Llena (Juramento MMA nº 1) DAKOTA
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DAKOTA

La luz del lunes por la mañana que entra por los ventanales de Juramento se siente distinta.

Quizá sea yo. Quizá sea que mi cuerpo aún vibra por lo del sábado noche, cada músculo un recordatorio de manos, bocas y peso.

Me levanté de la cama a las seis con un moretón en la cadera en forma de los dedos de Eli y una sonrisa que no conseguía quitarme.

Cruzo las puertas y lo primero que veo es a Eli.

Tiene los hombros más relajados. El surco que suele fruncirle el ceño ha desaparecido. Está apoyado en la esquina de la lona con un café en la mano, mirando a Cruz vendarse las manos en el banco, y su rostro muestra una suavidad que nunca le había visto.

Cruz me pilla mirando y sonríe.

—Buenos días, cariño.

—Buenos días.

Se pone de pie y se estira, luego pasa junto a Eli hacia el dispensador de agua. Su hombro roza el de Eli al pasar. Ligero. Deliberado.

La boca de Eli se tuerce.

—Cuidado, Bennett.

—Perdón, Entrenador. Cuerpo grande. Difícil de maniobrar.

Dante se ríe desde la pared, donde estira con una pierna apoyada en una silla plegable. Me pilla mirando y me saluda con la barbilla.

Cruzo la lona para dejar mi bolsa, y siento el pecho tan lleno que casi duele. Hace tres días Eli no nos sostenía la mirada ni un segundo. Ahora Cruz lo roza al pasar como si nada y Eli se lo permite.

Entonces veo a Brady.

Está al otro lado del gimnasio junto a los sacos pesados, vendándose las manos. Tiene la cabeza gacha. Más que calentar, repite movimientos mecánicos, las manos en piloto automático. Echa un vistazo a Cruz y Eli y aparta la mirada enseguida.

Se me encoge el estómago.

Conozco esa cara. La he visto en espejos de baños. En ventanas de autobuses. La expresión de alguien que se esfuerza por no ocupar espacio.

—Dakota.

La voz de Eli.

—Rondas de grappling. Emparejáos.

Cruz ya tiene a Dante del codo.

—Me lo pido.

—Siempre te lo pides —suspira Dante.

—Brady.

Camino hacia el saco pesado. Levanta la vista y sus ojos azules revolotean, incapaces de posarse en mí.

—Rueda conmigo.

Traga saliva.

—Cruz normalmente...

—Cruz tiene a Dante. Vamos.

Duda un segundo de más. Luego asiente y me sigue hasta un cuadrado libre de lona cerca de la pared del fondo.

Nos saludamos. Chocamos manos y puños. En cuanto mi mano toca la suya, lo noto: está tenso como una cuerda.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —responde, pero no suena nada convincente.

—Ajá.

Me agacho bajo su siguiente intento, le engancho por debajo y lo empujo hacia atrás hasta que sus hombros chocan contra la lona. Me deja tomar la posición superior. Su pecho sube y baja demasiado rápido para el poco esfuerzo que hemos hecho.

—Manos arriba. Defiéndete.

Coloca los antebrazos contra mis clavículas. Mis muslos se cierran altos alrededor de sus costillas y le planto las manos en los hombros.

No está respirando.

—Brady —digo su nombre.

Su cara ya está sonrojada, los ojos fijos en el techo como si estuviera memorizando el patrón de las vigas.

Me arqueo hacia él para el ejercicio, con las caderas moviéndose hacia delante. Mantenimiento de montada estándar. Nada que no haya hecho cien veces.

Solo que esta vez lo siento: duro, grueso, inconfundible, apretado contra mi trasero a través de los pantalones cortos.

Todo su cuerpo se tensa. El rubor le sube del cuello a la raíz del pelo en segundos.

—Mierda. Mierda. Dakota, yo... bájate, lo siento...

Intenta quitarme de encima, presa del pánico, y desplazo el peso para aguantar.

Mis caderas ruedan con el movimiento y siento cada centímetro de él debajo de mí. El calor me inunda entre los muslos tan rápido que me marea. Me inclino hacia delante, con las palmas clavándole los hombros contra la lona, y me froto contra él deliberadamente.

Hace un ruido —mitad gemido, mitad quejido— y sus manos vuelan a mis caderas como si no pudiera decidir si quiere apartarme o acercarme más.

