy a ser veterinaria.

Lo cogió. Era un caballo, más o menos, en cera marrón, con la crin verde y las pezuñas moradas, de pie bajo un sol amarillo. Debajo, con letras cuidadosas y temblorosas de niña de seis años, decía: PARA EL AMIGO DE PAPI.

Se quedó de pie en el pasillo de la casa de Trevor Lindgren, en Eden Prairie, y miró el dibujo largo rato.

—Gracias, Ella —dijo al fin—. Es precíoso.

—De nada.