Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

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Exposición

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Marcus Reed lo vio primero.

Así lo contaba Marcus siempre, más adelante, a todo el que preguntaba: en fiestas, en inauguraciones de galerías, en las largas y perezosas tardes de la azotea del almacén, con una botella de vino y la ciudad entera extendida a sus pies.

Yo lo vi primero. Se echaba hacia atrás en la silla, con las largas piernas cruzadas y las gafas de lectura subidas sobre la cabeza rapada, los ojos chispeantes de diversión, y lo decía como si fuera la primera frase de una historia que llevaba toda la vida esperando contar.

Yo lo vi primero. En Art-A-Whirl. Estaba delante de una de mis fotografías, con las manos en los bolsillos, y era tan alto que tapaba media pared, y tan pálido que pensé que a lo mejor era un fantasma, y estaba llorando.

Allí plantado, en medio del edificio Northrup King, un sábado por la tarde, con trescientas personas deambulando a su alrededor, llorando ante la fotografía de las manos de un anciano.

Y pensé: tengo que fotografiar esa cara. Tengo que hacerlo. O me muero.

Luke nunca lo corrigió. Casi todo era verdad.

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Era mayo, la primavera siguiente a su entrada en Covenant Word.

Art-A-Whirl era la mayor ruta de estudios abiertos del país: tres días en los que todos los artistas del Northeast de Minneapolis abrían sus puertas de par en par y miles de personas iban de almacén en almacén con una cerveza en la mano, mirando cuadros, esculturas, cerámica y grabados. Tomás lo arrastró hasta allí.

—Necesitas cultura, Anders —le dijo—. Tienes que ver algo que no sea una pista de hockey, ni una iglesia, ni el interior de mi bar. Venga. Hay vino gratis.

El edificio Northrup King era una antigua fábrica, un enorme laberinto de ladrillo con estudios repartidos en cuatro plantas, suelos de madera desgastada, tuberías a la vista y altos ventanales industriales llenos de luz primaveral.

Olía a aguarrás, a polvo de arcilla y a café.

Lo recorrieron durante dos horas. Tomás compró una taza de torno con una calavera pintada.

Luke miró un montón de cuadros que no entendía.

Y entonces, en la tercera planta, al final de un largo pasillo, entró en un estudio lleno de fotografías y se detuvo.

Eran en blanco y negro. Todas. Copias de gran formato, colgadas en sencillos marcos negros sobre paredes blancas, iluminadas por el sol de la tarde que entraba por una hilera de altos ventanales.

Eran retratos, pero no de rostros. De manos.

De pies. De espaldas, de hombros, de nucas.

Las manos de una anciana, retorcidas por la artritis, entrelazadas sobre la empuñadura de un bastón.

La espalda desnuda de un joven, curvada en el sueño, los nudos de la columna como un hilo de perlas.

Un par de botas de trabajo, costrosas de barro, vacías en un porche.

La mano de una madre acunando la cabeza de un recién nacido.

Y en el centro de la pared del fondo, más grande que todas las demás: un par de manos de anciano, nudosas, llenas de cicatrices y de manchas, tendidas con las palmas hacia arriba sobre una sábana blanca. Vacías. Abiertas. Como si acabara de soltar algo.

La cartela de al lado decía Las manos de mi padre, dos días antes. Y debajo: Marcus Reed. Copia a la gelatina de plata. No está en venta.

Luke se quedó mucho tiempo delante de ella.

No sabía por qué lloraba. Al principio ni siquiera se dio cuenta de que lo hacía.

Solo estaba allí, mirando aquellas manos y pensando en las de su propio padre: grandes, llenas de cicatrices y silenciosas, moviéndose sobre las manos torpes de Caleb a la luz fluorescente del establo, enseñándole a ordeñar una vaca.

Pensando en la bisagra de latón de un buzón.

Pensando en todo lo que aquellas manos habían hecho y que su padre nunca había dicho en voz alta.

—Era soldador —dijo una voz a su lado.

Luke giró la cabeza.

El hombre que estaba junto a él tendría unos treinta y ocho o cuarenta años.

Era alto, aunque no tanto como Luke; mediría uno ochenta y cinco o uno ochenta y ocho.

Delgado, negro, con la cabeza rapada, una barba muy corta salpicada de canas y unas gafas de lectura de montura de carey subidas sobre la frente.

Llevaba una camisa negra de lino con las mangas remangadas hasta el codo, unos vaqueros manchados de pintura y sin zapatos.

Tenía los pies desnudos sobre el viejo suelo de madera.

Sostenía una copa de vino tinto. Y miraba a Luke —no la fotografía, a Luke— con una atención tan intensa, tan concentrada, casi hambrienta, que Luke la notó en la piel como el calor de una estufa.

—Chicago —dijo el hombre—. El South Side.

Treinta y un años en la acería de Gary. Era capaz de soldar cualquier cosa: chasis de coches, puentes, tuberías, mi bicicleta cuando yo tenía nueve años.

Tenía manos de escultor. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la fotografía—.

Eso fue dos días antes de que muriera. Llevaba una semana en coma.

Las enfermeras decían que no sentía nada.

