CAPÍTULO SIETE
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Colimbos
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El Buick LeSabre de Caleb subió por el camino de grava de la granja de los Halvorsen el segundo sábado de julio, envuelto en una nube de polvo blanco, con las ventanillas bajadas, con una emisora de Sioux City que se perdía entre la estática y con una tarta en el asiento del copiloto.
Luke llevaba cuarenta minutos de pie al final del camino, junto al buzón.
Se había dicho que estaba arreglando el buzón.
Tenía una bisagra suelta. La tenía suelta desde 2009, más o menos.
Llevaba un destornillador en la mano y cuarenta minutos allí plantado, dándole vueltas al mismo tornillo en un sentido y en otro, bajo el calor, con una camiseta de los Polar Bears, unos vaqueros cortados y las botas de trabajo, sudando; y cuando vio la nube de polvo doblar la curva de la comarcal 42, dejó caer el destornillador en la cuneta y no lo recogió.
El Buick se detuvo a su lado. Caleb se inclinó sobre la tarta y miró por la ventanilla del copiloto.
Estaba quemado por el sol. Se había cortado el pelo —mal, lo tenía aún más desigual de lo habitual, como si alguien se lo hubiera atacado con unas tijeras de podar— y llevaba una camiseta descolorida del Morningside College y las mismas gafas de montura metálica.
Parecía cansado del viaje, y miró a Luke, allí de pie en la cuneta junto al buzón, con los brazos colgando a los lados, y sonrió.
—Hola —dijo Caleb.
A Luke le dolió todo el pecho.
—Hola —dijo Luke.
—¿Es esta la granja de los Halvorsen? Busco a un sueco muy alto. Bueno con el palo de hockey. Malo con los participios. Le gustan los Twizzlers.
—Noruego —dijo Luke—. Por parte de padre. Sueco por parte de madre.
—Ah, bueno, perdona. —Caleb tocó el claxon—. Sube. He traído tarta. La ha hecho mi madre. De fresa y ruibarbo. Dice que a una granja no se puede llegar sin tarta.
Luke subió. Cogió la tarta y la sostuvo sobre el regazo. Se quedaron allí sentados en el Buick, al final del camino de grava, con el motor al ralentí, el polvo que se iba posando y el maíz alto y verde a ambos lados de la carretera, y no se miraron.
—Te he echado de menos —dijo Caleb en voz baja, al parabrisas.
—Yo también te he echado de menos.
—Han pasado siete semanas.
—Siete semanas y dos días.
Caleb se rio. Luego dejó de reírse. Luego, muy deprisa, mientras no podía verlos nadie salvo el maíz y los tordos de alas rojas posados en el alambre de la valla, alargó el brazo, le puso la mano en la nuca a Luke, lo atrajo hacia sí y lo besó, fuerte y rápido, por encima de la tarta de fresa y ruibarbo.
Cuando lo soltó, los dos respiraban agitados.
—Vale —dijo Caleb. Tenía la cara escarlata—. Vale. Ahora ya puedo conocer a tu madre.
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Ingrid Halvorsen lo quiso al instante.
Luke ya sabía que sería así. Su madre quería a todo el mundo.
Quería a los Testigos de Jehová que llamaban a la puerta.
Quería al hombre que leía los contadores.
Quería a Brad el dentista, aunque Brad el dentista, una vez, en Acción de Gracias, había llamado al lutefisk «gelatina de pescado» en su propia cara.
Pero la manera en que quería a Caleb Brandt era distinta.
Lo quería como se quiere a un gato callejero que entra en tu cocina y se te sienta encima de los pies como si siempre hubiera vivido allí.
—Ha traído tarta —le dijo a Luke en la despensa, la primera tarde, en un susurro feroz—. Luke. Ha traído una tarta. Ya nadie trae tartas.
—La ha hecho su madre.
—Su madre lo educó bien. —Sonreía de oreja a oreja—. Y se ha ofrecido a ayudar con los platos. Antes incluso de comer. El novio de tu hermana lleva tres años viniendo a esta casa y no se ha ofrecido ni una sola vez a ayudar con los platos.
—Brad es ahora su marido, mamá.
—Sé perfectamente lo que es Brad —dijo su madre en tono sombrío, y volvió a la cocina, donde Caleb estaba sentado a la mesa pelando patatas y contándole a la madre de Luke su viaje misionero a Guatemala de un modo que la hizo reír hasta que tuvo que sentarse.
Luke se quedó en el umbral de la despensa, mirándolos.
Caleb levantó la vista. Sus miradas se cruzaron de un extremo a otro de la cocina. Caleb sonrió apenas y volvió a sus patatas.
Luke tuvo que salir y quedarse un minuto detrás del cobertizo de la maquinaria.
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Su padre fue más difícil.
Gunnar Halvorsen llegó del establo a las cinco y media para cenar, como todos los días de su vida, con su gorra de una marca de semillas y su mono de trabajo, oliendo a vacas, a gasóleo y a heno.
Se lavó las manos en el fregadero de la cocina.
Se las secó con el paño. Se dio la vuelta y miró al desconocido sentado a la mesa de su cocina.
Caleb se levantó tan deprisa que volcó la silla.
—Señor Halvorsen. Señor. Hola. Soy Caleb.
Caleb Brandt. De la universidad. Soy el…
amigo de Luke. Me alegro mucho de conocerle.
Gracias por invitarme. Tiene una granja preciosa.
Nunca había estado en una granja lechera.
Soy de Sioux City. Nosotros no tenemos muchas vacas.
