Capítulo 29
El viaje fue alucinante, pero no por el sitio, ni por los regalos, ni siquiera por la pedida de mano que me hizo David delante del castillo.
Si fue alucinante, fue por la compañía, por ver a mi hija disfrutar como la niña que era, cayendo rendida nada más llegar por la noche al hotel.
Tenía ganas de volver a casa, pues, en esos días, David y yo no habíamos tenido la intimidad a la que estábamos acostumbrados, y la echaba de menos.
No voy a decir que nos comportáramos como monjes, porque eso no fue así, ya que, en la ducha y en el baño, mientras la niña dormía, nos dejamos llevar unas cuantas veces, pero no era lo mismo.
—Mami, estoy deseando volver al cole y enseñarles a mis amigos lo que hemos comprado, pero no para darles envidia, no te equivoques, sino para compartir mis vivencias.
—Desde luego, que no tienes la cara más dura porque estás a un paso de tenerla de mármol.
—Es que ellos, cuando van de vacaciones en verano a la playa, también me cuentan todo, y yo no puedo contarles nada, porque nunca me ha dado tiempo a hacer gran cosa. Solo llegar y volvernos.
—Eso ya no volverá a pasar, mi niña, te lo prometo. Este verano elige un destino, que nos iremos quince días allí —le dijo David.
—Si yo fuera tú, no le decía eso a la niña, que es capaz de decir que quiere ir a Groenlandia.
—No, mami, que eso está muy lejos. Podemos ir con Dayron y los demás a alguna playa bonita, que tampoco hace falta irse tan lejos.
—Tienes razón, les preguntaré dónde quieren ir, y yo me encargo de todo, que tenemos tiempo —respondió mi prometido.
Yo sabía lo que mi hija quería, y no era otra cosa que pasar tiempo con Daniel. Al fin y al cabo, eran hermanos, aunque el niño llevara los apellidos de Dayron, que lo había adoptado como padre soltero.
—Yo tengo una idea mejor. ¿Qué te parece si alquilamos una casa rural para este fin de semana y hacemos una barbacoa?
—Mamá, desde luego que cuando te pones a pensar, eres la más inteligente del mundo. Eso sería fantástico.
—Claro, y podrían ir tus padres y tu hermana con Alberto, también. Incluso avisaría a mi madre, y así hacemos firme el compromiso —propuso David.
Todavía no conocía a su madre. Había hablado un par de veces por videollamada, puesto que ella vivía en un pueblo más alejado que el nuestro, con su hermana, que ya era mayor y necesitaba ayuda.
—¿Y si no puede, la mujer? No se te vaya a ocurrir presionarla, de verdad que no es necesario.
—Mamá, estoy notando cierto miedo a conocer a mi abuela postiza…
—¡Niña! ¿De dónde te has sacado eso?
—A mí no me mires, que, aunque opine igual que ella, no he abierto la boca.
David levantó las manos en señal de inocencia, pero a mí no me la daba. Lo había hecho a posta para que tuviera que conocer a su madre y no dilatarlo más en el tiempo.
Habíamos llegado a casa y, nada más entrar, me encontré con una citación judicial para el día siguiente, a las doce de la mañana. En el asunto ponía liquidación bienes fallecido, así que supuse que sería por la herencia de Nacho.
Avisé a mi hermana y a Alberto, que no dudaron en venir a casa para tratar de averiguar de qué se trataba ese requerimiento.
—Sí, es por el tema de la herencia de Nacho, además de la de Lucrecia, que ha solicitado darla en vida a sus nietos —dijo Alberto.
—¿Me lo dices de verdad? Porque, cuando estuvo aquí y me lo dijo, no me creí ni una sola palabra.
—¿Lucrecia estuvo aquí? ¿Cuándo fue eso? —preguntó mi hermana, asombrada.
Le conté a mi hermana y a mi cuñado lo que pasó el día del funeral de Nacho, cuando su madre me hizo una visita.
