Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO QUINCE
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CAPÍTULO QUINCE

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Mormor

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Era su madre. Nunca llamaba antes de las siete. No llamaba nunca entre semana, salvo que se hubiera muerto alguien.

—Es Mormor —dijo. Hablaba con mucha calma, la calma que le salía cuando algo iba muy mal—.

Anoche se cayó. En la cabaña. Había salido a dar de comer a los pájaros.

Se rompió la cadera y estuvo tumbada en el porche, sobre la nieve, durante…

—La voz se le quebró. Solo una vez—. No saben cuánto tiempo.

Arne la encontró a las seis. Está en el hospital del condado de Douglas.

Luke, cariño. No creen que… Deberías venir.

Ocho minutos después estaba en la camioneta.

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De Richfield a Alexandria se tardaban dos horas y diez minutos con buen tiempo. Estaba nevando. Lo hizo en una hora y cincuenta y uno.

No recordaba casi nada del trayecto. La oscuridad.

Los faros sobre la nieve que caía. El largo vacío blanco y recto de la I-94 entre los campos helados, los silos de grano que surgían de la oscuridad como barcos y el cielo que pasaba despacio del negro al carbón y luego al gris peltre, pálido y amoratado, del amanecer invernal de Minnesota.

No encendió la radio. Conducía con las dos manos en el volante, a las diez y diez, como su padre, y rezaba.

Hacía mucho tiempo que no rezaba —que no rezaba de verdad—.

Había dirigido oraciones. Todos los miércoles por la noche se subía al escenario del Loft, inclinaba la cabeza y pronunciaba las palabras.

Había rezado con adolescentes en su despacho y con padres en salas de espera de hospital.

Pero llevaba años sin rezar por sí mismo, a solas, como solía hacerlo en el muelle del lago Carlos.

Ahora rezó. No sabía qué decir. Así que repitió lo único que se le ocurrió, una y otra vez, en voz alta, solo en la camioneta, bajo la nieve.

Por favor. Por favor. Por favor. Todavía no. Por favor.

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Estaba despierta cuando él llegó.

El hospital del condado de Douglas era un edificio bajo de ladrillo en el lado este de Alexandria, y Mormor estaba en la segunda planta, en una habitación al final del pasillo, con una ventana que daba a un aparcamiento cubierto de nieve y a una hilera de abedules desnudos.

Su madre estaba sentada junto a la cama.

Su padre estaba de pie junto a la ventana, con su gorra de semillas entre las manos.

El tío Arne estaba en el pasillo, hablando en voz baja con un médico.

Mormor parecía muy pequeña en la cama del hospital.

Más pequeña de lo que Luke la había visto nunca.

Tenía el pelo blanco suelto sobre la almohada, algo que él jamás había visto: siempre lo llevaba en una trenza recogida sobre la cabeza, como una corona.

Tenía la cara gris y hundida, tubos en la nariz y una vía en el dorso de una de sus manos retorcidas y artríticas, y un monitor pitaba bajito junto a la cama.

Pero tenía los ojos abiertos. Y cuando Luke entró por la puerta, lo encontraron y algo se les encendió dentro.

—Älskling —susurró.

A Luke casi le fallaron las rodillas.

Su madre se levantó. Miró a Luke, después a Mormor y luego a su padre. Algo pasó entre ellos: una comunicación silenciosa, matrimonial, de cuarenta años. Entonces su madre le tocó el brazo a Luke, con suavidad, y dijo:

—Vamos a por café.

Y salió al pasillo. Su padre la siguió. En la puerta se detuvo y se volvió a mirar a Luke —solo un segundo, con aquellos ojos pálidos e inescrutables—, y luego también se marchó.

Luke se sentó en la silla que había junto a la cama.

Cogió la mano de Mormor, la que no tenía la vía. Estaba fría, ligera y seca como el papel. La sostuvo entre las suyas.

—Hola, Mormor.

—Has venido deprisa. —Su voz era un hilo—. Tu madre dijo que vendrías deprisa.

—He conducido como un loco.

—Bien. —La sombra de una sonrisa—. Tu abuelo conducía como un loco.

Sobre el hielo. Conmigo en el coche. En mil novecientos cincuenta y ocho.

Hasta el hospital de St. Cloud. Cuando tu madre estaba en camino.

—Cerró los ojos. Volvió a abrirlos—. Estaba tan asustado.

Lloró todo el camino. Creía que me iba a morir.

—No te moriste.

—No. No me morí. —Sus dedos se movieron apenas entre las manos de Luke—. Aquella vez no.

A Luke se le cerró la garganta.

—No —dijo—. Mormor. No digas eso.

—Luke. —Hablaba muy bajito, pero era la voz que siempre usaba cuando él era pequeño y hacía el tonto: paciente, divertida, firme—.

Tengo ochenta y seis años. Me rompí la cadera dando de comer a los carboneros.

Estuve tres horas tumbada en la nieve, mirando al cielo.

Era muy hermoso. Había tantas estrellas.

Y pensé en muchas cosas. —Se detuvo a respirar—.

No tengo miedo. Quiero que lo sepas. No tengo ningún miedo.

No podía hablar. Se quedó allí sentado, sosteniéndole la mano, con la cabeza inclinada.

—Necesito contarte algo —dijo Mormor—. Mientras aún queda tiempo. Y necesito que escuches. No como escuchas en la iglesia. De verdad.

