CAPÍTULO VI
Rodrigo se marchó así sin pensarlo dos veces, poco después de las once de la mañana del día siguiente.
El sol iluminaba el aparcamiento del complejo y el aire olía a hierba recién cortada. Marta permaneció en la recepción observando cómo terminaba de guardar la pequeña maleta en el maletero.
-¿Seguro que no quieres que vaya contigo?- preguntó una última vez?
Rodrigo sonrió.
-Seguro. Necesito pensar. Solo. Si ruido. Sin opiniones. Solo yo.
Ella asintió.
Lo entendía.
No era una decisión cualquiera.
Si vendía el complejo, cancelaría la mayor parte de la deuda con el banco y todavía le quedaba una cantidad importante de dinero. Podría empezar de nuevo en otro lugar. Quizá allí, en lo que había visto en fotos. Y si no le gustaba lo que veía, quizá cerca del mar.
Si no vendía seguiría luchando por algo que había levantado con años de esfuerzo.
Nadie podía decidir aquello por él.
Se acercó a Marta y la abrazó despacio.
-Te llamaré.
-Lo sé..
Se quedaron unos segundos así.
Luego se abrazaron.
Sin prisas.
Como dos personas que no necesitaban decir todo lo que estaban pensando.
Después regresaron al despacho.
La puerta cerrada.
La cortina echada.
Como la primera vez.
Estaba loco, lo habían hecho antes de levantarse y Marta sonrió.
Cuando empezó a desnudarla y él también.
Cuando estaba duró y la puso mirando hacía la mesa, y se puso tras ella pegando su cuerpo, ella abrió ligeramente las piernas y él bajo con su sexo a entrar en ella desde atrás, pellizcando sus pezones, besando su cuello, sujetando sus caderas y penetrándola como una despedida difícil.
Le decía cosas al oído. No podían hacer ruido pero sí el chocar se su sexo al de ella.
-Ah dios nena, pequeñilla, te voy a echar de menos.
Y ella gemía bajito con cada golpe en su interior.
-¡Joder Marta!- y seguía rápido y más rápido, loco y más loco hasta derramarse en ella sin descanso.
Allí se quedó, allí quedó.
Un rato de intimidad, de caricias, de sexo y silencios compartidos y promesas que no necesitaban palabras.
-Vas a matarme, Rodrigo.
-Si hay alguna forma, será esa.
-Pero qué bobo eres…
Se vistieron y ella abrió la ventana. Fue al baño y él también y a la vuelta se besaron.
Cuando salieron él estaba más tranquilo.
Más ligero.
Cogió las llaves del coche.
-Cuídame esto.
Marta sonrió.
-Vete ya jefe.
-Eso ha sonado a orden.
-Lo era.
Los dos rieron.
Y entonces arrancó.
Marta permaneció junto a la entrada viendo cómo el vehículo avanzaba por el camino de grava.
Cada vez más lejos. Hasta desaparecer en la curva de los pinos.
Durante unos segundos, siguió mirando al vacío.
Después respiró hondo y regresó a la recepción.
Tenía trabajo.
Mucho trabajo.
Y desde que había llegado a Soria, sentía que aquél lugar también era un poco suyo.
Horas después, de parar a comer y tomar café, cansado de conducir Rodrigo atravesaba la sierra de Cádiz.
La carretera serpenteaba entre bosques y barrancos hasta que apareció encaramado en la ladera, el pueblo blanco: SETENIL DE LAS BODEGAS.
Las casas parecían surgir de la propia roca. Algunas estaban literalmente construidas bajo enormes paredes de piedra que las cubría como si la montaña quisiera protegerlas.
Rodrigo redujo la velocidad. Era el final de la tarde.
Aquello era precioso.
Muy distinto a Soria.
Muy distinto a todo lo que conocía.
Aparcó cerca del centro y para estirar las piernas, camino despacio hacía el hotelito.
Todavía notaba la pierna al final de largos trayectos.
Pasó por las calles y miró las terrazas.
Las fachadas blancas.
Las buganvillas.
La roca gigantesca sobre las casas, los techos de barriles incrustados.
La roca gigantesca suspendida sobre las casas.
Y por una vez en mucho tiempo, se imaginó viviendo lejos del complejo de piedras grises.
Lejos de las deudas.
Lejos de las preocupaciones.
No sabía si allí.
Quizá no.
Pero en algún lugar parecido.
Con una vida más sencilla.
Más tranquila .
Menos agotadora..
Llegó al pequeño hotel rural de la pareja que quería jubilarse. Lo recibió un hombre de unos sesenta y cinco años.
Amable.
Sereno.
De esos que parecían no tener prisa por nada.
-Bienvenido Rodrigo. Me alegra que hayas venido de tan lejos. Esto será distinto a Soria seguro.
Mientras, le enseñaba las instalaciones, Rodrigo observaba cada detalle.
La recepción y el salón grande con chimenea.
Las habitaciones con un toque vintage.
El patio interior lleno de macetas.
La terraza con vistas al valle.
El pequeño restaurante con cocina, no era grande pero tenía encanto.
Mucho encanto.
La casita al lado por donde se entraba desde el patio, como un pequeño apartamento para los dueños.
Y cuando terminó la visita, sentado solo en la terraza mientras el sol comenzaba a caer sobre las montañas comprendió que aquél viaje iba a ser más difícil de lo que esperaba.
Porque ya no estaba decidiendo únicamente si vendía un negocio.
