Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO CINCO #2
22%

CAPÍTULO CINCO #2

Lo sujetó por la cintura con los dos brazos, de frente, y no lo soltó.

Las muletas de Luke cayeron con estrépito por los escalones.

La bolsa de hockey se desprendió del hombro de Caleb y cayó en la nieve.

Y durante un largo momento suspendido, congelado, se quedaron allí, en lo alto de la cuesta, bajo la farola, en la nieve, con los brazos de Caleb cerrados en torno a la cintura de Luke, las manos de Luke aferradas a los hombros de Caleb y las caras a unos diez centímetros de distancia.

Las gafas de Caleb estaban completamente empañadas. Aun así, Luke le veía los ojos detrás de los cristales: marrones, muy abiertos, muy cerca.

Ninguno de los dos respiraba.

Entonces una puerta se abrió de golpe a sus espaldas y un grupo de chicas de primero salió riendo de Lindahl Hall, en pijama y con parkas, para librar una batalla de bolas de nieve. Caleb lo soltó tan deprisa que Luke estuvo a punto de caerse otra vez.

—Perdón —dijo Caleb—. Perdón. Lo siento. No quería… perdón. —Se agachó, recogió las muletas y se las plantó en las manos. Tenía la cara escarlata—. Toma. Perdón. Vamos dentro.

No miró a Luke en todo el camino escaleras arriba.

❦

Sí que lo miró, en cambio, y mucho, en las dos semanas siguientes.

Iba a verlo todas las noches. Traía bolsas de hielo del comedor, le colocaba el pie sobre una pila de almohadas y lo obligaba a mantenerlo en alto, y le leía en voz alta los deberes de griego mientras Luke seguía tumbado en la cama con los ojos cerrados.

Le traía sopa del restaurante vietnamita de University Avenue.

Cada mañana le cambiaba el vendaje de los puntos, arrodillado en el suelo de la habitación 312 con un rollo de gasa y un tubo de pomada antibiótica, con el ceño fruncido por la concentración, las gafas resbalándole por la nariz y el pie desnudo de Luke en el regazo, como si fuera algo precioso.

—No tienes por qué hacer esto —dijo Luke la cuarta mañana.

—Lo sé.

—Jeremy podría hacerlo.

—Jeremy se desmaya al ver sangre. Me lo contó. Se desmayó durante La Pasión de Cristo —dijo Caleb sin levantar la vista.

Le estaba envolviendo el pie con la gasa, despacio y con cuidado, vuelta tras vuelta. Tenía los dedos calientes sobre el tobillo de Luke.

—Además. Quiero hacerlo.

—¿Por qué?

Las manos de Caleb se quedaron inmóviles.

Se quedó sentado en el suelo, con el pie de Luke en el regazo y el rollo de gasa en la mano, y tardó mucho en levantar la vista. Cuando lo hizo, tenía el rostro muy serio y muy colorado.

—Porque eres mi mejor amigo —dijo.

Y entonces volvió a bajar la mirada, deprisa, terminó de vendarle el pie, lo fijó con esparadrapo, se puso en pie, agarró la mochila y dijo:

—Voy a llegar tarde a Griego. Nos vemos luego.

Y se marchó antes de que Luke pudiera decir una sola palabra.

Luke se quedó tumbado en la cama, con el pie sobre las almohadas y el corazón latiéndole como un tambor.

«Ho, hē, to», pensó desesperado. «Tou, tēs, tou».

No le sirvió de nada en absoluto.

❦

Le quitaron los puntos en diciembre. La herida sanó hasta quedar en una fina línea blanca que le cruzaba el empeine. Para cuando volvió a casa por Navidad, ya podía patinar otra vez.

Pasó las vacaciones enteras en la granja, ordeñando con su padre a las cuatro y media de la mañana en el establo helado, sin hablar, y pensando en Caleb.

Pensaba en él mientras paleaba estiércol.

Pensaba en él en el banco de Faith Covenant la Nochebuena, con las velas encendidas y el coro cantando «Noche de paz».

