CAPÍTULO DIECISÉIS
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El nuevo líder de alabanza
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El pastor Ellison lo presentó en la reunión general del personal, el primer lunes de enero, en la gran sala de conferencias de la última planta del edificio administrativo, con el valle del río Minnesota a la vista, blanco y helado bajo un implacable sol de invierno.
—Bueno, amigos —dijo con una sonrisa radiante, apoyando una mano en el hombro del recién llegado—, quiero que conozcáis todos a Trevor Lindgren.
Trevor viene de Grace Fellowship, en Des Moines, donde ha dirigido la alabanza durante ocho años.
Ha escrito algunas de las canciones más hermosas que he oído en mi vida.
Dos de ellas están en el nuevo himnario de la Fellowship.
Va a hacerse cargo de todo nuestro ministerio de alabanza: los domingos por la mañana, los sábados por la noche y los servicios juveniles del Loft.
—Le apretó el hombro—. Trevor y su esposa, Amy, acaban de comprar una casa en Eden Prairie con sus dos pequeños.
¡Démosles una calurosa bienvenida al estilo Covenant Word!
Todos aplaudieron.
Luke también aplaudió. Estaba sentado en el extremo más alejado de la larga mesa de conferencias, con un café de The Well y un bloc lleno de notas para el viaje misionero de verano, y alzó la vista, vio a Trevor Lindgren por primera vez y pensó con toda claridad: «Oh, no».
No porque fuera guapo. Aunque lo era, a su manera callada, cansada, de voz suave.
Tendría treinta y dos o treinta y tres años, era de estatura media y complexión delgada, con el pelo rubio oscuro que le caía sobre la frente, una barba corta y bien recortada y unas gafas de montura metálica.
Vestía una sencilla camisa gris de botones, remangada hasta los codos, y unas botas marrones gastadas.
Tenía manos de guitarrista, de dedos largos y yemas encallecidas.
Llevaba una pequeña cruz de plata colgada de una cadena al cuello y una sencilla alianza de oro en la mano izquierda, y tenía un rostro que parecía tallado en la paciencia.
No era eso.
Eran sus ojos.
Eran grises. De un gris pálido, como el cielo sobre el lago Superior en noviembre.
Y eran los ojos más tristes que Luke había visto jamás.
Más tristes que los de Caleb en el suelo de la habitación 310, diciendo «Creo que voy a ir al infierno».
Más tristes que los de Marcus en el Walker, diciendo «Lo miro todas las mañanas».
Eran los ojos de un hombre que llevaba tanto tiempo conteniendo la respiración que había olvidado que lo hacía.
Luke conocía aquellos ojos. Los había visto en el espejo del baño cada mañana durante dos años.
Trevor Lindgren paseó la vista por la mesa de conferencias, sonriendo con educación y asintiendo a quienes aplaudían. Su mirada fue pasando de rostro en rostro. Llegó al extremo de la mesa.
Encontró a Luke.
Se detuvo.
Duró quizá un segundo. Menos. Solo un destello: los ojos grises se posaron en el rostro de Luke y se quedaron enganchados allí, como una manga en un clavo, antes de soltarse y seguir adelante. Nadie más en la sala lo habría notado.
Luke sí lo notó.
Bajó la vista hacia el bloc. El corazón le latía con fuerza.
«No», se dijo. «No. Rotundamente no. Está casado.
Tiene dos hijos. Lleva una alianza y tiene una hipoteca en Eden Prairie.
Te has portado bien. Llevas cuatro meses portándote bien.
Desde la boda de Tomás. Se acabaron las aplicaciones.
Se acabaron los sábados por la noche. Se acabó Anders.
Te lo prometiste en aquel balcón, al amanecer».
No.
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Resultó que tenían que trabajar juntos. Mucho.
Los miércoles por la noche, el Loft era todo un espectáculo.
Trescientos adolescentes, un equipo de iluminación, una máquina de humo, un sistema de sonido capaz de llenar un estadio de hockey, una banda de alabanza de seis chavales con los que había que ensayar y una lista de canciones que debía encajar con el sermón que Luke tuviera preparado.
El anterior líder de alabanza se limitaba a cumplir el expediente: aparecía a las seis, tocaba las mismas cinco canciones todas las semanas y se marchaba a las nueve.
Trevor Lindgren no se limitaba a cumplir el expediente.
—¿Sobre qué vas a predicar esta semana? —le preguntó a Luke el primer lunes, desde el umbral de su despacho.
—Eh... sobre el hijo pródigo.
—Lucas quince. —Trevor asintió. Llevaba el estuche de la guitarra en una mano y un café en la otra—. ¿Puedo ver tus notas?
—¿Mis notas?
—Quiero elegir canciones que encajen. Que preparen el terreno. Quiero que los chicos ya lo estén sintiendo cuando empiece el sermón. —Sonrió: una sonrisa pequeña, cautelosa, educada, que no llegaba a aquellos ojos grises—. Si te parece bien.
Le parecía más que bien. Era la primera vez en dos años que alguien de Covenant Word le pedía ver sus notas.
A partir de entonces se reunieron todos los lunes.
