CAPÍTULO III
La segunda semana en el complejo rural, también pasó volando. Sabía qué cabañas tenían mejores vistas, qué clientes madrugaban para ver amanecer en los pinares y cuales preferían pasar la tarde leyendo junto al arroyo.
Se había aprendido los nombres de todos los trabajadores, aunque tuvieran turnos distintos. Era buena para recordar nombres.
Por las tardes, cundo terminaba el trabajo de recepción y organización, buscaba a Rodrigo en el despacho para dar el paseo habitual ya entre los dos.
Aquella tarde de septiembre el aire era fresco y olía a tierra húmeda, ya que el jardinero cuando se cerraba la piscina y los clientes estaban en sus pequeñas casas regaba el complejo.
-Cada día llegamos un poco más lejos- comento Marta a Rodrigo.
-Y cada día me canso más.
-Eso es porque te empeñas en hacerte el fuerte.
-Soy el jefe. Es mi obligación.
-No, tu obligación es curarte.
Rodrigo soltó una carcajada.
Aquella mujer era probablemente la única persona del complejo que se atrevía a llevarle la contraria sin pestañear.
Llegaron hasta un pequeño mirador de madera desde dónde se veía el bosque y las montañas teñidas por la luz dorada del atardecer.
Rodrigo apoyó las muletas en la barandilla.
-Cuando compré esto estaba arruinado.
Marta lo miró sorprendida.
- ¿De verdad?´
-Completamente, mis padres tenían las cabañas abandonadas. Tenían goteras por todas partes y no quisieron invertir en esto.
-Y ahora está lleno.
-Han sido años de trabajo, seis.
Marta observó el complejo a lo lejos.
Las luces empezaban a encenderse una a una.
Los huéspedes paseaban tranquilamente entre los jardines, haciendo quizá tiempo para la cena.
Rodrigo guardó silencio unos segundos.
-Sí. Ha merecido la pena.
Cuando volvió la cabeza hacía ella, Marta tuvo la sensación de que no estaba hablando únicamente del complejo.
Los dos apartaron la mirada casi al mismo tiempo.
Y justo entonces, sonó el teléfono de Rodrigo.
Era el encargado de mantenimiento.
-Rodrigo, tenemos un problema.
La sonrisa desapareció de inmediato.
-¿Qué ocurre?
-La caldera principal acaba de averiarse y tenemos el complejo completo para el fin de semana.
Rodrigo cerró los ojos unos segundos.
-Perfecto…, justo lo que necesitábamos.
Marta sonrió.
-Bueno jefe, parece que se acabó el paseo.
Y los dos emprendieron el camino de regreso sin imaginar que aquella avería iba a darles más de un quebradero de cabeza durante los siguientes días.
El regreso fue mucho más rápido que el de la ida.
Rodrigo avanzaba con las muletas, todo lo deprisa que podía, mientras Marta caminaba a su lado.
-No la vas a arreglar tú mismo por correr más – le recordó ella.
-Lo sé.
-Entonces, deja de poner esa cara.
-¿Qué cara?
-La del hombre que cree que el mundo se acaba porque una máquina se ha roto.
Rodrigo soltó una risa resignada.
-Esa caldera de agua, calienta a medio complejo.
-Y para eso está el personal de mantenimiento.
Y al llegar encontraron a Ernesto junto a la sala de máquinas.
Después de una revisión rápida, llegaron a una conclusión tranquilizadora: la avería era importante, pero reparable. La pieza necesaria podía llegar desde Soria la mañana siguiente.
-¿Y mientras tanto?- preguntó Rodrigo.
-Tenemos la caldera auxiliar para esta noche y para mañana por la mañana-explicó Ernesto. Aguantará perfectamente.
Rodrigo respiró aliviado.
- Pues asunto solucionado. Llámalos temprano que la traigan y la coloquen. Estate al tanto.
Marta sonrió.
-¿Ves? No era el fin del mundo.
-Aún no.
-Eres imposible.
Aquella noche, después de la cena, Marta permaneció un rato en la recepción revisando reservas.
Septiembre estaba siendo un mes excelente.
El otoño comenzaba a asomar y ya había bastantes reservas para los siguientes fines de semana. Casi completo.
Mientras trabajaba, observó por la cristalera, cómo algunos huéspedes disfrutaban de la terraza exterior bajo algunas mantas.
El ambiente era tranquilo.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba exactamente donde quería estar.
Ni el ruido de Cádiz.
Ni las prisas.
Ni los problemas de los últimos años.
Solo aquel lugar rodeado de naturaleza.
Pensando mucho.
La voz de Rodrigo la sacó de sus pensamientos.
Había aparecido con sus muletas y una carpeta bajo el brazo.
-¿No deberías estar ya descansando?