Pensaba en él en la cabaña de Mormor junto al lago, al día siguiente de Navidad, sentado a la mesita de su cocina, comiendo pepparkakor, mientras ella tejía junto a la ventana y el lago se extendía helado, blanco y silencioso bajo la nieve.

—Estás muy callado, älskling —dijo Mormor sin levantar la vista de la labor.

—Solo estoy cansado.

—Mmm.

Las agujas chasqueaban. Tenía ochenta y un años, era pequeña, encorvada y de pelo blanco, tenía las manos deformadas por la artritis y todavía era capaz de tejer un jersey en cuatro días.

—Tu madre dice que tienes un buen amigo en la universidad. Ese chico de Iowa. El de la risa.

A Luke se le paró el corazón.

—Sí —dijo con cuidado—. Caleb.

—Dice que hablas de él todo el tiempo.

—No hablo de él todo el tiempo.

Mormor alzó la vista hacia él por encima de las gafas. Tenía los ojos muy azules y muy brillantes en aquel rostro arrugado.

—Luke —dijo—, llevo viva muchísimo tiempo. Y sé cómo suena cuando alguien habla de alguien todo el tiempo.

No podía respirar. Seguía sentado a la mesa de la cocina, con una galleta a medio camino de la boca, y su abuela lo miraba desde el otro lado con la labor en el regazo, y el lago, al otro lado de la ventana, se extendía blanco e inmóvil, y el reloj de la pared hacía tic, tac.

Mormor le sostuvo la mirada un largo instante más.

Luego volvió a su labor.

—Tráelo algún día a la cabaña —dijo—. En verano, cuando vuelvan los colimbos. Me gustaría conocer al chico que hace hablar tanto a mi nieto.

Eso fue todo. No volvió a decir nada al respecto. Ni ese día ni nunca.

Pero, de camino a casa, Luke tuvo que apartar la camioneta al arcén de la carretera comarcal 42, en la nieve, y quedarse allí con la frente apoyada en el volante diez minutos, hasta que vio lo bastante bien para seguir conduciendo.

❦

Ocurrió en marzo.

El parcial de Griego era el lunes. Isaiah se había ido a Bethel el fin de semana para ver a su prometida.

Jeremy Pfaff estaba en un congreso de alabanza en Des Moines.

Y el domingo por la noche, a las once, Luke llamó a la puerta de la habitación 310 con el libro de texto, las fichas y una bolsa de Twizzlers, y Caleb abrió en pantalón de chándal, con su jersey color avena y las gafas puestas, el pelo rizado disparado en seis direcciones distintas, y dijo:

—Gracias a Dios, estaba a punto de perder la cabeza. Los participios, Luke. Los participios.

Se sentaron en el suelo, con la espalda apoyada en la cama de Caleb, las piernas estiradas sobre la alfombra y los hombros pegados.

Hicieron participios. Hicieron infinitivos.

Hicieron entera la Primera de Juan, capítulo cuatro, versículo por versículo, analizando cada verbo.

El radiador traqueteaba. La luz de la calle entraba por las persianas.

El reloj del escritorio de Caleb marcó las doce y media, luego la una y cuarto, y después las dos.

En algún momento, Luke se dio cuenta de que Caleb había dejado de hablar.

Miró hacia él. Caleb tenía una ficha en la mano. Llevaba un rato sosteniéndola. La miraba fijamente, y a la luz de la lámpara tenía el rostro muy pálido y muy quieto, y le temblaba la mano.

—¿Caleb?

Caleb no respondió.

Luke miró la ficha. Estaba escrita con la letra de Caleb, pulcra y pequeña. En el anverso, una palabra en griego. La conocía. Era del pasaje que estaban analizando. Primera de Juan, cuatro, dieciocho. Phobos. Miedo.

En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor.

—Caleb —repitió Luke, más bajo—. ¿Qué pasa?

Caleb dejó la tarjeta en la alfombra. Se quitó las gafas. Se apretó los ojos con las palmas de las manos.