Llegaste de imprevisto Capítulo 33
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Capítulo 33

Si la boda fue espectacular, la luna de miel no lo fue menos. No hicimos un gran viaje de esos en los que tienes que estar muchas horas en el avión.

Entre otras cosas porque, con mi embarazo, no queríamos arriesgarnos a que cogiera algún virus o algo extraño en países exóticos. Eso lo dejaríamos para más adelante.

Mi marido había alquilado una villa en la isla de Tenerife, con todo lo que pudiéramos imaginar, empezando por un jacuzzi .

Uno que, la primera noche que llegamos, nada más soltar las maletas y aprovechando que la inmobiliaria nos lo había dejado todo preparado, no dudamos en utilizar.

Ahí fue nuestra primera vez del viaje. No teníamos que reprimirnos, puesto que la siguiente vivienda estaba a un kilómetro de distancia, así que no nos oiría nadie.

Mi marido tenía la habilidad de hacerme gritar de placer cada vez que manteníamos relaciones sexuales, y no una vez, sino bastantes más.

Decidimos que ya tendríamos tiempo, en otra ocasión en la que viniéramos con los niños, de visitar la isla. En ese momento, preferíamos disfrutar de nosotros y de todo lo que ofrecía la villa.

Os prometo que, si no estuviera ya embarazada, volvería de este viaje gestando trillizos, por lo menos, porque no parábamos en todo el día.

Eso que me había sucedido con el embarazo de Dara, que me moría de sueño y me quedaba dormida por las esquinas, con este no me estaba pasando.

Más bien todo lo contrario. Como decía mi hermana, las hormonas me habían despertado un apetito sexual que, aunque con David no era como con Nacho, pues era acercarse y ponerme a tono, se había intensificado todavía más.

Estuvimos una semana allí, que se me hizo de lo más cortita, y ahora, durante dos semanas más, estaríamos en la playa con el resto de la familia.

Se me olvidó decir que, en la boda, junto a Dara, iba Cloe, la niña que mi marido salvó de esa enfermedad tan innombrable y que se había hecho íntima amiga de mi hija.

Os lo cuento ahora porque, si no, no vais a entender que ella y sus padres también estuvieran en el cortijo, esperándonos a nosotros.

Tenía una noticia que darles a todos, que tan solo sabíamos mi marido y yo, y es que, uno de los días de la luna de miel, no me encontraba demasiado bien y acudimos al hospital.

Por suerte, no era nada preocupante, tan solo un poco de infección de orina, algo muy común en el embarazo y que ya me había sucedido también con el de Dara.

Gracias a eso, nos dieron una de las mejores noticias que podían darnos. Íbamos a ser padres de gemelos, dos niños, para ser exactos, y, de inmediato, supimos los nombres que llevarían.

—¡Ya estamos aquí, familia! —grité, nada más abrir la puerta.

—Parece que no hay nadie, mi amor.

David me dijo eso levantando ambas cejas, y yo sabía lo que me estaba queriendo decir, pero nuestro gozo se fue al pozo cuando apareció mi hermana, que entraba desde el jardín.

—Ya quisieras tú, cuñado.

—Joder, Valeria, que eres como un ninja, no sabes por dónde vas a salir.

—Claro, es que acabo de salir de la academia. Cinturón marrón en ninjalogía, me han dado.

Los dos soltamos una carcajada y le dimos un abrazo. Mi hermana nos explicó que estaban todos fuera, metidos en la piscina, porque hacía un calor de muerte ese día.

—Vamos a soltar las maletas y a ponernos el bañador, que me muero por darme un chapuzón —me dijo mi marido.

—Sí, sí, tú quieres sumergirte, pero no en la piscina, sino en el interior de mi hermana. Desde luego, chicos, cuando nazca este niño, hazte una ligadura de trompas —dijo mi hermana.

—¿Por qué dices eso, cenutria? —pregunté, negando con la cabeza.

—Porque terminarán poniéndote una cremallera en el chichi, para que lo tengas más fácil al salir los niños.

No pude reprimir la risa, al igual que mi marido, que se tuvo que sentar, de lo convencida que lo había dicho.

—¡Ay, Alexia! Por un momento, he visto al ginecólogo abriendo la cremallera y sacando al niño.

—Una gracia, vamos, para que eso se oxide y me entre algo en la sangre.

