Capítulo 28
David
Habían pasado ya dos meses desde el fallecimiento de Sofía. Ese día, hablé con la chica de la agencia, le expliqué lo que había pasado y no dudó en cambiarme el viaje que teníamos preparado para otra fecha.
Y esa fecha era hoy, por lo que estábamos en el aeropuerto, esperando para embarcar en el vuelo que nos llevaría a París.
El pequeño Daniel estaba viviendo con Dayron, al que no dudaron en darle la adopción del niño tras la firma de su tía, que argumentó problemas personales para no tener que hacerse cargo de su sobrino.
Todavía no se había resuelto el tema de la herencia de Nacho, pues, con la investigación sobre su padre, el juez había decidido dejarlo todo parado hasta que se supiera la implicación de cada uno y ver si necesitaban pagar alguna indemnización.
Dayron decidió darle el apellido al niño, pero de manera que quedara reflejado que, en el caso de que le correspondiera algo de la herencia de Nacho, no lo perjudicara y pudiera heredar.
Bueno, a lo que iba, estábamos en el aeropuerto, con Dara atacada de los nervios, pues no sabía dónde iba a viajar.
—Mami, ¿por qué no me lo dices? Anda, sé buena conmigo y dímelo.
—Lo siento en el alma, pero no me acuerdo. Como hace tanto tiempo que David me lo dijo, se me ha olvidado.
—No se dicen mentiras, mamá.
Giró la cabeza hacia donde estaba yo, que disimulaba trasteando con mi móvil. Cuando levanté la mirada del teléfono, me la encontré delante, con los ojos como el gato de Shrek, y no pude reprimir que me saliera una carcajada.
—No te rías. ¿No te da penita una pobrecita niña adorable como yo?
—¿Dónde hay una de esas? —preguntó su madre.
—¡Mamá! Cualquiera que te escuche diría que soy un ogro.
—Un ogro no, pero una ogra… —respondí.
Dara giró la cabeza, completamente sorprendida ante mi comentario, y se puso a hacer un puchero que provocó que, tanto su madre como yo, rompiéramos en una carcajada.
No había visto reírse así a Alexia en todo el tiempo que hacía que nos conocíamos, y me encantó.
Para ella también tenía una sorpresa, que esperaba que no terminara siendo una para mí, pues lo cierto es que tenía mis dudas, no lo voy a negar.
Cuando llegó el momento de embarcar, que lo anunciaron por megafonía, cogimos a Dara de la mano, que todavía no se había dado cuenta de adónde nos dirigíamos.
Cuando llegáramos al aeropuerto de París, nos estaría esperando un coche que nos llevaría hasta el hotel principal del parque de atracciones.
El vuelo transcurrió de la manera más idónea, porque no hubo ni turbulencias, a pesar de que, cuando salimos de España, estaba lloviendo.
Y por fin llegamos al hotel. Le tapamos los ojos a Dara para que no lo viera y, cuando apartamos las manos y descubrió dónde estaba, su reacción fue de lo más emotiva.
—¡Estamos en París! —exclamó.
—Sí, mi vida, es tu regalo de cumpleaños atrasado, ese que te debo desde que estropeé tu fiesta en casa de tu padre —le dijo Alexia.
—Espero que te lo pases de lujo, mi niña, pues tu madre y yo vamos a hacer que este viaje sea inolvidable.
Alexia me dejó claro que, aunque yo hubiera pagado el viaje, el resto de los gastos corría por su cuenta, pero yo no pensaba permitirlo.
Entramos en el hotel y nos dieron la habitación triple que habíamos solicitado, en la que había una cama de matrimonio y una individual para la niña.
Como llegamos a la hora de cenar y teníamos que bajar al restaurante del hotel, donde se encontrarían todas las princesas, se me ocurrió una cosa.
—Mientras vosotras colocáis la ropa, yo voy a bajar un momento a recepción, que se me ha olvidado algo.
—Vale, pero no vayas a tardar mucho, que se nos pasa el horario de la cena en el restaurante.
—No, diez minutos y subo.
Mi idea era que, antes de bajar, la niña tuviera un disfraz de princesa, para que pudiera hacerse fotos con sus personajes preferidos.
—Perdone, ¿dónde podría encontrar un disfraz de princesa para una niña de ocho años?
—Buenas noches, en la tienda del hotel podrá encontrar todo lo que necesite.
—Gracias, muy amable.
Me indicó dónde se encontraba la tienda en cuestión y, al entrar, lo vi. Era justamente el que estaba buscando, y sabía que a Dara le encantaría.
