CAPÍTULO IX
Ella guardó silencio.
La voz de Rodrigo era tranquila.
Sin urgencias.
Sin exigencias.
-No te estoy pidiendo que vuelvas mañana. Ni siquiera cuando nazca Hugo. Quédate en Cádiz todo lo que necesites. Descansa. Cuida de él. Y cuando quieras trabajar de nuevo… dentro de seis meses, de un año, cuando te apetezca… aquí tendrás tu sitio.
Marta lo observó sin decir nada.
-El hotel va perfectamente. No necesito que vengas a salvar nada. Quiero que vuelvas porque te quiero aquí. Porque te amo. Porque este también es tu hogar. Y porque quiero que Hugo crezca sabiendo que tiene una familia.
Los ojos de Marta empezaron a humedecerse.
-Ya tiene una familia.
-Lo sé.
Sonrió él.
-Pero me gustaría que fuese una familia completa.
Ella apoyó la cabeza en su pecho. Durante un tiempo ninguno habló.
-No puedo prometerte nada todavía- susurró ella.
-No te lo pido.
-Tengo miedo.
-Yo también.
-Eso no ayuda mucho- dijo ella.
-Lo sé.
-Eres un desastre.
-Desde que te conocí.
Ella terminó riéndose de verdad.
Y aquella risa valió más que cualquier respuesta. Porque Rodrigo comprendió que la estaba recuperando.
No con insistencia
No con palabras.
Sino con paciencia.
Y ella pensó por una vez en la posibilidad de volver. No por obligación, ni por Hugo. Sino porque lo amaba, amaba al hombre que estaba a su lado.
…
Esta vez, cuando se fue sola de Setenil, se fue llorando. Pero no la vio llorar, fue al salir del pueblo, cuando ya lo echaba de menos.
Fueron cinco días intensos en los que lo amó intensamente, como antes y él no le pedía nada, solo estar ahí, y Marta pensó que ya era hora de perdonar, de volver a sr feliz, de que no podía arrebatarle ese tiempo con su hijo, mientras ella lo disfrutaba.
Sabía que la echaba de menos, que se quedaba solo, que solo le faltaba ella y su hijo, que verdaderamente eran una familia y que quizá ella estaba siendo demasiado intransigente y terca y además sufría también.
Esos días fueron decisivos.
Y mientras iba camino de Cádiz, lo supo, supo que debía estar a su lado, que no sería justo para ninguno de los dos.
Y sabía qué debía hacer.
Hablar con su madre. Estaba ya le decía que lo perdonase que el tiempo pasaba y que sabía que lo quería.
Hablar con su amiga María y sabía que iban a salir a celebrarlo.
Irse del trabajo, aunque debía trabajar quince días más.
Y dejar el piso alquilado.
Hacer las maletas y volver al lugar que crearon juntos, a ese hogar que él el proporcionaba.
Pero nunca le diría nada.
Llegaría con todas sus cosas en el monovolumen y de sorpresa.
Y así lo hizo.
Su madre se alegró y le dijo que era lo que debía hacer, que estaban cerca e iría a verla y sobre todo a ayudarle cuando naciera su nieto. Y estaría con ella en el hospital.
María como suponía. Dijo que había que celebrarlo, como no podía beber, fueron de cena y tapitas.
Trabajó los quince días de rigor, habló con su casero. Y preparó sus maletas y cajas. Su madre le ayudó con todo.
Y diecisiete días después de haberse ido, iba de vuelta.
Para siempre.
Al hogar.
Con el amor de su vida.
A los ojos grises.
Dejando el pasado atrás.
Llevando un futuro a ese pueblo de casas blancas, cuestas y vistas.
Habían hablado la noche anterior como si tal cosa y cuando la vio llegar…
-Marta. ¿Qué pasa?
-He vuelto- Dijo ella.
-¿Para siempre?
-Si no me echas…
-¡Qué tonta eres!, cómo voy a echarte. Jamás en la vida, ven aquí pequeña -y la subió en alto y la beso- eres mi niña, te amo tanto... hoy es el día más feliz de mi vida.
-¡Ay que peso mucho Rodrigo!
La primavera despuntada en todos lados, blanca y rebosante de colores, cuando de mañana al levantarse, Marta rompió aguas.
Tuvo a su hijo en el hospital de Ronda, el más cercano, parecía que Hugo quería salir de prisa a ver el mundo y así fue.
…
Hugo, ya no era un bebé. Tenía edad suficiente para correr, preguntar por todo y obligar a Rodrigo y a Marta a perseguirlo constantemente.
