Capítulo 30
Nos levantamos temprano, pusimos el desayuno para los tres y, antes de ir hasta el juzgado, donde nos habían citado a las nueve y media de la mañana, dejamos a Dara en el colegio.
—Dara, mi amor, nosotros tenemos que ir a un recado, y no sé si nos dará tiempo de venir a recogerte.
—Entonces, ¿me recoge el abuelo?
—Pues, si no nos da tiempo a nosotros, sí, te recogerá el abuelo. Te portas bien, ¿sí?
—Mamá, por favor. ¿Cuándo me he portado yo mal? Ni con el abuelo ni con nadie, chavala.
David soltó una carcajada por la manera en la que lo dijo. Cada día la veíamos más recuperada, más feliz e, incluso, más niña.
Eso de más niña os lo explico ahora mismo. Dara había tenido que actuar como una adulta en muchísimas ocasiones, tanto por la actitud de su padre como por la de su abuelo.
Desde que no tenía que hacerlo, la habíamos visto disfrutar más de sus juguetes, de sus compañeros de clase, y eso me hacía tremendamente feliz.
En la puerta del juzgado ya nos estaba esperando Alberto, que estaba hablando con Dayron.
—No quiero que piensen que me quedé con el niño por el tema económico, por lo que, si es necesario, renunciaré a todo lo que le pueda corresponder.
—Dayron, no es necesario que hagas eso —le dije, nada más escucharlo.
—No me dolería en prenda, te lo aseguro.
—Y yo lo sé, lo que has hecho por ese niño ha sido brindarle todo el amor que necesitaba, nada más.
—Y no te puedes imaginar lo que es para mí tenerlo a mi lado.
—Hablando de eso… ¿Cómo te las apañas?
—Pues mira, ahora mismo estoy de baja paternal, por lo de la adopción, y cuando me incorpore, lo haré en administración. Ya tengo el traslado aprobado.
—¿Tienes problemas de adaptación? Al fin y al cabo, es un bebé, que necesita cuidados extras, y puede resultar un tanto pesado, la verdad.
—Para nada. No te voy a negar que muchas veces me siento sobrepasado, porque estaría mintiéndote. Pero luego una sonrisa suya me lo compensa todo.
—Hablas de él con un cariño y una adoración dignos de admirar, amigo —le dijo David.
—No puedo hacerlo de otra forma, David. Es lo único que me queda de ella, del amor de mi vida, y mirar a Daniel a los ojos es como si estuviera mirando a su madre.
—Te entiendo, porque a mí me pasa lo mismo con Dara. Era mi ancla a Alexia cuando todavía no podía estar con ella, cuando tan solo éramos amigos.
—Ya, pero la diferencia es que tú podías verla, aunque no la tuvieras. Yo, que la tenía, la perdí por el odio de una persona que, en vez de proteger a los dos, a ella y al bebé, prefirió pensar que no le servía para nada y acabar con su vida.
Sentir cómo Dayron pronunciaba esas palabras me hizo pensar en lo que estaba sufriendo. Ojalá tuviera la suerte de encontrar a una buena mujer que le acompañara en la vida.
—Vamos dentro, que ya estarán todos en la sala —nos dijo Alberto.
—¿Será como un juicio? Porque no me apetece nada verme en esta tesitura otra vez. Ya tuve bastante cuando lo del secuestro.
—No exactamente, pero sí que estaremos en una sala de vistas o, al menos, eso es lo que tengo entendido.
—Está bien, a ver si terminamos ya con todo esto.
Entramos y, efectivamente, allí estaban ya todos; faltábamos solo nosotros y el juez, por supuesto, que no entraría hasta que no faltara nadie.
Tomamos asiento y esperamos dos minutos, hasta que el juez entró, momento en el que Alberto nos dijo que lo dejáramos hablar a él en el caso de que hiciera preguntas.
—Buenos días, estamos aquí para la disolución del patrimonio de don Ignacio de la Vega, fallecido en Carmona, y acusado de secuestro e intento de sustracción de menores… —dijo el juez.
