Llena (Juramento MMA nº 1) BRADY
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BRADY

La botella de vino es demasiado cara. Lo sabía cuando la compré y lo sé ahora, plantado en su porche con la etiqueta empapándose en mi mano.

Toda la semana se ha difuminado en ella. Su mano en mi antebrazo corrigiéndome la guardia. Su palma abierta entre mis omóplatos, diciendo: Aquí, mantén esto firme. Su risa en mi oído por una tontería que dije sobre los batidos de proteínas de Cruz.

Y los ejercicios. Dios, los ejercicios.

El lunes se había montado encima de mí, moviendo las caderas hacia delante para el ejercicio, y la sentí: el calor de su coño a través de la fina tela de sus pantalones cortos y los míos.

El roce deliberado contra mí, un tormento absolutamente intencionado.

Me empalmé tan rápido que dolía, y en lugar de apartarse, presionó las caderas contra mí con más fuerza, se acercó a mi oído y susurró: Deberías sentir lo mojada que estoy ahora mismo.

El martes lo hizo de nuevo. Más lento esa vez.

Más deliberado. Su culo frotándose contra mi polla a través de nuestros pantalones cortos mientras me mantenía los hombros inmovilizados, y gemí tan fuerte que Cruz se giró a mirar.

Me sonrió desde arriba como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.

El miércoles vi la mancha húmeda en sus pantalones cortos grises cuando se bajó de mí.

Tela oscurecida entre sus muslos, imposible de ignorar, y me pilló mirando y no apartó la vista.

Solo me sostuvo la mirada mientras me temblaban las manos y me palpitaba la polla.

Lo único que pude hacer fue intentar acordarme de cómo se respiraba.

El jueves rotó las caderas en un círculo lento encima de mí y le agarré las caderas sin pensar, la atraje hacia abajo con más fuerza, y gimió, bajo, pero lo oí. Lo sentí vibrar entre los dos. Luego se inclinó y susurró: Mañana por la noche. Mi casa. Solo tú y yo.

Me he pajeado pensando en ello todas las noches de esta semana. En su peso sobre mí. En su calor. En esa mancha húmeda en sus pantalones cortos y en lo que sería tocarla ahí, saborearla, estar dentro de ella.

El mensaje de anoche lo selló todo.

Un pin de ubicación. 20:00. Solo tú y yo.

Llamo antes de poder echarme atrás.

La puerta se abre y el suelo desaparece bajo mis pies.

Está descalza. El pelo suelto, suave sobre los hombros. Leggings negros y una camiseta gris fina que le cae perfecta desde las clavículas. Sin maquillaje, que yo vea.

—Hola.

—Hola.

Me sale la voz ronca. Me aclaro la garganta.

—He traído vino.

—Ya veo.

Lo coge, mira la etiqueta, arquea una ceja.

—Elegante.

—No sabía qué...

Me callo. Empiezo de nuevo.

—No estaba seguro.

Me sonríe, una sonrisa sin segundas intenciones, y da un paso atrás.

—Entra.

La sigo por un pasillo corto hasta un salón pequeño. Luz de lámpara. El sofá es gris, mullido, con una manta doblada sobre el brazo. Suena música baja, algo con voz de mujer y guitarra, y todo el piso huele a su champú.

—Siéntate. Voy a por las copas.

Me siento. Demasiado tieso. Me obligo a aflojar las manos. Intento no pensar en ella encima de mí, frotándose mientras le sujetaba las caderas e intentaba no correrme en los pantalones.

Vuelve con dos copas y la botella ya abierta. Su manera de moverse —lenta, cómoda en su cuerpo, sin prisa— casi me deshace antes de que se siente siquiera. Sirve. Me pasa la mía. Se recoge las piernas debajo y se gira hacia mí de forma que su rodilla me roza apenas el muslo.

—Por el viernes —dice, levantando la copa.

Choco la mía con la suya.

—Por el viernes.

El vino está bueno, aunque apenas lo saboreo. Estoy demasiado ocupado intentando no quedarme mirando cómo le cae la camiseta sobre el pecho, recordando sus tetas apretadas contra mí a través del sujetador deportivo cada vez que se inclinaba durante los ejercicios.

—¿Cómo va el corte de peso? —pregunta—. Quedan dos semanas, ¿no?

—Una y media. Voy bien. El entrenador me ha pesado a setenta y uno con seis esta mañana.

—Eso no es nada. Lo pasas de sobra.

—Sí.

Trago saliva.

—Ojalá.

—No ojalá.

Su rodilla presiona un poco más fuerte.

—Brady, hoy estabas fino. ¿El combo de esquiva y contraataque? Por fin has dejado de pasarte de rotación.

El calor me sube por la nuca.

—Te has fijado.

—Me fijo en muchas cosas.

Ya lo sé. Sentí exactamente cuánto se fijaba cada vez que se frotó contra mí esta semana.

Ella habla. Yo hablo. Me pregunta por mi rival y le cuento lo que sé: zurdo, patea como una mula, se funde en el tercero. Asiente cuando toca. No me quita los ojos de encima. Cada vez que la miro, ya me está mirando, y cada vez que me pilla no aparta la vista. Deja que la mirada se pose.

Para la segunda copa ya no estoy sentado como si tuviera un palo metido por el culo. La manta está arrugada entre nosotros. Su pie descalzo se ha ido acercando al cojín y los dedos le quedan a un par de centímetros de mi muslo.

—Es más fácil hablar contigo de lo que pensaba —dice.

—¿Y eso qué significa?

—En el gimnasio eres más callado. Con los tíos.

—No soy callado.

—Sí lo eres.

Ladea la cabeza.

—Especialmente esta semana.