Había cumplido el mes anterior cinco años y era el vivo retrato de su padre. Incluso los ojos grises.
Después de varios años en Setenil de las Bodegas, en la sierra de Cádiz, con el hotelito El altozano funcionando bien y una vida estable, decidieron hacer algo que llevan mucho tiempo posponiendo: volver a Soria.
Unos días de Vacaciones.
Volver al origen.
Visitar el complejo.
Alojarse allí.
No porque hubiera nada pendiente, sino porque precisamente ya no tenían cuentas que saldar con el pasado.
…
La carretera atravesaba los campos castellanos bajo un cielo inmenso.
Marta observaba el paisaje por la ventanilla del coche, mientras Hugo dormía en el asiento trasero.
-Hace años, pensé que nunca volvería aquí, mi amor- le dijo a Rodrigo.
-Yo pensaba lo mismo. Y mira ahora.
-Ahora volvemos de vacaciones- sonrió Marta.
Volvían porque querían.
No porque necesitaran trabajo. Eso tenían de sobra en Cádiz.
Tampoco huían de nada.
Ni estaban perdidos.
Era por recordar dónde se conocieron.
Cuando ella iba llena de caracolas.
…
El complejo la Acenilla apenas había cambiado. De nombre sí, ahora era: Las casitas de Soria.
Algunas mejoras, nuevas instalaciones.
Árboles más altos.
Pero seguía siendo el mismo lugar maravilloso donde se habían conocido. Donde habían discutido. Donde se habían acercado poco a poco y dónde él tuvo que decidir.
Y nunca se arrepintió de su decisión.
Allí se habían enamorado sin darse cuenta.
Hugo corría por el jardín nada más llegar.
-¡Mamá! ¡Papá!¡Mirad esto!
Rodrigo y Marta intercambiaban una mirada con sonrisa. Porque para Hugo no era un jardín, era una aventura.
Igual que ellos años atrás.
…
Aquella noche, después de acostar al pequeño, salieron a pasear como cuando vivían allí.
Las luces del complejo iluminaban suavemente los caminos.
Todo parecía más pequeño de lo que recordaban.
O quizá eran ellos los que habían crecido.
Llegaron al viejo banco.
El mismo.
Marta se rio al verlo. No esperaba verlo allí aún.
-No me puedo creer que aún siga aquí.
-Yo sí, es mas duro que nosotros.
-Eso es imposible.
Rodrigo se sentó y tiró suavemente de su mano para sentarla a su lado. Le echó el brazo por encima y la besó, suave y después sin nada de suavidad.
Después guardaron silencio durante algunos minutos, disfrutando de la noche de primavera fresca de junio.
-¿Te acuerdas de cuándo llegué?
-Claro- dijo Rodrigo. Me enamoré al instante de una pequeña andaluza y tu acento.
-Pensaba quedarme unas semanas.
-Y yo pensaba que eras demasiado cabezota para durar mucho tiempo aquí.
-Era cabezota.
-Sigues siéndolo.
Marta le dio un pequeño golpe en el brazo y Rodrigo se rio.
La miró como mira un enamorado. Como había hecho cientos de veces.
Como si todavía le sorprendiera encontrarla allí. Donde vivieron parte de su amor.
-¿Sabes qué es lo mejor de todo?
¿Qué?
Marta contemplaba las luces de la Acenilla.
Pensaba en Soria.
En Cádiz.
En Setenil.
En Hugo.
En todas las vueltas que había dado su vida.
Y negó despacio con la cabeza.
-Que nada salió como había planeado.
Rodrigo sonríe.
-Menos mal.
El silencio volvió a envolverlos y comprendieron ambos, algo sencillo.
Ya no estaban construyendo una vida.
La habían construido.
…
En ese momento sonó el teléfono.
Una videollamada.
María que se había quedado al cargo del Altozano en Setenil.
-Perdonad que os moleste parejita.
-¿Qué ha pasado?- preguntó Rodrigo.
-Nada grave. Solo quería enseñaros algo.
Giró la cámara. El hotel estaba lleno. Las mesas del comedor ocupadas.
La terraza iluminada.
Los clientes cenando y riendo.
El sueño que habían levantado entre todos seguía funcionando incluso cuando ellos estaban lejos.
Marta notó cómo la mano de Rodrigo buscó la suya y la apretó.
Cuando María colgó encantada, permanecieron sentados un rato más. Mirando la noche.
Mirando el lugar donde todo había comenzado.
Y comprendieron que, a veces, la vida te lleva exactamente a donde necesitas estar.
Sólo que por caminos distintos a los que imaginaban.