Bueno, tenemos algunas vacas, estamos en Iowa, pero sobre todo tenemos cerdos, y mucho maíz, y unos corrales de ganado, supongo, aunque eso no es lo mismo…
—Se detuvo. Le tendió la mano—. Perdón. Hablo demasiado. Encantado de conocerle, señor.
Gunnar miró la mano. Miró la silla, en el suelo. Miró a Caleb.
Luego le estrechó la mano. Una vez. Con fuerza.
—Brandt —dijo—. ¿Alemán?
—Sí, señor. Mis bisabuelos llegaron de Hannover en 1910.
Gunnar asintió despacio. Miró a Caleb un instante más con sus ojos azul pálido —los ojos de Luke, en un rostro curtido y silencioso—, y algo se movió en ellos. Solo un segundo. Algo que calibraba.
—¿Ordeñas? —dijo.
—¿Señor?
—Vacas. ¿Has ordeñado alguna vez?
—No, señor. Nunca.
Su padre volvió a asentir.
—A las cuatro y media —dijo—. Mañana. En el establo.
Y se sentó a la cabecera de la mesa e inclinó la cabeza para bendecir la mesa.
Caleb miró a Luke con los ojos muy abiertos, horrorizado.
Luke se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que saboreó la sangre.
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Caleb estaba en el establo a las cuatro y veinticinco de la mañana siguiente, con un mono prestado tres tallas más grande y un par de las viejas botas de goma de Luke, parpadeando bajo la luz fluorescente, con las gafas empañadas y el pelo aplastado de un lado por la almohada.
Se le daba fatal. Era el peor ordeñador que Luke había visto en su vida.
Las holstein lo percibían; se movían inquietas, pisoteaban el suelo y giraban la cabeza para mirarlo con sus grandes ojos húmedos y desaprobadores, y una de ellas —Dolly, la vaca que mandaba en el rebaño, una enorme matriarca blanca y negra con el genio de un predicador pentecostal— volcó un cubo de una coz y luego le pisó el pie.
Caleb soltó un chillido y se puso a dar saltos por el establo sobre una pierna con sus enormes botas de goma, pidiéndole perdón a la vaca.
—¡Lo siento! ¡Lo siento, Dolly! ¡No quería! ¡Por favor, no me odies!
Y el padre de Luke, de pie al final de la fila de ordeño con su gorra publicitaria de semillas y los brazos cruzados, observando…
El padre de Luke se rio.
Fue breve. Fue baja. Apenas fue un sonido: un gruñido grave, un soplo de aire por la nariz, las comisuras de la boca curtida que se alzaron medio segundo antes de volver a aplanarse.
Pero fue una risa. Luke había oído reír a su padre quizá una docena de veces en toda su vida.
La había oído con la lucioperca del tío Arne.
La había oído cuando la holstein entró en el funeral.
Nunca, ni una sola vez, lo había oído reírse de algo que hubiera hecho un desconocido.
Se quedó mirando a su padre al otro lado del establo.
Su padre no lo miró. Se acercó a Caleb, lo sujetó por el codo, lo llevó de nuevo hasta Dolly, se acuclilló a su lado sobre el cemento, bajo la luz fluorescente, y le enseñó cómo se hacía.
Sin decir una palabra. Solo sus grandes manos de granjero, llenas de cicatrices, moviéndose sobre las manos torpes de Caleb, despacio y con paciencia, igual que se lo había enseñado a Luke a los cinco años.
A las seis, Caleb ya sabía ordeñar una vaca.
—Gracias, señor —dijo, sonrojado y triunfante, y cubierto de cosas en las que Luke prefería no pensar.
Su padre asintió una vez.
—Servirás —dijo.
Y salió del establo.
Luke se quedó allí, en aquel amanecer que olía a leche y estiércol, y sintió que algo se le abría en el pecho, tan de par en par que pensó que quizá no volviera a cerrarse nunca.
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El miércoles llamó Mormor.
—He preparado el dormitorio de la cabaña —le dijo por teléfono a la madre de Luke—. El grande, el de abajo. Para los chicos. Este fin de semana voy a casa de Marit, en Osakis. Me duelen las rodillas. Ya no puedo bajar los escalones hasta el muelle. Tendrán el lago para ellos solos.
Hizo una pausa.
—Dile a Luke que la canoa está en el cobertizo de las barcas. Y dile que hay pepparkakor en la lata azul.
Su madre lo transmitió todo en la mesa, a la hora de la cena.
—Qué amable por su parte —dijo, mientras pasaba las patatas—. ¿No es muy amable por su parte, Gunnar? Darles la cabaña a los chicos.
Su padre no dijo nada. Cogió las patatas. Se sirvió unas cuantas en el plato. Se las pasó a Caleb.
Y entonces miró a Luke al otro lado de la mesa. Solo un segundo. Sus ojos azul pálido, firmes e inescrutables en el rostro curtido.
Luke bajó la mirada hacia su plato.
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La cabaña se alzaba en una punta boscosa de la orilla norte del lago Carlos, al final de un largo camino de tierra entre los abedules y los pinos rojos.
La había levantado el padre de Mormor en 1938 con troncos que él mismo había talado, y tenía chimenea de piedra, un porche con mosquiteras y un muelle vencido que se adentraba doce metros en el agua verde y transparente, y un cobertizo con una canoa roja dentro, y, al otro lado del lago, la vista de la orilla oeste, donde el sol se ponía cada noche en un estallido de naranja y oro.