Llena de caracolas CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Rodrigo no volvió a cerrar aquellas páginas esa misma noche. Estaba cabreado además por los técnicos y la empresa, porque sabía que era ella la que los envió a hacer mediciones sin que él hubiese tomado una decisión.

Después de que Marta, le diese espacio y se fuese a descansar. Permaneció solo en el despacho.

El silencio del complejo, era absoluto. Solo se escuchaba de vez en cuando el viento golpeando alguna contraventana de la parte trasera y el leve zumbido de la calefacción.

Abrió una libreta.

Hacía años que no escribía nada que no fueran números.

En una hoja trazó una línea en medio.

Quedarme.

A la derecha :

Vender.

Se quedó varios minutos mirando las dos palabras.

Bajo “Quedarme” anotó:

Es mi vida.

Lo construí yo de casi unas ruinas.

Conozco cada piedra.

Los clientes vuelven porque aman este lugar.

Aquí están mis mejores recuerdos.

Después escribió:

Deudas.

Riesgo.

Mas años de trabajo.

Incertidumbre.

Suspiró.

Luego pasó a la otra columna.

Pago todo.

Me sobra dinero.

Empiezo de nuevo.

Menos habitaciones.

Menos empleados.

Menos preocupaciones.

Y tras unos segundos, añadió:

Sierra de Cádiz.

Aquellas tres palabras le hicieron sonreír.

Allí tenía familia en Cádiz, dos tíos, primos…

Se imaginó caminando por un pueblo blanco cuando ahora caminaba por uno gris, en todos los sentidos.

Tomando café al sol en pleno invierno.

Viendo montañas verdes en vez de campos helados.

Escuchando a la gente hablar con el acento que Marta traía consigo y qué él no tenía porque sus padres emigraron cuando era pequeño.

Por primera vez la idea no le pareció una traición.

Le pareció un descanso.

Incluso si tenía que pedir al banco, ya no sería esa gran cantidad.

Pero entonces levantó la vista.

Desde el despacho se veía parte del patio interior.

Las paredes de piedra iluminadas.

Las farolas.

La fuente.

El viejo nogal que había plantado con su padre cuando apenas era un muchacho.

Y el estómago se le encogió.

Aquello también era su vida.

Mucho más de lo que estaba escrito en una hoja.

…

A la mañana siguiente apareció más serio de lo habitual.

Marta lo noto enseguida durante el desayuno del personal.

Cuando terminaron, salieron a dar un paseo. Y de paso hacer las revisiones pertinentes.

Recorrieron uno de los senderos que rodeaban el complejo, donde los técnicos debieron medir.

El aire era frio, pero el sol brillaba.

-¿Has dormido?- preguntó ella porque no la despertó. No hicieron el amor.

-Regular.

-¿Por la oferta?

-Por el futuro.

Marta sonrió.

-Eso suele ser peor.

Rodrigo sonrió también.

Continuaron caminando. Entonces, él señaló el paisaje.

Los prados.

Las construcciones de piedra.

Las pequeñas casas rurales de piedra dispersas por la ladera.

-¿Sabes qué me pasa?

-¿Qué?

-Que por primera vez puedo imaginarme marchándome.

Ella no respondió enseguida.

-¿Y eso te asusta?

-Mucho.

-Entonces es normal.

Rodrigo la miró.

-¿Por qué?

-Porque llevas media vida aquí. Si no te diera miedo irte, significaría que no te importa. Y sé que te importa.

Siguieron avanzando.

-¿Y tú qué harías Marta?- preguntó él.

Marta tardó unos instantes en responder.

-Yo buscaría todas las opciones antes de decidir.

-¿Todas?

-Todas.

Rodrigo arqueó una ceja.

-Incluida la sierra de Cádiz.

Ella sonrió.

-Incluida la sierra de Cádiz.

Aquella misma mañana, después de revisar todo ella fue a por dos cafés como siempre, mientras Rodrigo abría el portátil.

Y dejaron a un lado la oferta de compra a la que él le dio mil vueltas, los últimos días y empezaron a mirar ofertas de compra.

