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Capítulo 32

David

Había llegado el día de la boda y, tanto mi madre como yo, nos vestimos en casa de Dayron, que se ofreció para que lo hiciéramos allí.

Alexia lo haría en nuestra casa, junto a su padre y la niña. Mi tía decidió que se quedaría con ella, al igual que Mercedes, que, aunque se vistió en casa de Lucrecia, se dio patadas en el culo para irse con su amiga.

Mi madre me había dicho que me iba a caer de culo en cuanto la viera, porque no podía estar más bonita y sensual.

Por mucho que insistí, ninguna de las dos quiso decirme cómo era el vestido. Alexia tan solo me dijo que llevara un bóxer que me quedara apretadito, porque me iba a llevar excitado desde que la viera hasta que nos marcháramos al hotel.

Para que eso sucediera tampoco es que tuviera que hacer mucho, porque, incluso con ese pijama de ositos de invierno que se ponía, me parecía la mujer más sexi del mundo.

—Venga, hijo, que al final saldrá la novia antes de que llegues tú.

—Sí, a ver si, estando allí, se me quitan los nervios.

Salimos de la casa de Dayron, junto a él y a nuestro amigo Abel. El niño se había quedado con su abuela esa noche, ya que nosotros habíamos quedado para cenar allí y tomar una copa.

Cuando entré en el jardín, estaba precioso. La empresa que habíamos contratado había colocado un arco de flores a modo de altar, con una mesa de metacrilato delante.

A cada lado de esa especie de atril había dos bancos, uno para los novios y otro para los padrinos.

Hasta el altar llegaba un camino de flores blancas, las mismas que adornaban las sillas que flanqueaban el pasillo, y en las que ya estaban sentados todos los nuestros.

—Vaya novio guapo, sí señor —me dijo Valeria.

—No me pongas más nervioso, por lo que tú más quieras.

—Vamos, como si no hubierais estado en la misma cama hace dos noches, cuñado.

—Sí, pero eso no tiene nada que ver, te lo aseguro, y lo comprobarás cuando te cases.

Valeria me miró como si estuviera loco, y eso me hizo soltar una carcajada. Ella era así, capaz de encontrar un motivo para cambiar la tensión del momento por unas risas y hacer que te olvidaras de todo.

En ese momento, con mi madre a mi lado y con la persona que nos iba a casar detrás del atril, la vi.

Decir que venía sexi era quedarme demasiado corto, a pesar de que se le notaba esa curvita que indicaba que nuestro hijo estaba creciendo en su interior.

Llevaba un vestido que era prácticamente transparente, aunque luego me enteré de que tenía un forro del color de la piel, con algunas piezas de encaje que tapaban las zonas más estratégicas.

—Por favor, ¿se puede estar más sexi que mi hermana? —preguntó Valeria.

—Pues no, porque todo en ella rezuma poder y sensualidad —le contestó Lucrecia.

Esperé hasta que llegó a mi lado, pues todavía no había visto la espalda, que venía completamente descubierta y quedaba a la vista gracias a que Alexia se había recogido el pelo en un lateral.

—Me tiemblan hasta las pestañas, cualquiera diría que esto ya lo había hecho antes.

—Sí, pero las circunstancias no eran las mismas.

—Pues también es verdad. Estás guapísimo.

—Tú… estás arrebatadora.

—Espero que me lo demuestres después. Lo arrebatadora que estoy, digo.

—En cuanto todo el mundo esté distraído, ya te diré yo a ti.

Alexia soltó una carcajada, y no había cosa que me gustara más que eso: escucharla reír, verla ser feliz.

La ceremonia fue cortita y, casi sin darnos cuenta, llegó el momento de nuestros votos. La primera en decirlos fue ella, por expreso deseo de Alexia.

—David, mi amor. Podría decir muchas cosas de nosotros como pareja, de ti como novio y como padre, pero sería gastar palabras en vano, pues todo el mundo lo sabe.

—Hija, pero siempre es bonito que te lo digan —dijo Valeria, desde su asiento.

Alexia no le contestó y continuó hablando como si su hermana no la hubiera interrumpido. Eso sí, le echó una mirada que hizo que Valeria guardara silencio de inmediato.

—Gracias por sostenerme cuando ni yo misma me aguantaba, por mostrarme que, por encima de todo, eres mi mejor amigo. Por ser el padre que Dara necesitaba, pero, sobre todo, por ser mi amante, mi compañero de vida y la persona con la que quiero hacerme viejecita.

