Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO SIETE #2
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CAPÍTULO SIETE #2

Luke había pasado allí todos los veranos de su infancia.

Se había caído de aquel muelle a los tres años y había aprendido a nadar de camino a la superficie.

Allí había pescado su primer pez luna y su primera lucioperca, allí se había quemado por primera vez al sol y allí había llorado hasta quedarse dormido en el pequeño dormitorio del altillo, a los once años, después de que muriera su perro Rufus.

A los diecisiete, la noche antes de su fiesta de graduación, se había sentado solo al final de aquel muelle, con los pies en el agua, y le había prometido a Dios que sería normal.

Llevó allí a Caleb un viernes por la tarde de julio.

Fueron desde la granja en el Buick de Caleb, con las ventanillas bajadas, la radio puesta y el aire oliendo a heno cortado y a agua de lago.

Aparcaron junto a la cabaña. Bajaron los escalones de piedra hasta el muelle bajo la luz dorada.

Y se quedaron en el extremo, uno al lado del otro, mirando el agua.

El lago estaba completamente quieto. Contenía el cielo entero —el oro, el rosa y el primer azul tenue del anochecer—, de modo que parecía que uno podía salir del muelle y caer hacia arriba, dentro de él, para siempre.

La orilla opuesta era una línea oscura de árboles.

Una pareja de ánades reales pasó a la deriva por los bajíos.

En algún lugar al otro lado del agua, muy débilmente, una radio retransmitía un partido de los Twins.

—Oh —dijo Caleb en voz baja—. Oh, Luke.

—Sí.

—¿Te criaste aquí?

—Los veranos. Sí.

Caleb negó despacio con la cabeza.

—No me extraña que seas así —dijo.

—¿Así cómo?

Caleb volvió la cabeza y lo miró. La luz dorada le daba en la cara, en las pecas, en las gafas. Detrás de los cristales, los ojos se le veían muy dulces.

—Como alguien que sabe qué aspecto tienen las cosas hermosas —dijo.

Luke no supo qué responder. Así que hizo lo único que se le ocurrió: se quitó la camiseta, se descalzó y se tiró de cabeza desde el extremo del muelle al lago Carlos.

El frío lo golpeó como siempre: una bofetada limpia, brutal, de cuerpo entero, que le vació la cabeza de todo pensamiento.

Se hundió más y más en el silencio verde, en la oscuridad fresca, donde la luz atravesaba el agua en largas barras doradas y ondulantes.

Tocó el fondo arenoso. Volvió a la superficie.

Caleb estaba de pie en el extremo del muelle, mirándolo desde arriba con las manos en las caderas.

—¿Está fría?

—Está perfecta.

—Mientes. Eres de Minnesota. Los de Minnesota mentís con el frío. Cuarenta bajo cero os parece fresco.

—Métete, Brandt.

Caleb lo miró un largo momento. Después se quitó las gafas y las dejó con cuidado sobre el muelle, se quitó la camiseta de Morningside y se quedó allí, en el extremo del muelle, en bañador, a la luz dorada: pálido, pecoso y flaco, con las costillas marcadas y los brazos cruzados sobre el pecho con gesto cohibido.

Entonces saltó.

Salió a la superficie gritando. Un grito a pleno pulmón, agudo, indignado, capaz de helar la sangre, que resonó en la orilla opuesta, hizo que los ánades reales salieran aleteando y puso a ladrar al perro de alguien al otro lado del lago.

—¡ESTÁ HELADA! ¡MENTIROSO! ¡NORUEGO EMBUSTERO Y MENTIROSO!

—¡Medio sueco!

—¡ME DA IGUAL!

Luke se rio tanto que tragó medio lago.

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Nadaron hasta que se puso el sol. Sacaron la canoa roja al agua quieta, remaron hasta el centro del lago y allí se quedaron, a la deriva, viendo cómo el cielo pasaba del dorado al rosa, al lavanda y a un azul crepuscular y profundo.

Se tumbaron en la canoa, la cabeza de uno junto a los pies del otro, con las piernas enredadas en el medio, y vieron salir las primeras estrellas.

Y entonces, justo cuando empezaba a oscurecer de verdad, lo oyeron.

Llegaba de algún punto al otro lado del agua.

Al principio grave, y lejano, y tan extraño que Caleb se irguió de golpe y estuvo a punto de volcar la canoa.

Un grito largo, ascendente, ondulante, como el llanto de una mujer, como el aullido de un lobo, como alguien que grita un nombre a través de una gran distancia y no recibe respuesta.

Subió y subió y quedó suspendido en el aire oscuro sobre el lago.

Luego se quebró, y cayó, y tembló, y se apagó.

Entonces, desde la otra orilla del lago, otro le respondió.

