Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2) PRÓLOGO
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Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2)

Llévame a la tentación (La escritura impía nº 2)

Por Clark Austin

© inepub.com

PRÓLOGO

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Detrás del cobertizo de maquinaria

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La granja de los Halvorsen se extendía sobre ciento treinta hectáreas de pradera ondulada de tierra negra, seis kilómetros al norte de Alexandria, Minnesota, entre un bosquecillo de robles y la larga franja gris del lago Carlos, y aquella tarde de Acción de Gracias hacía tanto frío que el aire dolía en los dientes.

Luke tenía catorce años. Ya medía un metro ochenta, todo codos, rodillas y pies enormes, y el abrigo de invierno se le había quedado pequeño en algún momento de octubre, pero no se lo había dicho a nadie, porque decírselo a alguien significaba un viaje a Fleet Farm con su padre, y un viaje a Fleet Farm con su padre significaba cuarenta minutos en la cabina de la camioneta, con nada más que el ventilador de la calefacción, el parte agrícola de la WCCO y el silencio.

Así que las mangas del abrigo le quedaban ocho centímetros por encima de las muñecas, y tenía las muñecas rojas, agrietadas y ardiendo; llevaba las manos hundidas en los bolsillos y los hombros encogidos hasta las orejas, y estaba detrás del cobertizo de maquinaria, donde nadie podía verlo, llorando tanto que no podía respirar.

No sabía exactamente por qué.

Eso era lo peor. No había pasado nada. No había pasado nada.

Había sido un día de Acción de Gracias perfectamente normal.

Su madre llevaba levantada desde las cuatro, asando el pavo y preparando el lefse, el guiso de arroz salvaje, la cazuela de judías verdes y tres clases de tarta.

Su abuela había venido en coche desde el lago, en su viejo Buick Skylark, con una lata de pepparkakor en el asiento del copiloto y un par de manoplas nuevas que le había tejido: azules, con un copo de nieve blanco en el dorso.

El tío Arne había llegado desde Osakis con la tía Marit y los primos.

Su hermana Kari había bajado en coche desde la universidad, en Fargo, con su nuevo novio, Brad, un estudiante de odontología que llevaba una sudadera de North Dakota State y se reía demasiado fuerte de todo lo que decía el tío Arne.

Habían comido a las dos. Su padre había bendecido la mesa. Todos habían hablado de los Vikings, del precio de la leche y de si el hielo del lago tendría grosor suficiente para el concurso de pesca antes de Navidad. No había pasado nada.

Salvo que, después de comer, mientras las mujeres recogían la mesa y los hombres entraban en el salón a ver perder a los Lions, Luke había subido a su habitación a buscar el palo de hockey nuevo que quería enseñarle a su primo Erik.

Y, al bajar las escaleras, había pasado por delante de la puerta abierta del estudio, donde Kari y Brad estaban sentados muy juntos en el viejo sofá de cuadros, y Brad decía algo en voz baja, y Kari se reía, y Brad alargó la mano y le colocó un mechón de pelo rubio detrás de la oreja.

Eso era todo. Solo eso. Un chico colocándole a una chica un mechón de pelo detrás de la oreja.

Y Luke se había quedado paralizado en las escaleras, con el palo de hockey en la mano, y había sentido que algo se le abría en canal por dentro, como el hielo del lago en marzo, con un crujido tan fuerte que pensó que en la casa tenían que haberlo oído todos.

Porque él quería eso.

No a Kari. Dios, no a Kari. Ni a ninguna chica.

Lo sabía desde hacía mucho tiempo, de ese modo vago, oblicuo y nunca examinado en que uno sabe algo para lo que todavía no tiene palabras.