Nos fue indicando que, tras las investigaciones oportunas y dejando a un lado el tema de las víctimas, que eso no nos incumbía en ese momento, ya tenían una relación patrimonial efectiva.
—Según aparece aquí, por declaración de la madre del fallecido, tenemos dos posibles herederos, Dara de la Vega y Daniel González. ¿Algo más que añadir?
—No, su señoría, son los dos hijos del fallecido.
—Según tengo entendido, al segundo hijo lo han adoptado por el fallecimiento de su madre, derivado de una mala intención de don Ignacio de la Vega.
—Sí, su señoría. El padre adoptante era la pareja de su madre en el momento del fallecimiento —aclaró Alberto.
—Bueno, pues, según lo que consta en la investigación, hemos tomado la decisión de repartir los bienes en partes iguales entre los dos menores. Ambos pasarán a ser propietarios conjuntos de los bienes inmuebles y de la cuenta corriente del padre. Señor Camaño, ¿están conformes las partes?
Alberto nos miró a Dayron y a mí, que asentimos con la cabeza, completamente de acuerdo con la decisión del juez.
A continuación, y cuando ya estábamos a punto de firmar, se levantó Lucrecia, y pensamos que iba a meter la pata, con las ganas que yo tenía de salir de allí.
—Su señoría, también hay un legado que está a mi nombre, como madre del fallecido, y que quiero ceder enteramente a mi nieta Dara, así como una cantidad de dinero depositada en una cuenta que deseo que sea para mi nieto Daniel.
—Señora, ¿no cree que eso debería haberlo comunicado antes de llegar a este punto? —le preguntó el juez, algo enfadado.
—Si me permite, señoría, lo comunicamos a través de mi despacho, con la firma de la señora —intervino su abogado.
—Pues no tengo constancia de ello. Haremos un receso para comprobarlo, y nos veremos de nuevo en un par de horas.
Salimos de la sala y, mientras nosotros decidimos ir a una cafetería cercana a esperar, Lucrecia decidió ir a otro lugar, acompañada de su abogado.
Tenía que comunicarle la decisión que había tomado mi hija, y pensé que ese era el mejor momento. Así no tendría que ir a buscarla más tarde.
—Lucrecia, espera un momento, por favor.
—¿En qué puedo ayudarte, Alexia?
—Me gustaría hablar contigo del tema de Dara.
—Entiendo que la niña no quiera verme, no te preocupes, que lo tengo asumido.
—No es eso, te equivocas al cien por cien. ¿Tomamos un café y lo hablamos tranquilamente, por favor?
Lucrecia accedió a venirse con nosotros a la cafetería. Eso sí, su abogado no la dejaba ni a sol ni a sombra. Debía de pensar que queríamos estafarla o algo, pero nada más lejos de la realidad.
—Tú dirás, Alexia. ¿Qué ha dicho mi nieta?
—Pues Dara ha sido muy sincera, y será mejor que, en vez de escucharlo de mi boca, lo hagas de la suya.
Le hice un gesto a Alberto para que le pasara la grabación que le había hecho la noche anterior a la niña, y eso hizo.
Lucrecia pasó por todos los estados de ánimo en los quince minutos que duró la grabación, para terminar llorando como una niña pequeña.
—Alexia, te prometo que intentaré darle todo el amor que no le di antes, y sí, acepto sus condiciones.
—Pues entonces será mejor que fijemos un día a la semana para que puedas comer y pasar la tarde con ella.
—Elige tú el día que os venga mejor a vosotras, ya que ella quiere que haya alguien delante, y lo veo lógico.
—Si me permites un momento, Daniel no tiene uso de razón todavía, pero a mí también me gustaría que tuviera la figura de una abuela presente en su vida —dijo Dayron.
—¿Me lo estás diciendo de verdad? Muchacho, no te conozco de nada, ni siquiera habré visto a mi nieto pequeño más de un par de veces o tres, pero me acabas de hacer la mujer más feliz del mundo.
