CAPÍTULO SEIS
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Tierra sagrada
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Durante tres semanas no hicieron más que besarse.
Caleb lo quería así. Nunca lo dijo, no con palabras.
Pero cada vez que estaban solos —en la 310, los fines de semana que Isaiah estaba en Bethel; en las estanterías del fondo de la biblioteca, en la cuarta planta, donde no iba nunca nadie; en el asiento delantero del viejísimo Buick LeSabre de Caleb, aparcado en una calle sin salida junto al lago—, Caleb lo besaba hasta dejarlos a los dos sin aliento y temblando; luego se apartaba, le apoyaba la frente en la frente y susurraba espera. Solo eso. Espera. Y Luke esperaba.
No le importaba. Eso era lo que lo asombraba.
Con Dev todo había sido hambre: rápido, brusco y ávido, como comer con las manos.
Con Caleb podría haberse quedado en el asiento delantero de aquel Buick besándolo el resto de su vida sin necesitar nada más.
Podría haberse tumbado en el suelo de la 310, entre las tarjetas, solo dándole la mano, hasta que saliera el sol. Y lo había hecho, dos veces.
Nunca había sabido que desear a alguien pudiera ser así. Como estar saciado y muerto de hambre a la vez. Como rezar.
—¿A ti también te parece como rezar? —le preguntó Caleb una vez en las estanterías de la biblioteca, en un susurro, con la espalda apoyada en un estante de himnarios metodistas del siglo XIX y las gafas subidas a la frente.
Luke se lo pensó.
—Sí —dijo—. Lo parece.
—A mí también. —Caleb alzó la vista hacia él bajo la luz polvorienta—. Eso es lo que me asusta. Porque no debería ser así. Debería parecer pecado. Debería parecer sucio, y malo, y… e infernal. Y, en cambio, es lo más sagrado que he hecho en mi vida.
Luke no supo qué responder a eso. Así que volvió a besarlo, muy suavemente, contra los himnarios metodistas, hasta que las luces de la cuarta planta se apagaron solas con el temporizador y los dejaron allí, de pie, juntos en la oscuridad.
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Aquel año la Pascua llegó tarde, en la tercera semana de abril.
El college se quedó vacío: casi todo el mundo se fue a casa aquel fin de semana largo, las residencias se quedaron silenciosas y llenas de ecos, y el comedor pasó a funcionar con una plantilla mínima que servía sándwiches de queso a la plancha y sopa de tomate al puñado de estudiantes internacionales y rezagados que se habían quedado.
Luke se quedó. Le dijo a su madre que tenía que entregar un trabajo.
Era la primera mentira de verdad que le había dicho en su vida.
Ella se lo creyó al instante, le dijo que estaba orgullosa de él por trabajar tanto y que le guardaría algo de lefse, y Luke colgó el teléfono y se quedó sentado en la cama una hora con la sensación de haberse tragado una piedra.
Caleb también se quedó. Le dijo a su madre que estaba enfermo.
El Viernes Santo fueron juntos al oficio de la capilla del college y se sentaron en el último banco, uno al lado del otro, sin tocarse.
Habría unas cuarenta personas. La capilla estaba a oscuras salvo por las velas del altar, y fueron apagando las velas una a una mientras se leía la historia —la traición, el juicio, la flagelación, la cruz—, hasta que solo quedó una; luego se llevaron también aquella, y la capilla quedó completamente a oscuras, y alguien, al frente, cerró un libro de golpe con un sonido de puerta cerrándose sobre una tumba.
Aquel era el strepitus. El estruendo. Representaba el terremoto del instante en que Cristo murió. Representaba el final.
A oscuras, Luke sintió que la mano de Caleb buscaba la suya en el banco, entre los dos.
Siguieron allí sentados, en la capilla negra, cogidos de la mano, mientras cuarenta personas desfilaban en silencio a su alrededor.
Y cuando los últimos pasos se perdieron, las puertas se cerraron y se quedaron solos, Caleb se volvió en la oscuridad, apoyó la cara en el hombro de Luke y rompió a llorar.
—No puedo con esto —susurró—. No puedo. No puedo. Es Viernes Santo. Murió por nuestros pecados. Murió por esto. Y yo estoy sentado en Su casa cogido de tu mano.
Luke lo abrazó.
—No creo que muriera por esto —dijo en voz baja, contra el pelo de Caleb.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Nadie lo sabe. Esa es la cuestión. —Le acarició la espalda en la oscuridad—. Pero no creo que Dios mire esto y vea algo por lo que tuviera que morir. Creo que mira esto y ve a dos personas que se quieren. Y creo que a Él le parece bien.
Caleb se quedó completamente inmóvil contra su hombro.
—¿Me quieres? —susurró.
Luke no había tenido intención de decirlo.
Le había salido solo, como sale a veces la verdad cuando lleva meses empujando por detrás de los dientes.
Se quedó allí sentado, en la capilla a oscuras, con el corazón desbocado, y sintió la palabra suspendida en el aire, enorme e irrevocable, como el sonido del libro al cerrarse de golpe.
—Sí —dijo—. Te quiero. Te quiero desde lo de los rollos de canela.
Caleb no dijo nada durante un largo rato.
Luego levantó la cabeza. En la oscuridad absoluta de la capilla, Luke no le veía la cara en absoluto. Solo podía sentirlo: el calor de su aliento, muy cerca, el temblor de la mano que se alzó y encontró la mejilla de Luke.
