CAPÍTULO VII
Marta regresó una tarde de primeros de marzo al hotel. Aparcó en el parquin y sacó sus maletas. Rodrigo la ayudó.
Lo primero que le sorprendió fue lo delgada que estaba. Lo segundo, la expresión de cansancio.
Parecía haber envejecido varios años en apenas cuatro meses.
Cuando ella sonrió al verlo, él sintió una punzada de vergüenza y culpabilidad.
Aquella sonrisa era sincera.
La de alguien que había pasado momentos difíciles y volvía a casa. Porque para Marta aquél hotel ya era su casa.
La abrazó.
Y durante unos segundos pensó en contarle toda la verdad.
Pero no lo hizo.
Esa noche cenaron juntos en el apartamento.
Marta habló de su padre, de los médicos. De su madre, de sus hermanos…
Rodrigo apenas hablaba.
Y Alba desde recepción, observó como cruzaban el patio hasta el anexo.
Ella también entendió que algo había cambiado.
Al día siguiente, Marta quiso volver al trabajo. Ya había descansado en casa una semana.
Los clientes la recordaban. Las empleadas se alegraban de verla.
Todo parecía volver a la normalidad.
Salvo una cosa.
Alba.
Las dos mujeres se cayeron bien desde el principio
Demasiado bien, o Alba era una actriz de talento.
Eso complicó las cosas todavía más. Porque marta no sospechaba nada.
La invitaba a tomar café.
Incluso le agradeció haber ayudado a Rodrigo durante aquellos meses.
Cada palabra era una puñalada para él.
Durante una semana intentó convencerse de que podía olvidarlo.
Que había sido un error lo de Alba.
Que Alba y él podían seguir trabajando juntos. Tenía dos meses más de contrato.
Pero Alba no estaba dispuesta a aceptar aquello.
Una noche cuando cerraban la recepción, lo enfrentó.
-¿Y ahora qué?
-Ahora nada.
-¿Nada?
-Marta ha vuelto.
-Ya lo sé.
-Entonces sabes que esto se acabó, te quedan dos meses, y se acabó.
Alba lo miró durante varios segundos.
-Lo que se acabó fue cuando decidiste que yo te servía mientras ella estaba fuera.
Aquellas palabras le hicieron más daño de lo que esperaba.
Porque era verdad. Y porque no podía quedarse con todo. No podía conservar a Marta, conservar el hotel y conservar el secreto y la traición. Porque no había sido solo un día, sino mes y medio.
Y tendría que elegir.
Pero lo que no sabía Rodrigo es que Marta, era una persona intuitiva y percibía una tensión extraña cuando estaban los tres juntos.
Y esa misma noche mientras, ellos seguían peleando y Marta había subido a llevar una tila a una clienta, escuchó voces en el patio. Pensó que ya Alba se había ido, pero era su voz y discutía algo con Rodrigo que no acertaba a escuchar y se acercó y escuchó su nombre. Y se quedó inmóvil.
-No puedes fingir que no ha pasado nada entre nosotros- decía Alba.
-Te he dicho que se acabó.
-¿Y los dos últimos meses qué fueron?
Marta sintió que algo se rompía dentro de ella y comprendió ahora las llamadas cortas, la distancia. La traición cayó como plomo.
No se movió.
No hizo ruido.
-Fue un error.
-No. Un error es una noche. Lo nuestro fue más de un mes.
El silencio posterior fue insoportable.
Rodrigo, se pasó una mano por la cara.
-No quiero hacerle daño.
-Pues llegas tarde.
Marta cerró los ojos.
Ya no necesitaba escuchar más.
Salió de la sombra del pasillo y entró en el patio.
Los dos se quedaron blancos.
Nadie habló durante varios segundos.
Abrió la puerta del anexo.
-Entra- dijo ella mirando únicamente a Rodrigo- ahora mismo.
Alba permaneció inmóvil.
Marta ni siquiera la miró.
Entraron al apartamento. Cuando la puerta se cerró, Marta se quedó de pie junto a la mesa.
-Cuéntamelo tú.
-Marta…
-Todo.
Rodrigo comprendió que mentir ya era imposible.
Y se lo contó.
Las noches.
Las semanas.
El tiempo que había durado.
Que solo había sido sexo.
Las llamadas en las que fingía que todo iba bien.
Las excusas.
Los silencios.
Cuando terminó, Marta estaba sentada en el sofá.
No lloraba. Había llorado con su padre todo lo que tenía dentro.
Eso era lo peor.
-Mi padre estaba ingresado.
Rodrigo bajó la cabeza.
-Lo sé y lo siento.
-Mi madre no dormía.
No respondió.
-Y yo, llamaba cada noche pensando que estabas aquí esperándome.
El silencio de hizo enorme.
-¿La quieres?
