CAPÍTULO SEIS #2
Caleb estaba llorando. En silencio. Luke sentía las lágrimas en el pecho.
—Eh —susurró Luke—. Eh. ¿Estás bien?
—Estoy bien. —Caleb tenía la voz tomada—. Estoy bien. Es solo que…
—¿Solo qué?
Caleb levantó la cabeza. A la luz de la farola tenía la cara mojada y encendida, y rebosaba algo que Luke no había visto nunca en la cara de nadie. Algo tan abierto que casi dolía mirarlo.
—Tenías razón —susurró Caleb—. En la capilla. Tenías razón. No se parecía al pecado. —Se rio entre lágrimas—. Se parecía a la Pascua.
Luke volvió a atraerlo hacia sí y lo abrazó.
Fuera había empezado a llover. Una lluvia suave de primavera, la primera del año, que se llevaba los últimos restos de nieve sucia de las aceras y los jardines del North Star Bible College.
Repiqueteaba contra la ventana. Bajaba por el cristal en pequeños ríos.
Más abajo, al pie de la colina, el hielo del lago Como se estaba rompiendo, gimiendo y crujiendo en la oscuridad, como cada abril.
Se quedaron dormidos con aquel sonido.
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La mañana del Domingo de Pascua, Luke se despertó solo.
Se quedó un momento tumbado, mirando al techo y parpadeando, sin comprender. Entonces lo recordó. Y luego vio la nota adhesiva amarilla sobre la almohada.
He ido al servicio del amanecer. No podía dormir. No te enfades. Te quiero. Cristo ha resucitado. —C.
Debajo, en letras más pequeñas, encajadas al final:
(En verdad ha resucitado.)
Luke se quedó allí tumbado un buen rato, con la nota en la mano, sonriendo.
Más tarde se enteró —mucho más tarde, a retazos— de que Caleb había ido al servicio del amanecer en el pabellón del lago Como, se había arrodillado sobre la hierba mojada, a la luz del alba, con otras treinta personas, y había rezado una hora.
De que se había confesado. De que le había suplicado a Dios que lo perdonara.
De que había prometido, de rodillas junto al lago mientras salía el sol, que no volvería a pasar.
Y de que aquella noche, a las once, Domingo de Pascua, había vuelto a llamar a la puerta de la habitación 312.
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Así fue como transcurrió aquella primavera. Y así seguiría durante un año y medio.
Fue la época más feliz de la vida de Luke.
Fue también, como comprendería más tarde, la más peligrosa.
No porque pudieran descubrirlos, aunque estuvieron cerca.
Muy cerca. Hubo aquella noche de mayo en que el RA, un estudiante de último curso severo y sin pizca de humor llamado Peter Sorensen, que quería ser capellán militar, llamó a la puerta de la 310 a la una de la madrugada porque alguien se había quejado del ruido, y Caleb tuvo que abrirle en calzoncillos y con el pelo revuelto mientras Luke se quedaba completamente inmóvil debajo de la cama, sobre el linóleo polvoriento, con el corazón desbocado y la vista clavada en un Twizzler perdido.
—Perdona, Pete. Estábamos viendo una peli. Demasiado alta. Culpa mía.
Y Pete Sorensen se quedó mirando más allá de él, hacia el interior de la habitación, un largo, larguísimo instante.
—Bajad el volumen, Brandt —dijo al fin, y se marchó.
Y hubo aquella tarde en la capilla de oración.
La capilla de oración era un cuarto diminúto en el sótano de la capilla principal, sin ventanas, con seis reclinatorios, una pequeña cruz de madera en la pared y una puerta que se cerraba por dentro para que los estudiantes pudieran rezar sin que nadie los molestara.
Nadie la usaba nunca. Olía a alfombra vieja y a cera de vela.
Caleb la descubrió en abril y se lo contó a Luke en un susurro, colorado hasta las orejas, y pasaron allí más tardes de las que ninguno de los dos admitiría jamás.
En los reclinatorios. En el suelo. Una vez, Dios los perdone, contra la puerta, con Caleb tapándose la boca con la mano, los ojos fuertemente cerrados y todo el cuerpo temblándole, mientras fuera, en el pasillo, a seis metros, el coro de la capilla ensayaba el Mesías de Händel.
