Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

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Alianza

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Lo pensó durante todo julio.

Pensó en ello en Guatemala, durante el viaje misionero de los jóvenes, en un pueblo de las tierras altas sobre el lago Atitlán, cavando una zanja para una tubería de agua en el barro rojo con treinta adolescentes y una cuadrilla de hombres del lugar que se reían de su español.

Pensó en ello por las noches, tumbado en un catre en una escuela de bloques de hormigón, con los chicos dormidos a su alrededor y la lluvia repicando sobre el tejado de chapa, mientras escuchaba ladrar a los perros del pueblo.

Pensó en ello en el autobús de vuelta, bajando de la montaña, con un chico de catorce años llamado Tyler dormido sobre su hombro y babeándole la camiseta.

Ven a vivir conmigo.

Pensó en ello en el avión de vuelta a casa, en algún punto sobre Texas, mirando por la ventanilla la tierra marrón e interminable, a nueve mil metros bajo él, y preguntándose cómo sería vivir en un lugar donde nadie lo conociera.

No lo sabía. Esa era la verdad. No sabía qué quería. O, mejor dicho, sabía exactamente qué quería, y lo quería todo, y no podía tenerlo todo, y no lograba obligarse a elegir.

Quería el loft. La luz. Las manos de Marcus. El gumbo, los discos y la azotea a medianoche. Pasear por Washington Avenue una tarde de sábado, cogido de la mano de alguien. No volver a mentirle a su madre nunca más.

Y quería a los chicos. Quería las noches de los miércoles en El Loft.

Quería los pufs de su despacho y a la chica que lo había abrazado después del sermón de la oveja perdida y a Tyler dormido sobre su hombro en el autobús.

Quería ponerse delante de trescientos adolescentes cada semana y decirles que Dios los quería, porque alguien tenía que decírselo, porque algunos de esos chicos volvían a casas donde nadie les decía nada de eso.

No sabía cómo querer las dos cosas. Nadie le había enseñado nunca cómo.

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En agosto, Marcus le habló de la exposición.

—El Walker —dijo. Estaban sentados a la larga mesa de acero de la cocina, una tarde de lunes, comiendo pastel de melocotón directamente del molde con dos cucharas—. Quieren montar una retrospectiva. Veinte años de trabajo. Se inaugura en octubre. Dos galerías enteras.

Se esforzaba por sonar indiferente. No lo conseguía. Le brillaban los ojos.

—Luke. El Walker. ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando esto?

—Es increíble. —Luke dejó la cuchara—. Marcus. Es... madre mía. Es increíble.

—Lo sé. —Marcus se rio—. Lo sé. Todavía no se lo he contado a nadie. Ni siquiera a mi hermana. Tú eres el primero.

Luke rodeó la mesa y lo abrazó con fuerza; Marcus se rio contra su hombro y se quedaron allí, en la cocina, abrazados mientras el tocadiscos crepitaba en un rincón. Aretha. Ain’t No Way.

—Hay algo más —dijo Marcus cuando por fin se soltaron.

Fue hasta las cajoneras de planos junto a la pared de ladrillo, abrió un cajón, sacó una fotografía, volvió con ella y la dejó sobre la mesa de acero, entre los dos.

Era Luke.

Era una de las de junio. Luke tumbado de lado sobre la cama blanca, detrás de la pantalla de puertas viejas, bajo la luz de última hora de la tarde, de espaldas a la cámara.

Tenía el rostro oculto, hundido en la almohada, perdido en la sombra.

Lo que se veía era la larga línea pálida de la espalda, la curva del hombro y un brazo extendido sobre la sábana, con la palma hacia arriba, los dedos ligeramente curvados, abiertos.

Y las piernas. Y los pies. La luz caía sobre todo ello en una larga diagonal dorada, las sombras se acumulaban en los huecos y el vello fino del antebrazo atrapaba la luz como escarcha.

Era la fotografía más hermosa que Luke había visto en su vida. No parecía él. Parecía algo esculpido.

—Quiero incluirla en la exposición —dijo Marcus en voz baja.

Luke se quedó helado.

—Es lo mejor que he hecho nunca —dijo Marcus—.

El mejor retrato en veinte años. Mejor que las manos de mi padre.

Mejor que Jerome en la escalera de incendios.

Llevo mirándola todos los días desde junio y no puedo parar.

Es... —Se detuvo. Rozó el borde de la fotografía con muchísima suavidad—.

Es todo lo que he intentado decir toda mi vida.

Sobre esconderse. Sobre el aspecto que tiene la gente cuando por fin deja de hacerlo. Está todo ahí. En esa mano.

Luke no pudo hablar.

—La titularía «Alianza» —dijo Marcus—. Solo eso. Una palabra. Sin nombre. Nadie sabría nunca que eres tú. No se te ve la cara. No se ve nada que pudiera...

—Mi pie.

Marcus se detuvo.

—Mi pie —repitió Luke. Miraba fijamente la fotografía. El pie izquierdo, desnudo y pálido bajo la luz dorada, al final de la larga pierna. La fina línea blanca que le cruzaba el empeine. Once puntos. Segundo año. Un amontonamiento frente a la portería contra el Augsburg—. Se me ve la cicatriz.

—Cariño. Nadie en el mundo va a reconocerte por una cicatriz en el pie.

—Caleb sí —dijo Luke—. Caleb tuvo ese pie en el regazo durante dos semanas.

El Dr. Brekke también. Todo el equipo de los Polar Bears.

Mi madre también. —Le subía la voz. No podía evitarlo—.