Caleb dejó de respirar.

—¿Qué es eso? —susurró.

—Colimbos —dijo Luke.

Se llamaron el uno al otro de orilla a orilla, en la oscuridad.

Primero uno, luego el otro, luego los dos a la vez, con los gritos entretejidos sobre el lago inmóvil, inquietantes, solitarios, de una belleza que rompía el corazón.

Era un sonido que Luke había oído todos los veranos de su vida.

Era el sonido del lago Carlos. Era el sonido de su casa.

Y hasta aquel momento —tumbado en una canoa roja a oscuras, con Caleb Brandt sentado, inmóvil, en la proa— nunca lo había escuchado junto a alguien a quien amaba.

—Se emparejan de por vida —dijo Luke en voz baja—. ¿Lo sabías? Los colimbos. Vuelven al mismo lago cada verano. La misma pareja. Toda la vida. Y por la noche se llaman así, de un lado al otro del agua. Para encontrarse en la oscuridad.

Caleb no dijo nada. Estaba llorando. Luke lo vio a la luz de las estrellas: las mejillas mojadas, el temblor de la boca.

—Es lo más hermoso que he oído en mi vida —susurró Caleb.

Los colimbos volvieron a llamarse. Más cerca ya. Uno de ellos andaba por el agua, en algún punto cercano, una silueta oscura contra el lago aún más oscuro, rasa, esbelta y silenciosa entre un grito y otro.

Caleb alargó el brazo por encima de la canoa. Tomó la mano de Luke.

—Quiero eso —dijo—. Eso. Lo que tienen ellos. Quiero volver contigo al mismo lago todos los veranos el resto de mi vida.

A Luke se le cerró la garganta.

—Vale —dijo—. Vale. Hagámoslo.

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Aquella noche hicieron el amor en el amplio dormitorio de Mormor, en la planta baja, en la vieja cama de hierro con la colcha hecha a mano, con las ventanas abiertas al lago y los colimbos aún llamándose en la oscuridad de un lado al otro del agua.

Fue distinto. Con Caleb siempre había sido distinto —lento, tierno, reverente—, pero aquello era distinto incluso de eso.

No había residencia universitaria. Ni paredes de bloques de hormigón.

Ni un supervisor de residencia haciendo la ronda, ni Jeremy Pfaff, ni el coro de la capilla cantando a Händel al otro lado de la puerta.

Ni pacto de conducta. Ni miedo. Solo estaban la cabaña, y la colcha, y la oscuridad con olor a pino, y el agua del lago lamiendo el muelle, y ellos dos.

Y, por una vez, Caleb no se quedó callado.

Luke recordaría aquello el resto de su vida.

Cómo Caleb, que había pasado un año y medio con la mano apretada contra su propia boca, susurrando y jadeando y conteniendo la respiración en capillas de oración, entre estanterías de biblioteca y en una estrecha cama de residencia, por fin se soltó.

Cómo se rio en la oscuridad —con aquella risa de ganso— y luego dejó de reír e hizo unos sonidos que Luke no le había oído nunca, graves, crudos y sin pudor, lanzando el nombre de Luke hacia las vigas de la vieja cabaña de troncos, como los colimbos que se llaman de un lado al otro del lago.

Cómo se agarró a Luke como un hombre a punto de ahogarse.

Cómo, al final, gritó tan fuerte que, en algún lugar del lago oscuro, un colimbo le respondió.

Los dos lo oyeron. Los dos se quedaron paralizados.

Y entonces los dos estallaron en carcajadas, sin poder evitarlo, enredados en la cama de hierro de Mormor, hasta que a Caleb le corrían las lágrimas por la cara y Luke no podía respirar.

—Te está contestando —resolló Luke.

—Ay, madre mía…

—Eres un colimbo…

—Tú eres un colimbo…

El colimbo volvió a llamar desde el lago.

Lúgubre, interrogante. Se quedaron tumbados en la oscuridad riendo hasta quedar exhaustos; después siguieron tumbados en la oscuridad, ya sin reír, abrazados, escuchando, y se durmieron con las ventanas abiertas y el aire fresco de la noche entrando del lago.

Luke durmió mejor que en toda su vida.

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Se despertó al amanecer con el ruido de un camión en el camino de tierra.

Conocía aquel motor. Lo reconocería hasta dormido. Se incorporó de golpe en la cama de hierro, con el corazón golpeándole el pecho, y Caleb se removió a su lado, murmuró algo y abrió los ojos, pero Luke ya estaba fuera de la cama, buscando a tientas los vaqueros, la camiseta, cualquier cosa.

—¿Qué…? —empezó Caleb.

—Mi padre.

Caleb se quedó blanco.