Pero cada vez que le tocaba la mano, se le abría. Así. Como si estuviera esperando algo.

Luke fue incapaz de articular palabra.

El hombre lo miró un instante más. Luego le tendió la mano con la que no sujetaba el vino.

—Marcus —dijo.

—Luke.

—Luke. —Marcus le retuvo la mano un instante más de lo debido. Tenía la palma cálida y seca, con callos en el borde, como se le pone la mano a un fotógrafo tras años de sujetar una cámara—. Luke, voy a decirte algo y necesito que no salgas corriendo. ¿De acuerdo?

Luke parpadeó.

—De acuerdo.

—Me gustaría muchísimo fotografiarte.

Luke se quedó mirándolo.

—No la cara —dijo Marcus—. Bueno, quizá la cara.

Ya veremos. Pero las manos, desde luego.

Y los hombros. Y la espalda. Y eso que te está pasando ahora mismo por dentro y que hace que un chico de granja de metro noventa y tres se quede en medio de Art-A-Whirl llorando ante una foto de las manos de mi padre muerto.

—Inclinó la cabeza—. Eres chico de granja, ¿verdad?

Apuesto a que de granja lechera. Del oeste de Minnesota. Luterano.

—De la Fellowship —dijo Luke con voz apagada—. Y medio noruego.

Marcus arqueó las cejas. Soltó una carcajada grave, cálida, llena de deleite, que hizo volverse a varias personas del estudio.

—Ah —dijo—. Ah, cariño. Mejor todavía.

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No llamó. Marcus le había metido en la mano una tarjeta de visita —de cartulina gruesa color crema, MARCUS REED PHOTOGRAPHY, una dirección en North Loop— y le había dicho: «Sin presión.

Cuando estés preparado. O nunca. Pero espero que no sea nunca».

Luke la había guardado en la cartera, detrás del permiso de conducir, y no había llamado.

Durante tres semanas no llamó.

Sacaba la tarjeta todas las noches y la miraba. La sacaba en su despacho de Covenant Word, entre las sesiones de orientación con adolescentes sentados en los pufs. La sacaba en el aparcamiento del Mall of America, sentado en su camioneta. La sacaba en el Lantern y se la enseñaba a Tomás.

—¿Marcus Reed? —Tomás se la arrancó de la mano—. Anders. Anders. ¿Sabes quién es?

—¿Un fotógrafo?

—No es un fotógrafo. Es el fotógrafo. Tiene obra en el Walker. Tiene obra en el Art Institute. El año pasado expuso en Nueva York. Hizo la portada de... —Tomás se interrumpió y se quedó mirándolo—. ¿Te ha pedido fotografiarte?

—Ha dicho que mis manos. Y mi espalda.

Tomás dejó la tarjeta sobre la barra. Apoyó las manos abiertas a cada lado de la tarjeta. Se inclinó sobre la barra y miró a Luke a los ojos.

—Llámalo —dijo—. Llámalo ahora mismo. O lo llamaré yo y le diré que eres un cobarde.

Luke lo llamó a la mañana siguiente.

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El estudio estaba en la última planta de un antiguo almacén de ladrillo de North Second Street, en North Loop, un barrio de viejos almacenes convertidos en lofts, restaurantes, estudios de diseño y cafeterías caras.

Había un montacargas con una verja metálica que había que cerrar a mano.

Se abría directamente al espacio de Marcus.

Era enorme. Una única sala inmensa, con techos de seis metros, paredes de ladrillo visto, viejas vigas de madera y una hilera de altas ventanas arqueadas a lo largo de la pared sur, por las que entraba tanta luz que era como adentrarse en el interior de una lámpara.

El suelo era de anchas tablas viejas de pino, arañadas, pintadas y arañadas de nuevo.

En un extremo había una cocina, toda de acero y hormigón.

En el otro, una cama: una plataforma baja y ancha con sábanas blancas, detrás de un biombo hecho con puertas viejas.

Había libros por todas partes —apilados en el suelo, encajados en estanterías, amontonados en los alféizares—.

Había plantas. Había un tocadiscos y una pared cubierta de vinilos.

Y en medio de todo, en el charco de luz de las ventanas del sur, había un fondo blanco continuo colgado de un soporte, un taburete y una cámara sobre un trípode: una cámara grande, vieja y cuadrada de gran formato, con fuelle, como sacada de hace cien años.

—Es una Deardorff —dijo Marcus cuando Luke se quedó mirándola—. De 1952. De veinte por veinticinco. Es la única cámara que uso para los retratos. Es lenta. Muy lenta. No se le puede meter prisa.

Iba descalzo otra vez, con una camiseta blanca y los vaqueros manchados de pintura.

—Nada bueno sucede deprisa.

Preparó café. Se sentaron a la larga mesa de acero de la cocina, se lo bebieron y estuvieron hablando una hora. Marcus le hizo preguntas. Sobre la granja. Sobre su padre. Sobre el hockey, North Star y la Fellowship. Sobre a qué se dedicaba.

Luke vaciló.

—Soy pastor de jóvenes —dijo por fin.

Marcus dejó la taza de café.