Estaba decidiendo comprar otro junto con la vida que quería tener durante los próximos veinte años.
Y sabía el precio del hostal lo tenía delante.
De repente, cogió el móvil de la mesa y marcó a Laura.
-Diez mil euros más y me envías una transferencia ahora mismo de un adelanto a la cuenta que te paso.
-Dame un par de minutos.
-Siete, no te dan más.
-Lo vendo. Ahora me envías a mi cuenta, anota. Y te envío un email firmado con el adelanto.
Tardo diez minutos..
Ya está en tu cuenta.
Y el mío.
Perfecto. Quedamos dentro de tres días con todo listo en el notario de Soria. ¿A las once, el viernes?
-Trae las escrituras, solo eso. Tu carnet y al cuenta la tengo, a no ser que quieras otra. Y ha de venir el director del banco. Mientras pido la nota simple.
-Perfecto, en eso quedamos Laura. Y mientras solicitó una nota simple del hotelito llamado. El Altozano.
Durante la cena, el dueño y su mujer Rita, esperaban la respuesta de Rodrigo.
-Me la quedo.
-Nos alegramos mucho, de verdad.
-Mañana espero una nota simple del registro. Si todo está bien, les paso un adelanto. Vengo en dos semanas. Estamos en contacto.
-No te preocupes hijo, no tiene cargas, pero me reocupa una cosa.
Las trabajadoras. Son tres limpiadoras para todo, una en la lavandería y dos cocineras.
Ellas hacen las compras también, la bebida la traen.
Ya se lo explico todo. Se lo dejo escrito con los números de teléfonos.
Hay un manitas que viene al momento si se llama.
Del resto nos ocupábamos mi mujer en la recepción y lo que necesitaban los clientes, la información,, quejas, etc.
Y yo en el despacho. Por eso no me gustaría que se quedaran sin trabajo.
-No se preocupen. Las necesitaré. Pero a cambio quiero algo también.
-Dime hijo.
¿Cuándo se van los últimos huéspedes?
-Pasado mañana.
-Perfecto. Me gustaría que se pinte todo el hotel, se mire el tejado y la chimenea, las habitaciones y una limpieza integral de ventanas puertas, ropa, patio y ropa de la casa también. Y la casita anexo igual. Y eso lo pagamos a medias como rebaja.
Y el dueño se rio.
-Muy bien. Sabes hacer tratos.
-Guarde las facturas, me voy en cuanto tenga la nota simple. Ah y otra cosa. Los muebles del despacho se quedan pero debe quitar el resto, que esté limpio, traigo mis cosas.
-Perfecto. En eso quedamos. Le anoto todo y mando pintar y demás. Quiere algún color especial
-Blanco patio y fachada. Y por dentro un verde vintage. Las habitaciones tienen esos muebles.
…
Al día siguiente, una vez que la nota simple estaba bien, les pasó un adelanto y ahora tenía trabajo.
Llego de noche al complejo. No había llamado a Marta. Y ella no se preocupó porque sabía que necesitaba estar solo.
Estaba acostada y él dejó la carpeta en el despacho y comió algo de la cocina y subió a darse una ducha.
Se metió en la cama y la abrazó.
-Ay qué frio estás…
-Pero estoy. Y ella se dio la vuelta y lo abrazó y lo miró.
-Lo has comprado…
-¡Qué lista eres!
-Lo veo en tus ojos que me encantan.
-Caliéntame pequeña- y ella lo abrazaba.
-No estaba pensando en eso precisamente- y ella se reía. Y bajó a su sexo caliente.
-Ya estas caliente.
-No, estoy duro, caliente no, esa eres tú.
Y lo lamió, lo chupó y lo metía y sacaba de su boca moviéndolo como se movían las hojas de los árboles, hasta que él dejó de gemir…
Ah dios, dos noches y te echo de menos…
Después la penetró, la subió arriba para que la cabalgara, le quitara ese estrés y ese sentimiento de melancolía que aún lo embargaba y que solo ella le quitaba.
…
-¿No vas a decirme nada?
-Sí, mañana tenemos más trabajo que nunca.
Viene Laura y el dueño de la empresa. Ya he dado un porcentaje en el hotelito.
Te va a encantar. Lo están pintando entero y limpieza integral.
Y me deja el mobiliario del despacho y de la casita.
Se van a su pueblo de Córdoba. Baena. A descansar.
No nos llevamos nada, compraré todo nuevo.
-No gastes.
-No tengo que pedir al banco. Solo quiero que se queden con el personal como me han pedido a mi. Pero revisaremos y los conoceremos.
-No, en serio…
-Nada y además renovaremos la página web obsoleta y veremos qué se nos ocurre. Para que entre más dinero.
-Ya lo vemos allí.
-Y mañana empezamos a poner en orden todo, dejar pagado todo y no meter más clientes…
-Dios mío te ha gustado.
-Me siento en paz. Es precioso Marta. Claro si quieres acompañarme en esta aventura, la recepción y las quejas son tuyas. La organización de todo. Es pequeño, yo con el despacho y lo que me traigas tengo.
Y le explicó como era, la casa anexa con un baño completo, otro con ducha y dos dormitorios, un saloncito con una pequeña cocina integrada. Y daba al patio de flores la entrada.
…
Fueron dos semanas de locura, documentos, despedidas, recoger cosas. Y una última foto juntos en la entrada , con el nombre.
Llevaban el coche suyo que ya era grande todoterreno y coche y el monovolumen de ella también. Se llamaban para quedar a comer. Salieron temprano.