CAPÍTULO CATORCE
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El Año Desatado
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Más tarde, cuando por fin se lo contó todo a Nathan —cada estupidez, tal como le había prometido en el futón encima del salón de actos de la iglesia—, Luke lo llamaría el Año Desatado. Y Nathan se reiría hasta llorar; luego dejaría de reírse, lo miraría en la oscuridad y diría: Estabas muy solo.
Y Luke diría: Sí. Lo estaba.
Pero entonces todavía no lo sabía. Aquel año creía que se lo estaba pasando bien.
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Noviembre. La Interestatal 94, en algún punto al oeste de Fergus Falls.
La ventisca bajó de Dakota del Norte el domingo siguiente a Acción de Gracias como un tren de mercancías sin frenos.
Volvía a las Ciudades desde la granja. La radio llevaba todo el día avisando —aviso de tormenta invernal para todo el centro-oeste de Minnesota, entre treinta y cuarenta y cinco centímetros de nieve, rachas de viento de hasta ochenta kilómetros por hora, se desaconseja viajar—, y su madre le había suplicado que se quedara otra noche, pero él había dicho: Llegaré antes de que empiece, mamá, tengo el grupo de jóvenes el miércoles, le había besado la mejilla y se había subido a la camioneta.
No llegó antes de que empezara.
A las cuatro de la tarde ya era de noche.
A las cuatro y media no veía ni el capó de su propia camioneta.
La nieve no caía: volaba —de lado, en cortinas blancas y compactas, cruzando la carretera desde el oeste—, tan espesa que los faros solo iluminaban una pared.
Con las luces de emergencia puestas y la cara a quince centímetros del parabrisas, avanzaba a veinticinco kilómetros por hora; los limpiaparabrisas se iban cubriendo de hielo y, cada pocos minutos, una ráfaga golpeaba la camioneta de costado y la empujaba hacia la cuneta.
Y entonces, entre la blancura, surgieron las luces intermitentes de un control del Departamento de Transporte de Minnesota, y un agente con gorro de piel le indicó con el brazo que abandonara la autopista en la siguiente salida.
La Noventa y Cuatro está cerrada desde Moorhead hasta Alexandria. Tendrá que esperar a que pase.
En la salida solo había un motel. El Northern Lights Motor Inn era una caja de bloques de hormigón de dos plantas, con un letrero medio descolgado y un aparcamiento de grava que la nieve ya empezaba a cubrir.
Cuando Luke entró tambaleándose en la diminuta recepción revestida de madera, con nieve en el pelo y las cejas congeladas, había otro hombre de pie junto al mostrador.
Era corpulento. No tan alto como Luke, pero ancho —pecho de barril, hombros macizos—, con una parka naranja de alta visibilidad y las siglas MNDOT en la espalda, un gorro de trampero forrado de piel y una barba tan abundante, tupida y cubierta de hielo que parecía llevar un año viviendo en el bosque.
Tendría unos cuarenta y cinco años. Sostenía un termo en una mano y un par de guantes de cuero enormes en la otra.
Se volvió cuando Luke entró y lo miró de arriba abajo.
—Por todos los santos —dijo—. ¿Has conducido con esta ventisca?
—Sí.
—Estás como una cabra, hijo. —Sonrió entre la barba—. Yo conduzco una quitanieves, y me he parado.
La mujer del mostrador tendría unos setenta años y llevaba una sudadera con un somorgujo.
—Bueno, chicos —dijo—, tengo malas noticias. Solo me queda una habitación. En las demás hay camioneros. Una habitación, dos camas dobles. Podéis pelearos por ella o compartirla.
Luke y el conductor de la quitanieves se miraron.
—Hank —dijo el conductor de la quitanieves, y le tendió la mano. Era del tamaño de un plato llano.
—Luke.
—Bueno, Luke. —Los ojos de Hank, bajo el gorro de trampero, eran pequeños, azules y muy brillantes, y se quedaron en la cara de Luke un instante más de la cuenta. Dos instantes—. Yo no ronco. Mucho.
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Sí roncaba. Muchísimo.
Pero eso fue mucho, mucho más tarde.
Empezaron en camas separadas, como dos caballeros.
Hank tenía en la quitanieves una nevera portátil con un paquete de seis Grain Belt, una bolsa de cecina de ternera y media salchicha ahumada de venado que había hecho su cuñado, y lo trajo todo a la habitación; se sentaron a los pies de sus respectivas camas, mientras el viejo televisor emitía el Weather Channel sin sonido y el viento aullaba alrededor de las paredes de hormigón como algo que intentara entrar.
Bebieron, comieron salchicha de venado y hablaron.
Hank llevaba veintidós años pasando la quitanieves por la I-94.
Llevaba diez divorciado. Tenía una hija que estudiaba Enfermería en St. Cloud State, un pastor alemán llamado Duke y una caravana junto a un lago cerca de Battle Lake, detrás de la que se había construido una sauna con sus propias manos.
Había estado casado doce años con una mujer a la que había querido muchísimo y no había tocado a un hombre ni una sola vez hasta los treinta y ocho.
Entonces, una noche, en una parada de camiones a las afueras de Fargo, lo hizo, y a la mañana siguiente volvió a casa y le contó la verdad a su mujer durante el desayuno, y ella dejó la taza de café y dijo: Bueno, Hank, la verdad es que algo me imaginaba, y desde entonces habían seguido siendo amigos.