—Dakota...

Su voz se quiebra.

—Shh.

Ruedo las caderas de nuevo, más despacio esta vez. Probando. Su polla está justo ahí, la cresta dura apretada exactamente donde ya estoy húmeda y necesitada. Me muerdo el labio para no gemir.

—Los cuerpos hacen esto, Brady. No hay nada de qué avergonzarse.

—No puedo... la gente está...

Está temblando debajo de mí con los ojos cerrados con fuerza y la respiración entrecortada.

—Nadie nos está mirando.

Me inclino hasta que mi boca está junto a su oído, lo suficientemente cerca como para que mi aliento le roce la piel.

—Pero yo sí. Y deberías sentir lo jodidamente mojada que me has puesto.

Sus caderas se sacuden involuntariamente hacia arriba y jadeo —en voz baja, pero él lo oye. Sus ojos se abren de golpe y se clavan en los míos.

—Tú...

No puede terminar la frase.

Desplazo el peso hacia delante de nuevo, solo un poco, y su agarre en mis caderas se tensa.

—Sí, yo también estoy excitada.

Mi voz sale más ronca de lo que esperaba.

—Así que deja de disculparte y respira.

—No puedo... no puedo pensar cuando tú estás...

Otro movimiento involuntario de sus caderas, y esta vez no oculto mi reacción. Se me escapa un gemido suave y sus pupilas se dilatan.

—Dakota.

Mi nombre suena como una oración y una maldición.

—Por favor.

—¿Por favor qué?

—No lo sé.

Está temblando con más fuerza ahora.

—Solo... algo. Cualquier cosa.

Quiero besarlo. Quiero mecerme sobre él hasta que ambos nos corramos en nuestra ropa de gimnasio, con Cruz y Dante a seis metros de distancia. Quiero arrastrarlo al vestuario y dejar que me folle contra la pared hasta que ninguno de los dos pueda sostenerse.

En cambio, arrastro las uñas ligeramente por su pecho, observando cómo la piel de gallina sigue el recorrido.

—Vamos a terminar esta ronda. Luego te irás a casa y pensarás en esto. En mí encima de ti. En lo duro que estás. En lo que quieres hacer al respecto.

Hace ese sonido otra vez: destrozado, desesperado.

—Y mañana —murmuro, meciéndome una vez más solo para ver cómo se le ponen los ojos en blanco—, vamos a hacer este ejercicio de nuevo. Y al día siguiente. Hasta que dejes de huir de lo que quieres.

Se le tensa la mandíbula.

—No estoy...

—Sí lo estás. Y está bien.

Me incorporo, con las manos todavía en sus hombros, mi peso todavía inmovilizándolo. Dejo que me sienta entera.

—Esperaré.

Sus manos siguen en mis caderas, los pulgares presionando contra el hueso como si intentara memorizar mi silueta.

—Ahora —digo, con voz firme aunque sé que tengo la ropa interior empapada y lo deseo con todas mis fuerzas—, volteanos. Barreme. Demuéstrame que todavía puedes funcionar.

Parpadea, aturdido. La orden atraviesa la neblina.

Su mano encuentra mi muñeca, eleva las caderas y nos voltea con más fuerza de la necesaria, como si necesitara demostrarse algo a sí mismo.

Aterrizo de espaldas y él está en mi guardia, respirando con dificultad, lo peor del pánico reemplazado por algo más voraz.

—Bien —le digo—. Otra vez.

Entrenamos durante otros diez minutos. Cada vez que termino encima de él, me aseguro de que lo sienta.

Cada elevación de caderas, cada cambio de peso, cada vez que me inclino hacia adelante para ajustar la posición y mi pecho roza el suyo.

Está duro todo el tiempo. Estoy mojada y palpitante, esforzándome al máximo por parecer que solo estoy entrenando.

Para cuando Eli anuncia el cambio, Brady parece haber pasado por el infierno. Tiene la camiseta empapada, le tiemblan las manos y no me mira a los ojos.

Pero cuando se pone de pie, ya no se molesta en ocultar la obvia tienda de campaña en sus pantalones cortos. Simplemente agarra la botella de agua y camina hacia Cruz con la cabeza en alto.

Progreso.

Dante me recibe con una mirada cómplice.

—¿Estás bien, cariño?

—De maravilla.

