Llegaste de imprevisto Capítulo 26
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Capítulo 26

Nada más llegar a mi casa, sonó el telefonillo, y pensamos que eran mis padres y mi hermana, que venían para darnos el abrazo que tanto necesitaban, pero me equivoqué.

Al abrir la puerta, pues el portal lo abrí sin preguntar quién era, dando por hecho que eran ellos, me encontré con la persona que menos quería ver en esos momentos.

—Lucrecia, ¿qué haces aquí?

No pensaba seguir llamándola de usted y, mucho menos, adornar su nombre con el «doña» al que ella estaba acostumbrada.

—¿Puedo pasar, por favor?

—¿Crees que es realmente necesario? Dime lo que me tengas que decir y lárgate de mi casa. Demasiado daño me habéis hecho ya en vuestra familia como para que tenga consideración con vosotros.

Lucrecia no era la misma, no se veía igual, y no era por la noticia del fallecimiento de su hijo, al que debería estar velando en esos momentos.

Parecía derrotada, como con miedo. Llamadme loca, pero aparté la puerta y la dejé pasar.

Cuando David se dio cuenta de que estaba en el salón, poco le faltó para entrar en cólera, pero una mirada fue suficiente para que se aplacara y dejara que se explicara.

Dara, junto al bebé, ya estaba durmiendo, por lo que no la vio ni se enteró de nada.

—Tienes cinco minutos para decirme qué haces aquí.

—Pensarás que no son horas, pero llevo mucho tiempo abajo, esperando a que llegarais.

—Pues ya estoy aquí, y no tengo mucho tiempo, estoy cansada. De todo. De luchar en contra de tu hijo, de intentar que mi hija no se sienta culpable, hasta cansada de huir.

—Vengo a pedirte perdón, Alexia. Pensé que, defendiendo a mi hijo, estaba haciendo lo correcto, hasta que me enteré de lo que había hecho contigo.

—¿Y tengo que creerte?

—Sé que te costará muchísimo trabajo, y no te culpo por ello, pero perderlo no ha sido lo más duro a lo que me he tenido que enfrentar.

—¿A qué te estás refiriendo?

—Cuando la policía ha entrado en esa casa, cuando han empezado a investigar, han encontrado varias fosas en el jardín, con algunos cuerpos.

—¿Nacho ha hecho esto más veces?

—No ha sido mi hijo, fue mi marido. Nacho tan solo siguió los pasos que le indicó su padre, nada más.

Lucrecia nos contó que había intentado justificar el comportamiento de su hijo porque era el mismo que había tenido su padre durante toda su vida.

—Pensé que era lo normal en un matrimonio, hasta que me he dado cuenta de que no es así. Yo normalicé un maltrato, y lo que te hacía mi hijo a ti no lo veía nada malo.

—Lo normal es que una pareja se quiera y se respete, Lucrecia, no que se humille y se maltrate.

—Ahora lo sé. Venía a decirte que todo lo de Nacho quiero que sea para ti, su viuda.

—Yo no soy su viuda, soy su exmujer, y todo gracias a un juez, no a que tu hijo firmara. Y no quiero nada que le pertenezca, no para mí.

—¿Qué estás diciendo, Alexia?

—Que ese legado se venderá, y será repartido entre sus dos hijos. Ni Sofía ni yo queremos nada para nosotras.

—No puedes venderlo todo, Alexia. Es el legado de mi familia…

—Una familia que tan solo ha querido hacerle daño a los demás. Un legado envenenado que no quiero que pase a manos de mi hija.

—Está bien, lo único que te pido es que me dejes la casa en la que vivo y el dinero que hay en la cuenta personal de mi marido, para poder vivir.

—Eso no es de Nacho, Lucrecia, eso es tuyo. Cuando hablo de Nacho, me refiero al despacho de arquitectura, a la casa, a los coches y al dinero de las cuentas personales.

—Gracias, Alexia, por dejarme explicarme. ¿Podría pedirte algo más?

—Dime, aunque me imagino lo que es y eso no dependerá de mí.

—Me gustaría tener contacto con mis nietos…

—Con respecto a mi hija, yo no tengo nada que decir. Cuando pasen unos días, porque hablar de esto con ella en este momento no me parece conveniente, se lo consultaré. Si dice que sí, no tendré ningún problema.

—¿Y si dice que no?

—Si dice que no, lo siento por ti, pero no la obligaré a hacerlo.

—Y con respecto al bebé… ¿Podrías hablar con su madre?

—Veo que no sabes lo que tu hijo le ha hecho, pero no te preocupes, que yo te pongo al día.