No diré que fue barato, porque estaría mintiendo, pero me daba exactamente igual lo que costara. La sonrisa de esa niña valía hasta el último céntimo que me tuviera que gastar.
—Dara, mira lo que te traigo —dije, cuando entré en la habitación.
—No me lo puedo creer. ¿De verdad has bajado solo para eso?
—Sí, y cuando la niña lo vea, va a alucinar.
Dara apareció por la puerta del baño, donde se encontraba guardando los productos que habíamos traído, y se llevó las manos a la boca, de la sorpresa.
—Mami, ¿puedo ponérmelo ahora?
—Para eso te lo ha traído David, mi vida, para que te lo pongas.
—Gracias, padrino, te quiero muchísimo. Vamos, como de aquí a la Luna, ida y vuelta.
Su madre la ayudó a ponerse el vestido, eso sí, con un jersey debajo, que allí todavía hacía fresquito y no queríamos que se pusiera enferma por ir desabrigada.
Se hizo fotos con todas las princesas, y hasta bailó con alguna de ellas. Después de la cena, entre el jaleo, la sorpresa y el viaje, cuando llegamos a la habitación estaba completamente dormida.
—A ver quién es el guapo que le quita ahora el disfraz y le pone el pijama.
—Vamos, yo te ayudo.
—Sí, porque yo sola me parece que no lo voy a conseguir.
Yo la cogí en brazos mientras su madre le abría la cremallera del vestido y le cambiaba la ropa con todo el cuidado del mundo, procurando no despertarla.
Después, la dejé en la cama y la tapamos con su edredón. Ni siquiera se enteró de que ya estábamos de vuelta en la habitación.
Sabía que, estando la niña allí, no tendríamos sexo, pero no me importaba. Tener a Alexia entre mis brazos, sentir su respiración contra mi piel, era lo único que necesitaba esa noche.
Al día siguiente, delante del castillo, le daría mi sorpresa, y estaba un poquito nervioso. Algo de lo que mi chica, por supuesto, se dio cuenta.
—¿Qué te pasa, David? Es como si algo te preocupara y, a estas alturas, ya me da miedo todo.
—No pasa nada, mi vida. Sigue durmiendo. Será que extraño nuestra cama.
—Si tú lo dices…
Desde el primer momento estábamos viviendo juntos en su casa. Yo alquilé la mía, que era un apartamento de una sola habitación, y me trasladé a la suya.
Intenté relajarme y dormir un poco, o al día siguiente tendría las ojeras como un koala y no estaría bonito salir en las fotos como si fuera un zombi.
Desayunamos en el restaurante del hotel antes de que abrieran el parque. Entramos, y yo no paraba de tocar la cajita que llevaba en el bolsillo, por miedo a perderla.
No aguantaba más, así que, en cuanto estuvimos delante del castillo, y aprovechando que las dos estaban admirando lo que tenían delante, le di un golpecito en el hombro.
Cuando Alexia se giró para ver qué me pasaba, me encontró arrodillado y con el anillo en la mano.
—Mi vida, sé que esto no entraba en tus planes, pero no puedo aguantar más. Te quiero con toda mi alma, y sería un honor compartir el resto de mi vida contigo, como mi mujer. ¿Quieres casarte conmigo?
—David…
—¡Mamá, dile que sí! —exclamaba Dara.
—Por supuesto que sí, pero el honor será el mío, de tener a un hombre como tú a mi lado, como mi marido.
Nos besamos justo después de ponerle el anillo en el dedo. Si nosotros estábamos felices, mucho más lo estaba Dara, hasta que se paró en seco, mirándonos a los dos.
—David, si ahora vas a casarte con mi madre… ¿Te podré llamar papá?
—Mi vida, tú puedes llamarme como quieras, y no solo cuando me case, lo puedes hacer desde ahora mismo.
La niña me abrazó, con lágrimas en los ojos, al igual que su madre y yo, que nos la comimos a besos.
Miraba a Alexia y veía cómo, cuando pensaba que no me daba cuenta, observaba el anillo en su dedo. Eso me hacía sentir pleno. No por lo que había hecho, sino por el sentimiento de protección que despertaba en mí.
Ni que decir tiene que este viaje nos traería muy buenos recuerdos, y no solo los que pudiéramos almacenar en nuestra memoria, sino también por la cantidad de cosas que le compramos a Dara.
Terminó con varios disfraces de princesa, una mochila nueva, pijamas y lápices de colores. Pero lo que más nos encantó a todos fueron las bolas de Navidad que compramos para cuando tuviéramos que poner el árbol.