CAPÍTULO CUATRO #3
Luke lo vio desde las gradas del gimnasio de North Star, junto a Jeremy, Tou y los gemelos, mientras novecientos estudiantes y tres mil padres se abanicaban con los programas y el presidente de la universidad pronunciaba un discurso sobre ir por todo el mundo.
Cuando anunciaron a Devin Robert Mitchell, licenciado en Estudios Bíblicos, un hombre grande y ancho de hombros, con la nariz torcida y un diente delantero de menos, cruzó el escenario con toga azul, estrechó la mano del presidente y sonrió al público con su hueco entre los dientes; y una familia de Iron Rangers, en la última fila, se puso a gritar y vitorear como si aquello fuera un partido de hockey.
Después, en el aparcamiento, Luke lo encontró cargando el Jeep.
Sus padres estaban allí. Su madre —pequeña, regordeta y llorosa, con un vestido de flores— y su padre, igual de corpulento que Dev pero veinticinco años mayor y dieciocho kilos más pesado, con el pelo gris cortado al rape y unas manos como palas.
Estaban metiendo cajas en la parte de atrás del Jeep.
Dev vio a Luke cruzar el aparcamiento y su cara compuso una expresión complicada.
—Mamá, papá, este es Luke. Halvorsen. Mi compañero de defensa.
—¡El novato! —El padre de Dev le tendió una mano enorme—. Devin habla de ti. Dice que llegarás lejos. Dice que golpeas como un camión.
—Gracias, señor.
—Un buen chico noruego —dijo el padre de Dev con aprobación, y volvió a las cajas.
La madre de Dev miraba a Luke. Solo lo miraba. Sus ojos iban de la cara de Luke a la de Dev y volvían, y algo se movió detrás de ellos —un destello pequeño, rápido y triste—; luego sonrió, le dio unas palmaditas en el brazo y dijo:
—Encantada de conocerte, cariño.
Y fue a ayudar a su marido.
Dev y Luke se quedaron junto al portón trasero abierto del Jeep.
—Bueno —dijo Dev.
—Bueno.
—La mina Hull-Rust. El lunes por la mañana. A las seis. —Dev se metió las manos en los bolsillos—. Turno de siete a tres. Un agujero enorme en la tierra. Y me dejarán conducir un camión del tamaño de una casa.
—Suena genial.
—Suena a muerte. —Dev soltó una risa breve y quebrada—. Pero es el Range.
Se quedaron allí de pie. A su alrededor, las familias cargaban los coches, hacían fotos y se abrazaban. La hermanita de alguien lloraba porque se le había caído el helado. Hacía sol, las lilas florecían al borde del aparcamiento, moradas y blancas, y en el aire flotaba un olor dulce.
—Eh —dijo Dev en voz baja—. No estés triste.
—No estoy triste.
—Mentiroso. —Dev le dio un golpecito con el hombro—. Me lo prometiste. ¿Te acuerdas? En Duluth. Prometiste que no te enamorarías de mí.
—No lo hice.
—Ya sé que no lo hiciste. —Dev lo miró de reojo. Tenía la mirada oscura muy firme—. Te enamoraste del ganso.
Luke se quedó completamente inmóvil.
—Tengo ojos, novato —dijo Dev con suavidad—. Te vi en la biblioteca. Te vi en el comedor. Vi cómo lo miras cuando se ríe. A mí nunca me miraste así. —Se encogió de hombros—. Y no pasa nada. Está bien. Así es como tiene que ser. Te lo dije. Yo solo era diversión.
—Dev…
—Escúchame. —Dev se volvió hacia él. Alargó la mano y le agarró el brazo con fuerza, justo por encima del codo, como hacía en el hielo antes de un saque neutral—.
Ten cuidado con ese. ¿Me oyes? No es como yo.
No va a ser diversión. Va a ser lo de verdad.
Y lo de verdad es lo más peligroso que existe.
Sobre todo aquí. —Alzó la vista hacia el campanario blanco de la capilla, que se elevaba sobre el patio—. Sobre todo en un lugar como este.
—Ni siquiera sé si él…
—Sí —dijo Dev—. Créeme. Sí. Solo tiene más miedo que tú. —Le soltó el brazo—. Ve despacio. Ten cuidado. Y, por el amor de Dios, cómprate unos cuellos altos grises.
Luke se rio. Le salió una risa llorosa.
Dev le sonrió. El hueco entre los dientes. La nariz torcida.
Entonces alargó los brazos —allí mismo, en el aparcamiento, delante de sus padres y de tres mil personas— y atrajo a Luke hacia sí en un abrazo.
Un abrazo de verdad. Un abrazo fuerte, con palmadas en la espalda, de jugador de hockey, de esos que nadie miraría dos veces.
Y mientras tenía la cara apretada contra el hombro de Luke, donde nadie podía verlo, le dijo, muy bajo, al oído:
—Vete al norte por mí algún día. ¿Vale? Alguien tiene que hacerlo.
Lo soltó. Le dio otra palmada en la espalda.
Se subió al Jeep del muerto, sus padres se subieron a su camioneta, y los dos vehículos salieron del aparcamiento, uno detrás del otro, salieron a Hamline Avenue y enfilaron al norte, hacia el Range, hacia la mina, hacia el resto de la vida de Dev Mitchell.
Luke se quedó en el aparcamiento, entre las lilas, viéndolos marchar.
Nunca volvió a ver a Dev. Años después oyó decir a un tipo del equipo que Dev había trabajado tres años en la mina Hull-Rust, que se había casado con una chica de Chisholm y que había tenido dos hijos.
Y que luego, un invierno, de la nada, los había abandonado a todos.
Una mañana cargó el Jeep sin más y se marchó, y nadie en el Range supo adónde había ido.
Alguien decía Alaska. Alguien decía el Yukón.
Alguien decía que lo habían visto en Anchorage, en un bar del centro, con el brazo por encima del hombro de un pescador barbudo, riéndose a carcajadas.
Luke esperaba que fuera verdad. Lo esperaba todos los días.
Esperaba que, en algún lugar muy al norte, un hombre con una rosa de los vientos tatuada en el omóplato hubiera encontrado por fin un sitio donde nadie lo conociera, y no fuera más que un hombre cualquiera, el hijo de nadie, la decepción de nadie: libre.