—Dayron, ¿qué día te viene a ti mejor? —pregunté, a ver si podíamos hacer coincidir a los dos hermanos.
—Alexia, a mí los sábados me vienen muy bien. Así, si vosotros no podéis, yo me puedo hacer cargo de los dos niños y estar presente en ese encuentro —contestó Dayron.
—Si la abuela está de acuerdo, por mí no hay problema. Aunque entiendo que verse con dos niños, de momento, puede resultar un poquito abrumador.
—¿Abrumador? Para mí sería un sueño hecho realidad. Tengo mucho que expiar, muchas ocasiones en las que no puse a mi hijo en su lugar y evité las humillaciones a las que te viste sometida.
—Eso ya pasó y, si te soy sincera, no quiero volver a recordarlo. Prefiero mirar hacia delante.
—Gracias a los dos, porque mis últimos años serán los más felices de mi vida.
En ese momento entendí que ella había sido tan víctima como yo. Primero por parte de su marido y luego por parte de su hijo.
Lucrecia se marchó. Su abogado le indicó que tenían que ir a firmar no sé qué para su marido, que se encontraba en prisión, y nos dejó allí hasta que llegara la hora de entrar de nuevo.
—Dayron, las propiedades de Nacho, hasta donde yo sé, son dos casas y el coche.
—Alexia, haz con ellas lo que te plazca, de verdad. Todo lo que quiero lo tengo en mi casa, durmiendo en su cunita, a mi lado, todas las noches.
—Ya, pero tenemos que pensar en el futuro de esos niños.
—¿Qué me propones?
—Como las casas son prácticamente iguales, tenemos dos opciones: o ponemos cada una a nombre de un niño, o las vendemos las dos e ingresamos ese dinero en una cuenta para cada uno.
—Creo, sinceramente, que la mejor opción es la primera que me has dado. De ese modo, el día de mañana, cada uno tendrá una vivienda.
—Pues entonces, cuando nos den los datos exactos, nos ponemos de acuerdo en cuál sería para cada uno.
—Entiendo que, para vosotras, es más importante la casa en la que vivíais, así que Daniel se quedará con la otra.
—Esa está alquilada a una familia, así que, tras la muerte de Nacho, tendrías que renovar el contrato o extinguirlo. Eso te lo dejo a ti.
—Pues, la verdad, por un lado, pienso que lo mejor sería que Daniel creciera allí, porque supongo que tendrá jardín…
—Sí, es la contigua a la nuestra.
—Entonces, no tengo nada más que hablar. Nos mudaremos allí y, de ese modo, también crecerán juntos, pues se verán a diario.
—Me parece una idea fantástica, te lo aseguro.
Yo también pensaba mudarme allí. Tras mucho pensar y hablar con mi familia, decidimos que eso era lo mejor para Dara, pues tendría mucho más espacio.
Eso sí, pensaba tirarlo todo y comprarlo nuevo. No quería mirar ese sofá y recordar el momento en el que mi vida casi se terminó, ni acostarme en una cama en la que habían dormido otras mujeres.
Con respecto al dinero de la cuenta, lo íbamos a dividir en partes iguales y traspasar esa cantidad a dos cuentas, una para cada niño, para que así tuvieran un buen colchón para sus estudios el día de mañana.
Al entrar de nuevo en el juzgado, efectivamente, Lucrecia había entregado la petición, pero a la secretaria judicial se le había pasado entregársela al juez.
Para mi hija era el despacho de arquitectura, uno que yo no quería para nada y que decidí, en ese mismo instante, vendérselo al resto del personal que allí trabajaba.
Salí del juzgado con la satisfacción de las cosas bien hechas. Con ese término me refiero a que ya se había terminado todo, que, por fin, podía seguir adelante con mi vida, sin tener que mirar nunca más atrás.
David me miraba, orgulloso, y dejándome que fuera yo la que le dijera a mi familia lo que había sucedido.