Llegaste de imprevisto Epílogo
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Epílogo

Quince años después…

Nuestra vida en estos quince años había cambiado muchísimo, pero no en el tema sentimental, porque David, mi marido, y yo seguíamos tan enamorados como el primer día.

Dara, nuestra hija mayor, ya tenía casi veinticinco años y había seguido los pasos de su padre, porque, aunque no fuera su hija biológica, ella así lo sentía.

David la adoptó cuando tenía doce años, tras leer su deseo de Navidad, ese que todos escribíamos en un papel y metíamos en una bola del árbol.

Aquel día, mi hija puso que su mayor deseo era ser igual que sus hermanos y llevar el mismo apellido que ellos, y su padre no se lo pensó.

Me pidió autorización para hacerlo, y le dije que, para mí, lo había sido desde el minuto uno. El día de Reyes, metido en un sobre, le dejamos la documentación que indicaba su cambio de apellidos.

Mi hija lloró, abrazada a David, que no lo hizo menos, diciéndole que ahora sí, ahora podía llamarlo papá con todas las de la ley.

Como habrás comprobado, no habíamos tenido más hijos, al menos hasta ese momento, en el que le tenía que dar una noticia a mi marido, pero esperaría al final del día, porque estaba atacado con todo lo de la boda.

Nuestra niña ya era toda una mujer, y hoy contraía matrimonio con Álvaro, un chico estupendo que trabajaba con ella en el hospital.

En esta ocasión, se habían invertido los papeles, porque mi hija era pediatra y él era enfermero.

Sus hermanos todavía estaban en el último curso de secundaria, aunque tenían claro que ninguno de los dos quería tener nada que ver con el tema sanitario.

Ellos veían una aguja y caían desplomados. Por eso, uno quería ser ingeniero industrial y el otro ingeniero informático. A nosotros nos daba exactamente igual a lo que se dedicaran, mientras fueran personas íntegras y felices.

Mi hermana se casó con Alberto, pero se separaron poco tiempo después. Según ella, no se entendían, pero la realidad era otra muy diferente: se había enamorado de un nuevo juez que llegó a la ciudad.

Pero, lejos de apartar a su yerno de la familia, mis padres lo arroparon como a un hijo más. De hecho, era uno de los padrinos de mis hijos, ya que la madrina fue Mercedes.

Mi hermana había abandonado su trabajo en el bufete en el que lo hacía y se trasladó a Madrid con su nueva pareja. Eran padres de una niña, Alexia, que contaba con siete años.

Alberto también había encontrado el amor en Inés, mi compañera del hospital. Fue amor a primera vista por ambas partes.

Aunque al principio no querían coincidir, con el tiempo ambos aprendieron a ser amigos y, ahora, se llevaban muy bien.

Lucrecia había fallecido hacía dos años, después de ejercer de abuela maravillosa durante todo ese tiempo. Se ganó la confianza de todos y, cuando murió, fue un duro varapalo para la familia.

Mi suegro también había fallecido, pero en la cárcel y de una paliza. Se supone que los padres de una de las chicas que él había matado buscaron a alguien que le diera un escarmiento, uno que terminó por acabar con su vida.

Jamás pidió perdón, jamás mostró una pizca de arrepentimiento o compasión, y eso hizo que no volviera a pisar la calle, ni siquiera con un permiso.

Nuestros hijos habían sido los herederos de todo lo de su abuela y, cuando digo nuestros hijos, me refiero a los cuatro: sus dos biológicos y los dos que habíamos tenido David y yo.

Daniel tenía dieciséis años y había sido un niño ejemplar, en todos los sentidos. Su padre le inculcó unos valores y le dio una educación que muchos padres querrían para sus hijos.

Le costó volver a fijarse en una mujer y, cuando lo hizo, volvió a enamorarse como un loco. Aunque, eso sí, decía que jamás como lo había estado de Sofía.

La afortunada fue Susana, una camarera que entró a trabajar en el bar de enfrente de la comisaría en la que trabajaba.

Cuando lo hizo, Daniel ya contaba con casi nueve años, y tuvo en ella la figura materna que tanto necesitaba.

Dayron no le ocultó en ningún momento que era padre soltero, y la puso al día de su historia con Sofía, el amor de su vida, como él la llamaba.

Susana no se lo tomó a mal. Lo único que le pidió fue que no la comparara con ella, que, si en algún momento veía que lo suyo no iba a ninguna parte, fuera honesto con ella, y seguiría siendo su amiga.

Otros que seguían juntos eran Abel y Mercedes. Aunque nuestro amigo no pidió el traslado a oficinas como hizo su compañero, sí que dejó el trabajo de campo para dedicarse a la patrulla.

Según él, ahora no podía estar tantos días fuera de la ciudad, sin tener contacto con su mujer, aunque no se habían casado nunca. Él la llamaba así.

El motivo fue que el exmarido de Mercedes no firmó nunca el divorcio y, aunque podrían haberlo hecho después, cuando tuvo el accidente en el que murió, ya se habían acostumbrado.

