Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO DOS #2
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CAPÍTULO DOS #2

—En años de hockey eso es antiquísimo. Es como tener cien. —Dev volvió la cabeza. Luke notó que lo miraba—. Eh, Halvorsen.

—Qué.

—Mírame.

Luke alzó la vista.

Fue un error. El peor error de toda la noche, peor que lo del banquillo de penalizaciones.

Porque Dev estaba ahí mismo, apoyado contra las taquillas, sin más ropa que los pantalones de hockey, con los tirantes colgando a la altura de las caderas, el pecho ancho desnudo y reluciente de sudor, y una línea oscura de vello que se lo recorría por el medio, los hombros pesados, marcados de cicatrices y redondeados por el músculo.

Tenía el pelo oscuro, mojado, retirado de la frente.

La nariz torcida. La sonrisa de dientes separados.

Estaba mirando a Luke. Y no sonreía.

Lo miraba igual que el primer día de entrenamiento, cuando Luke se rio de su chiste. Un segundo de más. Dos. Tres.

—Tu novia —dijo Dev en voz baja—. La del cartel.

—No es mi novia.

—¿No?

—No.

Dev lo miró un largo instante más. El ruido del vestuario parecía muy lejano: el rap cristiano, los gritos de los chicos, el siseo de las duchas en la sala de al lado. Era como estar bajo el agua.

—Vaya… —dijo Dev.

Nada más. Solo eso: vaya.

Luego se levantó y se estiró —un estiramiento largo, lento y voluptuoso, los brazos por encima de la cabeza, todos los músculos de la espalda y los hombros en tensión—, cogió la toalla del gancho y se marchó hacia las duchas sin volver la vista atrás.

Luke se quedó sentado en el banco, mirando fijamente sus patines.

Le temblaban tanto las manos que no conseguía desatar los cordones.

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Megan lo esperaba fuera del pabellón.

Eran más de las diez y hacía frío, el primer frío de verdad del otoño: ese que bajaba desde Canadá y se instalaba sobre las Twin Cities como una tapa y convertía el aliento de todo el mundo en humo.

Esperaba de pie bajo la farola de sodio, junto a la entrada, con su sudadera enorme y las manos escondidas dentro de las mangas; había doblado el cartel por la mitad y lo llevaba bajo el brazo, y tenía las mejillas sonrosadas.

—Has estado increíble —dijo ella.

—Me caí dentro del banquillo de castigo.

—Has estado increíble después de eso. —Se rio—. Vale, lo del banquillo de castigo también ha sido increíble. Increíble de otra manera. Jeremy dice que ya está en YouTube. Alguien lo grabó. Tiene como cuatrocientas visitas.

—Ay, no.

—Luke, es graciosísimo. —Le sonreía de oreja a oreja—. Parecías una tortuga panza arriba.

—Gracias, Megan.

—Y luego te levantaste y le diste tan fuerte a ese tío que se le saltó el casco, y yo grité, y todo el mundo me miró, y ni siquiera me importó.

—Se acercó un poco más y alzó la vista hacia él.

Tenía los ojos muy grandes, muy castaños y muy esperanzados—.

Me miraste. Después. Cuando le pegaste. Me miraste directamente a mí.

Así era. Lo había hecho a propósito. Había empotrado al delantero de Bethel contra las vallas y luego había alzado la vista hacia las gradas hasta encontrar su cara. Ella gritaba y agitaba el cartel, y él había pensado: «Ahí está. Eso es lo que se supone que debo sentir. Eso».

No había sentido nada.

Pero, al volverse de nuevo hacia el juego, había visto por el rabillo del ojo a Dev Mitchell, que pasaba patinando. Y Dev lo estaba mirando. Y Dev sonreía.

Y eso sí lo había sentido.

—Sí —dijo Luke—. Te miré.

Megan se acercó un poco más. Se puso de puntillas. Y Luke supo lo que iba a pasar un segundo antes de que pasara, y podría haberse echado atrás, y no lo hizo.

Ella lo besó.

Fue dulce. Fue suave. Tenía los labios fríos y sabían a ChapStick de cereza; le puso una mano enguantada en el pecho y el beso duró unos tres segundos. Era la primera vez que besaban a Luke.

Allí se quedó, bajo la farola de sodio, en medio del frío, con la bolsa de hockey al hombro y una chica guapa besándolo, esperando sentirlo.

Aquello. La chispa. Los fuegos artificiales.

Lo mismo que había pasado en las escaleras el día de Acción de Gracias, cuatro años atrás, cuando Brad le colocó a su hermana un mechón de pelo detrás de la oreja.

Nada.

Megan se apartó. Tenía las mejillas muy sonrosadas.

—¿Ha estado bien? —susurró.

—Sí —dijo Luke—. Ha estado muy bien.

Ella sonrió y agachó la cabeza.

—Vale. Bien. Vale. —Se rio con nerviosismo—. Tengo que irme. El horario de visitas. El encargado de mi residencia es superestricto. Buenas noches, Luke.

—Buenas noches, Megan.

Echó a correr por el sendero hacia las luces del campus con el cartel bajo el brazo, miró atrás una vez y lo saludó con la mano.

Luke le devolvió el saludo.

Entonces se dio la vuelta y vio a Dev Mitchell en la puerta del pabellón, con su propia bolsa de hockey al hombro, el pelo aún mojado de la ducha y el aliento humeando en el frío.

Lo había visto.

Ninguno de los dos dijo nada durante un largo instante.

—El fin de semana que viene hay viaje —dijo Dev por fin—. Duluth. Dos partidos. Salimos el viernes a mediodía. Vienes conmigo.

—Pensaba coger el autobús…

—Vienes conmigo. —Dev se recolocó la bolsa en el hombro—. Mi coche tiene asientos calefactados. El autobús huele a pies. —Una pausa—. Y tu novia no va a estar.

Pasó junto a Luke y siguió por el sendero, hacia el aparcamiento. Luke se quedó bajo la farola de sodio y lo vio alejarse.

Al llegar al borde del aparcamiento, Dev se detuvo y se dio la vuelta.

—Eh, Halvorsen —gritó desde allí.

—¿Qué?

—Ese beso —dijo Dev—. Ha estado muy bien.

Sonrió. Y, aunque estaba a unos doce metros, bajo la luz naranja, en medio del frío, Luke vio que no era una sonrisa amable en absoluto. Era la sonrisa más cómplice que había visto nunca en un rostro humano.

Luego Dev se subió al coche y se marchó, y Luke se quedó solo delante del Como Community Ice Arena, con el sabor del ChapStick de cereza borrándosele de la boca y el corazón golpeándole como un martillo, mientras la primera nieve del año empezaba a caer.