Primero en el despacho de Luke, luego en el Loft vacío y después en la pequeña sala de ensayo de detrás del escenario, con las paredes insonorizadas, el piano vertical, la batería y las pilas de amplificadores.
Se sentaban en el suelo, con las notas del sermón de Luke desplegadas entre los dos y Trevor con la guitarra en el regazo.
Trevor leía las notas y luego tocaba algo —un himno antiguo, una canción de alabanza nueva, a veces algo que había compuesto él mismo, apenas unos acordes y una melodía que tarareaba entre dientes— y preguntaba: «¿Qué te parece esto?
¿Encaja?» Y Luke cerraba los ojos y escuchaba; normalmente, sí encajaba.
Trevor era bueno. Dios, qué bueno era. Podía coger la canción de alabanza adolescente más tonta, más repetitiva y más cargada de estribillos de las listas de la radio cristiana, ralentizarla, desnudarla y encontrar en ella algo —un dolor, un anhelo— que nadie más había descubierto.
Podía tomar un himno antiguo del que los chicos no habían oído hablar nunca, algo del siglo XIX con siete estrofas, y tocarlo a la guitarra acústica con un arpegio punteado tan suave y tan triste que trescientos chavales de dieciséis años se quedaban en silencio.
Conseguía que una máquina de humo y un equipo de iluminación parecieran una catedral.
A los chicos les encantaba. En marzo, las chicas ya se escribían las letras de sus canciones en los antebrazos con rotulador permanente. En abril, la asistencia de los miércoles por la noche había pasado de trescientos a cuatrocientos cincuenta.
—Vosotros dos sois un equipo de ensueño —dijo el pastor Ellison, radiante—. Un equipo de ensueño. Lo que sea que estéis haciendo ahí, seguid haciéndolo.
Trevor no miró a Luke. Luke no miró a Trevor.
Luke se fijó en eso.
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Se fijó en muchas cosas aquel invierno y aquella primavera.
Se fijó en que Trevor nunca pronunciaba su nombre.
Ni una sola vez. Era «oye», o «oye, tío», o, delante de otros, «pastor Halvorsen».
Nunca «Luke». El nombre de Amy lo decía a todas horas, y los de los niños: Ella, que tenía seis años y quería ser veterinaria, y Noah, que tenía tres y mordía a la gente.
Decía el nombre del pastor Ellison, y los de los seis chicos de la banda juvenil, y los de todos los técnicos de sonido y voluntarios de iluminación.
Pero el de Luke, nunca. Era como si la palabra quemara demasiado para tenerla en la boca.
Se fijó en que Trevor siempre se sentaba un poco demasiado lejos. En el suelo de la sala de ensayos, con las notas extendidas entre los dos, siempre quedaba un palmo de moqueta de sobra. Más de lo necesario. Más de lo que cualquier otro se habría molestado en calcular. Como si lo hubiera medido.
Se fijó en que Trevor cerraba los ojos cuando tocaba. Y en que, a veces, al abrirlos al terminar una canción, estaba mirando a Luke. Y en que, cuando Luke le sostenía la mirada, Trevor la apartaba tan deprisa que era como ver a alguien retirar la mano de un fogón al rojo.
Se fijó en que la alianza de Trevor le quedaba un poco floja. Que le daba vueltas y más vueltas en el dedo cuando estaba pensando. Que a veces se la quitaba para tocar, la dejaba sobre el piano, se olvidaba de ella y tenía que volver a buscarla.
Se fijó en que Trevor nunca, jamás, hablaba de su matrimonio.
De sus hijos hablaba sin parar: las clases de equitación de Ella, los mordiscos de Noah, aquella vez que fueron todos al zoo de Como y Noah intentó meterse en el recinto de los osos polares.
Pero cuando hablaba de Amy, siempre era cuestión de logística.
«Amy recoge a los niños. Amy está en casa de su madre.
Amy tiene algo en la iglesia». Nunca «Amy y yo». Nunca «nosotros».
Y se fijó —no pudo evitarlo— en cómo lo miraba Trevor cuando creía que nadie miraba.
Ya había visto aquella mirada. La había visto en la cara de Caleb en clase de griego, dos filas más adelante, cuando se volvía a mirar por encima del hombro.
La había visto en la cara de Dev en el vestuario.
La había visto en el espejo del baño. Aquella mirada.
Hambrienta, asustada, famélica, como la de un hombre plantado ante el escaparate de un restaurante bajo la nieve, viendo comer a los demás.
Se fijó en ella, apartó la vista y no dijo nada.
«No», se decía todas las noches. «De ninguna manera».
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La primera semana de mayo fueron al retiro de primavera, a un campamento cristiano junto a un lago cerca de Brainerd.
Doscientos chicos. Cuatro días. Cabañas, canoas, hogueras y un gran tabernáculo al aire libre con techo de hojalata, como todos los campamentos cristianos del Medio Oeste.
Luke predicaba cada noche. Trevor dirigía la alabanza.
La tercera noche hubo tormenta.
Entró por el lago hacia las once, después del servicio vespertino, cuando los chicos ya se habían ido a sus cabañas.
