Llena de caracolas CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

Rodrigo permaneció unos instantes inmóvil en la puerta.

No intentó abrazarla aunque ganas no le faltaron.

No intentó entrar siquiera.

Ni justificar nada. No era el momento.

Simplemente la observó con los ojos húmedos.

-Voy a ser padre…- murmuró.

Marta tragó saliva.

-Sí.

El bajó de nuevo al mirada al vientre.

-¿Puedo…?

No terminó la frase, pero Marta entendió. Dudó unos instantes y asintió. Rodrigo acercó la mano despacio, como si temiera romper algo. Cuando la apoyó en su vientre, una emoción desconocida lo atravesó de arriba abajo.

No sintió ninguna patada, ni ningún movimiento. Era pronto. Pero era real. Estaba allí dentro. Su hijo.

El niño que ni siquiera sabía que existía hasta hacía dos semanas.

Retiró la mano y dio un paso atrás.

-Gracias.

Marta lo miró sorprendida.

-¿Por qué?

-Por venir.

Ella soltó una pequeña risa amarga.

-No he venido por ti.

-Lo sé.

Y lo sabía. Había aprendido a aceptar las cosas tal y como eran..

-¿Puedo invitarte a cenar? Tenemos que hablar Marta. Si no de nosotros del bebé.

-Rodrigo…

-Solo cenar y el niño.

Marta observó esos ojos grises que conocía tan bien.

No vio presión.

Ni exigencias.

Solo esperanza.

-Está bien.

…

Cenaron en una mesa apartada del restaurante del hotelito. La noticia de que Marta había regresado corrió como la pólvora. Las cocineras aparecieron a saludarla y las limpiadoras también llamaron a su puerta antes de cenar.

Cuando por fin se quedaron solos, Rodrigo habló.

-María me contó lo del niño. Vino hace un par de semanas.

-Ya lo imagino.

-No me dijo más.

-Porque no hay más Rodrigo.

-¿Cómo se va a llamar?

-Me gustaría Hugo, como mi padre.

-Bien, me gusta el nombre.

Después de un breve silencio…

-No voy a pedirte que vuelvas conmigo Marta. No lo merezco.

Marta levantó la vista.

-Además sé que no quieres. Si alguna vez hubo algo entre nosotros. Lo maté y te entiendo que no quieras ni verme.

-No, no quiero.

-Y porque todavía tienes motivos para estar enfadada.

Ella no respondió.

-Solo quiero que sepas una cosa.

-¿Cuál?

-Voy a estar ahí para él. Siempre.

Marta lo observó atentamente.

-Aunque tú no me perdones. Aunque no volvamos a ser una pareja. Aunque viva en Cádiz. Aunque viva en la otra punta del mundo.

Marta bajó la mirada. Aquellas palabras parecían sinceras. Y eso era precisamente lo peligroso.

Porque una parte de ella seguía amándolo. Por mucho daño que le hubiera hecho.

…

Esa noche, ya en la habitación, Marta salió a la pequeña terraza. El pueblo estaba silencioso. Las luces iluminaban la calle. Todo seguía igual.

El domingo amaneció despejado sobre Setenil. Desde la ventana de su habitación en el hotelito El Altozano, Marta contempló durante unos segundos las casas blancas encajadas bajo la roca. Había dormido poco.

La conversación del día anterior seguía dando vueltas a la cabeza.

Rodrigo ya sabía que estaba embarazada.

Y, para y sorpresa, no había salido corriendo no había intentado imponer nada, simplemente había permanecía allí, sentado frente a ella, emocionado y asustado a la vez.

Cuando bajó a desayunar, él ya estaba en una mesa del patio.

-Buenos días.

-Buenos días.

Durante unos segundos ninguno supo qué decir.

Después Rodrigo sonrió.

-¿Te apetece que demos una vuelta?

Marta dudó.

-Vale.

Pasaron la mañana recorriendo las calles del pueblo. Sin prisas. Como dos personas que se conocían demasiado bien y demasiado poco al mismo tiempo.

Hablaron del embarazo.

