Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) CAPÍTULO UNO
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CAPÍTULO UNO

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Pacto de estilo de vida

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No era hostilidad. Eso era lo que la gente nunca entendía de Gunnar Halvorsen.

En su silencio no había nada de enfado. Simplemente era un hombre nacido en una familia de hombres callados, en una granja donde las palabras costaban algo, como el diésel, el pienso o la semilla de maíz, y no se gastaban a menos que hiciera falta.

Conducía con las dos manos en el volante, la gorra de una marca de semillas calada hasta las cejas y el parte agrícola murmurando en la radio; de vez en cuando levantaba un dedo del volante para saludar a algún camión que pasaba, y eso era lo más expresivo que hizo entre Alexandria y las Twin Cities.

Luke iba en el asiento del copiloto, con las rodillas encajadas contra la guantera y toda su vida en la caja de la camioneta, detrás de él: dos bolsas de viaje, un cesto de la ropa lleno de sábanas y toallas, una de esas cajas de leche llena de libros, una mininevera que su madre había comprado en el Target de Alexandria y su bolsa de hockey, que era lo más grande de todo y que su padre había cargado personalmente, sujetándola con cuidado con un pulpo elástico, como si fuera ganado.

Vio desfilar la pradera. Sauk Centre. Albany.

St. Cloud. Los campos de maíz que se iban dorando, la soja que se volvía marrón, los graneros rojos, las casas de campo blancas y los silos plateados brillando al sol de finales de verano.

Había recorrido aquella carretera cien veces con su familia, para ir a los partidos de los Twins, a la State Fair y a la boda de su primo en Maple Grove.

Nunca la había recorrido así. Marchándose.

En algún punto después de Clearwater, su padre se aclaró la garganta.

Luke giró la cabeza tan deprisa que casi se hizo daño en el cuello.

Su padre no lo miró. Mantuvo la vista en la carretera. La mandíbula se le movía bajo la barba canosa de varios días.

—Esa universidad —dijo Gunnar.

Luke esperó.

—Tu madre dice que es buena.

—Sí. Es... sí. Se supone que es muy buena.

Su padre asintió despacio. Los mojones de las millas fueron pasando. Monticello. Una valla publicitaria de un parque acuático. Otra de un abogado especializado en lesiones personales. Y otra con la imagen de un feto que decía: YA OÍA A LAS 18 SEMANAS.

—Estudia mucho —dijo su padre.

—Lo haré.

—Y juega con ganas. —Hizo una pausa—. En el hielo.

—Lo haré, papá.

Su padre volvió a asentir. Movió las manos en el volante, a las diez y a las dos.

Se aclaró la garganta una vez más y, por un instante, Luke pensó —de verdad lo pensó— que su padre iba a decir algo más.

Algo de verdad. Algo como que lo iba a echar de menos, o lo orgulloso que estaba de él, o incluso un simple llama a tu madre.

—La caja de cambios patina —dijo su padre—. Puede que tenga que llevarla al taller de Orv cuando vuelva.

—Vale —dijo Luke.

Esa fue toda la conversación.

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El North Star Bible College se alzaba en una colina arbolada sobre el lago Como, en St. Paul, en un barrio de caserones victorianos, calles arboladas y alguna que otra pegatina de parachoques de lo más fervorosa.

Lo había fundado en 1911 un evangelista pietista sueco convencido de que el gran peligro de la era moderna era el seminario: todo aquel griego y alemán, toda aquella crítica histórica, todos aquellos profesores que enseñaban a los jóvenes a pensar sobre la Biblia en lugar de limitarse a obedecerla.

Y se pasó los cien y pico años siguientes empeñado en no serlo.

Era pequeño. Novecientos estudiantes. Edificios de ladrillo rojo con remates blancos alrededor de un patio verde, una capilla con campanario blanco, un comedor, una biblioteca, un gimnasio con una pancarta que decía NORTH STAR POLAR BEARS en un azul desvaído y una vieja pista de hielo colina abajo, junto al lago, que el college compartía con una asociación de hockey juvenil y una liga masculina de mayores de cuarenta.

Era el centro insignia de la Fellowship of the Covenant Word.

Todos los pastores de las cuarenta iglesias de la Fellowship se habían graduado en North Star, o deseaban haberlo hecho, o habían contratado a alguien que sí.

El propio pastor de Luke en su pueblo, en Faith Covenant, el pastor Dahl, había estudiado allí.

También el padre del pastor Dahl. En el vestíbulo de la iglesia colgaba una fotografía de los dos con birrete y toga.

El pacto de estilo de vida tenía cuatro páginas.

Luke lo leyó sentado en el colchón desnudo de su habitación de la residencia Lindahl Hall, tercera planta, con las bolsas de viaje todavía sin deshacer a su alrededor y la ventana abierta al sonido de las puertas de los coches al cerrarse, de los padres llorando y del rock cristiano que sonaba en el radiocasete de alguien en el aparcamiento de abajo.