El cielo se volvió negro y verde, el viento cruzó aullando el agua, la lluvia cayó a cántaros y se fue la luz en todo el campamento.
Luke estaba solo en el tabernáculo, apilando sillas, cuando se apagaron las luces.
Se quedó allí a oscuras, con una silla plegable en las manos, escuchando la lluvia aporrear el techo de hojalata como un tambor; un relámpago iluminó el lago entero y, en ese destello, vio que no estaba solo.
Trevor estaba sentado en el borde del escenario.
Tenía la guitarra en el regazo. No la tocaba. Estaba ahí sentado a oscuras, con los codos apoyados en la guitarra y la cabeza gacha; los relámpagos titilaban sobre él y, en uno de aquellos destellos, Luke le vio la cara.
Estaba llorando.
Luke dejó la silla plegable en el suelo.
Cruzó el tabernáculo a oscuras, entre los bancos, mientras la lluvia rugía sobre el techo, y se detuvo delante del escenario. No dijo nada. No sabía qué decir. Se quedó allí a oscuras, con las manos a los costados.
Trevor no levantó la vista.
—Lo siento —dijo con voz tomada—. No sabía que hubiera nadie aquí.
—No pasa nada.
—Estoy bien. Es solo que... —Soltó una risa llorosa—. Solo estoy cansado. Ha sido una semana larga.
—Sí.
Un relámpago. Un trueno. Todo el tabernáculo tembló.
—Amy quiere otro hijo —le dijo Trevor a su guitarra.
Luke no dijo nada.
—Lleva un año pidiéndomelo. Dice que Noah necesita un hermano con menos diferencia de edad.
Dice que Ella se siente sola. Dice que siempre quiso tener tres —Trevor hizo girar la alianza en el dedo, una y otra vez, a oscuras—.
Y yo siempre digo «todavía no». «Todavía no, cariño; esperemos a estar instalados.
Esperemos a después de la mudanza. Esperemos a que esté bien asentado en Covenant Word».
Y ella sigue pidiéndolo. Y yo sigo diciendo que todavía no.
—Se detuvo—. No lo hemos... Llevamos dos años.
Desde que... —Volvió a detenerse—. Desde Noah. Dos años.
A Luke le latía el corazón con fuerza.
—Cree que es por ella —susurró Trevor—. Cree que es por algo que hizo ella.
Llora por eso. Me pregunta si todavía me parece guapa.
Y yo le digo que sí. Y lo es. Es preciosa.
Es la mujer más hermosa que he conocido.
Es la mejor madre. Es mi mejor amiga. Es…
—Se le quebró la voz—. Es todo lo que cualquiera podría desear. Y yo no puedo… No puedo…
No terminó la frase.
No hacía falta.
La lluvia rugía sobre el techo. Los relámpagos centelleaban sobre el lago.
Y Luke, a oscuras delante del escenario, miraba a aquel hombre —aquel hombre casado, padre de dos hijos, director de alabanza cuyas canciones figuraban en el himnario de la Fellowship— llorar sobre su guitarra, y sintió que algo que llevaba ocho meses guardado bajo llave empezaba a abrirse dentro de él.
No, se dijo. No. No. No.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó en voz baja.
Trevor alzó la cabeza.
En el siguiente relámpago, Luke le vio la cara. Mojada, pálida y aterrorizada. Y aquellos ojos grises, aquellos ojos del color del cielo de noviembre, clavados en él con una expresión tan desnuda y tan desesperada que Luke tuvo que agarrarse al borde del escenario para seguir en pie.
—Porque creo que tú lo sabes —susurró Trevor—. Creo que siempre lo has sabido. Desde el primer día. En la sala de juntas. Te vi mirarme. —Tragó saliva—. Y creo que eres la única persona del mundo entero a la que podría decírselo.
—¿Decir qué?
Trevor abrió la boca.
Un trueno estalló justo encima de ellos, tan fuerte que el techo de hojalata resonó como una campana. Y cuando el estruendo se apagó, Trevor había vuelto a cerrar la boca y miraba hacia otro lado, hacia la guitarra, y lo que fuera que había estado a punto de decir se había esfumado.
—Nada —dijo—. Da igual. Estoy cansado. Debería ir a ver cómo está mi cabaña.
Se puso en pie. Guardó la guitarra en el estuche. Cerró los broches de golpe, uno, dos, tres, cuatro. Bajó del escenario.
Se detuvo junto a Luke en la oscuridad. Cerca. Más cerca que ese palmo de moqueta de más. Lo bastante cerca para que Luke notara su calor y lo oliera: lluvia, humo de cedro y una especie de jabón con aroma a naranja.
—Buenas noches —dijo Trevor.
No «buenas noches, Luke». Solo «buenas noches».
Salió del tabernáculo a la tormenta, con el estuche de la guitarra en la mano y la lluvia descargando sobre él, y no miró atrás.
Luke se quedó solo en el tabernáculo oscuro, con la mano apoyada en el borde del escenario.
No, pensó. No. No. No.
Pero lo sabía. Como se sabe que el hielo va a romperse bajo los pies. No con la mente, sino con el cuerpo. De golpe.
Iba a decir que sí.