De cuando había empezado a sospecharlo. De las náuseas. De las primeras ecografías. Del miedo.

También hablaron del hotel, de Cádiz, de los cambios que habían llegado a sus vidas desde que se separaron.

Hubo silencios incómodos.

Y otros resultaron sorprendentemente cómodos.

A mediodía comieron juntos en una terraza junto al río.

Rodrigo la observaba a ratos.

Ella seguía siendo la misma mujer de la que se había enamorado.

La misma sonrisa.

Los mismos ojos verdes.

La misma forma de apartarse el pelo cuando estaba nerviosa.

Y ahora llevaba dentro a su hijo.

Aquello lo cambiaba todo.

Por la tarde, cuando llegó la hora de marcharse, Marta fue a recoger la maleta.

El coche esperaba junto a la plaza.

Rodrigo la acompañó.

Ninguno parecía tener prisa por despedirse.

-Bueno…-dijo ella intentando sonreír.

-Supongo que me voy.

-Supongo.

Se quedaron mirándose.

El ruido de las voces llegó desde una calle cercana.

Una pareja pasó caminando.

Y, de pronto, Rodrigo comprendió que si no decía lo que llevaba meses guardando se arrepentiría toda la vida.

-Marta.

Ella levantó la vista.

-¿Sí?

Rodrigo tragó saliva.

-Te quiero.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Simple.

Sin adornos.

Sin excusas.

Marta bajó los ojos durante unos segundos.

Aquello era precisamente lo que más miedo le daba.

Porque una parte de ella seguía queriéndolo también.

Y porque seguía queriéndolo.

Y porque sabía que creerle significaba volver a arriesgarse.

-Rodrigo…

-No te estoy pidiendo que te quedes.

-Lo sé.

-Ni que me perdones hoy.

Ella respiró hondo.

-Lo sé.

-Solo necesitaba que lo supieras.

Marta notó cómo se le humedecían los ojos.

Miró un instante hacía el coche.

Luego volvió a mirarlo a el.

-Necesito tiempo.

-Al menos contéstame y hablamos.

-Está bien. Eso lo haré.

Rodrigo asintió despacio.

-Conduce con cuidado y me llamas al llegar.

A Rodrigo le hubiese gustado otra respuesta de parte de ella, pero también entendía que no tenía derecho a exigir nada más.

-Te daré todo el tiempo que necesites.

Ella sonrió con tristeza.

-Gracias.

Y entonces, antes de subir al coche, dio un paso hacía él.

Solo uno.

Lo suficiente para abrazarlo.

Un abrazo breve.

Pero sincero..

Rodrigo cerró los ojos un instante.

Aquello no era una reconciliación.

Ni una promesa.

Pero tampoco era un adiós.

Cuando Marta se separó, ambos lo sabían.

Todavía quedaba mucho por resolver. Sin embargo, mientras el coche se alejaba por las carreteras de la sierra rumbo a Cádiz, Marta se descubrió mirando varias veces por el retrovisor.

Y Rodrigo permaneció allí en la plaza, observando hasta que el vehículo desapareció de su vista.

Algo ocurrió y es que tras muchos meses, ninguno de los dos, sentía que todo estuviese perdido.

El tiempo hizo lo que ninguno de los dos había conseguido por sí mismo.

Curar despacio.

No del todo. Pero sí lo suficiente para volver a acercarse.

Durante el mes siguiente hablaron todas las noches. Al principio eran conversaciones cortas.

Un mensaje por la mañana y la llamada en la noche. una video para ver cómo crecía su hijo, preguntas sobre el embarazo. Sobre cómo había ido el día. Sobre cualquier cosa.

Y poco a poco volvieron a reír juntos.

Marta le envió las fotografías de las dos ecografías siguientes y Rodrigo las guardaba todas.

La primera vez que escuchó el latido de Hugo por teléfono, se quedó en silencio varios segundos.

-¿Sigues ahí?- preguntó ella.

-Sí.

-¿Qué pasa?

-Nada.

Pero la voz se le había roto.