—¿Vas a dejar que vea a la niña?
—Te digo lo mismo que le dije a ella, eso no depende de mí.
—¿Cómo no va a depender de ti, loca? Ni que la niña fuera mayor de edad.
—No, no es mayor de edad, pero sí que tiene la suficiente como para decidir si quiere tener contacto con su abuela o no.
—¿Y ella qué ha dicho? ¿Quiere verla y tratarla?
—Ella no ha dicho nada porque todavía no he hablado con ella.
—Pues no es por ponerte en un compromiso, Alexia, pero deberíamos saber lo que la niña piensa antes de llegar mañana al juzgado, porque puede que su abuela lo reclame —dijo mi cuñado.
—Está bien, ahora mismo hablo con ella.
—Sin intención de intromisión, pero tendría que estar delante, para dar fe de lo que la niña ha dicho, con sus palabras literales.
—Está bien, entonces hablaré con ella aquí.
Me levanté y fui hasta el pasillo para llamar a Dara, que estaba en su habitación, guardando y colocando todo lo que había traído del viaje.
—Dara, cariño, ¿puedes venir un momentito al salón?
—Dime, mamá, ¿qué ocurre?
Mi hija vino de inmediato y, al ver a todos sentados en el salón, pensó que había vuelto a pasar algo, y lo noté en su mirada de miedo.
—No pasa nada, mi vida, es que mamá tiene que hablar contigo, preguntarte una cosita —dijo David.
—¿Voy a tener un hermano de mi madre y tuyo? Lo digo porque, como ya tengo otro de mi padre y Sofía…
—¡Quita, quita! Déjate de hermanos, al menos por el momento.
—Entonces, ¿alguien me dice qué es lo que tenéis que hablar conmigo?
—Pero, si no te callas, ¿cómo voy a contarte nada?
—Vale, vale, ya cierro mi boquita.
—Verás, la abuela Lucrecia vino el otro día a casa…
Le expliqué lo que su abuela había solicitado y cómo yo le había dicho que todo dependía de lo que ella decidiera.
—No te sientas obligada a decir que sí, pero tampoco a decir que no. Haz lo que te diga tu corazón, Dara. No serás ni buena ni mala según la decisión que tomes.
—¿Sabes? La abuela Lucrecia fue la única que me trató con respeto y cariño, pero no puedo olvidar el daño que te hizo a ti, mamá.
—Dara, no se trata de mí ni de lo que me haya hecho. Se trata de ti, de si quieres seguir manteniendo el contacto con tu abuela o no.
—Sí, me gustaría, pero con una persona de mi entorno delante. Quiero decir que no me voy a ir a su casa a dormir ni nada parecido.
—Está bien, preciosa, yo se lo haré saber al juez. Tengo grabado todo como prueba gráfica, así no habrá ninguna duda de lo que ha declarado la niña.
Al final, y viendo que era casi la hora de cenar, pedimos pizzas para todos, y mi hermana y su chico se quedaron con nosotros.
—Dara, cariño, mientras no llega la pizza , ve a darte una ducha y te pones el pijama, que, en cuanto cenes y te laves los dientes, a la cama, que mañana hay cole.
—Voy a estrenar el pijama y a preparar la mochila nueva para el cole.
Mi hija salió corriendo, pasillo adentro, y la escuché trastear en los cajones y entrar en el baño.
—Alberto… ¿Tendremos algún problema mañana?
—No lo creo, porque Lucrecia está dispuesta a colaborar. Otra cosa es lo que pueda pasar con Daniel, que no está reconocido legalmente por Nacho.
—¿Qué se puede hacer en ese caso? Porque no me parece justo que ese niño, que es tan hijo de Nacho como Dara, se quede sin nada.
—Podemos pedir una prueba de ADN que demuestre que Dara y Daniel son hermanos, pero eso ya lo iremos viendo según suceda en el juzgado.