Porque no he dejado de pensar en su coño restregándose contra mi polla y en las ganas que tengo de tumbarla y hacerla gritar mi nombre delante de todo el puto gimnasio.

Doy otro sorbo, se me van los ojos a su boca y aparto la mirada.

Deja la copa sobre la mesa. Despacio. Deliberadamente. El vino se agita una vez y se calma.

—Brady.

—Sí.

Se acerca más. Su muslo roza el mío. De repente tiene la cara muy cerca, y su mano descansa sobre el cojín entre nosotros. Puedo olerla, ese aroma cálido a piel limpia bajo el champú, y llevo un segundo entero sin respirar.

—Voy a besarte.

Mi polla se sacude.

—Si no quieres que lo haga, dilo ahora.

Espera. De verdad espera, con los ojos fijos en los míos, sin presionar, sin moverse, solo dándome el espacio para decidir.

Un segundo. Dos. Tres. Cuatro.

No digo ni una maldita palabra. No podría aunque mi vida dependiera de ello.

Cinco.

Se inclina.

Lo hace lentamente, tan lentamente que es casi cruel. Su mano sube y las yemas de sus dedos me rozan la mandíbula y su aliento me acaricia la piel antes de que sus labios encuentren los míos, y cierro los ojos medio segundo antes del contacto como si me preparara para un golpe.

Su boca es suave. Solo una presión. Una pregunta.

Y algo en mi pecho, una correa que llevo semanas sujetando con todas mis fuerzas, se suelta.

El sonido que sale de mí es vergonzoso. Pequeño y roto y agradecido, todo a la vez. Lo oigo, y ya no puedo deshacerlo.

Ella emite un pequeño sonido en respuesta, como un por fin, y su pulgar me acaricia la mandíbula.

Eso es todo. Esa es la línea.

La cruzo antes de saber que lo he hecho.

Mi mano encuentra su nuca, los dedos se enredan en su pelo, y la atraigo hacia mí.

El beso educado termina. Mis labios se abren en invitación, ella jadea y noto su sorpresa.

Se da cuenta de que el hombre cuidadoso de su sofá ha desaparecido, y debería echarme atrás, debería ir más despacio, pero la sangre me corre hacia la polla, y su lengua está en mi boca, y se acabó.

La arrastro a mi regazo.

Viene con una risa sorprendida que se convierte en gemido a medio camino.

Clava las rodillas a cada lado de mis muslos.

La copa de vino está en algún lugar, quizá en la mesa; me da igual.

Mis manos están en sus caderas, y luego en su culo, y la bajo con fuerza contra mí y dejo que sienta exactamente lo que ha desatado.

Justo como ella me hizo a mí. Cada día de esta semana. Haciéndome sentirla.

—Brady —gime.

—Sí.

—Dios.

—Lo sé.

Le beso el cuello. Muerdo suavemente, donde el pulso le late con fuerza.

—Lo sé, ángel. Lo sé.

Esto es lo que temía. Justo esto. En cuanto alguien me abriera la puerta iba a entrar como un tren de mercancías, y ahora la tengo en mi regazo y ya está restregándose contra mí como hizo el lunes, martes, miércoles, jueves. Ya me tiemblan las manos de lo mucho que quiero tomar.

Le agarro un puñado de pelo en la nuca y tiro, lo justo para echarle la cabeza hacia atrás, y su garganta queda ahí expuesta junto con el jadeo suave y sorprendido que suelta cuando lo hago.

—¿Está bien? —digo contra su piel.

—Sí. ¡Dios, sí!

Tiro más fuerte.

Gime. Sus caderas ondulan hacia abajo. Sus manos arañan el dobladillo de mi camiseta.

Le suelto el pelo el tiempo justo para arrancarme la camiseta por la cabeza, y luego la suya, llevándome el sujetador con ella. Le pongo la boca en la teta y muerdo la curva suave; gime de verdad.

—Brady —gime.

—Recuéstate —ordeno.

—¿Qué?

—Recuéstate. En el sofá. Ahora.

Me mira parpadeando, ojos oscurecidos, labios hinchados, y luego obedece. Se baja de mi regazo y se tumba sobre los cojines del sofá, mirándome como si no estuviera del todo segura de en qué se ha metido pero fuera a dejarse llevar de todos modos.

Engancho los dedos en la cintura de sus mallas y se las bajo por las piernas. La ropa interior con ellas. Un solo tirón. Levanta las caderas para ayudar y la visión —desnuda, pelo revuelto, garganta ya rosada por mi boca, coño reluciente— casi me hace acabar ahí mismo.

Esto es lo que he estado imaginando toda la semana. Lo que esa mancha húmeda en sus pantalones cortos estaba ocultando.

Me desabrocho los vaqueros con una mano. Me los bajo junto con los bóxers hasta los muslos. Ni siquiera me desvisto del todo. No puedo permitirme ir más despacio.

—Mierda, no tengo condón —logro decir.

—Nos hacemos análisis de sangre. Estamos limpios. Estoy tomando la píldora. Está bien, solo...—

—¿Sí? —pregunto.

—Sí. Por favor. Necesito sentirte sin nada.

Esa palabra saliendo de su boca.

Le pongo una mano bajo la rodilla y se la empujo hacia el hombro, abriéndola, y me alineo y me hundo en ella en una larga embestida que la hace arquearse sobre el cojín y agarrarme el antebrazo.

—Joder, Brady...—

Estoy apoyado sobre ella, respirando entre dientes, intentando no correrme solo por llevar tres segundos dentro de ella. Esto es lo que sentí a través de nuestros pantalones cortos. Este calor. Me imaginaba este agarre apretado y húmedo.

—Joder, ángel. Aguanta.