CAPÍTULO IV
Dos días después, la mañana amaneció despejada en el complejo rural. El otoño empezaba a teñir de amarillo algunos árboles y el aire era fresco, limpio.
Marta estaba en la recepción revisando unas reservas cuando vio llegar un coche negro de gama alta. Frunció el ceño. No esperaba ninguna entrada a esas horas.
La puerta del coche se abrió y una mujer bajó con paso decidido…
Alta, elegante, cabello castaño claro con mechas perfectamente cuidado y unas gafas de sol que parecían más caras que algunos coches del aparcamiento.
Marta, la observó acercarse.
-Buenos días.
La mujer se quitó las gafas.
-Busco a Rodrigo Acenilla.
Aquello le bastó para saber que no era una clienta cualquiera.
-¿Tiene cita?
-No, pero dígale que ha venido Laura.
El nombre quedó suspendido unos segundos.
Había oído hablar de ella a Pilar.
La ex.
La mujer con la que Rodrigo había estado varios años antes de la apertura del complejo. La que se marchó a Madrid cuando empezaron los problemas económicos y discusiones.
La misma que nunca había vuelto allí.
La mujer de la que nunca le había hablado Rodrigo. Claro que llevaban apenas dos días de intimidad y ella tampoco había hablado de amores pasados.
Está en el despacho- respondió Marta con profesionalidad- le avisaré.
Entró al despacho. Rodrigo estaba revisando facturas.
-Tienes visita.
-¿Quién?
-Laura.
El bolígrafo quedó inmóvil en sus dedos.
Durante un instante pareció olvidar que aún le dolía el pie.
-¿Laura?
-Sí.
Rodrigo soltó aire lentamente.
-Vaya…
-¿Qué le digo?
-Hazla pasar.
No sintió celos exactamente. Pero sí una incomodidad difícil de explicar.
Quizá porque las últimas noches habían sido intensas entre ellos.
Quizá porque las noches juntos habían creado algo más profundo de lo que ninguno de los dos había reconocido todavía.
O quizá eran invenciones suyas y solo era deseo y sexo.
Laura entró en el despacho y cerró la puerta.
Durante casi una hora permanecieron hablando.
Marta siguió trabajando, algo nerviosa.
¿Una hora?
Contestó correos.
Atendió llamadas.
Gestionó una excursión para el fin de semana…
Pero cada vez que levantaba la vista hacia el despacho era incapaz de evitar pensar en aquella larga conversación tras tantos años.
Finalmente salió y fue directa a la recepción.
-Así que tu eres Marta.
La frase sonó amable.
-Sí.
-He oído hablar bastante de ti.
-Espero que bien.
Laura sonrió.
-Rodrigo siempre tuvo buen criterio con la gente.
Aquello podría interpretarse de muchas formas.
Antes de que Marta respondiera , la mujer continuó:
-Me alegra verlo mejor.
-Ha trabajado mucho para recuperarse.
-Siempre fue terco.
Laura volvió a ponerse las gafas.
-Cuídalo.
Y se marchó.
Marta la observó alejarse hasta que el coche desapareció por el camino principal.
Una hora después entró al despacho.
Rodrigo seguía sentado frente a la ventana.
Pensativo.
-¿Todo bien?
-Sí.
-No pareces convencido.
Él sonrió ligeramente.
-Porque no lo estoy.
-¿Qué quería?
-Trabaja para un grupo de inversión inmobiliaria.
Marta tardó un segundo en comprenderlo.
-No me digas…
-Sí.
Rodrigo apoyó la espalda en el sillón.
-Han sido ellos quienes hicieron la oferta por el complejo.
Ahora todo encajaba.
La visita.
La coincidencia.
La hora de la conversación.
-Vaya casualidad.
-No creo en las casualidades Marta.
-¿Y qué te ha dicho?
-Que van en serio.
Rodrigo miró por la ventana.
-Y que si no acepto ahora, quizá en un mes la oferta desaparezca.
Marta permaneció callada.
-¿Y ella?
-Dice que debería vender.
-¿Por qué le preocupa tu futuro o porque trabaja para ellos?
Rodrigo soltó una pequeña risa.
-Esa misma pregunta me la he hecho yo.
Por primera vez, pareció realmente cansado.
Marta se levantó y rodeó la mesa.
Lo abrazó por el cuello y lo besó.
-No decidas hoy.
-No pensaba hacerlo – cogiéndole la mano con suavidad.
-Tienes tiempo.
-¿Y si me equivoco?
-Entonces, te equivocas tú, no Laura. Ni el banco. Ni nadie más.
La respuesta lo dejó pensativo.
Porque era verdad.