Le conté cómo nos habíamos encontrado a Sofía y el estado en el que se encontraba en esos momentos.

Se llevó las manos a la cabeza y me pidió que le transmitiera sus disculpas también a ella.

La acompañé hasta la puerta de mi casa, donde se despidió de mí. Quiso darme un abrazo, pero no lo permití.

Podéis pensar que era una antipática o una desagradecida, pero todo esto me había enseñado a mirar por mí en primer lugar, y mi salud mental me decía que no estaba preparada para tal acercamiento.

—¿Cómo te sientes, mi vida?

—Siendo sincera, no sé explicarte cómo estoy. Por un lado, me siento en paz, porque todo está cayendo en su lugar por su propio peso…

—Pero ¿por otro?

—Por otro, me siento desconcertada. ¿He estado viviendo con varios asesinos durante estos años y no me he dado cuenta? ¿Cómo no he notado nada?

—Eso es muy sencillo, Alexia, tenían una careta muy bien fabricada que, con el paso del tiempo, se había adherido tanto a su vida real que no sabían cuándo mentían y cuándo no.

—Tan solo de pensarlo, se me ponen los vellos de punta.

El bebé empezó a llorar, y nos levantamos para ver qué le sucedía. No se quería quedar con el pañal sucio, y eso nos hizo mucha gracia.

Fue cambiarle el pañal, ponerle el chupete de nuevo y caer rendido. Lo habíamos puesto en nuestra habitación, para que dejara descansar a Dara, que lo necesitaba después de todo lo que había pasado.

Nosotros también nos acostamos, perdiéndonos de nuevo en nuestros cuerpos, como nos gustaba a los dos.

Nos habíamos echado tanto de menos en estos meses que, cuando estábamos juntos, saltaban las chispas.

El placer que me proporcionaba David, que con un simple beso era capaz de encenderme hasta el infinito, no lo había sentido antes con nadie.

—¿Cuándo volveremos al trabajo?

—Cuando te sientas preparada, nunca antes.

—Me gustaría llevar a Dara de viaje, los tres, perdernos unos días en cualquier lugar del mundo.

—En cualquier lugar del mundo, no. Porque donde realmente quieres que vayamos es a ese parque tan famoso que está en París, y del que tengo aquí los billetes.

—¿De verdad? ¿Has comprado los billetes para París?

—Sí, estaremos allí cuatro días y luego saldremos para Londres en el Eurotren que une las dos ciudades.

—Mi niña va a disfrutar de lo lindo, te lo aseguro.

—Nos iremos a principios de mes, cuando ya esté todo más estabilizado y, a la vuelta, nos incorporaremos al trabajo.

Nos volvimos a besar, empezando de nuevo nuestra batalla, nuestro maratón sexual, que nos dejaba completamente exhaustos y saciados.

Estábamos completamente dormidos, pues no eran más de las cinco de la mañana, cuando escuchamos a Dara gritar.

Salté de la cama como si me hubieran puesto un petardo en el culo, al igual que David, que me siguió al instante.

Al llegar a la habitación de mi hija y encender la luz, la encontramos llorando y luchando en la cama. Estaba teniendo una pesadilla, y me daba la impresión de que no sería la última.

—Dara, cariño, despierta, que no pasa nada, mi amor. Mamá está aquí, contigo —le susurré.

—¿Mamá? ¿Qué ha pasado?

—Has tenido una pesadilla, princesa —le dijo David, que también se había sentado a su lado.

—No recuerdo nada, y tengo mucho sueño.

—Vuelve a dormir, mi vida, que yo me quedaré aquí hasta que lo hagas.

Mi niña volvió a poner su cabecita en la almohada, cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño. Eso sí, agarrada de mi mano y de la de David.

Nosotros nos miramos, dispuestos a levantarnos y volver también a la cama, pero, antes de hacerlo, Dara nos sujetó aún más fuerte las manos, por lo que no nos quedó más remedio que acostarnos uno a cada lado de ella.

Cuando me desperté y abrí los ojos, Dara continuaba a mi lado, pero de David no había ni rastro.

Sin hacer ruido para no despertar a mi hija, me levanté de la cama y salí al pasillo, desde donde pude ver a David con Daniel en brazos, cantándole mientras le daba el biberón, y supe que sería un gran padre.

—Se ha despertado con hambre, el campeón.

—Ya lo veo. Tengo que llamar a la hermana de Sofía, a ver si ya ha pasado el médico y ha dado el parte, porque lleva ya muchos días sin conocimiento, y eso no me gusta nada.