«Porque un niño nos es nacido», cantaban cuarenta voces al otro lado de la pared, «hijo nos es dado»…
—Vamos a ir al infierno —jadeó Caleb después, mientras se deslizaba por la puerta hasta quedar sentado en la moqueta, muerto de risa—. Vamos a ir de cabeza al infierno. Al infierno especial. Al de la gente que… durante el Mesías…
—Y el principado sobre su hombro —cantó el coro.
Caleb soltó un graznido tan fuerte que el canto se detuvo.
Se quedaron inmóviles en el suelo de la capilla de oración, mirándose horrorizados, mientras en el pasillo alguien preguntaba:
—¿Alguien más ha oído un ganso?
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No. El peligro no era que los descubrieran.
El peligro eran las mañanas de después.
Porque aquella mañana del Domingo de Pascua —la nota adhesiva, el servicio del amanecer, el arrodillarse, las súplicas, las promesas— volvió a repetirse.
Y otra vez. Y otra. No siempre. Pero lo bastante a menudo.
Caleb acudía a él de noche, seguro, valiente y tierno, y se amaban como si fuera lo más sagrado del mundo.
Y por la mañana ya no estaba. Y Luke lo encontraba después de rodillas en la capilla de oración, o paseando solo alrededor del lago Como con las manos en los bolsillos y el rostro ceniciento, o sentado en el último banco de la capilla principal, mirando la cruz del altar como un hombre que mira a un juez.
—Estoy bien —decía—. Solo estoy rezando.
—¿Y por qué rezas?
—Ya lo sabes.
Y entonces, aquella noche, o la siguiente, o la otra, volvía a llamar a la puerta de la habitación 312.
Luke se decía que era normal. Que solo era cosa de la Fellowship.
Que a los dos los habían criado con los mismos himnos, los mismos sermones y el mismo pacto de conducta de cuatro páginas, y que era lógico que costara desaprenderlo.
Que Caleb simplemente tenía más miedo que él, tal como había dicho Dev.
Que terminaría aceptándolo. Que el amor —el amor de verdad, el que se parecía a la Pascua— sería al final más fuerte que todo el miedo del mundo.
«En el amor no hay temor», había escrito Caleb en una tarjeta. «Pero el amor perfecto echa fuera el temor».
Luke lo creía. Lo creía con todo su corazón.
Tenía veinte años. Aún no sabía que el miedo no se echa fuera. Solo espera.
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El último día del semestre, en mayo, Caleb estaba en el umbral de la habitación 312 con la bolsa de viaje al hombro, listo para volver en coche a casa, a Sioux City, a pasar el verano.
—Te echaré de menos —dijo.
—Son tres meses.
—Son tres meses, Luke.
—Podrías venir —dijo Luke. Llevaba una semana armándose de valor para pedírselo—.
En julio. A la granja. A mi madre le encantarías.
Podrías conocer a mi padre. Bueno. Podrías estar en la misma habitación que mi padre.
En realidad, él no conoce a la gente. —Vaciló—.
Y mi abuela tiene una cabaña en el lago.
El lago Carlos. Dijo que... —Se interrumpió—.
Dijo que le gustaría conocerte. Cuando vuelvan los colimbos.
A Caleb se le abrieron los ojos como platos.
—¿Lo sabe? —susurró.
—No sé qué sabe —dijo Luke con sinceridad—. Dijo que hablo de ti todo el tiempo.
Caleb lo miró fijamente. Y entonces su cara redonda y pecosa se le abrió entera en aquella sonrisa enorme, avergonzada y encantada —la sonrisa de rollo de canela—, y se echó a reír.
Graznó. Allí mismo, en el pasillo de Lindahl Hall, con Jeremy Pfaff pasando junto a ellos con un cesto de la colada y tres de primero bajando un futón por las escaleras.
—En julio —dijo Caleb—. Iré en julio.
Abrazó a Luke —un abrazo rápido y fuerte, con palmadas en la espalda, de mejores amigos, de esos en los que nadie se fijaría dos veces—, le metió algo en la mano y desapareció escaleras abajo antes de que Luke pudiera despedirse.
Era una nota adhesiva amarilla. Doblada por la mitad.
Luke la desdobló.
Para los colimbos. :) —C.