A estas alturas, las lágrimas ya corrían por mis mejillas sin control, al igual que las de todos los asistentes a la boda.

Y ahora era mi turno. Me había preparado un discurso, pero, llegado ese momento, decidí hablar desde el corazón y dejar a un lado todo lo que había escrito.

—Alexia, me diste esperanza cuando pensaba que mi vida estaba acabada. Me regalaste una niña a la que quiero como si fuera mi hija biológica, pero lo más importante es que confiaste en mí cuando todo indicaba que no debías hacerlo.

Hice referencia al momento en el que, estando encerrada, Nacho le enseñó unas fotografías de Davinia conmigo, como si estuviéramos liados, cuando no era así.

—Te quiero, mi vida, y, juntos, vamos a formar una familia preciosa.

Después de eso, nos intercambiamos los anillos y nos dimos un beso que, lejos de ser políticamente correcto, como el que ella se dio con Nacho el día de su boda, dejó claro todo lo que nos hacíamos sentir el uno al otro.

De ahí pasamos a hacernos algunas fotos, de las que se encargó Abel, cuya afición era la fotografía, y que se ofreció para hacerlo.

En la otra parte del jardín habían puesto una carpa con varias mesas, donde se serviría el catering que habíamos contratado y donde pasaríamos también a la zona de copas.

Tal y como le había dicho a mi mujer, en cuanto todos estaban distraídos con las copas y el baile, y aprovechando que Alexia iba al baño, me fui detrás de ella.

—¿Pensabas que se me había olvidado lo que te dije?

—David, que nos están esperando…

—Pues que esperen, que ya saldremos.

La sorprendí por detrás, pegándola a mi pecho y dejando que notara cuánto la deseaba. En esa postura, empecé a besarla por el cuello, que era algo que a ella la ponía como una moto.

Hice que sintiera mi excitación en la parte baja de su espalda y me di cuenta, por el gemido que soltó, de que ella también estaba igual. No sé si era por pensar que había gente fuera y que nos podían escuchar, o porque era nuestra primera vez desde que nos habíamos casado, pero así fue.

Le levanté la falda del vestido, enrollándola en su cintura, abrí mi pantalón lo suficiente para sacar mi miembro y la penetré de una sola estocada.

—Ay, por favor, David, no pares, te lo ruego.

—No pienso hacerlo y esto es tan solo un adelanto de lo que nos espera esta noche en el hotel.

Ver su cara de placer reflejada en el espejo hizo que me corriera mucho antes de lo que esperaba, pero no sin que mi mujer llegara al orgasmo.

Cogí una toallita húmeda y me dispuse a limpiarla. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que no llevaba ropa interior.

—Me cago en la leche, Alexia, que ya me has puesto duro otra vez.

—¿Qué he hecho yo ahora?

—¿Te parece poco no llevar ropa interior?

—Chico, pero digo yo que de eso te habrás dado cuenta antes.

—Pues no, lista, tenía tantas ganas de follarte que ni me he fijado.

—Bueno, eso tiene fácil solución.

Se sentó en el mueble del lavabo, con su vestido que continuaba enrollado en su cintura, y abrió las piernas.

Ver su sexo, húmedo de nuevo, reluciente para mí, y cómo ella empezaba a tocarse, hizo que me lanzara como si estuviera hambriento, y lamí, mordisqueé y succioné hasta que se corrió en mi boca.

Acto seguido, y en la misma postura, la volví a penetrar. Esta vez fue un poquito más largo, pero no mucho más que antes.

—David, no puedo aguantar más.

—Hazlo, córrete para mí, que yo lo haré contigo.

Y así fue. Tal y como pronuncié esas palabras, mi mujer alcanzó un orgasmo que tuve que acallar con mi boca, o todo el mundo escucharía cómo se estaba corriendo, llevándome con ella.

Tardamos unos minutos más en salir, puesto que nos tuvimos que recomponer, pero lo hicimos con una sonrisa que nos delató; eso no podíamos negarlo.

—Hermanita, las hormonas te deben de tener revolucionada, porque no veas la cara de recién…

—Calla, loca, que está la niña cerca.

—Mami, ¿qué iba a decir la tía?

—Cara de recién casada, mi vida, eso es lo que la tía Valeria le quería decir a tu madre.

—Pues no veo dónde está lo malo en eso.

Esta niña nos iba a poner en más de un compromiso como ese, lo tenía claro, pero, a pesar de todo, me resultaba adorable.