Llegaste de imprevisto Capítulo 31
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Capítulo 31

Ya estábamos instalados en la que había sido mi casa hasta que me divorcié de Nacho.

Dayron también había hablado con los inquilinos de la propiedad de Daniel, llegando a un acuerdo de manera inmediata.

Tanto él como yo alquilamos nuestros pisos antes de marcharnos a vivir a los chalés y, cada uno por su lado, había decidido que ese dinero lo invertiríamos en los niños.

—Mami, ¿a qué hora llegan todos los demás?

—Pues, si no me equivoco, tienen que estar al llegar.

—¿Mercedes también viene? —me preguntó David.

—Me dijo que sí, que había conseguido cambiar el turno y que venía del trabajo para acá, directamente.

Pues sí, mi amiga llevaba viviendo con Abel desde que volvimos de Carmona, y había encontrado trabajo como recepcionista en una clínica dental.

Ese día, al ser sábado, le tocaba trabajar, encima por la tarde, pero consiguió que su compañera le hiciera el cambio.

Ella trabajaba de lunes a sábado, ya que el domingo tan solo tenían servicio de urgencias, y ahí no había recepcionista, pues se acudía por cita telefónica.

Mis padres también venían, al igual que Lucrecia, a la que decidimos invitar para que pasara el día con los niños, además de mi hermana y mi cuñado, que nos dijeron que tenían una noticia que darnos.

Nos quedaban tres semanas para la boda, por lo que, al final, con todo lo de la casa y demás, decidimos que nos iríamos de viaje de novios a la playa.

Veréis, no es que nos fuéramos a ir de luna de miel con toda la familia, pero sí haríamos una segunda parte con ellos.

La primera parte del viaje era sorpresa, ya que David se había encargado de todo y no me había dicho nada.

No lo sabía nadie, ni siquiera los chicos o mis padres, pues decía que se les podía escapar a alguno y echar a perder todo su esfuerzo.

La segunda parte, esa sí que la sabíamos todos. Habíamos alquilado un enorme cortijo en la costa andaluza, a diez minutos andando de la playa, donde nos reuniríamos con nuestros amigos.

Al final, nos casábamos el treinta de agosto, que fue la fecha más cercana a la que queríamos hacerlo. Tan solo estarían nuestras familias y nuestros amigos más cercanos.

Por eso, decidimos que nos casaríamos en el jardín de casa, ya que no éramos más de veinte personas, y allí podríamos hacer lo que nos diera la gana.

Eso sí, nuestra primera noche de casados la pasaríamos en un hotel cercano, los dos solos, donde permaneceríamos dos días antes de salir de viaje de novios.

—Alexia, corazón, ¿dónde pongo esto? —me dijo la madre de David.

—¿Eso es la carne? Pues ponla junto a la barbacoa.

No os he contado cómo fue mi encuentro con Carmen, la madre de mi chico y mi futura suegra.

Nada tenía que ver con mi encuentro con Lucrecia, que me miró de arriba abajo el primer día, con esa prepotencia que, por suerte, había desaparecido.

Carmen, al igual que su hermana, que también había llegado para la boda, lo primero que hizo fue darme un abrazo y darme las gracias por hacer feliz a su hijo.

Mi hija Dara pasó de tener una sola abuela a tener cuatro, porque a la tía de David también la llamaba de ese modo.

Para ella, todos éramos familia, aunque no tuviéramos la misma sangre. Llamaba tíos a nuestros amigos, y tía a Mercedes, que la quería con locura.

En menos de media hora, ya estábamos todos allí. Yo también tenía algo que contarles a todos, pero no lo haría hasta el día de la boda y, en primer lugar, a mi marido.

—Chicos, tenemos que contaros algo —dijo mi hermana, nerviosa.

—Venga, dime que me vas a hacer tía por primera vez, anda —le contesté.

—Pues lo siento, pero eso será cuando tú nos digas que estás esperando a tu segundo hijo. Entonces, y solo entonces, empezaremos a buscarlo nosotros —dijo mi hermana.

—Hija, pues ve tirando los preservativos, porque tu hermana ya está embarazada, aunque ella no haya dicho nada aún —dijo mi madre.

—¿Se puede saber cómo coño te has dado cuenta? —pregunté, y vi que había metido la pata.

Mira que era bocachancla. En vez de decir que era mentira, se me ocurrió soltar esa pregunta por mi boquita.

—Hija, eso no se le puede ocultar a una madre…

—Ni a una suegra, que yo también le he preguntado a mi hijo esta mañana.

