Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

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El lago Superior

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—Qué horror.

—Qué va. Tenía ochenta y siete años. Acababa de comprarse una barrena nueva para el hielo. Murió feliz. —Dev subió la calefacción—. La mejor forma de irse, para mí. En tu camioneta. En el Walmart. Con una barrena nueva.

Luke se rio sin poder evitarlo.

Hasta Duluth había dos horas y media, todo recto hacia el norte, entre pinares, abedules y ciénagas de alerces; los árboles se iban volviendo dorados y se quedaban desnudos a ambos lados de la carretera, bajo un cielo gris y bajo.

El resto del equipo iba en el autobús, una hora por delante.

Dev le había dicho al entrenador Brekke que necesitaba el coche en Duluth por «asuntos familiares» y que llevaría al novato para que no tuviera que sentarse al lado del primo de Pfaff, que se marea en el coche.

El entrenador Brekke lo había mirado un buen rato por encima de las gafas de leer y había dicho «Vale, Mitchell», con la voz de un hombre que hacía mucho que había dejado de hacer preguntas cuyas respuestas no quería oír.

Durante la primera hora hablaron de hockey.

Resultaba fácil. Eso era lo raro. Luke se había pasado toda la semana temiéndolo: temía quedarse a solas con Dev en un coche durante dos horas y media, temía el silencio, temía aquello que le había visto en la cara a Dev a la salida del pabellón.

Pero Dev se limitó a hablar. Habló de las líneas de los Polar Bears, de su juego en superioridad numérica y de por qué la trampa de zona neutral del entrenador Brekke era un crimen contra Dios.

Habló de su infancia en el Iron Range, en Hibbing, donde su padre, su abuelo y su bisabuelo habían trabajado en las minas de hierro, esas enormes explotaciones a cielo abierto que se hundían kilómetro y medio en la tierra roja.

Habló de jugar al hockey en el instituto, en pistas tan frías que las botellas de agua se congelaban en el banquillo.

—Dylan es de Hibbing —dijo—. Bob Dylan. ¿Lo sabías? Fue a mi instituto. Hay un mural.

—No lo sabía.

—A nadie del Range le cae bien. Se marchó. Es lo único que no se te permite hacer en el Range. —Dev tamborileó con los dedos en el volante—. Si te vas, para ellos estás muerto. Da igual que ganes un premio Nobel. Te fuiste.

—Tú te fuiste —señaló Luke—. Estás en North Star.

—North Star es temporal. Voy a volver. —La voz de Dev cambió, muy ligeramente—. Mi padre me ha apalabrado un puesto en la mina Hull-Rust. Empiezo en junio. Después de graduarme.

—¿Y tú quieres eso?

Dev no contestó enseguida. Miraba la carretera. Los pinos pasaban, oscuros e interminables.

—Da igual lo que yo quiera —dijo por fin—. Así es el Range.

Luke lo miró.

—¿Y el ministerio? —preguntó Luke—. ¿No es por eso por lo que viniste a North Star?

Dev se rio. Fue una risa breve, dura, sin humor, muy distinta de la de siempre.

—Vine a North Star —dijo— porque mi madre encontró unas cosas en mi ordenador cuando yo tenía diecisiete años, y se pasó una semana llorando, y mi padre me llevó de caza y no dijo ni una palabra en todo el fin de semana y luego, de vuelta a casa, me dijo: «Vas a ir a la universidad bíblica a la que fue tu tío y vas a enderezarte».

—Lo miró de reojo—. Así que aquí estoy. Enderezándome.

En el coche se hizo un silencio enorme. La calefacción zumbaba. Fuera, un halcón posado en un poste de la cerca junto a la carretera, encorvado contra el viento, los vio pasar.

—¿Qué clase de cosas? —se oyó preguntar Luke.

Dev lo miró largo rato. Después volvió la vista a la carretera.

—El tipo de cosas —dijo— que tú tienes en el tuyo.

A Luke se le paró el corazón.

—Yo no…

—Halvorsen. —La voz de Dev era suave. Sorprendentemente suave—.

Llevo cuatro años en este equipo. He pasado por muchos vestuarios.

Sé reconocer a un tío que no levanta la vista de los patines.

—Hizo una pausa—. Y sé reconocer a un tío que besa a una chica bajo una farola y siente que le están poniendo la vacuna de la gripe.

Luke clavó la mirada al frente, a través del parabrisas agrietado.

La cara le ardía. Tenía las manos apretadas en el regazo. Todo el cuerpo se le había puesto tenso y frío, como en el medio segundo antes de un golpe, cuando ves venir al otro y sabes que no vas a poder esquivarlo.

—No se lo voy a contar a nadie —dijo Dev—.

Si es eso lo que te preocupa. ¿A quién se lo iba a contar?

¿Y qué iba a decir? «Oye, entrenador, el novato es marica.

¿Y cómo lo sé? Bueno, es una historia curiosa…

» —Volvió a reírse, más bajo—. Aquí nadie le cuenta nada a nadie.

Así funciona en North Star. Así funciona en todas partes.

—No lo soy—dijo Luke.

