CAPÍTULO CINCO
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Fichas de griego
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El primer pósit apareció en la puerta de Luke el segundo día de su segundo curso.
Volvió de la capilla y allí estaba, pegado al metal pintado de la habitación 312, justo a la altura de los ojos, lo que, para Luke, significaba que quien lo había dejado allí había tenido que ponerse de puntillas. Amarillo. Cuadrado. Escrito a bolígrafo.
¡Bienvenido de nuevo, Halvorsen! Ahora en la 310. Somos VECINOS. Dios es bueno. :) —C.
Luke se quedó plantado en el pasillo y lo leyó cuatro veces.
Luego lo despegó de la puerta con mucho cuidado, para no romperlo, entró en su habitación y lo metió en el cajón de arriba del escritorio, debajo de la gramática griega, donde Jeremy Pfaff no pudiera verlo.
Y después se sentó en la cama un buen rato, con las manos entre las rodillas, mirando la pared que separaba su habitación de la 310 y sintiendo cómo le latía el corazón.
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Se habían hecho amigos la primavera anterior. Había pasado como pasan las cosas cuando tienes diecinueve años, te sientes solo y estás lejos de casa por primera vez: deprisa y de golpe, sin que nadie lo decidiera.
Todo había empezado con el griego. A Caleb se le daba mejor que a nadie de la clase, quizá mejor que a nadie de toda la universidad.
Se había aprendido el alfabeto por su cuenta a los doce años, con un libro de la biblioteca de Sioux City, porque quería leer el Nuevo Testamento «tal y como lo escribió Pablo en realidad».
Analizaba un verbo más deprisa de lo que el Dr. Ostrander tardaba en escribirlo en la pizarra.
Y Luke, al que se le daban bien muchas cosas, pero no los idiomas, se estaba hundiendo.
Así que una tarde de febrero, después de que Caleb lo pillara mirando desesperado una página de participios en la biblioteca, se sentó enfrente de él con su termo de café y un taco de fichas y le dijo:
—Vale. El truco es este: tienes que pensar en cada verbo como si fuera una pequeña historia.
Y entonces se inventó pequeñas historias.
Para todos y cada uno de los verbos del capítulo.
Historias malísimas, ridículas, hilarantes: luō era un tipo llamado Lou que siempre andaba desatando cosas, los cordones, la barca, el perro del vecino, y las contaba con una serie de voces cada vez más desquiciadas, y graznaba de risa con sus propios chistes, y Luke se rio hasta que la bibliotecaria se acercó a mandarles callar.
Luke sacó un notable alto en el examen siguiente. Era la mejor nota que había sacado nunca en un idioma.
A partir de entonces estudiaron juntos todas las semanas.
Después, dos veces por semana. Luego, todas las noches.
Y de ahí pasaron a comer juntos en el comedor, a ir juntos al estudio bíblico de la planta los miércoles y a dar la vuelta al lago Como los sábados por la tarde, en cuanto se iba el hielo.
Iban a ver a los Twins en las gradas baratas.
Fueron a una tienda de segunda mano de Roseville y se compraron jerséis horteras a juego para la fiesta de Navidad, con un mes de antelación, sin más motivo que ese.
Cogieron un autobús al centro para ver el montaje que el Guthrie hacía de Cuento de Navidad, que Caleb había visto todos los años desde los seis, en un viaje con la familia, y que lo hacía llorar sin falta en la parte en la que Tiny Tim dice Dios nos bendiga a todos.
—Es tan tonto —sollozó Caleb en la oscuridad, en las butacas baratas, agarrado al brazo de Luke—. Es tan tonto y me encanta.
Todo el mundo pensaba que eran mejores amigos. Ellos también pensaban que eran mejores amigos.
Luke no se permitía pensar nada más. Tenía todo un sistema para no pensarlo.
Cada vez que le venía el pensamiento, cada vez que se descubría mirando las manos de Caleb sobre las fichas, o aguzando el oído para captar aquel graznido de ganso desde el otro lado del comedor, o despierto en la cama de noche pensando en cómo a Caleb se le quedaban los rizos de punta en la nuca después de pasarse los dedos por el pelo ante un pasaje difícil de Romanos, Luke se paraba, cerraba los ojos y recitaba mentalmente el artículo determinado griego.
Ho, hē, to. Tou, tēs, tou. Una y otra vez, hasta que se iba.
No se iba. Nunca se iba. Pero al artículo se le daba muy bien bajarle el volumen.
Y nunca volvió a la sala de la Zamboni.
Pasó por delante una vez, en abril, después de que Dev dejara de ir a los entrenamientos para estudiar para los finales.
Se quedó fuera, en la puerta lateral del pabellón, a oscuras, con las manos en los bolsillos, mirándola.
No tenía llave. Nunca había tenido llave.
Y allí de pie se dio cuenta de que no quería entrar.
No sin Dev. Nunca más. De que lo que hubiera necesitado de la sala de la Zamboni ya lo había conseguido, y estaba hecho, y había sido bueno, y se había acabado.