—En la sangre, no sé, pero en otro lado te va a entrar una cosa dentro de un rato. Id tranquilos, que nadie se ha dado cuenta de que habéis llegado —respondió mi hermana, negando con la cabeza.

Mi marido y yo nos miramos, pusimos una sonrisa y salimos corriendo escaleras arriba.

Antes de irnos, en cuanto tuvimos las imágenes del interior del cortijo, les dijimos cuál sería nuestra habitación, por lo que tan solo teníamos que buscar cuál era.

Ni tiempo me dio a entrar del todo en el dormitorio cuando mi marido ya me tenía pegada a la puerta, con los pantalones bajados y mis piernas enrolladas en su cintura.

Fue un «aquí te pillo, aquí te mato» en toda regla, pero que me supo como el mejor de los encuentros sexuales, pues el morbo de que se pudieran dar cuenta de que habíamos llegado hizo que nos pusiéramos más.

Nos dimos una ducha rápida, en la que volvimos a dejarnos llevar, y nos ataviamos con el bañador antes de bajar a la piscina.

—Joder, cada día que pasa tengo más barriga. Como siga así, cuando esté de siete meses, va a llegar el vientre a la esquina antes que yo.

—Lo que estás es cada día más bonita, que no se te olvide.

—Eso lo dices ahora. Cuando parezca un tonel, ya verás como no piensas lo mismo.

No sé por qué, pero en ese momento me acordé de las palabras que me decía Nacho con el embarazo de Dara, y me entró una pena horrible por el cuerpo, hasta el punto de que empecé a llorar de manera descontrolada.

—Mi amor, yo no soy él, y creo que ya te lo he demostrado. Para mí, aunque pesaras ciento veinte kilos, seguirías siendo la mujer más bonita del planeta.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo y te lo aseguro. Ahora, vamos a bajar a ver a la niña, que seguro que está como loca por vernos.

—Sí, pero espera que me limpie la cara, que no quiero que mi familia piense lo que no es.

—Tu familia sabe cómo soy, así que pierde cuidado con eso.

Efectivamente, en cuanto bajamos y mi madre me vio la cara, después de darme un abrazo, lo primero que hizo fue decirme lo mismo que había dicho David en el baño.

—Alexia, no todos los hombres son iguales. Así que haz el favor de dejar de pensar de esa manera, porque tu marido te adora, mi niña.

—Eso mismo te iba a decir yo, nuera mía. Mi hijo besa el suelo por el que tú pisas, y te ha visto embarazada de Dara. Es más, te conoció en ese momento.

—Es verdad, me había olvidado de eso.

Sonreí, pues no merecía menos. Cuando mi marido se acercó a mi lado, me cogió la mano y me dejó un beso en la mejilla.

—Creo que ha llegado el momento de contar las novedades.

—Sí, que se me había olvidado con todo el trajín.

—¿Ya sabéis el sexo del bebé? —preguntó mi suegra.

—Sí, lo sabemos, y queremos compartirlo con vosotros.

—¿Es una niña? —preguntó mi hermana.

—No, no es una niña.

—Entonces, ¿un niño? —preguntó mi padre.

—Tampoco es un niño.

—Hija mía, entonces, ¿qué vas a tener, una batidora? —dijo mi madre.

David y yo nos miramos y soltamos una carcajada por la manera en la que mi madre me había dicho eso y por la cara de todos, expectantes ante nuestra respuesta.

—¡Son dos niños! —exclamamos los dos a la vez.

—¿Mellizos? —preguntó Dayron.

—No, gemelos, y están los dos perfectamente, que ya nos lo han confirmado.

—Ay, qué alegría, de verdad.

—Y también tenemos los nombres de los niños.

—Joder, en una semana lo que habéis adelantado, y después la que corre soy yo —dijo mi hermana.

—Se llamarán Juan Carlos, como sus dos abuelos, y Alberto, como su tío, que tanto nos ha ayudado.

Todos los que estaban allí presentes se emocionaron mucho. En primer lugar, mi padre y mi suegra, ya que, para David, su padre fue su abuelo, el padre de su madre, porque fue el que lo crió y le dio los valores que tenía.

Después de eso, nos sumergimos todos en el agua, de donde no habían salido las niñas, que ni se habían percatado de nuestra presencia.