Él tardó demasiado en responder. Y Marta encontró la respuesta en ese mismo silencio.
Y Marta entro y empezó a hacer las maletas..
-Marta…
-No voy a dormir contigo ni una noche más en esta casa.
Aquello sí la hizo llorar.
Pero no por los meses.
Ni por Alba
Ni siquiera por la infidelidad.
Fue algo mucho más simple.
Miró la cama del dormitorio. La misma cama donde habían dormido desde que llegaron a Setenil.
La misma que había sentido como un hogar.
Y comprendió que ya no podía volver a acostarse allí.
Dos días después regresó a Cádiz.
No fue a casa de su madre. No quería darle un disgusto más.
Fue directamente a casa de María, su mejor amiga. La prima de Rodrigo.
Cuando abrió la puerta y vio a su amiga, Marta rompió a llorar por primera vez desde que había descubierto la verdad.
…
Mientras tanto, Rodrigo se quedó en Setenil.
Solo.
Despidió a Alba y contrató a un chico para la recepción.
El hotel seguía funcionando.
Los clientes seguían llegando. Ismael era eficiente.
Las reservas seguían entrando.
Pero desde que descubrió esa nueva vida, también descubrió que una persona puede conseguir exactamente lo que soñaba y aún así sentirse miserable.
Las primeras semanas en Cádiz fueron durísimas para Marta. Iba al cementerio y lloraba.
María la acogió en su casa sin hacer preguntas.
Solo estaba allí cuando Marta necesitaba hablar y guardaba silencio cuando no quería hacerlo. Sabía por cuánto había pasado. Menudo su primo…
Mientras tanto, Rodrigo la llamaba.
Mensajes.
Correos.
Marta no respondía.
Ni una sola vez.
Un mes después, encontró trabajo como jefa de recepción de un hotel de la costa gaditana. No era tan bonito como el Altozano, ni con ese encanto, pero era mucho más grande, estaba bien gestionado y el salario era muy bueno.
Con los primeros sueldos alquiló un piso con dos dormitorios.
Su madre insistió en que regresara a casa.
-No tienes que estar sola.
-Precisamente tengo que estar sola mamá. Ya lo estuve antes de irme a Soria.
Aquella decisión fue la primera que tomó últimamente pensando en sí misma.
No en Rodrigo.
No en su familia.
No en nadie.
Solo en ella.
Fue unas semanas después cuando empezó a encontrarse mal.
Al principio lo atribuyó al estrés.
Después al cambio de vida.
Y finalmente compró una prueba.
La hizo sola en el baño del piso.
Sin dramatismos.
Sin lágrimas.
Sin esperar nada.
Cuando aparecieron las dos rayitas rosas, se quedó sentada al borde de la bañera durante mucho tiempo.
Mirando la prueba.
Sin pensar.
Sin moverse.
Rodrigo.
La traición.
Setenil.
El hotel.
Todo volvió de golpe.
La única persona a la que llamó fue a María.
Su amiga llegó veinte minutos después.
-¿Qué vas a hacer?
Marta apoyó una mano sobre su vientre.
-Seguir adelante.
-¿Se lo vas a decir? Se va a enterar por la familia de todas formas, Marta.
-No lo sé.
Y era verdad.
Porque parte de ella pensaba que Rodrigo tenía derecho a saberlo. Pero por otra, seguía recordando las noches en que ella cuidaba de su padre mientras él compartía cama con otra mujer.
Durante los meses siguientes, Rodrigo siguió intentando recuperarla.
No sabía nada del embarazo.
Solo sabía que la mujer que había amado había desaparecido de su vida.
Y cuanto más tiempo pasaba, más comprendía que quizá había perdido algo que jamás volvería a recuperar.
Rodrigo llevaba casi cuatro meses intentándolo todo, llamándola, mensajes a ella, a su prima María.
Emails, y no cejaba en su empeño. Se sentía mal, miserable y fue cuando la perdió, que se dio cuenta de que era la mujer de su vida y la amaba y que nunca se lo dijo. Estaba arrepentido.
Aún así, no se rendía. No porque creyera que fuera a convencerla con insistencia, sino porque cada mañana se levantaba sabiendo que había cometido el error más grande se su vida.
Una tarde, sentado en la terraza de una cafetería de Setenil, recibió la visita de su prima María. No le dijo nada a Marta, pero aquello debía tener una solución para los dos.
Había dejado las cosas en el hotelito y salió a buscarlo. Ya Ismael le dijo dónde podía estar.
Su prima se sentó frente a él y lo observó unos segundos.
-María, ¿qué haces aquí?- dijo levantándose y ella también y se dieron un abrazo.
-Tienes mala cara.
-Gracias.
-Te la mereces.
Rodrigo sonrió sin ganas.
-También.