-Eso me dices tú todos los días.
-Porque deberías hacerlo.
-Y tú deberías cenar con tranquilidad en vez de seguir trabajando.
-Empate.
Rodrigo sonrió.
Aquellas conversaciones sencillas se habían convertido en una costumbre.
Una costumbre que ambos empezaban a esperar cada día.
Dos días después, llegó el fin de semana. Y con el llegaron casi todos los huéspedes que tenían reservas.
Familias, parejas, grupos de amigos comenzaron a llenar las cabañas.
El complejo volvió a tener el bullicio de los días grandes.
Marta demostró entonces, por qué había trabajado en hoteles tantos años. Organizaba entradas, solucionaba incidencias, ayudaba al personal nuevo y atendía a los clientes sin perder la sonrisa..
Varias veces Rodrigo la observó desde el despacho.
Era eficiente.
Rápida.
Resolutiva.
Y demás conseguía que todo pareciera fácil.
El domingo por la tarde, cuando el último grupo de excursión guiada regresó, Rodrigo la llamó al despacho.
-¿He hecho algo mal?- preguntó Marta al entrar.
-Todo lo contrario.
Ella lo miró.
-Eso suena peligroso.
Rodrigo abrió un cajón.
-He estado revisando las cuentas y las valoraciones de los clientes.
Le tendió varias hojas.
La puntuación media de satisfacción había subido notablemente en apenas dos semanas.
Marta abrió mucho los ojos.
-¿Tanto?
-Mucho.
-Es mérito de todos.
-No.
Rodrigo negó con la cabeza.
-Es mérito tuyo también.
Marta se quedó en silencio. Hacía mucho tiempo que nadie reconocía su trabajo de aquella forma.
-Gracias- dijo finalmente.
Rodrigo la observó unos instantes.
-No me las des. Solo digo la verdad. Está en esas hojas.
Marta se puso algo roja y él se dio cuenta.
Aquello estaba cambiando entre ellos.
Y ambos empezaban a darse cuenta.
…
Una tarde de finales de octubre, marta llamó suavemente a la puerta del despacho porque sabía que él estaba dentro.
-¿Se puede?
-Entró con una carpeta en la mano.
Rodrigo estaba revisando documentos.
Ya caminaba sin muletas. Cojeaba un poco cuando llevaba muchas horas de pie, pero la recuperación había sido excelente.
Las reservas de noviembre están al noventa y ocho por ciento.
-Eso es una barbaridad para este mes que viene.
-Lo sé.
Ella sonrió.
-Y las rutas micológicas de diciembre, ya tienen lista de espera.
Rodrigo dejó los papeles sobre la mesa.
-Si me llegan a decir hace un año que estaríamos así, no me lo creo.
-Pues acostúmbrate. La página web funciona muy bien, con el cambio y las fotos. Y el boba a boca también.
Él la observó unos segundos.
Marta llevaba el pelo recogido en una coleta alta y una encilla camisa blanca.
Nada especial-
Y, sin embargo, últimamente le costaba cada vez más apartar la mirada.
Ella lo notó y apartó los ojos
Aquello empezaba a pasarles con demasiada frecuencia..
-¿Qué estabas mirando tan concentrado?- preguntó para cambiar de tema.
Rodrigo dudó si decírselo.
-Nada importante.
-Eso significa que es importante.
Él soltó una risa.
-Me conoces demasiado.
-Es mi trabajo.
-No, eso ya no es trabajo.
Se hizo el silencio. Uno de esos silencios que llevaban semanas apareciendo entre ellos.
Silencios cómodos, pero peligrosos.
Se acercó a ella en toda su altura y se atrevió.
Se atrevió a pasarle la mano por la cintura y atraerla a su cuerpo.
Ella se puso nerviosa al momento. La subió un poco para que sintiera su longitud de hombre, dura, como un junco y cogió su mano y la metió entre sus cuerpos para que lo tocara y supiera qué le hacía, mientras él acercaba su boca a la suya. Y la besó.
Un beso profundo y suave, y ella lo siguió y se convirtió en salvaje. Sus lenguas danzaban y la mano de él sujetaba la suya para que lo tocara. Se bajó un poco la cremallera del pantalón e hizo que Marta metiera la mano sobre su miembro.
Cerró la puerta y echó las cortinas.
Iba a estallar.
Y ambos sabían que su primer secreto iba a ser en el despacho porque ya no había vuelta atrás.
Le quitó despacio los botones de la camisa y él se quitó la camiseta. Abrió su blusa y tocó con sus manos mirando los pechos turgentes y los sacó del sujetador.
-¡Ah dios Marta… joder…! He soñado con esto meses. Mordió sus pezones y ella no dejaba de tocarlo.
