Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO TRES #3
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CAPÍTULO TRES #3

Fuera, las olas seguían rompiendo contra las rocas.

El faro del final del muelle seguía lanzando destellos rojos.

Unas puertas más allá, alguien seguía con la tele puesta —un programa nocturno de entrevistas, risas amortiguadas a través de las paredes—.

El radiador de debajo de la ventana chasqueaba y zumbaba.

Dev estaba tumbado a su lado, boca abajo, con un brazo echado sobre el pecho de Luke y la cara medio hundida en la almohada. Respiraba lenta y pesadamente. Luke pensó que quizá se había quedado dormido.

—¿Estás bien? —murmuró Dev contra la almohada.

Luke sopesó la pregunta.

No debería estar bien. Lo sabía. Acababa de quebrantar el pacto de estilo de vida del North Star Bible College, de la Fellowship of the Covenant Word, de la Santa Biblia y todas las promesas que había hecho jamás a Dios, a su madre y a sí mismo, en una habitación de motel de Duluth, con el capitán del equipo de hockey, en su primer desplazamiento, tres semanas después de estampar su firma con tinta azul.

Debería estar de rodillas. Debería estar llorando.

Debería estar llamando al pastor Dahl, allá en casa, en Alexandria, para suplicarle liberación.

Siguió allí tumbado a la luz de la luna y sintió el corazón latiendo lento y firme en el pecho, el peso del brazo de Dev encima y el dolor en cada músculo del cuerpo.

—Sí —dijo, maravillado—. Sí. Creo que estoy bien.

Dev levantó la cabeza de la almohada y lo miró. Tenía el pelo oscuro de punta en todas direcciones. La nariz torcida. La sonrisa mellada, lenta, perezosa y satisfecha.

—Bienvenido al equipo, novato —dijo.

Luke soltó una carcajada.

Dev volvió a apoyar la cabeza en la almohada. Luke siguió tumbado, mirando al techo, sonriendo como un idiota. Al cabo de un rato alargó la mano con mucho cuidado y recorrió con la yema de un dedo la rosa de los vientos en el omóplato de Dev.

—¿Qué significa esto? —preguntó—. «Norte».

Dev se quedó callado un buen rato.

—Es para largarme —dijo al fin, contra la almohada—.

Algún día, cuando tenga el valor. Irme al norte.

A Alaska, quizá. O al Yukón. A algún sitio donde nadie me conozca.

Donde pueda ser, sin más… un tipo. Solo un tipo al que le gustan los tipos.

El hijo de nadie. La decepción de nadie.

—Se rio por lo bajo—. Una estupidez, ¿eh?

Me lo hice en una tienda de Minneapolis a los diecinueve, borracho, y nunca le he dicho a nadie lo que significa. Hasta ahora.

—No es ninguna estupidez.

—Sí que es un poco estúpido. En junio me voy a trabajar a la mina. —Dev giró la cara hacia Luke sobre la almohada. A la luz de la luna tenía los ojos muy oscuros y muy cansados—. Escucha, Halvorsen. Tengo que decirte algo. Y necesito que me escuches. ¿Vale?

—Vale.

—Esto es solo esto —dijo Dev—. Tú y yo. Solo es…

esto. Un viaje por carretera. Lo que queda de temporada, si quieres, vale.

Pero no soy tu novio. No voy a enamorarme de ti, y tú no vas a enamorarte de mí, y en junio volveré al Range, me pondré a trabajar en la mina y probablemente me case con alguna chica de Chisholm, tenga cuatro hijos y me muera de un infarto en el aparcamiento del Walmart, como mi abuelo.

Así son las cosas. —Hizo una pausa—. Así que no te enamores de mí.

Prométemelo. ¿Vale? No hagas tonterías. Diviértete y punto.

Te mereces divertirte. Bien sabe Dios que yo me lo merecía.

Luke lo miró durante un largo rato.

—Vale —dijo—. Te lo prometo.

Era la primera promesa que hacía en semanas que estaba absolutamente seguro de poder cumplir.

Dev le gustaba. Le gustaba mucho. Le gustaban su sonrisa mellada, su voz de camión cargado de grava y sus chistes horribles sobre su abuelo muerto.

Le había gustado cada segundo de las dos últimas horas.

Pero cuando buscó dentro de sí aquello que había sentido en las escaleras el día de Acción de Gracias, al ver a Brad acariciarle el pelo a su hermana —ese deseo profundo, doloroso, aterrador, esa sensación de querer que alguien se siente muy cerca de ti en un sofá de cuadros el resto de tu vida—, no lo encontró.

Aquello era otra cosa. Algo más sencillo, más salvaje y más ligero.

Aquello era diversión.

Nunca había sabido que podía ser simplemente divertido.

—Bien —dijo Dev, y cerró los ojos—. Ahora duérmete. Jugamos contra St. Scholastica a las dos y llevas en el cuello un chupetón del tamaño de un disco de hockey, así que ya le explicarás eso al entrenador Brekke.

Luke se llevó la mano al cuello de golpe.

—¿Qué?

Dev se echó a reír contra la almohada. Se rio tan fuerte que la cama tembló.

Y fuera, en la orilla del lago Superior, las olas rompían contra las rocas negras en la oscuridad, una y otra vez, como lo habían hecho durante diez mil años, como si nada en el mundo hubiera cambiado lo más mínimo, mientras dentro de la habitación 114 del Lakeview Inn un chico de granja de Alexandria yacía a la luz de la luna con la mano apretada contra el cuello y la cara ardiendo, riéndose, por primera vez en su vida, de absolutamente nada.