María suspiró.
-¿Cuánto tiempo más vais a seguir así?
-Lo que ella quiera, no me contesta ni me coge el teléfono, no responde a los mensajes ni a los emails. Estoy desesperado.
-Pues quizá haya llegado el momento de que sepas algo. Marta no sabe que estoy aquí y quizá no me hable jamás.
Rodrigo levantó la vista.
La expresión de María era seria.
-¿Qué pasa?
-Marta está embarazada.
El mundo pareció detenerse.
-¿Qué?
-Cuatro meses.
Rodrigo palideció.
-No…
-Sí.
-¿Cuatro meses?
María asintió.
-Va a ser un niño.
Durante varios segundos no pudo hablar. Miró las piedras blancas de la calle, la gente pasando, los balcones llenos de flores.
Todo parecía lejano.
-Es mío.
No era una pregunta.
María negó con la cabeza.
-No pienso responder a eso.
No hacía falta. Había ido allí a decírselo. Y las fechas hablaban solas. Fue cuando volvió tras la muerte de su padre. En esas tres noches.
Rodrigo apoyó los codos sobre la mesa y se cubrió el rostro con las dos manos. Nunca había llorado delante de su prima. Aquella tarde, estuvo cerca de hacerlo.
-¿Por qué no me lo dijo?
-Porque estaba herida, furiosa, dolida…
-Tiene derecho.
-Sí.
-Pero yo también tenía derecho a saberlo.
-Eso mismo le dije. De todas formas fue hace tan solo un mes apenas que se enteró.
Permanecieron en silencio.
-¿Cómo está?
-Bien, ya se le nota un poco.
-¿Está bien de verdad?
-Sí, el embarazo va perfectamente.
Rodrigo soltó aire despacio.
-Un niño…
María sonrió por primera vez.
-Un niño.
Aquella noche Rodrigo apenas durmió.
Aquella noche tomó una decisión.
No iría verla.
Ni aparecería por su hotel.
No insistiría más.
Esperaría.
Porque aquella noticia cambiaba todo. Ya no se trataba de recuperarla. Se trataba de ser el padre que su hijo merecía.
…
Dos semanas después, Marta tuvo un fin de semana libre, completo.
Hacía tiempo que no descansaba dos días seguidos. Y tomó una decisión que ya llevaba sopesando.
Entró en internet y reservó una habitación para una noche, la del sábado. En Setenil.
No avisó a nadie.
Ni siquiera a María. Era algo que debía hacer sola.
El sábado salió temprano de Cádiz y durante todo el viaje tuvo el corazón acelerado. Paró a desayunar en el pueblo antes de llegar al hotelito.
Setenil era preciosa incluso en Otoño. O perdía ese solecito y esa luminosidad blanca que la caracterizaba.
Mientras desayunaba, pensó en cuando vinieron de Soria, cargados de optimismo y felicidad y una nueva vida que comenzaba para ellos. Y luego la tristeza…
Llegó al Altozano y entró en la recepción.
El recepcionista, joven sonrió.
-Tengo una reserva.
Dio su nombre.
Eres Marta…
-La misma- le sonrió.
-Ismael. Encantado y bienvenida-le dio la llave. Y ella subió a la segunda planta de las dos que tenía.
Ismael entró al despacho.
-¿Puedo pasar?
-¿Qué ocurre Ismael?
-Ha venido Marta. Hizo una reserva.
-¿Qué Marta?- le golpeó el pecho ese nombre.
-Marta, Marta, por la que me preguntan muchos clientes.
-¿Marta Salas?
-Exacto.
-¿Habitación?
-La doce.
Y se levantó dejando allí a Ismael.
Ismael cerró el despacho y volvió a la recepción.
Dos minutos después llamaron a su habitación- Marta supo quién era antes incluso de abrir.
Se quedó inmóvil.
Escuchó una respiración al otro lado.
Luego una voz. La voz que llevaba meses intentando olvidar.
-Marta…
Ella cerró los ojos.
-Solo quiero verte un minuto.
El silencio se hizo eterno. Finalmente abrió la puerta.
Rodrigo estaba allí,
Algo más delgado.
Más serio.
Más cansado.
Pero cuando sus ojos descendieron instintivamente hasta el vientre de Marta, toda la emoción que llevaba dentro, de meses contenida apareció de golpe en su rostro.
No dijo nada.
Ni una palabra.
Simplemente la miró.
Y las lagrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Marta jamás lo había visto llorar así. Ni así ni de ninguna manera.
-Es nuestro hijo ¿Verdad?- susurró.
Ella tardó un instante en responder.
Luego asintió.
Rodrigo sonrió, lloraba y sonreía. Una sonrisa rota, incrédula, emocionada. Como si acabaran de devolverle algo que creía perdido para siempre.