No me cree. Sus ojos bajan brevemente hacia donde aprieto los muslos, luego vuelven a subir. Arquea una ceja.

—Luego —articulo sin voz.

Sonríe.

—Sí. Luego.

Comenzamos a entrenar. Pases de media guardia. Las manos de Dante se posan en mi cadera para ajustar el ángulo, los dedos cálidos sobre las mallas, y al otro lado del tatami escucho cómo se le entrecorta la respiración a Brady.

Miro.

Está de frente a Cruz, preparándose para la reverencia.

Pero tiene los ojos en la mano de Dante sobre mi cadera.

Solo por un segundo. Luego saltan hacia Eli, que se ha acercado para corregir la postura de Cruz, con la mano descansando brevemente entre sus omóplatos.

Los ojos de Brady siguen esa mano también.

Me ve mirando. Aparta la vista rápidamente.

El resto de la sesión, lo observo observando.

Observo cómo su mirada encuentra las manos de Cruz cuando este rodea con el brazo el hombro de Eli durante una pausa para beber, diciendo algo que hace que Eli sacuda la cabeza y casi sonría. A Brady se le tensa la mandíbula.

Lo observo cuando Dante se ríe de algo que he dicho e inclina la cabeza hacia mí, ese gesto de posesión tan natural y público. Los ojos de Brady se apartan como si se hubiera quemado.

Lo observo cuando Cruz se quita la camiseta entre rondas porque tiene calor, los tatuajes ondulando por su pecho, y Brady se queda mirando un latido de más antes de obligarse a bajar la vista hacia las vendas.

Lo observo tragar. Observo la línea de su garganta. Observo cómo le tiemblan las manos cuando intenta volver a vendarse los nudillos.

Nos desea.

A todos nosotros.

Sabía lo de Cruz, sospechaba del resto. Pero esta mañana, lo veo claro como el agua.

Brady no solo quiere a Cruz. Quiere la forma en que Cruz mira a Eli.

Quiere la forma en que la mano de Dante se posa en mi cadera sin pedir permiso.

Quiere el cuadro completo, y tiene tanto miedo de lo que eso dice de él que ni siquiera puede permitirse mirar más de un segundo.

Se me encoge el pecho de forma extraña.

Nos enfriamos en un círculo suelto sobre el tatami, todos poniéndonos sudaderas para combatir el sudor que se enfría.

Cruz está desparramado con la cabeza en el regazo de Dante, algo nuevo que Dante permite con una pequeña sonrisa.

Eli está sentado con las piernas cruzadas como se supone que debe estar un entrenador, salvo que su rodilla toca la pantorrilla de Cruz y ninguno de los dos se mueve.

Brady se sienta treinta centímetros más lejos que el resto. Levanta las rodillas, descansa los brazos sobre ellas y mira al suelo.

—Misma hora mañana —dice Eli—. Brady, tu cardio se veía limpio hoy. Sigue con el programa hasta el miércoles, luego reducimos.

—Sí, Entrenador.

—Dakota, a mi oficina antes de que te vayas. Números.

—Entendido.

Cruz abre un ojo.

—¿Seguro que eso es todo lo que quieres de ella en tu oficina?

—Cruz.

—Entrenador.

A Eli se le ponen las orejas rosadas. Se levanta y camina hacia su oficina. Cruz se ríe contra el muslo de Dante y Dante le da un golpecito en la coronilla. Durante todo esto, observo el rostro de Brady.

Sonríe. Pequeña. Educada. Como si estuviera mirando a una familia a través del cristal de un restaurante.

Luego se levanta y se dirige al vestuario sin despedirse.

—Brady…

—Voy a ducharme. Nos vemos mañana.

Dante vuelve la cabeza. Observa a Brady marcharse. Luego me mira.

—¿Qué ha sido eso?

—Nada.

—Dakota.

Le sostengo la mirada. Cruz sigue medio dormido en su regazo, Eli está en su despacho, y estamos solos por un instante.

—Necesita más tiempo del que le estamos dando.

La expresión de Dante cambia. Cruz abre los dos ojos, ahora con la atención agudizada.

—¿Qué pasa con Brady?

—Nada.

Me pongo de pie.

—Todavía.

Camino hacia el despacho de Eli, notando dos pares de ojos clavados en mi espalda, y le hago una promesa a Brady en silencio.

No estás solo en esto. Voy a asegurarme de que sepas que tu lugar está con nosotros.