Ella había ido a la fiesta de su cuarenta cumpleaños. Llevó una tarta.
—La vida es demasiado corta, hijo —dijo Hank mientras abría otra Grain Belt—. Eso es lo que he aprendido. Demasiado corta y demasiado fría, maldita sea. Hay que buscarse a alguien que te dé calor.
Hacia la cuarta cerveza se fue la luz.
El calefactor de debajo de la ventana murió con un chasquido metálico.
El televisor se apagó. La única luz de la habitación era el inquietante resplandor gris blanquecino de la ventisca a través de las cortinas finas, y en veinte minutos la temperatura había bajado tan deprisa que Luke ya veía el vaho de su propia respiración.
—Bueno —dijo Hank en la oscuridad—. Por todos los santos.
Aguantaron otros quince minutos en camas separadas, temblando bajo las finas mantas del motel.
Entonces Hank dijo, en tono muy razonable:
—Hijo, no te voy a mentir. Esto es cuestión de supervivencia.
Y Luke se rio tanto que se cayó de la cama.
Era supervivencia. Más o menos. También fue lo más divertido que Luke había hecho desde el cuarto de la Zamboni.
Hank era grande, cálido y peludo como un oso, se reía desde algún lugar muy profundo de la barriga, y era amable, sorprendentemente amable, y de un descaro absoluto y jovial.
Llamaba a Luke hijo y cariño y, en un momento memorable, grandísimo polo escandinavo.
Amontonaron todas las mantas de la habitación sobre una de las camas y se metieron debajo juntos, como dos animales en su madriguera; afuera aullaba la tormenta, las paredes de bloques de hormigón crujían y, hacia la medianoche, entre los dos generaron tanto calor que tuvieron que quitarse de encima a patadas la mitad de las mantas.
Por la mañana pasaron las quitanieves. Las quitanieves de Hank: conocía a cada uno de los conductores por su nombre.
Se quedó de pie en el aparcamiento de grava, bajo la cegadora luz blanca del sol, con su parka naranja, su gorro de piel y la barba llena de escarcha, le estrechó la mano a Luke y sonrió de oreja a oreja.
—Si alguna vez andas por Battle Lake —dijo—, la sauna siempre está caliente.
—Gracias, Hank.
—¿Y, hijo? —Hank entrecerró los ojos para mirarlo bajo el sol—.
Eso de lo que huyes, sea lo que sea. Lo que no me contaste anoche.
Cuando te pregunté a qué te dedicabas y me respondiste a esto y a lo otro.
—Negó con la cabeza—. Deja de huir. La vida es demasiado corta. Y hace un frío de mil demonios.
Subió a la cabina de su quitanieves, puso en marcha el enorme motor y salió rugiendo por la rampa hacia la interestatal, levantando un penacho de nieve de nueve metros de altura.
Luke nunca fue a Battle Lake. Pero a veces, en las noches frías, pensaba en la sauna y sonreía.
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Enero. El St. Paul Winter Carnival.
Los Vulcans eran una tradición de St. Paul que se remontaba a 1886.
Cada año, durante el Winter Carnival, una sociedad secreta de hombres vestidos con capas rojas, mallas rojas, cascos rojos y gafas negras, con bigotes falsos pintados, recorría la ciudad en un viejo camión de bomberos, armando jaleo y tiznando de hollín negro las mejillas de todas las mujeres que lograba atrapar.
Su líder se llamaba Vulcanus Rex, el dios del fuego, y su misión, según la leyenda, era derrocar a Bóreas, el Rey del Invierno, y hacer volver la primavera.
Se suponía que nadie debía saber quiénes eran los Vulcans. Precisamente de eso se trataba. Sus identidades eran un secreto celosamente guardado, como las de los masones, los Caballeros de Colón o la gente que redactó la declaración de fe de la Fellowship.
Luke conoció a uno en una fiesta en un almacén de Lowertown, el último sábado del Carnival.
Nunca llegó a saber su nombre. El Vulcan no se quitó las gafas en ningún momento.
Tampoco se quitó el casco, ni el bigote pintado ni —durante los primeros veinte minutos— la capa roja.
Era alto, enjuto, divertido y estaba borrachísimo; tenía voz de locutor de radio y afirmó ser el Duque de Klinkers, que al parecer era uno de los rangos de los Vulcans.
En mitad de la pista de baile le estampó a Luke en la mejilla la huella de un pulgar tiznado de hollín negro y luego lo besó con fuerza delante de cincuenta personas, que vitorearon.
—No deberíais tiznar a los tíos —dijo Luke riendo, cuando pudo volver a respirar.
—El Duque de Klinkers —declaró el Vulcan con grandilocuencia— tizna a quien le place.
Fue, le contaría Luke a Nathan años después, la noche más ridícula de toda su vida.
En ella hubo un coche prestado, un montón de nieve y el palacio de hielo de Harriet Island, que resplandecía azul y blanco en la oscuridad, unas mallas rojas que resultaron dificilísimas de quitar y un Duque de Klinkers que en cierto momento se rio tanto que el bigote falso se le desprendió y cayó sobre el pecho de Luke.