CAPÍTULO CUATRO #2
Tenía el pelo castaño y rizado, disparado en todas direcciones, como si se lo hubiera cortado él mismo con unas tijeras de cocina; la cara redonda, franca y llena de pecas; y unas gafas de montura metálica que se le habían escurrido hasta la punta de la nariz.
Estaba de rodillas sobre el linóleo, con un jerséy de punto hecho a mano del color de la avena, rodeado de rollos de canela, y se le habían puesto las mejillas rojísimas, y estaba —Luke no lo olvidaría nunca— sonriendo.
Con una sonrisa enorme, azorada, encantada, sin el menor asomo de vergüenza, como si acabara de pasarle la cosa más divertida del mundo y estuviera deseando contársela a alguien.
—Caleb Brandt —dijo—. Soy nuevo, me he trasladado.
Vengo de Iowa, del Morningside College, en Sioux City.
Lo siento muchísimo, doctora Ostrander. El autobús llegó tarde, luego me perdí y luego me paré en la panadería de Snelling porque mi madre siempre decía que nunca hay que presentarse en un sitio nuevo con las manos vacías...
—Señor Brandt.
—¿Sí, señora?
—¿Cuál es —dijo despacio la doctora Ostrander— la primera persona del singular del aoristo de indicativo activo de luō?
Caleb Brandt la miró parpadeando desde el suelo. Se subió las gafas por la nariz con un dedo manchado de glaseado.
—Elusa —respondió.
La doctora Ostrander lo miró un buen rato.
—Recoja sus rollos de canela, señor Brandt —dijo—. Y páselos. Y siéntese.
Caleb se echó a reír.
Y fue la risa lo que lo decidió todo. Luke lo pensaría durante años: cómo había empezado todo aquello, todo lo que vino después.
No con una mirada, ni con un roce, ni con una palabra.
Con una risa. Era el sonido más absurdo que Luke había oído salir jamás de un ser humano.
Era un graznido. Un graznido enorme, fuerte, bobo, nasal, descontrolado, como el de un ganso canadiense que entrara volando bajo sobre el lago Carlos en octubre.
Llenó el aula entera. Rebotó en los radiadores.
Tres personas dieron un respingo. Y Caleb Brandt, arrodillado en el suelo con su jerséy color avena, entre los rollos de canela, se tapó la boca con una mano, mortificado, y volvió a graznar entre los dedos, y se le puso la cara escarlata, y tenía los ojos, detrás de las gafas de montura metálica, apretados por la risa incontenible.
Algo, dentro del pecho de Luke, hizo clic.
No sabía qué era. Tardaría meses en saberlo. Fue solo un sonido pequeño, quedo e inequívoco, muy dentro de él, como una llave que gira en una cerradura cuya existencia ignoraba.
Caleb recogió sus rollos de canela. Los fue repartiendo por el aula, de uno en uno, diciendo perdón, perdón, toma, perdón a todo el mundo. Cuando llegó a Luke —en la última fila, donde siempre se sentaba, con las piernas largas estiradas hacia el pasillo—, se detuvo y alzó la vista.
—Hola —dijo Caleb Brandt.
—Hola.
—Eres muy alto.
—Soy consciente.
Caleb soltó un graznido. Volvió a taparse la boca con la mano.
—Perdón. Lo siento. Me pasa. La risa. Es todo un tema. Mi hermana dice que parezco un ganso resfriado. —Le tendió la bolsa—. ¿Un rollo de canela?
Luke cogió uno. Todavía estaba caliente.
—Gracias —dijo.
—De nada.
Caleb le sonrió —con aquella sonrisa enorme, azorada y pecosa— y luego fue a sentarse en el único asiento libre, dos filas más adelante, y se pasó el resto de la clase encorvado sobre el cuaderno, con glaseado en los dedos, tomando apuntes con tanta rapidez y tanta furia que Luke oía el rasgueo del bolígrafo desde el fondo del aula.
Luke se quedó allí sentado con el rollo de canela en la mano y no se lo comió.
No sabía por qué. Se quedó allí sin más, sosteniéndolo, sintiendo su calor en la palma, mirando aquella cabeza de rizos castaños dos filas más adelante, escuchando el rasgueo del bolígrafo y la voz de la doctora Ostrander, que seguía y seguía hablando del aoristo —una acción pasada simple, completa en sí misma, un único instante en el tiempo que no puede deshacerse—, y sintiendo aquel clic pequeño y quedo en algo muy hondo del pecho, una y otra vez, como un reloj al que acabaran de dar cuerda.
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No se lo contó a Dev.
No había nada que contar. Eso era lo que se decía.
Caleb Brandt era un estudiante trasladado desde Iowa que se sentaba dos filas más adelante en la clase de Griego, llevaba rollos de canela los viernes y graznaba como un ganso.
Vivía en la segunda planta de Lindahl Hall, justo debajo de Luke.
Estudiaba para ser pastor. Dejaba notas en las puertas de los demás —notitas amarillas adhesivas, con una carita sonriente dibujada a bolígrafo—: ¡Rezo por ti!
y ¡Tú puedes!; y, en la puerta de una estudiante de segundo cuyo padre acababa de morir, Lo siento muchísimo.
Estoy aquí si necesitas algo. Habitación 214.
Era la persona más bondadosa que Luke había conocido.
Solo era un amigo. Nada más. A veces estudiaban juntos en la biblioteca, para la clase de Griego. Nada más.
—Esta noche estás callado —dijo Dev, en la sala de la Zamboni, en febrero.
—Solo estoy cansado.
—¿Los parciales?
—Sí.
Dev lo miró un largo rato a la luz tenue que entraba por la ventana alta. Luego alargó la mano y le apartó a Luke el pelo de la frente. Fue un gesto extrañamente tierno, tratándose de Dev.
—Vale —dijo—. Solo estás cansado.
No volvió a preguntar.
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Dev se graduó el segundo sábado de mayo.