—¿Me lo decís en serio? No me lo puedo creer, de verdad.

—El que no me lo puedo creer soy yo. ¿Podemos hablar un momentito a solas, si no te importa? —me dijo David.

Lo cierto es que me preocupó el tono en el que me lo dijo, pues yo no había abierto mi boca en ningún momento.

—David, te prometo que yo…

—Tú me has hecho el hombre más feliz de la tierra, que lo sepas.

A continuación, me dio un beso que me dejó claro que lo de su enfado había sido toda una pantomima para poder estar a solas conmigo.

—No pensaba decirlo hasta el día de la boda, para darte una sorpresa.

—Lo sé, pero las madres tienen un radar para estas cosas.

—Por cierto, que nos hemos venido y no hemos escuchado lo que nos tienen que decir mi hermana y Alberto.

—¿Todavía no te has dado cuenta?

—¿De qué?

—Del anillo que lleva tu hermana en el dedo, uno precioso, por cierto.

Lo dejé allí con la palabra en la boca y me fui hasta donde estaban mi hermana y mi cuñado, y les di un abrazo a los dos.

—Quita, coño, que me vas a arrugar la ropa.

—No sé por qué te muestras tan arisca, cuando en realidad eres como el osito de Mimosín.

—Toma ya, el súmmum de una abogada, que la llamen blandita y, encima, gorda como un oso. Sigue así, hermana, que vas a estar vetada en la boda.

—No digas más tonterías, esa boda yo no me la pierdo. Eso sí, espera a que haya dado a luz, por favor.

—Eso no sé si podrá ser, porque ya tenemos la fecha cerrada. Nos casaremos el doce de junio del año que viene, en el hotel de la plaza.

Mi hermana era así. En cuanto se le proponía un plan, hasta que no dejaba cerrado el último fleco, no respiraba tranquila.

—Alma de cántaro. ¿Cuándo te pidió este hombre que te casaras con él? ¿Hace un mes? —preguntó Carmen, que no la conocía.

—¡Qué va! Hace tres días, pero a mí me gusta dejar todo listo cuanto antes.

—No, si seguro que ya ha mirado hasta el vestido y todo —respondió mi madre.

—Por supuesto. Aunque, en realidad, ya lo había visto el día que acompañamos a Alexia a probarse el suyo.

—¿No me digas que es el que te probaste aquel día, de cachondeo?

—Ese mismo, mamá. Te rogaría que no dijeras nada más, que no dieras más pistas, o lo sabrán todos antes del día de la boda.

—Buena elección, hermanita, estabas preciosa con ese vestido.

Nos dimos un abrazo. Ambas no podíamos estar mucho tiempo sin tener contacto físico con la otra, aunque fuera un simple apretón de hombros.

Mi padre y Alberto se fueron a la barbacoa. A David no lo dejamos, pues una vez tan solo se puso a hacer la carne a la brasa y terminamos pidiendo pizza , porque la puso como Antonio Machín cuando volvió de Francia.

Lucrecia estaba como cortada, pero mi madre, que se dio cuenta, se acercó a ella. Decía que, si yo había decidido dejar el pasado atrás, ella no iba a ser menos.

La que fue mi suegra había vendido la casa en la que vivía con su marido, pues decía que era entrar allí y venirle a la mente todo lo que había pasado.

Con ese dinero, se compró una en la parte trasera de nuestra calle, pero no la puso a su nombre, sino a nombre de los niños, y ella como usufructuaria.

—¿Estáis a gusto? —les pregunté a las dos, que reían en ese momento.

—Más que eso, hija. Estábamos recordando los atuendos de tu boda con Nacho, en la que el principal estropicio fue tu vestido de novia.

—Hija, no sabes lo que me arrepentí cuando te vi con ese vestido, yendo hacia el altar, pero tenía que seguir órdenes.

—¿Órdenes de quién?

—De mi marido, ¿de quién iba a ser, si no? En cuanto le dije el tipo de vestido que estabas buscando, me dijo que mi deber era hacer que su nuera pareciera una mujer respetable, no una fulana.

—Pues si me viera con el que voy a llevar ahora…

—Hace bien, lo que se van a comer los gusanos, que lo disfruten los cristianos —me dijo Carmen, y estallamos en una carcajada.

Mi futura suegra, en cuanto me vio con el vestido puesto, me dijo que no podía ir más bonita y sensual, haciéndome sentir muy bien.