Alzó la cabeza.

Tenía los ojos azules clavados en la cara de Luke. Muy limpios. Muy brillantes. Nunca los había visto tan claros.

—Tuve un hermano —dijo.

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Se llamaba Anders.

Era cinco años mayor que ella y era el muchacho más guapo del condado de Pope.

Eso decía todo el mundo. Alto, rubio y de ojos azules, con una risa que se oía al otro lado del campo de heno.

Tocaba el violín en todos los bailes de granero desde Glenwood hasta Starbuck.

Cantaba como un ángel. Era su persona favorita en todo el mundo.

—Me llevaba a patinar —dijo Mormor—, todos los inviernos.

Al lago. Me agarraba de las manos y tiraba de mí hacia atrás sobre el hielo, tan deprisa que yo gritaba.

Me enseñó a nadar. Me enseñó las canciones suecas que cantaba nuestra abuela.

Byssan lull. La barca sobre el agua. —Se le fueron cerrando los ojos—.

Yo te la cantaba a ti cuando eras un bebé. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo.

—Tenía un amigo. Walter. Walter Lindahl.

De la granja de enfrente. —Hablaba en voz muy baja—.

Siempre estaban juntos. Cazando. Pescando.

Arreglando tractores. Tocando música en los bailes.

Anders con el violín y Walter con el acordeón.

Todo el mundo decía que eran como hermanos. Como David y Jonatán.

Luke se quedó completamente inmóvil.

—En mil novecientos cincuenta y dos —dijo Mormor—, nuestro padre los encontró.

En el pajar. No sé qué vio. Nunca pregunté.

Yo tenía dieciséis años. Solo sé que entró en casa con la cara blanca y las manos temblándole, fue hasta la Biblia del estante y leyó en voz alta el Levítico durante una hora, con Anders de pie en la cocina.

Y después le dijo que se marchara. Esa misma noche. Y que no volviera nunca.

El monitor emitió un pitido. Fuera, la nieve seguía cayendo sobre los abedules.

—Se fue a Chicago —dijo Mormor—. Con Walter.

Cogieron el tren en Morris. Yo los vi marcharse.

Me quedé en el andén llorando, y Anders me abrazó y dijo: «Solveig, te escribiré.

Te escribiré todas las semanas». —Abrió los ojos—.

Y lo hizo. Todas las semanas. Durante veinte años.

Y nuestro padre quemaba todas las cartas antes de que yo pudiera leerlas.

Las sacaba del buzón y las echaba directamente a la estufa.

Yo llegaba del colegio a casa y olía el humo.

—Mormor…

—Encontré una —dijo ella—. Solo una. En mil novecientos sesenta y uno.

Mi padre estaba enfermo y llegué yo primero al buzón.

La escondí en mi Biblia. Nunca se lo conté a nadie.

Nunca se la he enseñado a nadie. Ni a tu abuelo.

Ni a tu madre. —Sus dedos se cerraron sobre los de él con una fuerza que lo asombró—.

Está en la cabaña. En mi Biblia. En la mesilla de noche. En los Salmos. Quiero que la tengas.

—¿Por qué? —susurró Luke—. ¿Por qué yo?

Mormor lo miró.

Pasó mucho rato sin decir nada. El monitor pitaba. Al final del pasillo, una enfermera se reía de algo. La nieve caía y caía.

—Porque —dijo por fin con mucha dulzura—, tu madre te puso Anders.

Por él. Ella nunca lo conoció, pero yo le hablé de él una vez, cuando era pequeña.

De que era el muchacho más guapo del condado de Pope.

De que cantaba como un ángel. Y cuando naciste, dijo: Anders, de segundo nombre, y yo me metí en el baño del hospital y lloré durante una hora.

—Le pasó el pulgar por los nudillos—. Y luego creciste.

Y eras alto, rubio y de ojos azules. Y te reías tan fuerte que se te oía al otro lado del lago.

Y llevaste a mi cabaña a un chico que graznaba como un ganso, y lo mirabas como Anders miraba a Walter Lindahl en el pajar.

Luke ya no podía verla. Se le habían llenado los ojos de lágrimas.

—Siempre lo he sabido, älskling —dijo su abuela—.

Desde que eras muy pequeño. Y siempre te he querido.

Exactamente tal como eres. Hasta el último centímetro.

—Se le apagaba la voz—. Debería habértelo dicho antes.

Debería haberlo dicho en voz alta. Fui una cobarde, como mi madre.

Me quedé en el andén y dejé que se marchara.

Dejé que mi padre quemara las cartas. Nunca fui a Chicago.

Nunca lo busqué. Nunca dije nada. —Respiró—.

Lo estoy diciendo ahora. Antes de que sea demasiado tarde.

No dejes que nadie queme tus cartas, Luke.

No dejes que nadie te mande lejos en un tren. No dejes que nadie te obligue a elegir.

Apoyó la cara en la cama, junto a la mano de ella, y rompió a llorar.

Sintió los dedos de ella moviéndose en el pelo. Despacio. Con suavidad. Igual que cuando era pequeño y tenía una pesadilla en la cabaña, y ella se sentaba en el borde de la cama del altillo, con el camisón puesto, le acariciaba el pelo y cantaba Byssan lull hasta que volvía a dormirse.

Ahora la estaba cantando. Apenas. Un hilo de melodía, entre dientes, en sueco.

Byssan lull, koka kittelen full…