Llena de caracolas CAPÍTULO VI #2
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CAPÍTULO VI #2

Y dos días después de llegar, los dueños se despidieron de ellos.

-¿Te queda dinero? Puedo prestarte Rodrigo, no es que tenga mucho pero para pagar las primeras nóminas…tengo 20.00 euros y eso debe bastar hasta que empiece a entrar dinero.

-Pero ya sabes.

-Gracias. Me encanta.

-Hay que comprar un pc, un fax y una impresora láser, tampoco demasiado grande. Carpetas, y demás. En cuanto venga el personal y hablamos con ellos, me voy de compras.

-Me pongo a deshacer las maletas y dejo la ropa sucia en el cuarto de limpieza y lavandería y hago una lista de comida para nosotros.

-Ayer ya pusimos internet, empadronamiento, asesoría, pedir el datáfono al banco con una cuenta nueva, estoy cansado.

-Luego a ver cómo son los trabajadores. Empezamos el lunes por la tarde si traes lo del despacho nos ponemos con la página web y en cuanto nos instalemos veremos qué se nos ocurre. Me daré algunas vueltas y tú también.

Los primeros meses en Setenil fueron exactamente como habían soñado.

El hotelito funcionaba. No era un negocio espectacular, pero sí bastante rentable. Las reservas llegaban con regularidad, los huéspedes dejaban buenas reseñas, y por primera vez en muchos años, Rodrigo podía pensar en el futuro sin que una deuda le quitara el sueño.

Marta parecía haber nacido para aquél trabajo. Controlaba las reservas, las redes sociales, la página web, y la atención a los clientes, la cocina, limpieza…

Conocía a los proveedores por su nombre y sabía qué habitación preferían los huéspedes que repetían.

Sus familiares, padres y hermanos estuvieron un fin de semana, así como la prima de Rodrigo y su familia, que no dejaron que les pagaran nada. Pero que fue un fin de semana estupendo.

Por las noches, cuando cerraban la recepción, cenaban en el pequeño apartamento anexo y hablaban de mejoras, de excursiones y de proyectos.

Casi un año juntos. El tiempo pasaba, pero no se decían: te quiero.

A Rodrigo, castellano de pro, le costaba expresar sus emociones.

Hasta que llegó aquella llamada.

La recibió Marta una tarde de septiembre.

Su expresión cambió al instante.

Era su madre.

Su padre había sufrido un problema grave de salud, justo un mes desde que estuvieron allí.

No era una situación terminal, peor sí muy complicada y no derivaba un final feliz..

Necesitaba ayuda y la familia quería que ella regresara una emporada a Cádiz una semana.

Y lo que iba a ser una semana, se convirtió en un mes.

Y después en dos.

Rodrigo insistió en que se quedara el tiempo necesario, pero necesitaba contratar a alguien para la recepción y el trabajo de ella. A alguien temporal hasta que volviese.

…

Ella se desesperaba porque lo echaba de menos. Hablaban todas las noches. Y a veces lloraba por su padre y por no estar con él que lo necesitaba tanto.

Para cubrir el trabajo, contrataron a una recepcionista.

Se llamaba Alba y era del pueblo.

Tenía veintisiete años, era simpática, eficiente, y había trabajado en hoteles de la Costa del Sol varios años.

Aprendió rápido y pronto se convirtió en una ayuda imprescindible.

Al principio Rodrigo apenas reparó en ella. Pero las jornadas eran largas.

Demasiado largas.

Desayunos con los clientes.

Problemas con las reservas.

Proveedores. Excursiones. Cenas improvisadas cuando terminaban tarde.

Y sobre todo, una soledad que no esperaba sentir.

Marta seguía llamando todos los días. Su padre seguía mal, pero la enfermedad avanzaba lenta.

Y las conversaciones entre ellos comenzaron a ser más cortas.

Más cansadas.

Mas rutinarias.

Mientras tanto, Alba estaba allí.

Cada mañana.

Cada tarde.

Cada problema.

Cada pequeña victoria del hotel.

Y sin darse cuenta o quizá dándose, Rodrigo empezó a esperar con demasiadas ganas el momento de verla aparecer por recepción.

Todavía no había pasado nada.

Ni una palabra fuera de lugar.

Ni una traición.

Ni una mentira.

Pero algo estaba cambiando. Sería por ese clima y esa luz.

Y ambos empezaron a notarlo.

Tres meses llevaba ya en Cádiz Marta, cuando una tarde, mientras cerraban recepción, estaban revisando las reservas de diciembre.

-Marta tiene suerte- dijo Alba de pronto.

Rodrigo levantó la vista.

-¿Por qué?

-Porque tiene a alguien que la espera.

-Tengo suerte de tenerla- pero no lo dijo con esas ganas.

Alba sonrió. Pero aquella sonrisa tenía algo extraño. Algo que Rodrigo sabía qué era.

Con el paso de las semanas, las pequeñas cosas, gestos y miradas se fueron intensificando entre ellos.

La forma en que Alba lo miraba. Las bromas que compartía con él, la cercanía.

Demasiada cercanía.

Una noche fueron a tomar algo y a la vuelta, le dijo:

-Tres meses son muchos meses.

-Ya.

Ella permaneció unos segundos en silencio.

-Algunas personas se acostumbran a esperar.

-¿Y otras?

-Otras dejan de hacerlo. ¿Tú de cuál eres?- se acercó a su boca.

-No sé- pero ella lo besó y se desató entre ellos lo que él nunca hubiese deseado que ocurriera. Pero deseaba tener sexo, y la deseaba. Y eran ya tres meses y las cosas con marta se habían enfriado y ahora estaba caliente.

Ella lo cogió de la mano y entraron en el hotelito, y por el patio al apartamento anexo.

No pensó.

No quería. Había bebido un poco.

Y Alba estaba buena. Muy buena.

Y el peor pecado no fue hacerlo con ella, tener sexo con ella, sino que lo tuvo en la cama donde dormía con Marta.