Dayron se había puesto en contacto con Alberto, pues él también había recibido la citación, y le pidió que fuera su representante, al igual que era el mío.
Cenamos entre bromas y risas y, cuando nos quisimos dar cuenta, Dara se había quedado dormida encima de la mesa.
—La llevo a la cama y enseguida vuelvo —dijo David.
—No tardes, cuñado, que creo que nos tenéis que contar algo, por lo que estoy viendo en el dedo de mi hermana.
—Sí, pero eso te lo puede contar ella.
Efectivamente, le conté a mi hermana cómo me había pedido que me casara con él, y le enseñé la foto y el vídeo que nos hizo una señora que estaba a nuestro lado y que me envió por correo electrónico.
Tanto Valeria como Alberto se alegraron mucho por nosotros y nos abrazaron. Primero a mí, luego a David, que había dejado a la niña en su habitación, durmiendo.
—¿Ya tenéis fecha pensada?
—No, la verdad es que no hemos hablado de eso, pero no quiero que tarde mucho en decidirse por una fecha —le dijo David.
—¿Qué te parece que nos casemos en septiembre? No quiero nada pomposo, que con una de esas ya tuve bastante.
—A mí me parece perfecto, tanto la fecha como el que no quieras nada demasiado ostentoso.
—Sí, la familia y poco más.
—Y, por favor, te lo pido, si tu suegra te dice que ese vestido no es adecuado, huye, que no queremos que se repita la historia —dijo Valeria, muy seria.
—¿Perdona? Mi madre jamás le dirá a tu hermana que no se vista de determinada manera. Cómo se nota que no la conocéis —aclaró David.
—Eso mismo decía el cabrón de Nacho, y mira: al final, mi hermana fue a su propia boda vestida como una mesa de camilla.
—Oye, que tan feo no era el vestido.
—No, no era feo para la persona a la que le gustara ese tipo de vestido, que no era tu caso. El traje que escogiste era todo lo opuesto a lo que realmente ibas buscando.
Nos enzarzamos en una discusión sobre ese día, de broma, por supuesto, que nos provocó muchísimas risas.
—¿Te acuerdas de la pamela que llevaba la tía de Nacho? No podía ser más hortera, de verdad.
—Cómo no me voy a acordar, si parecía que se había colocado una antena parabólica en la cabeza.
—Y lo mejor fue la señora que estaba sentada a su lado, que, cada vez que ella giraba la cabeza, tenía que agacharse para que no le metiera la pluma en el ojo.
—No me puedo creer que sea cierto todo lo que me estáis contando, de verdad —dijo David, entre risas.
—¿Qué no? Pero si en mi móvil tiene que haber fotos de ese día. Ahora mismo las busco.
Valeria se levantó para ir a buscar su móvil y, cuando vino, se lo tendió a David, que hasta lloró de la risa al ver los modelitos de las invitadas por parte del novio.
—Creo que le tengo que decir a mi familia que nada de pamelas ni de vestidos extravagantes.
—Sí, por favor, con una boda esperpéntica ya hemos tenido bastante —dijo mi hermana.
—Como mucho, un vestido de flores por familia, te lo ruego —le pedí a David.
El motivo de que le dijera eso a mi chico no era otro que, en mi boda con Nacho, raro era que alguna mujer no llevara flores en el estampado. Era como si vivieran en una eterna primavera, pues teníamos desde girasoles hasta margaritas, pasando por rosas.
Tras un buen rato riendo, mi hermana y mi cuñado decidieron marcharse a su casa, y nosotros nos fuimos a la cama. Ya recogeríamos el salón al día siguiente, pues no teníamos que incorporarnos al trabajo hasta pasado mañana.
—Voy a darme una ducha, que me muero por hacerlo.
—¿Tú solo?
—Bueno, si me acompañas, no te voy a decir que no lo hagas.
David me miró con adoración, y yo le correspondí esa mirada. Era lo que necesitaba ahora, tener mi ratito con mi chico.