—Yo también te quiero —dijo Caleb Brandt—. Que Dios me ayude. Yo también te quiero.
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Aquella noche —Viernes Santo, en una residencia vacía, con todo el campus silencioso y a oscuras—, Caleb llamó a la puerta de la habitación 312 a las once.
Esta vez no llevaba tarjetas de estudio.
No llevaba nada. Estaba de pie en el pasillo, con los pantalones de chándal y el jersey color avena, las manos colgando a los lados y las gafas en el bolsillo; tenía la cara pálida, tensa y muy serena, como la de un hombre que ha tomado una decisión sobre algo que lo aterra.
—Ya no quiero esperar más —dijo.
Luke lo miró un largo instante.
—¿Estás seguro? —dijo—. Caleb, no tienes por qué… no tenemos por qué hacer nada. No me voy a ir a ninguna parte. Podemos esperar todo lo que tú…
—Estoy seguro.
—Es Viernes Santo.
—Sé qué día es. —La voz de Caleb tembló. La afianzó—. Llevo tres horas sentado en mi habitación pensando en qué día es. Y no dejo de pensar en lo que dijiste. En la capilla. Que Él mira esto y ve a dos personas que se quieren. —Tragó saliva—. Quiero averiguar si tienes razón.
Luke se apartó y lo dejó entrar.
Cerró la puerta. Echó el pestillo. Por costumbre, colocó una toalla al pie de la puerta, tal como le había enseñado Dev.
La cama de Jeremy Pfaff estaba vacía y perfectamente hecha, con el póster del león y el cordero encima, observándolos.
La luz de la farola entraba por las persianas en largas franjas doradas.
Caleb se quedó de pie en el centro de la habitación.
—Nunca he hecho esto —dijo—. Nada. Con nadie. Lo sabes, ¿verdad? Ni siquiera he… Una vez besé a una chica en un campamento de la iglesia, en octavo. Eso es todo. Esa es toda mi historia.
—Lo sé.
—Tú sí. —No era una pregunta.
Luke vaciló. Luego asintió.
—Sí.
—¿Con quién?
—No importa. Se acabó. No fue… —Se detuvo. No sabía cómo explicarle lo de Dev, el Jeep y la sala de la máquina de hielo. Cómo había sido divertido y bueno, y en nada parecido a esto—. No era así.
—¿Así cómo?
Luke cruzó la habitación. Le tomó la cara entre las manos, igual que en el suelo de la 310, entre las tarjetas de estudio.
—No era amor —dijo.
Caleb cerró los ojos.
Lo que ocurrió después no se pareció en nada a Duluth.
No hubo lago rugiente, ni olas rompiendo, ni cuadro de un alce cayéndose de la pared.
Hubo una cama estrecha de residencia con un edredón de los Minnesota Wild, un radiador que traqueteaba, la luz de una farola y dos jóvenes aterrados y temblorosos, tan tiernos el uno con el otro que después a Luke le pareció que todo había sucedido a cámara lenta.
Tuvo cuidado. Dios, qué cuidado tuvo. Fue todo muy despacio.
Preguntaba cada vez: ¿está bien?, ¿está bien?
, ¿estás seguro?, y cada vez Caleb susurraba que sí y lo atraía hacia sí.
Fue aprendiendo a Caleb como Caleb le había enseñado griego: pieza a pieza, con paciencia, con asombro.
El salpicado de pecas de los hombros, como canela.
La cicatriz blanca y fina de la rodilla, de cuando se cayó de la bicicleta a los siete años.
El punto bajo la mandíbula que le arrancaba un jadeo.
El sonido que hacía cuando Luke le besaba la cara interna de la muñeca: no un graznido, por una vez, sino un suspiro bajo, asombrado, estremecido, como el de un hombre que oye música por primera vez.
Y Caleb también lo aprendió a él. Al principio le temblaban las manos, torpes y tan vacilantes que a Luke casi se le partió el corazón.
Pero fueron cobrando valor. Se volvieron curiosas.
Encontraron la cicatriz del empeine del pie izquierdo de Luke y la recorrieron despacio, de punta a punta, once puntos, y Caleb se inclinó y la besó, y Luke tuvo que cerrar los ojos.
—Tuve esto en el regazo dos semanas —susurró Caleb—. Todas las mañanas. Lo envolvía en gasas. Y pensaba en esto todo el tiempo. Todas y cada una de las mañanas. Dios, perdóname.
—No hay nada que perdonar —musitó Luke.
Fue en silencio. Tenía que ser así: las paredes eran de bloques de hormigón, pero la residencia nunca estaba del todo vacía y de noche el sonido corría por los pasillos.
Pero no era el silencio cauteloso y temeroso de quien se esconde.
Era otra cosa. Algo reverente. No necesitaban hacer ruido.
Estaban lo bastante cerca para oírse respirar, para oírse el corazón, y aquello era ruido suficiente.
Cuando lo desbordó, cuando se alzó y rompió sobre él como una ola, Caleb no gritó.
Solo dijo el nombre de Luke, una vez, muy bajito, como una oración, y se agarró a él con tanta fuerza que por la mañana Luke tenía marcas en la espalda.
Después se quedaron tumbados, enredados el uno con el otro, en la cama estrecha, bajo el edredón de los Minnesota Wild, y no dijeron nada durante un largo rato.