Mi madre entraría en el Walker Art Center, vería a su hijo desnudo, tumbado en una cama, y lo sabría.

Sabría que soy yo. Me cambió las vendas. Lo sabría.

—Tu madre —dijo Marcus despacio— va a ir a un museo de arte contemporáneo de Minneapolis. Desde Alexandria.

—¡Va al Walker todas las Navidades! ¡Con Kari! Van a ver el jardín de esculturas y la cuchara con la cereza, y luego entran en la tienda de regalos y compran esos estúpidos calendarios…

—Luke…

—¡Y la mujer del pastor Ellison está en la junta de patrocinadores del Walker, Marcus! ¡Diane Ellison! ¡Les da dinero! ¡Va a todas las inauguraciones! ¡Tiene una fotografía con el director en el escritorio!

Marcus se quedó completamente inmóvil.

Durante un largo instante, ninguno de los dos dijo nada. Aretha seguía cantando en el tocadiscos. No hay manera de que te ame si tú no me dejas.

Entonces Marcus cogió la fotografía de la mesa. La sostuvo con las dos manos. Bajó la vista hacia ella.

—Vale —dijo—. Vale. No la incluiré.

—Marcus, lo siento, yo…

—No. Tienes razón. No lo pensé. No pensé en tu madre, ni en la mujer de tu pastor, ni en tu cicatriz. Solo pensaba en la fotografía.

Volvió a guardar la copia en el archivador, con cuidado, boca abajo, y cerró el cajón. Se quedó allí, con la mano apoyada encima.

—Eso es lo que me pasa. Siempre pienso en la fotografía.

Se dio la vuelta.

—Pero necesito preguntarte algo —dijo—. Y necesito que me digas la verdad.

Luke esperó.

—Lo que te pregunté. En el tejado. En junio. —La voz de Marcus era muy serena—. Has tenido dos meses. Has ido a Guatemala y has vuelto. Has tenido mucho tiempo para pensarlo. Así que dímelo. —Se cruzó de brazos—. ¿Vas a venirte a vivir conmigo?

La cocina estaba en completo silencio. El disco había terminado. La aguja siseaba en el último surco, vuelta tras vuelta.

Luke lo miró desde el otro lado de la larga mesa de acero.

Sabía que esto iba a llegar. Lo sabía desde lo del tejado.

Se había pasado las noches en vela en un catre, en Guatemala, y lo había ensayado.

Había ensayado un centenar de respuestas distintas.

«Sí. No. Todavía no. Quizá. Dame más tiempo.

Déjame terminar el año. Déjame encontrar otra iglesia.

Déjame encontrar la manera de tener las dos cosas».

Ninguna era cierta. Solo una lo era.

—No puedo —dijo.

Marcus no se inmutó. Él también lo sabía. Luke se lo vio en la cara. Lo sabía desde hacía mucho tiempo.

—¿Por qué no? —preguntó. Sin enfado. Solo preguntaba.

—Los chicos —dijo Luke. Se le quebró la voz—.

No puedo dejar a los chicos, Marcus. Son trescientos.

Y algunos son como yo. Yo sé que algunos son como yo.

Lo veo. Los veo sentados en la última fila los miércoles por la noche, con la mirada clavada en el suelo.

Y si me voy, si renuncio y me mudo contigo y me paseo por el North Loop cogido de tu mano, entonces la Fellowship contratará a otra persona.

A alguien que les diga a esos chicos que van a ir al infierno.

A alguien que los mande a un campamento.

Pensó en Aaron, el amigo de Dev, en el garaje de Hibbing.

—No puedo permitir que eso pase. Tengo que estar ahí. Tengo que ser yo quien les diga que Dios los quiere. Aunque no pueda contarles lo demás.

—Así que mentirás —dijo Marcus.

—Los protegeré.

—Mintiendo. Ocultándote. Plantándote ahí delante todos los miércoles por la noche y enseñándoles que la manera de sobrevivir es ser exactamente lo que eres: un hombre metido en el armario que aparca a dos manzanas.

La voz de Marcus seguía serena, pero algo por debajo había empezado a temblar.

—¿Sabes qué les enseña eso, Luke? Les enseña que no se pueden tener las dos cosas. Que hay que elegir. Que Dios y el amor no viven en la misma casa. Eso es lo que les estás enseñando. Todas y cada una de las semanas. Solo con estar ahí de pie.

Luke se quedó mirándolo.

—Sé que quieres a esos chicos —dijo Marcus—.

Sé que sí. He visto tu cara cuando hablas de ellos.

Pero no puedes salvarlos ocultándote. Nadie puede.

Lo único que ha salvado a alguien alguna vez fue que alguien se pusiera de pie, a la luz, y dijera: «Estoy aquí.

Soy como tú. Y estoy bien». —Descruzó los brazos—.

Eso es lo que necesitan. No otro pastor con un secreto.

—No puedo…

—Ya sé que no puedes. Todavía no.

Marcus rodeó la mesa. Se detuvo delante de Luke. Alzó las manos y le tomó la cara entre ellas, como había hecho aquella primera vez, en el charco de luz.

—Y yo no puedo esperarte. Esa es la cuestión. Lo siento. Tengo cuarenta años. Ya pasé por esto una vez. Con Jerome. Lo mantuve en secreto por su madre. Dejé que me llamara su compañero de piso. Y él murió, y ella me estrechó la mano en el funeral y me dio las gracias por haber sido tan buen amigo.

Tenía los ojos húmedos.