Lo sabía desde los seis años, en la escuela dominical de Faith Covenant, cuando la señora Lindquist había repartido corazones de papel por San Valentín y les había dicho a los chicos que le dieran el suyo a una chica, y Luke se pasó toda la hora con el corazón de papel en el regazo hasta que, al final, cuando nadie miraba, lo deslizó en el casillero de un chico llamado Peter Solberg, y luego se pasó toda la semana siguiente descompuesto por un terror que no sabía explicar.

Lo había sabido a los doce años, en el vestuario, después del hockey infantil, cuando empezó a no levantar la vista del suelo.

Lo había sabido a los trece, cuando los otros chicos empezaron a pasarse una revista que el hermano mayor de alguien había escondido en el granero, y Luke la miró y no sintió absolutamente nada, y entonces alzó la vista hacia las caras de los chicos que la miraban y lo sintió todo.

Pero nunca había comprendido —hasta aquel momento, en las escaleras, viendo a Brad colocarle a su hermana un mechón de pelo detrás de la oreja— lo que significaba.

Que no se trataba solo de algo que él no sentía.

Era algo que sí sentía. Que algún día querría que alguien se sentara muy cerca de él en un sofá de cuadros y le tocara el pelo así, y que no sería una chica.

Y que no había ningún lugar en el mundo que él conociera —ni aquella casa, ni Faith Covenant, ni Alexandria, ni todo el estado de Minnesota— donde aquello estuviera permitido jamás.

Así que había dejado el palo de hockey en las escaleras y había salido por la puerta de atrás sin gorro y sin sus manoplas nuevas; había cruzado el patio helado, pasado el granero, el silo y las casetas de los terneros, de cuyas puertas salían nubecillas de vaho, y había rodeado la parte de atrás del cobertizo de maquinaria, donde el viento llegaba aullando a través de los campos vacíos, directo desde las Dakotas.

Y allí se había quedado, con la espalda apoyada en la chapa ondulada, llorando hasta que se le congeló la cara.

No la oyó acercarse. El viento hacía demasiado ruido.

—Lukey.

Se volvió de golpe. Kari estaba en la esquina del cobertizo de maquinaria, con su parka morada acolchada y la capucha puesta, la cara sonrosada de frío, y llevaba en una mano sus manoplas azules nuevas.

—Te las has dejado —dijo.

Se secó la cara con la manga. Fue inútil. Las lágrimas se le habían congelado en las mejillas formando costrillas.

—Vete.

—No.

—Kari. Vete. Por favor.

Pero no se fue. Dobló la esquina y se colocó a su lado, con la espalda apoyada en el cobertizo de maquinaria, a resguardo del viento, y le tendió las manoplas.

Él no las cogió. Ella le sacó una mano del bolsillo y luego la otra, y se las puso ella misma, como si tuviera cinco años, y él la dejó, porque tenía las manos tan frías que ya no las sentía.

Después se quedó a su lado sin decir nada durante un buen rato.

El viento aullaba sobre los campos. En algún rincón del granero mugió una vaca. El cielo tenía el color del agua de fregar, bajo y cargado, e iba a nevar antes de que oscureciera.

—Te he visto —dijo Kari por fin—. En las escaleras.

A Luke se le quedó el cuerpo helado. Más helado. No sabía que pudiera helarse más.

—No sé de qué me hablas.

—Sí que lo sabes.

Hablaba en voz muy baja.

—Mirabas a Brad como… —Se interrumpió. Miró hacia los campos—. Lo mirabas como lo miro yo. Eso es todo.

Luke no podía respirar. Se quedó allí, con la espalda contra el acero helado, la mirada fija en el horizonte gris, y sintió que se hundía a través del hielo.

—Yo no soy… —empezó.

—Lukey.

—Yo no soy…

—Lo sé —dijo Kari.

Se calló.

Ella volvió la cabeza y lo miró. Dentro de la capucha morada, su cara estaba sonrosada, seria y muy dulce. Tenía los ojos de su madre, azules como el lago en julio, y la mandíbula terca de su padre.

—Lo sé, Lukey —dijo—. Siempre lo he sabido.

