DANTE #3
El rostro de Eli está desnudo, la fachada prístina de control desterrada y su deseo cobra vida.
Cada muro que ha pasado años construyendo se ha agrietado y no queda nada más que su anhelo visceral por ella, por nosotros.
Emite sonidos ahora, sonidos bajos y rotos, y Dakota gime alrededor de mi polla y Cruz se hunde hasta el fondo detrás de mí, llenándome, y los cuatro nos movemos juntos como si lleváramos toda la vida haciendo esto.
—Joder, Entrenador —gruñe Cruz—. Fóllatela. Haz que lo aguante.
—Cruz —la voz de Eli está destrozada—. No dejes de hablar.
—¿Sí? —las caderas de Cruz se clavan en las mías—. ¿Te gusta eso, Papi? ¿Te gusta guarrear? Mírala tragárselo mientras tu polla está enterrada en su coño. Mírala. Le encanta.
Dakota gime, la vibración recorriéndome. Le acaricio la garganta, con cuidado, guiándola.
—Dame un toque en el muslo si es demasiado, nena.
Clava las uñas en mi trasero, pero no me da el toque.
El ritmo de Eli se vuelve brutal, el entrenador controlado ha desaparecido, reemplazado por algo que nunca he visto en él.
Agarra las caderas de Dakota tan fuerte que apuesto a que habrá marcas mañana, y me está mirando —mirando a Cruz detrás de mí, mirando la mano de Cruz deslizarse por mi pecho, mirando la boca de Cruz en mi hombro.
—Tócate, cariño —le dice Cruz a Dakota.
Lo hace. Una mano cae de mi trasero, se desliza entre sus piernas, y el sonido que hace alrededor de mi polla me hace poner los ojos en blanco.
—Esa es mi buena chica —alaba Cruz.
Eli gime.
—Jesucristo.
—¿Te gusta ver a nuestra chica disfrutando de que la usen, Papi? —pregunta Cruz, probando la palabra.
—Oh, joder. Sí —gruñe.
—¿Sí? ¿Has estado pensando en esto? —presiona Cruz.
—Sí —responde Eli.
—Dinos en qué has estado pensando —exijo.
Eli está jadeando. Su ritmo se entrecorta, se recupera.
—He estado pensando en todos vosotros. En lo jodidamente preciosa que se vería Dakota a cuatro patas en la jaula con mi polla dentro de ella.
En lo caliente que sería veros follar a ti y a Cruz —gime mientras la folla más fuerte—.
En cómo me encantaría llenar el culo de nuestra chica, mientras uno de vosotros estuviera en su coño y el otro en su boca.
Dakota gime alrededor de mi polla, su cuerpo empieza a temblar.
—Maldita sea, Papi —dice Cruz—. Tan jodidamente sucio, pero tan jodidamente caliente —el brazo de Cruz me rodea desde atrás, su mano acunando mis bolas mientras mi polla golpea el fondo de la garganta de Dakota, y estoy perdido. Jodidamente perdido. El calor se concentra en la base de mi columna.
—Estoy cerca —logro decir.
Dakota se retira con un chasquido húmedo.
—Quiero que me pintes la cara con tu semen.
Me retiro de su boca y agarro mi polla. Dakota me mira con los labios hinchados y resbaladizos mientras el Entrenador la embiste y Cruz se hunde en mí desde atrás y su mano acaricia mis bolas palpitantes y me corro, fuerte, sobre su cara, sus labios, su garganta, y ella me mira todo el tiempo con la boca abierta como una ofrenda.
—Cristo —la voz de Cruz suena destrozada como nunca la he oído—. Cristo, Dante, deberías ver cuánto de mi polla se está tragando tu culito apretado.
Me sigue un momento después, enterrado hasta el fondo, los dientes en mi hombro, el brazo aplastándome contra su pecho.
Eli todavía se mueve. Tiene los ojos fijos en el coño de Dakota, y se inclina a lamerle los pezones mientras ella se deshace en su polla. El grito de ella es roto, hermoso, y Eli entierra el rostro en su cuello y la sigue.
La habitación queda en silencio salvo por el sonido de nuestras respiraciones.
Cruz sale de mí con cuidado, la mano en mi cadera para estabilizarme. Me da la vuelta y me besa con ternura, de una manera que me pilla desprevenido.
—¿Estás bien? —pregunta.
—Sí —me río un poco, sin aliento—. Sí, estoy bien.
En la cama, Eli ha acogido a Dakota contra su pecho. Ella está acurrucada contra él, la mejilla contra su esternón, y él le acaricia el pelo con una mano que todavía tiembla. Nos mira y hay una expresión tan vulnerable en su rostro que se me encoge el corazón.
—Eso fue... —empieza Eli. Se detiene. Traga saliva.
—Sí, Entrenador —Cruz se acerca a ellos, se deja caer en el colchón junto a Eli y le pasa un brazo por detrás de los hombros con naturalidad—. Fue perfecto.
Eli mira el brazo. Mira a Cruz. Y luego, despacio, como tanteando si tiene permiso, apoya la cabeza en el hombro de Cruz.
La sonrisa de Cruz cuando cruza la mirada conmigo es la más tierna que le he visto nunca.
—Vamos, Dante.
Da unas palmaditas en el cojín que tiene al lado.
—Ven aquí.
—Ahora voy —respondo, y me dirijo al baño a por un paño húmedo y tibio para limpiarle la cara a Dakota. Al volver a la habitación, no puedo evitar sonreír al verlos a todos acurrucados mientras le limpio la cara y el cuello, y después dejo el paño a un lado.
Me acomodo junto a Cruz, en su otro costado, y Dakota estira una pierna sobre todos nuestros regazos. Los cuatro respiramos juntos bajo la luz de la lámpara.
Al final, la mano de Eli encuentra la mía y entrelaza sus dedos con los míos. Aprieta una vez.
Le devuelvo el apretón. Todos sabemos que esto es el comienzo de algo complicado, y aun así se siente tan jodidamente bien; solo falta una pieza del rompecabezas.