Empezaron a mirar el mapa.

A buscar pequeños hoteles rurales.

Casas de turismo rural.

Negocios familiares.

Lugares donde quizá pudiera empezar de nuevo.

No porque hubiera decidido vender. Sino porque necesitaba saber qué había al otro lado de la puerta antes de decidir si quería cerrarla para siempre o atravesarla.

…

Aquella tarde se les fueron casi dos horas delante del portátil.

Habían descartado ya varios lugares, algunos en Soria.

Unos demasiado grandes, otros demasiada reforma.

Algunos parecían más restaurantes que alojamientos rurales.

Rodrigo empezaba a cansarse cuando Marta se quedó quieta mirando la pantalla.

-Espera.

-¿Qué has visto?

Ella amplió un pueblo encajado entre enormes paredes de roca, y techos de barriles. Lo conocía de sobra.

Casas blancas, balcones de flores y una calle que parecía atravesar la montaña.

-Madre mía…- murmuró Rodrigo.

-Te dije que había rincones increíbles en el sur. Este pueblo lo conozco bien, es muy turístico, precioso.

Abrieron la ficha.

Era una pequeña hospedería rural situada a las afueras del pueblo. En la parte alta.

No era grande.

Doce habitaciones.

Un edificio tradicional andaluz restaurado hacia tres años.

Patio interior.

Terrazas con vistas a la sierra.

Un pequeño comedor para desayunos.

Nada más.

Pero tenía algo.

Algo difícil de explicar.

Rodrigo observó las fotografías una por una.

No veía lujo.

No veía dinero.

Veía tranquilidad.

Marta se apoyo en la mesa.

-Mira esta.

Era una fotografía tomada al amanecer. La niebla cubría parcialmente el valle.

Las montañas aparecían al fondo.

Y el hotel parecía suspendido entre olivos.

-Parece un sitio para desaparecer del mundo- dijo Rodrigo.

-O para empezar otra vida..

Aquella frase se quedó flotando entre los dos..

Siguieron viendo imágenes.

El patio.

Las habitaciones.

Lavandería, parquin.

Una chimenea enorme el salón principal.

Y una pequeña vivienda anexa para los propietarios.

Rodrigo sonrió.

-Sería raro.

-Pasar de esto a algo tan pequeño.

-¿Y malo?

Él se quedó pensativo.

-No lo sé.

Marta observó la pantalla.

-¿Sabes qué creo?

-A ver.

-Que llevas tantos años peleando por tener algo enorme que has olvidado cómo es vivir.

Rodrigo la miró.

Ella rara vez hablaba así.

-Quizá no necesites más. Quizá necesitas menos..

Aquellas palabras le acompañaron el resto del día.

Esa noche volvió a abrir las fotografías desde su habitación.

Esa noche sí hicieron el amor, pero no pudo dormir.

Una.

Dos.

Diez veces, miró las fotografías.

Incluso buscó videos del pueblo. Información.

Calles estrechas. Gente paseando sin prisa. Terrazas llenas, Montañas. Silencio.

Nada que ver con las preocupaciones que llevaba años soportando.

Y cuanto más lo pensaba y se veía allí, no se imaginó perdiendo algo. Se imaginó ganando algo.

Al día siguiente durante el paseo de la tarde, sorprendió a Marta.

-Si vendiera…

Ella lo miró.

-Sí.

-Me gustaría ir a verlo.

-¿El hotelito?

-El hotel. El pueblo, todo.

Marta sonrió.

-Eso tiene fácil solución.

-¿Cuál?

-Cogemos el coche y bajamos el fin de semana. Te queda menos de un mes y el hotel tampoco va a estar allí siempre. O vas tu solo.

Rodrigo soltó una carcajada.

-Así de simple.

-Claro.

-¿Y si me enamoro del sitio?

Ella levantó los hombros.

-Entonces tendrás un problema menos para decidir.

Pero mientras seguían caminando, ninguno de los dos menciono algo que ambos habían pensado. Que aquél viaje al sur ya no parecía una inspección de negocio.

Empezaba una nueva aventura compartida, porque él la incluía en ello.