Otro de los motivos fue que, si lo hacían, mi amiga perdería la pensión de viudedad que le había quedado y con la que contaba todos los meses, lo que le permitió reducir su jornada laboral a la mitad cuando nació su hijo.

Abel tenía doce años y era un trasto, como su madre. Cuando se juntaba con la niña de mi hermana, había que echarse a temblar. Menos mal que eso ocurría en contadas ocasiones, o nos volverían locos a todos.

Estaba subiendo las escaleras de mi casa para llegar hasta la habitación de Dara, que era donde se estaba vistiendo de novia.

—Estás preciosa, mi vida.

—No tanto como cuando te casaste tú.

—No digas tonterías, tú eres mucho más bonita…

—Pero bueno, si están aquí las dos mujeres de mi vida. ¿Qué os parece? —dijo David, dando una vuelta sobre sí mismo.

—Me parece que mi madre debe tener mucho cuidado contigo, que mis compañeras de universidad dicen que tú eres un madurito cañón.

—Que se atrevan a acercarse, que les parto la cara a todas —contesté, acercándome a mi marido para darle un beso.

—Lo mismo soy yo el que debe tener cuidado con ella, que mira el cuerpazo que tiene tu madre.

—Eso también, porque los amigos de Álvaro no paran de decirme lo buena que está mi madre. Yo no digo nada…

—Sí, hija, tú no dices nada, pero lo dices todo —le contestó su padre.

Dara se parecía mucho a mí, pero también tenía algo de Nacho, aunque ella decía que había sacado el genio de su padre, refiriéndose a David.

—Mamá, papá, antes de salir para la iglesia, me gustaría daros las gracias.

—¿Las gracias por qué, Dara?

—Por todo lo que habéis hecho por mí, por darme la familia que tenemos, que es la mejor del mundo, y por quereros como el primer día. Tan solo le pido a la vida que me deje vivir un amor como el vuestro.

—Con menos sobresaltos, hija, por favor te lo pido.

Estábamos hablando de eso cuando llegó mi madre, junto a la de David, para ver a la novia, decían.

—Mira qué bonita va nuestra nieta, Rosa —le dijo mi suegra.

—Ni que lo digas, y sexi, aunque no tanto como su madre. A lo de sexi me refiero.

—Abuela, es que para ponerse el vestido que se puso mi madre hay que tenerlos bien puestos, y yo no me atrevería, me moriría de vergüenza.

—Hija, mientras sea porque tú lo decidas, ponte un edredón a modo de vestido de novia, si quieres, pero no dejes nunca que nadie te diga lo que tienes que hacer —le aconsejé.

—Mamá, eso me quedó claro desde que era pequeña, y lo llevo tatuado a fuego.

—Pues tatúate, también, que esta siempre será tu casa y que, ante lo más mínimo, no dudes en volver, que te acogeremos con los brazos abiertos —le dijo David.

Vi cómo mi suegra y mi madre se miraban. Justo después miraban a Dara, y volvían a entrecruzar la mirada entre ellas.

—Ya mismo me estáis diciendo lo que estáis pensando —les dije, con las manos en la cintura.

—¿Seguro que quieres saberlo? —preguntó mi madre.

—Hablad ahora o callad para siempre.

—Está bien, tú lo has querido. Luego no nos digáis que hemos sido unas bocachanclas, que nosotras no queríamos decir nada…

—Arg, mamá, por favor, que hables ya.

—Pues pensamos que tío y sobrino se llevarán muy poco tiempo de diferencia.

—¿A qué te refieres? —preguntó David, mientras Dara y yo nos mirábamos, preguntándonos con la mirada si era cierto lo que las abuelas decían.

—Ay, hijo, qué inteligente eres para unas cosas y qué torpecito para otras —dijo Carmen, como si fuera algo de lo más evidente.

—Yerno, que vas a ser padre y abuelo con muy pocas semanas de diferencia.

Ahora fue el turno de David, que nos miraba alternativamente a las dos…

—Papá…

—David…

—No, no quiero escuchar ninguna excusa barata. ¿Por qué siempre me tengo que enterar de esta manera?

—A nosotras no nos eches la culpa, que ha sido tu mujer la que ha insistido en que habláramos.

—Yo no te lo he dicho porque estabas nervioso con la boda —le dije.

—Y yo no lo he hecho porque pensé que el primero que tendría que saberlo era el padre, y se lo iba a decir después de la ceremonia, durante las fotos —se excusó mi hija.

En un momento dado, ambas giramos la cabeza y vimos a David llorando como un bebé. Pensamos que le había dolido que ninguna le dijera nada, pero no, lo hacía de emoción.

—Venid aquí, que os dé un abrazo y un beso a ambas.

Las dos fuimos a abrazarlo, y nos dejó un beso a cada una en la cabeza, antes de hablar.

—En cuanto a ti, espero que sea una niña, la consentida de su abuelo. Y tú, pues quiero otra niña, así empataremos a dos.

—Te quiero, David. Llegaste de imprevisto a mi vida y has sido lo mejor que me ha pasado.

—Yo también te amo, y juntos seremos capaces de enfrentarnos a todo.