Su padre ya se había marchado. Había subido la bolsa de hockey y la mininevera por tres tramos de escaleras, las había dejado en el suelo, había echado un vistazo al cuartito de bloques de hormigón, con sus dos camas estrechas, sus dos escritorios estrechos y sus dos armarios estrechos, y había asentido una vez.

Después le había estrechado la mano —un apretón duro y seco, de granjero— y había dicho:

—Bueno.

Y se había ido, y Luke se había quedado junto a la ventana, viendo cómo la camioneta salía del aparcamiento, giraba hacia Hamline Avenue y desaparecía, y había sentido que algo en el pecho se le tensaba como un alambre.

Como miembro de la comunidad de North Star, me comprometo a vivir una vida que honre a Jesucristo de palabra y obra, y a abstenerme de lo siguiente:

Alcohol. Tabaco. Drogas ilegales. Juegos de azar.

Lenguaje obsceno. Bailes sociales, salvo en actos universitarios autorizados y bajo la supervisión del profesorado.

Pornografía. Cualquier tipo de actividad sexual fuera del pacto matrimonial entre un hombre y una mujer.

Cohabitación. Estar presente en la habitación de la residencia de un miembro del sexo opuesto fuera del horario de visitas establecido.

Conducta homosexual, incluidas las relaciones románticas o físicas entre personas del mismo sexo, así como la defensa pública de un estilo de vida homosexual o la identificación con él.

Leyó aquella línea tres veces.

Después firmó con tinta azul al pie de la cuarta página, Luke Anders Halvorsen, con su letra cuidadosa, inclinada y angulosa, puso la fecha, lo metió en el sobre dirigido a la Oficina de Vida Estudiantil y se quedó sentado en el colchón desnudo, mirándolo.

«Te lo prometiste», pensó. «Te lo prometiste a ti mismo.

Universidad nueva. Empezar de cero. Aquí vas a ser normal.

Vas a rezar para que se te pase. Vas a conocer a una chica agradable, vas a salir con ella, te vas a casar con ella y todo irá bien.

La gente lo hace constantemente. La gente lo hace todos los días».

Había hecho la promesa en el muelle de la cabaña de Mormor, en julio, la noche antes de su fiesta de graduación del instituto, sentado a solas al final de las tablas, con los pies en el agua y el canto de los colimbos cruzando el lago.

Se la había hecho a Dios y a sí mismo. Había rezado por ello una hora entera. Se lo había creído.

La puerta se abrió de golpe.

—¡Madre mía, hola! ¡Hola! ¡Tú debes de ser Luke! ¡Yo soy Jeremy! ¡Jeremy Pfaff! ¡De Kearney, Nebraska! ¡Somos compañeros de habitación!

Luke alzó la vista.

Jeremy Pfaff medía alrededor de un metro sesenta y cinco, era flaco como una percha, llevaba un casco de pelo rojo zanahoria, unas gafas enormes y una camiseta que decía JESÚS ES MI COLEGA en letra gótica.

Cargaba a la vez con una bolsa de deporte, una funda de guitarra, un cactus en una maceta y un póster enmarcado de un león tumbado junto a un cordero, y sonreía de oreja a oreja con tanta fuerza que parecía dolerle.

—Hola —dijo Luke.

—¡Madre mía, qué alto eres! —dijo Jeremy—. ¿Juegas al baloncesto? Seguro que juegas al baloncesto.

—Al hockey.

—¡Hockey! ¡Qué guay! ¡Nunca he visto un partido de hockey!

En Nebraska no hay mucho hockey. Tenemos fútbol americano.

Y maíz. Y más fútbol americano. —Dejó el cactus en el alféizar y el póster del león sobre la cama y le tendió la mano—.

Me hace muchísima ilusión estar aquí. ¿A ti no te hace ilusión?

Me han educado en casa toda la vida. Es la primera vez que tengo compañero de habitación.

Mi madre se ha pasado todo el camino desde Kearney llorando.

Creo que sigue llorando. Está en el aparcamiento. ¿Quieres conocerla? Ha hecho brownies.

Luke le estrechó la mano. Jeremy tenía la palma húmeda y apretaba con entusiasmo.

—Claro —dijo Luke—. Me encantaría comerme un brownie.

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Durante las tres primeras semanas todo fue casi fácil.

Iba a clase. Introducción al Antiguo Testamento con el doctor Halvorsen —no eran parientes, aunque todo el mundo lo preguntaba—, un hombre encorvado, calvo y de carácter afable que llevaba enseñando el Pentateuco desde 1983 y al que todavía se le hacía un nudo en la garganta al hablar del sacrificio de Isaac.

Redacción de primer curso. Introducción a la doctrina cristiana.

Griego Bíblico I, a las ocho de la mañana, con una mujer delgada, fiera y con aire de pájaro, la doctora Ostrander, que tenía un doctorado por Cambridge que en el college preferían no mencionar y que hacía que sus alumnos recitaran el artículo determinado como un grito de guerra.