-Es mi hijo.

Marta sonrió al otro lado de la línea.

-Sí.

-Nuestro hijo.

Aquella palabra le gustó más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

…

Las semanas fueron pasando.

El hotelito de Setenil, funcionaba al cien por ciento. Más de lo que Rodrigo había imaginado. Ganó dinero, ganó tiempo para él, ganó vida.

Las reseñas eran inmejorables. Los huéspedes dejaban buenas opiniones. Y los números le empezaban a quitar la angustia y el estrés, a darle tranquilidad. Pero le faltaba alguien.

Mientras tanto en Cádiz, Marta seguía trabajando. Su embarazo avanzaba bien. Cada día le costaba un poco más negar lo evidente.

Seguía enamorada. La diferencia era que ahora tenía miedo.

Mucho miedo.

Por eso no corría.

Por eso avanzaba despacio.

Cuando llegaron las fiestas de fin de año, volvió a Setenil.

Cinco días.

Solo cinco.

Eso era lo que tenía de vacaciones y lo que se habían prometido ambos.

Sin presiones.

Sin expectativas.

Pero la realidad fue distinta.

Desde el momento en que Rodrigo la vio tan guapa y luminosa bajar del coche, comprendió cuánto la había echado de menos.

Y Marta sintió exactamente lo mismo.

Y se miraron y ella se echó en sus brazos emocionada.

La cogió por la cintura y la abrazó, la besó hasta quedarse sin respiración. Tocó su vientre ya abultado de seis meses. Y él se llevó la maleta directamente al anexo.

-Pero Rodrigo, estás loco…

-Sí, pero tengo ocupado el cien por cien.

-Dios mío ¿en serio?

-En serio, y aunque no hagamos nada, quiero sentirte. No me digas que no. Hemos sufrido mucho por mi culpa, pequeña. Ya no tengo forma de que decirte que me perdones.

-Olvidemos eso ¿quieres?

-Si tú quieres, me cuesta.

-Estás bueno y yo mira…

-Preciosa, te quiero lo sabes, te amo tanto…

-Yo también te amo.

Y la abrazó de nuevo.

Pasaron aquellos días prácticamente juntos. Ella le ayudaba en el despacho o en la recepción a Ismael.

Desayunaban en el patio.

Paseaban por el pueblo cuando todo estaba tranquilo.

-Estas más tranquilo que nunca, nada de estrés.

-Sí, todo gracias a ti. Y nada de deudas, que no se te olvide. Me gusta estar aquí.

Hablaban durante horas junto a la chimenea cuando los huéspedes se retiraban a sus habitaciones y después dormían juntos. Hacían el amor, desde la primera noche.

-Me dijiste que solo abrazarnos.

-Eres tentadora- y ella se reía.

-Y tú un bandido, pervertido.

-He estado muchos meses a palo seco.

-¿Y esa frase?

-Es de aquí. -Y se reía.

Era feliz.

-Tienes unas tetas enormes, me encantan los pezones, pequeña.

Y la penetraba lento como si fuese de algodón.

-No hace falta, Rodrigo

-¿Y si le hago daño?

-Está protegido bobo.

La chupaba, la lamía, la acariciaba, la penetraba, no se cansaba, ni ella tampoco. Y no solo de noche. En la siesta, la cogía de la mano y se iban a la cama calentitos con la calefacción. Decía que tenía que adelantar trabajo atrasado. Era un Rodrigo distinto, más relajado, mas irónico, más sexual.

Más suyo.

Era todo tan natural que resultaba imposible fingir nada.

Como si nunca se hubiesen separado.

Como si aquellos meses hubieran servido para recordar quienes eran cuando estaban juntos.

…

La noche de fin de año, después de las campanadas y cuando el hotel se quedó en silencio bien tarde salieron abrigados al mirador que dominaba el valle.

El frio obligó a Marta a cercarse a él y él le echó el brazo por encima .

-Quiero pedirte algo, pequeña.

Marta lo miró.

-¿Qué?

-Vuelve.

-Rodrigo…

-Escúchame…