Y volvió a subir la colina hasta Lindahl Hall, pasó por delante de la habitación 214, en la segunda planta, y vio un pósit amarillo nuevo en la puerta, con la letra de Caleb —BUENAS NOCHES, MUNDO :)—, y se quedó un minuto entero delante, en el pasillo vacío, sonriéndole como un idiota.
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Ahora Caleb estaba en la 310. Justo al lado.
Lo bastante cerca para que Luke lo oyera a través de la pared: practicando en voz alta el vocabulario griego por las noches, cantando himnos antiguos en la ducha con un tenor sorprendentemente bueno, hablando por teléfono con su madre, en Sioux City, todos los domingos a las cuatro en punto de la tarde, y riéndose.
Dios, cómo se reía. Aquel graznido atravesaba el hormigón como un claxon, a cualquier hora y por cualquier cosa: un mensaje de su hermana, un tuit gracioso, una frase de un sermón puritano que le parecía inesperadamente graciosísima.
Jeremy Pfaff empezó a llevar la cuenta en la pizarra de al lado de la puerta. GRAZNIDOS ESTA SEMANA: 47.
—Es como vivir al lado de un zoo —dijo Jeremy, encantado.
Luke se tumbaba en la cama por la noche y aguzaba el oído, esperando oírlo.
El compañero de habitación de Caleb era Isaiah, un estudiante de tercer año tranquilo y serio que estaba prometido con una chica de Bethel y la visitaba cada dos fines de semana.
Esos fines de semana, Caleb llamaba a la puerta de Luke a las diez con sus fichas, su taza de viaje y su bolsa de picoteo —Twizzlers, siempre, y esas galletas naranjas de mantequilla de cacahuete de la máquina expendedora—, y estudiaban en la 310 hasta las dos de la madrugada, sentados en el suelo, con la espalda apoyada contra la cama de Caleb, las piernas estiradas sobre la moqueta, una junto a la otra, y los hombros pegados.
Eso era todo. Los hombros pegados.
Luke pensó en aquellos hombros pegados durante casi todo el otoño.
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En noviembre sufrió un corte.
Era un partido del viernes por la noche contra Augsburg, en la pista de Como.
Estaban en el tercer periodo, North Star iba perdiendo por un gol y se formó un barullo delante de la portería —siete u ocho jugadores amontonados unos encima de otros, con los palos volando y el disco perdido en algún punto de aquel enredo de piernas—.
Luke acabó debajo del montón y el patín de alguien le aterrizó en el empeine del pie izquierdo y le atravesó el cuero de la bota.
Al principio no lo sintió. Eso era lo extraño. Sintió el peso y el crujido, y luego volvió patinando al banquillo. Alguien dijo Halvorsen, estás sangrando, y bajó la vista y vio un grueso rastro rojo en el hielo, detrás de él, como una línea de pintura.
Tuvieron que darle once puntos. Se los dio el médico del equipo en el vestuario, con aguja, hilo y un frasco de yodo, mientras Luke, sentado en la camilla de entrenamiento y con los pantalones de hockey puestos, se agarraba al borde con tanta fuerza que se le quedaron los nudillos blancos y hacía lo posible por no vomitar.
Cuando salió cojeando del vestuario una hora más tarde, con un par de muletas, el pie vendado como una momia y el patín dentro de una bolsa de plástico, Caleb estaba sentado en el banco del frío vestíbulo, esperándolo.
Había estado en el partido. Iba a todos los partidos en casa.
Se sentaba en la segunda fila, detrás del banquillo, donde solía sentarse Megan Rasmussen, y gritaba más que nadie.
Una vez había hecho un cartel —HALVORSEN ES UN MURO— con rotulador verde y un dibujo malísimo de un muro de ladrillos que se parecía más a un gofre.
Lo había visto todo. Había visto la sangre en el hielo.
Tenía la cara blanca como la tiza.
—Madre mía —dijo, y se puso de pie—. Madre mía. Luke. ¿Estás bien? ¿Está roto? He visto la sangre. He visto toda esa sangre. Pensaba que habías perdido un dedo del pie…
—Estoy bien. Once puntos.
—¿Once?
—Estoy bien, Caleb.
—No está bien. Son once. —Caleb miraba fijamente el pie vendado como una momia. Le temblaba el labio—. ¿Puedes andar? ¿Vas a poder subir la cuesta? Está todo helado. Te vas a caer. Te vas a romper el cuello. Dame la bolsa.
—Puedo llevar mi…
—Dame la bolsa, Luke Halvorsen.
Luke le dio la bolsa.
Caleb la llevó cuesta arriba en la oscuridad, por el camino helado y bajo la nieve que caía, mientras Luke cojeaba a su lado con las muletas.
Caminaba despacio, acompasando su paso al de Luke, con una mano suspendida junto a su codo todo el tiempo, listo para sujetarlo.
No dijo nada. Se limitó a caminar a su lado, muy cerca, con el aliento humeando en el frío, las gafas empañadas y los copos de nieve prendidos en el pelo rizado.
Al llegar arriba, delante de Lindahl Hall, la muleta de Luke resbaló en una placa de hielo negro, él se fue hacia delante y Caleb lo agarró.