CAPÍTULO NUEVE #3
—Madre de Dios. —Tomás negó despacio con la cabeza—.
¿Sabes cuántos tíos entran aquí después de una boda?
Llevo nueve años detrás de una barra. He visto a muchos.
Tíos cuyos novios se casaron con mujeres.
Tíos cuyos mejores amigos se casaron con mujeres, y ellos nunca dijeron nada, y ahora ya es tarde.
Tíos que se casaron ellos mismos con mujeres y vinieron directos de la recepción, todavía con el anillo puesto.
—Dio unos golpecitos en la barra—. Pero eres el primero que ha atado la pajarita.
Luke se rio. Le salió una risa extraña, quebrada.
—Soy uno de los padrinos —dijo—. El tercero empezando por el final.
—Cómo no. —Tomás se sirvió un whisky corto y lo levantó—. Por los padrinos. Terceros empezando por el final. Que Dios nos bendiga a todos.
Luke lo miró.
—¿Nosotros?
Tomás sonrió. Fue una sonrisa pequeña, torcida, pesarosa, y lo hizo parecer más joven.
—Mi primo Joaquín —dijo—. San Antonio. Yo tenía dieciocho años. Fue mi primera vez en todo. Al año siguiente se casó con una chica de la iglesia, y yo fui padrino en la boda y llevé los anillos. —Hizo chocar su vaso con el de Luke—. Así que sí. Nosotros.
Bebieron.
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Se emborrachó. Nunca se había emborrachado, así que no sabía qué se sentía, y fue terrible y maravilloso a la vez: calor, ligereza, la sensación de flotar, como estar tumbado en la canoa roja en medio del lago Carlos mientras el cielo giraba despacio sobre su cabeza.
Habló. Habló más de lo que había hablado en seis meses.
Le contó a Tomás lo de Caleb, los rollos de canela, las tarjetas de estudio y los colimbos.
Le habló de Dev y de la sala de las zambonis, y Tomás se rio tanto que tuvo que agarrarse a la barra.
Le contó lo del pacto de conducta, lo de North Star, lo de la Fellowship y lo del trabajo que había aceptado en la iglesia Covenant Word de Bloomington, donde empezaría en agosto como nuevo pastor de jóvenes.
—¿Vas a ser pastor de jóvenes? —dijo Tomás.
—Voy a ser pastor de jóvenes.
—¿En una iglesia que cree que esto —Tomás señaló el bar, los reservados, la mesa de billar y a los dos ancianos que se cogían de la mano en un rincón— va a ir al infierno?
—Pues sí.
Tomás lo miró largo rato.
—Cabrón —dijo al fin, y le sirvió un vaso de agua—. Vas a necesitar muchos más de estos.
A la hora del cierre, cuando Luke intentó ponerse de pie y descubrió que el suelo se había convertido en un barco en un mar embravecido, Tomás salió de detrás de la barra y lo agarró por debajo del brazo.
—Vale, grandullón. No vas a conducir. ¿Dónde vives?
—En Alexandria.
—Eso está a dos horas.
—Lo sé.
Tomás suspiró. Levantó la vista hacia Luke —muy arriba— y negó despacio con la cabeza.
—Yo vivo arriba —dijo—. Hay un sofá. Es viejo, es corto y se te van a quedar los pies por fuera. Pero es un sofá.
—No soy..., yo no... —Luke intentó enfocarlo. Había dos Tomáses. Los dos fruncían el ceño—. No voy a..., no estoy buscando...
—Ya sé que no. —La voz de Tomás era muy suave—.
Yo tampoco. No esta noche. Estás borracho, con el corazón roto y llevas medio esmoquin.
No soy un monstruo. —Guio a Luke hacia una puerta al fondo—.
Vamos. Sofá. Agua. Aspirina. Y mañana te preparo unos huevos y podrás volver a tu granja, a tu universidad bíblica y a tu grupo de jóvenes.
Y si alguna vez quieres volver, la puerta es verde. No tiene pérdida.
El sofá era viejo y corto, y a Luke le colgaban los pies por el borde.
No le importaba. Allí estaba, tumbado en la oscuridad del piso de un desconocido, encima de un bar gay del Northeast de Minneapolis, con medio esmoquin puesto, un vaso de agua en el suelo a su lado y una vela de la Virgen de Guadalupe titilando en el alféizar, y los ruidos de la ciudad entraban por el cristal: el tráfico, una sirena, alguien que se reía en la acera de abajo.
Y en algún momento, justo antes de dormirse, se echó a llorar.
Le llegó todo de golpe. Seis meses de aquello.
Le subió de dentro en grandes sollozos silenciosos y convulsos, y hundió la cara en el brazo del viejo sofá para amortiguarlos, y lloró y lloró y lloró, por los rollos de canela y las fichas y la capilla de oración y los colimbos, por la colcha de Mormor doblada en una caja, por un golden retriever llamado Martín Lutero que nunca existiría, por una pajarita, por un segundo de contacto visual ante un altar en Iowa. Por la puerta al cerrarse.
En la otra habitación oyó pasos. Se detuvieron en el umbral.
Luke no levantó la cara del sofá.
Al cabo de un momento, algo cálido lo cubrió. Una manta. Una manta vieja de lana, áspera y con olor a cedro. Y una mano —solo un instante— se apoyó en su hombro. Cálida. Firme. Un segundo y ya no estaba.
Los pasos se alejaron.
Luke se durmió llorando bajo la manta de un desconocido, y no soñó absolutamente nada, y por la mañana Tomás le hizo huevos con chorizo y salsa verde y un café tan fuerte que habría levantado la pintura de una pared, y lo acompañó hasta su camioneta, y se quedó en la acera, bajo el sol radiante de junio, con los brazos tatuados cruzados, viéndolo marchar.
—¡La puerta verde! —le gritó Tomás a su espalda—. ¡No lo olvides!
Luke no lo olvidó.