Desde que eras pequeño. Desde que te ponías los sombreros de iglesia de mamá y representabas obras de la escuela dominical en el salón con tus animales de peluche.

Desde que lloraste al final de La Sirenita porque dijiste que nadie debería tener que renunciar a su voz para que lo quisieran.

Sonrió un poco.

—Siempre lo he sabido. Y no me importa.

Él se quedó mirándola.

—No me importa —repitió Kari con firmeza, como si él hubiera discutido—. Eres mi hermano. Mi hermanito estúpido, gigantesco y torpe, al que echaron de los Boy Scouts por meter una serpiente en el saco de dormir del señor Nygaard. Y te quiero. Y me da igual a quién mires en las escaleras. ¿Vale?

Algo le salió del pecho a Luke, mitad risa y mitad sollozo. Se dobló, con las manos enguantadas en las rodillas, y aquello no paraba de salir, en grandes bocanadas entrecortadas, y Kari le pasó el brazo por la espalda y lo sujetó.

—No se lo digas a papá —jadeó—. Por favor, Kari. No se lo digas a nadie. No se lo digas a mamá. No se lo digas a Brad. No…

—No lo haré.

—Prométemelo.

—Te lo prometo. —Lo atrajo hacia sí con torpeza, porque ahora él era mucho más alto que ella, y Luke inclinó la cabeza y apoyó la cara helada en el hombro de su parka morada—. No se lo diré a nadie. Nunca. Eso te toca contarlo a ti. Cuando estés preparado. Si alguna vez llegas a estarlo.

—Nunca voy a estar preparado.

—Puede que no. —La mano de Kari le frotó la espalda trazando círculos lentos—. Pero quizá sí. Algún día. Cuando encuentres a alguien por quien merezca la pena contarlo.

Se quedaron así detrás del cobertizo de las máquinas un buen rato, mientras el viento aullaba, el cielo se oscurecía y los primeros copos secos de nieve empezaban a caer en remolinos desde las nubes. Luego Kari dijo:

—Venga, Lukey, que se me ha congelado el culo contra este cobertizo.

Y él se rio —se rio de verdad—, y volvieron juntos por el patio hasta la casa, bajo la nieve, con las ventanas de la cocina brillando amarillas delante de ellos y el ruido de los Lions perdiendo colándose a través de las paredes.

En la puerta trasera, antes de entrar, Kari se detuvo y alzó la vista hacia él.

—Oye —dijo—. Una cosa más.

—¿Qué?

—Brad —dijo su hermana— es mío.

Luke se quedó mirándola. Después se rio con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta, y Kari se rio también. Su madre abrió la puerta y los vio a los dos en el escalón de atrás, bajo la nieve, con las caras rojas, los ojos húmedos y presa de un ataque de risa.

—¿Qué mosca os ha picado a los dos?

—Nada, mamá —dijeron ambos a la vez.

Entraron.

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Ella nunca volvió a decir una palabra sobre aquello.

Ni aquella Navidad, ni la siguiente, ni la otra.

Ni cuando se casó con Brad, el dentista, en una gran boda luterana en Fargo dos veranos después, y Luke estuvo al frente de la iglesia, con un esmoquin alquilado, como padrino, y la vio recorrer el pasillo y lloró más que su madre.

Ni cuando tuvo su primer bebé, ni el segundo, ni el tercero. Jamás.

No le hizo falta.

Luke cargó con aquella única frase los once años siguientes: el resto del instituto, la universidad bíblica, cada puerta cerrada con llave, cada noche robada y cada mañana en que despertaba deseando ser otra persona.

La llevaba como llevas una cerilla en el bolsillo en invierno.

No porque vayas a encenderla. Solo porque sabes que está ahí y que algún día, si el frío aprieta lo bastante, podría mantenerte con vida.

Siempre lo he sabido. Y no me importa.

Durante mucho tiempo, fue la única luz que tuvo.