Le salió en un susurro.

Dev no discutió. No dijo absolutamente nada. Se limitó a alargar la mano, encendió la radio, buscó una emisora de rock clásico de Duluth y subió el volumen —Tom Petty, Free Fallin’— y condujo.

Y, en algún punto cerca de Hinckley, con el cielo gris cayendo a plomo, los pinos desfilando ante ellos y Tom Petty cantando sobre una buena chica que amaba a Jesús y también a Estados Unidos, Luke sintió que la mano de Dev se posaba en la consola que había entre los dos.

Ahí, sin más. Con la palma hacia abajo. A dos centímetros de su propia rodilla.

Se la quedó mirando durante treinta kilómetros.

Al llegar a Moose Lake, movió la rodilla dos centímetros.

Dev no dijo nada. No volvió la cabeza. Se limitó a girar la mano sobre la consola, con la palma hacia arriba, y Luke puso la suya encima.

Dev entrelazó los dedos con los de él y no lo soltó, y recorrieron así los últimos sesenta y cinco kilómetros hasta Duluth, cogidos de la mano en el Jeep de un muerto, con los asientos calefactables encendidos, la radio sonando y ninguno de los dos pronunciando una sola palabra.

Era la primera vez en su vida que Luke le daba la mano a otro hombre.

No lo soltó hasta que vieron el lago.

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El lago Superior surgió al coronar la colina, a la entrada de Duluth, como el fin del mundo.

Luke ya lo había visto antes, de niño, en viajes familiares.

Pero nunca lo había visto así: a finales de octubre, bajo un cielo bajo y pizarroso, con el viento bajando en línea recta desde Canadá a lo largo de todo él.

Ocupaba el horizonte entero. Era gris, embravecido e inmenso, un océano interior coronado de espuma y furioso, con las olas golpeando la costa rocosa a los pies de la ciudad y reventando en una lluvia de espuma.

Toda la ciudad de Duluth se agarraba a la escarpada ladera que se alzaba sobre él, ladrillo, granito y campanarios, como si le fuera la vida en ello.

—Joder—susurró Luke.

—Esa boca—dijo Dev, y le soltó la mano.

El equipo se alojaba en un motel de London Road, en el lado este de la ciudad, justo a orillas del lago.

Era un antiguo motel de carretera de dos plantas llamado Lakeview Inn, con un letrero de neón combado, un aparcamiento de grava y una hilera de puertas orientadas hacia el agua.

Las habitaciones tenían dos camas dobles, paneles de madera en las paredes y un cuadro de un alce sobre el televisor.

El entrenador Brekke había repartido las habitaciones.

A Luke le había tocado compartir habitación con un extremo de segundo año llamado Kyle.

Cuando llegaron, Kyle ya estaba en la habitación con Tanner, el portero suplente, jugando a la Xbox. Kyle alzó la vista y dijo:

—Ah, hola, Halvorsen. Mitchell ha dicho que quería cambiarse. Estás en la 114 con él. ¿Te parece bien?

Luke se quedó en el umbral con la bolsa al hombro.

—Claro—dijo—. Me parece bien.

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Ganaron el primer partido por 3 a 1. Luke dio una asistencia—su primer punto universitario—con un largo pase de salida que lanzó a Dev a una escapada en solitario.

Dev la clavó arriba, en la escuadra, y volvió a toda velocidad por el hielo con el stick en alto; se estrelló contra Luke con tanta fuerza que los dos cayeron hechos un ovillo junto a las vallas, y todo el equipo se les echó encima.

Durante un largo y vertiginoso instante, aplastado en el fondo de la montaña humana, Luke sintió el aliento de Dev en el cuello y el puño de Dev agarrado a la espalda de su camiseta, y Dev le dijo al oído, en voz muy baja:

—Esta noche.

Después, el equipo fue a una pizzería de Canal Park. Luke se comió cuatro porciones sin notarles el sabor. Dev se sentó en el otro extremo de la mesa y no lo miró ni una sola vez.

A las diez, el entrenador Brekke anunció el toque de queda, y todos volvieron andando al motel por la orilla del lago, a oscuras y con el viento, mientras las olas rompían contra las rocas allá abajo y el faro del extremo del muelle parpadeaba en rojo.

Los chicos se empujaban, se reían y lanzaban bolas de nieve hechas con la fina capa de nieve temprana que cubría el camino.

Luke caminaba al final. Dev iba delante.

En el motel, los chicos se dispersaron hacia sus habitaciones. Las puertas se cerraron de golpe. Alguien encendió el televisor a todo volumen.

Luke se quedó delante de la habitación 114 con la llave en la mano.

La puerta no estaba cerrada con llave. La empujó y se abrió.

Las luces estaban apagadas. Las cortinas, abiertas.

La gran ventana daba al lago, y una luna fina ascendía entre las nubes; su luz llegaba por encima del agua gris y de las rocas negras y caía dentro de la habitación formando una larga franja plateada sobre las dos camas dobles, los paneles de madera y el cuadro del alce.

Dev estaba junto a la ventana, de espaldas a la puerta.