Aquella decisión podía cambiar su vida.
Y por primera vez, no solo la suya. También la de Marta. Aunque ninguno de los dos estaba aún preparado para nada, ni para decir nada en voz alta.
Y mientras el otoño avanzaba sobre las montañas de Soria, una sensación comenzó a instalarse entre ellos.
La de que la llegada de Laura, no era una simple visita.
Era el principio de un conflicto mayor.
…
La tarde transcurrió con aparente normalidad.
Demasiada normalidad.
Marta lo notó enseguida.
Rodrigo seguía trabajando después de una breve siesta en el sillón del despacho.
Seguía revisando presupuestos y respondiendo llamadas, pero tenía la cabeza en otra parte.
La oferta.
El banco.
Laura.
Todo estaba relacionado.
Después de cenar, cuando los huéspedes ya estaban en sus habitaciones y el complejo se había quedado en silencio, salieron bien abrigados a dar uno de sus paseos habituales.
Rodrigó ya caminaba bastante mejor. Apenas cojeaba, aunque necesitaba una muleta para apoyarse. Pero avanzaba con seguridad por los senderos iluminados.
Iban en silencio.
-Llevas toda la tarde pensando.
-¿Tanto se nota?
-Muchísimo.
Rodrigo sonrió.
-Pues sí.
Caminaron unos metros más.
Cuando abrí este sitio tenía veintiocho años.
-Lo sé. Llevas seis.
-Todo el mundo me dijo que estaba loco.
-Probablemente lo estabas.
Él soltó una carcajada.
-Puede ser.
Miró alrededor.
Las casas de piedra.
Los jardines.
La iluminación suave.
Los árboles.
Todo aquello había salido de una idea absurda que había tenido muchos años atrás.
-Vendí un piso que heredé de mi abuelo, pedí un préstamo para comprarles a mis padres algo derruido. Me empeñé. Ellos no querían. Prácticamente hipotequé mi vida.
-Y lo levantaste.
-Sí.
-Entonces no fue una locura.
-El problema es que todavía debo mucho dinero y me quita el sueño a veces, me estresa. Me está costando dormir. Estoy angustiado y a veces tengo miedo.
Marta ya lo sabía.
-¿Cuánto?
Rodrigo la miró.
-Demasiado.
-Eso no es una cifra.
-Medio millón.
Marta se quedó callada.
Era una cantidad importante. Ahora entendía por qué la oferta le estaba haciendo dudar.
-Si vendo pago todo, amortizo el piso de mi abuelo.
-Y aún te sobra dinero. Y puedes dormir tranquilo.
-Sí.
-Entonces el problema no es económico.
-Te estás volviendo peligrosa.
-Responde.
Él observó las luces del complejo.
-El problema es que a pesar de todo, esto es mi vida.
Aquella frase quedó en el aire.
Marta entendió perfectamente lo que significaba.
No hablaba de edificios.
Ni de casitas de piedra.
Ni de cuentas bancarias.
Hablaba de años.
De sueños.
De sacrificios.
De recuerdos.
Volvieron lentamente hacia el edificio principal.
Al l-legar a la terraza encontraron una sorpresa.
Un todoterreno acababa de aparcar.
Del vehículo bajó en encargado de mantenimiento.
Parecía nervioso.
-Rodrigo, tenemos un problema.
-No será de nuevo la caldera…
-No.
-¿Entonces qué pasa?
-Han venido dos hombres esta tarde preguntando por el terreno del bosque.
Rodrigo frunció el ceño.
-¿Qué hombres?
-No lo sé, dijeron que eran técnicos.
-¿Técnicos de qué?
-No quisieron decirlo.
Marta intercambió una mirada con Rodrigo.
-¿Y qué querían?
-Tomar medidas.
-¿Medidas?
-Sí. Y parecían que estaban convencidos de que esto ya estaba vendido.
Rodrigo se quedó inmóvil.
Muy inmóvil.
Demasiado.
-¿Quién les ha dicho eso?
-Ni idea.
Pero todos pensaron en lo mismo.
Laura.
O la empresa que la representaba.
Porque si estaban enviando técnicos… quizá alguien daba por hecha una venta que todavía no existía.
Y aquello no le gustó nada a Rodrigo.
Absolutamente nada.
Por primera vez desde que llegó, Marta vio aparecer en los ojos grises de Rodrigo algo que llevaba semanas desaparecido.
Carácter.
Orgullo.
Y una determinación que anunciaba problemas.
-Mañana llamaré a esa empresa.
-¿Para qué?
Rodrigo miró hacía el bosque.
-Para recordarles que este complejo sigue siendo mío. Y que todavía no he tomado ninguna decisión.