-Para nena, ufff. Hace meses que no hago nada- le dijo despacito en su boca de una forma erótica que Marta no podía decir que no.
La sentó en la mesa del despacho sin dejar de lamer sus pezones se bajó el pantalón y su sexo entero quedó libre. Bajó sus pantalones, quitó los zapatos de tacón y el tanga. Y allí en la mesa del despacho, se acercó a ella duro, y la penetró.
Marta se aferraba a su cuello y echaba la cabeza hacia atrás. Lo deseaba, lo necesitaba sentía su sexo moverse en las paredes del suyo húmedo, acogiéndolo. Mientras Rodrigo la besaba para apagar los gemidos de ambos y en ese movimiento, ella apretaba su trasero contra ella para sentirlo entero.
Y así los movimientos se multiplicaron en velocidad y la mesa hasta se movió de sitio cuando explotaron juntos.
¡Ah dios Rodrigo… madre mía! ¡Cuánto tiempo!
-No lo sentimos, ¿no?
Y ella negó con la cabeza.
No estamos arrepentidos porque te deseo ¿No?
Y ella volvió a negar la cabeza de nuevo.
Se vistieron y ella fue al baño.
Se echó agua en la cara colorada y ardiendo.
¿Qué había pasado?- se dijo mirándose al espejo. Resplandeciente. Feliz. Aún le palpitaba su sexo. Cuando volvió a entrar al despacho, las cortinas estaban de nuevo corridas.
-¡Estás preciosa! Ven acércate.
Y la besó.
Esta noche te quiero en mi cama.
-¿Sin preguntar?
-¿No quieres?
-Sí quiero- y él sonrió. Una vez no iba a ser suficiente.
-¿Querías ver antes de irnos a cenar lo que consideras importante?
-Claro que si.
Y le pasó una carpeta.
-Es una oferta de compra.
La sonrisa desapareció del rostro de Marta.
-¿Cómo?
-Una empresa importante de turismo rural.
Ella tardo unos segundos en reaccionar.
-¿Comprar el complejo?
-Sí.
-¿Todo?
-Todo.
Marta tomó asiento frente a él.
-¿Y qué has contestado?
-Nada.
-¿Nada?
-Todavía no.
Ella observó los documentos. La cifra aparecía destacada en la primera página.
Y era enorme. Mucho más de lo que había imaginado.
-Dios mío…
Rodrigo apoyó la espalda en el sillón.
-Con esto podría pagar toda la deuda y me quedaría dinero para montar algo más pequeño, más barato.
Marta levantó la vista.
-¿Aún debes tanto?
Él asintió.
-La ampliación de las cabañas. La zona de actividades. El spa. Los préstamos de la pandemia. Luego llegó el accidente.
Era la primera vez que hablaba con tanta claridad de sus problemas económicos.
-Pensé que estabas mejor.
-Lo estoy. Pero todavía debo bastante dinero al banco.
Marta volvió a mirar los papeles.
De repente comprendió por qué aquella oferta era tan tentadora.
No era codicia.
Era libertad.
Libertad de deudas.
Libertad de preocupaciones.
Libertad después de años de esfuerzo.
Y sin embargo, sintió un nudo extraño en el estómago.
Porque si vendía…
Ella se iría.
Probablemente volvería a Cádiz.
A otra ciudad.
A otro hotel.
A otra vida.
Y después de lo que había pasado minutos antes en el despacho…
-¿Y qué quieres hacer?- preguntó.
Rodrigo tardó en responder.
Mucho.
-No lo sé.
Y era verdad.
Por una vez en años, no sabía qué decisión tomar.
Porque la respuesta económica era sencilla. Pero la personal. Era mucho más complicada.
-¿Te quedaría algo si pagas al banco?
-Bastante ¿por qué?
-Se me había ocurrido… bah, es una tontería.
-Dime Marta.
-¿Te gusta el turismo rural?
-Sí, es algo que em encanta.
-Quizá Soria sea cara. Quizá puedas vender y comprar algo en la sierra de Cádiz, o de Huelva. Allí tienes familia, es todo más barato, podrás pedir algo al banco, pero no demasiado. Empezar con algo pequeño, que se venda… no sé…
-Eso sería cambiarme de lugar.
-¡Estás solo!
-Debo pensarlo. También puedo gestionar algo desde aquí y no ser dueño ni tener problemas.
-Cierto…
Marta ya no insistió. Pero se quedó algo triste, como él.
Después de cenar, pasaron la noche juntos, como él quería.
Rodrigo hizo el amor como si quisiera aferrarse a ella, retenerla, no tener problemas para ella, ni deudas.
Pero fue una noche de sexo, preciosa, donde las caricias, los besos los cuerpos, renacían blancos sobre los campos de Soria.
Donde el otoño encajaba en cada rincón de sus cuerpos.