Llegaste de imprevisto Capítulo 25
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Capítulo 25

Durante unas horas después, todo aquello se convirtió en un caos. Primero, porque Sofía seguía inconsciente en el suelo y no había manera de que volviera en sí.

No sabíamos qué le había suministrado Nacho, pero, al menos, teníamos la tranquilidad de que seguía respirando.

—Nos la vamos a llevar a Sevilla, al hospital Virgen del Rocío, para que la examinen allí —nos dijo uno de los sanitarios.

—No os preocupéis, que yo me quedo con ella —nos indicó Dayron.

—Está bien, el bebé me lo llevaré yo, y así podrás estar más tranquilo; no creo que a ella le importe que lo haga —respondí.

—¿Estás loca? Si te lo llevas tú, no solo es que no le importe, sino que estaría encantada, porque eso significaría que la has perdonado.

Realmente, no sabía si la había perdonado o no, puesto que no me había dado tiempo a pensarlo, pero lo que sí tenía claro era que no iba a abandonar a ese niño a su suerte.

Me dolía, claro que lo hacía, pero no porque fuera hijo de mi exmarido, sino porque representaba la traición de mi amiga. Pero era un niño, y él no tenía culpa de lo que hubieran hecho sus padres.

La policía le tomó declaración a Mercedes, que estaba acompañada por Abel. No se había movido de su lado, cogiéndole la mano, y corroboró todas y cada una de sus palabras.

Se firmó el informe y la declaración de nuestra vecina temporal, y se marcharon, dando paso a los de la funeraria, que venían a recoger el cuerpo de Nacho.

—Ahora sí que se terminó todo, mi amor.

—Y de la peor forma posible. Jamás hubiera querido que Nacho llegara a este punto.

—Lo sé, pero ahora sí que podrás estar completamente tranquila de que no volverá a aparecer, ni en tu vida ni en la de tu hija.

—Sí, pero todavía nos queda lo peor, enfrentarnos a doña Lucrecia y a don Ignacio.

—Ya, pero a esos, en cuanto te molesten, les plantas una denuncia y santas pascuas.

Los sanitarios estaban revisando a Dara, que se encontraba en estado de shock . No entendía cómo su padre había terminado así, y yo la acompañé, intentando que no se sintiera culpable, porque ella tan solo era una niña que no debería haber vivido lo que había sufrido en tan pocos años.

—Dara, mi amor, no te culpes, porque el único culpable ha sido tu padre.

—Ya, pero si yo me hubiera ido con él y no hubiera gritado, esa mujer no le hubiera dado un tiro.

—Entiendo que pienses eso, pero es que…

No encontraba la manera ni las palabras exactas para que mi hija pudiera comprender que, si hubiera actuado como decía, quizás la que estaría en esa funda de la funeraria hubiera sido ella, mi niña.

David, que me vio un tanto apurada, vino a echarme un cable. Me hizo un gesto para que lo dejara a él, y asentí con la cabeza.

—Dara, cariño, mírame.

—Dime, David.

—Sabes el tiempo que mamá ha estado desaparecida, ¿verdad?

—Claro, si contaba los días y les pedía a las estrellas del cielo que me la devolvieran.

—Bien, pues todo este tiempo la tuvo retenida tu padre, encerrada en un sótano y dejando que pasara frío, hambre y sed.

—No, mi padre no pudo hacerle eso. Él me decía que la quería y que, si mi madre hubiera querido, habría vuelto con nosotros.

—No es así, mi vida. No es como tu padre te contó; lo que dice David es cierto. Cada noche, cuando cerraba los ojos, lo único que quería era poder verte y abrazarte, como hice el primer día que te vi.

—Dara, pero lo que tu padre le hizo a tu madre no quedó ahí. Yo la encontré; Sofía y el tío Alberto me ayudaron a ello. Si tardamos un solo día más, mamá habría muerto, porque tu padre le administraba algo para que ella no pudiera escapar.

Mi niña me miraba a mí, para, a continuación, mirar a David, y así alternativamente durante un buen rato.

A estas alturas, mis lágrimas ya corrían por mis mejillas, porque jamás quise que mi hija tuviera que enterarse de lo que me había hecho su padre.

No tenía edad para ello, pero tampoco podía permitir que se culpara de lo sucedido, así que no tuvimos más remedio que hacerlo.

—¿Es cierto eso, mamá?

—Sí que lo es, Dara. Además del tiempo que estuve en ese sótano, también estuve muchos meses en un hospital, debatiéndome entre la vida y la muerte.

—Mi papá… ¿era malo?

—No lo sé, lo que sí sé es que no estaba bien de la cabeza, cariño. Tu padre quería que las cosas se hicieran tal y como él decía o, de lo contrario, se volvía como loco.

—¿Sabes lo que te digo? Que, si tengo que elegir entre tu vida y la suya, prefiero que el que se haya muerto sea él.

—No se trata de elegir, mi niña. Se trata de que tú no tienes la culpa de lo que ha pasado, y eso quiero que te quede claro.

—Ahora lo he entendido, mamá. Gracias, David, por cuidar de nosotras.

—Lo haré cada segundo de mi vida, cariño mío —le respondió David.

Fuimos recogiendo las cosas, pues no queríamos permanecer allí ni un minuto más. Teníamos unas ganas enormes de que Sofía estuviera bien y poder volver a casa.

Ya lo teníamos todo metido en el coche cuando recibimos una llamada de Dayron. Esperábamos que fueran buenas noticias, porque el cupo de las malas ya lo teníamos cubierto.

—Dime, Dayron.

—David, Sofía sigue sin reaccionar. Le han hecho analíticas de todos los colores, y no sale nada que explique el hecho de que esté así.

—¿Entonces? ¿Qué van a hacer?

—Les he preguntado si la podemos trasladar hasta Salamanca en un helicóptero medicalizado, y me han dicho que sí, pero que correrían por nuestra cuenta los gastos…

—No te apures por eso. ¿Cuánto es lo que hay que pagar?

—No tengo tanto dinero. Aun poniendo todos mis ahorros, me faltarían casi veinte mil euros.

—No he dicho nada de que pongas tus ahorros, no va a hacer falta. Dime cuánto es.

Dayron le dijo el importe y David, automáticamente, le hizo una transferencia a la empresa, que quedó en enviar el helicóptero en menos de dos horas.

—Tenemos que avisar a su hermana, no quiero que llegue allí y se encuentre sola.

—Hazlo. Mientras, iremos metiendo todo en el coche, todavía nos faltan algunas cosas por guardar.

Cogí el teléfono y marqué el número de la hermana de Sofía, que no tardó en contestarme ni un segundo.

Sofía me había indicado que quería que lo guardara en mi agenda, por si algún día le pasaba algo, que fuera ella la que decidiera lo que hacer.

—Hola, buenas tardes, soy Alexia, amiga de Sofía…

—¿Le ha pasado algo a mi hermana o a mi sobrino? Como sea así, juro que mato a ese cabrón.

Le conté todo lo que había pasado y que no hacía falta que matara a nadie, pues ya estaba muerto.

—Ahora mismo me voy para el hospital. Indica que me avisen a mí en cuanto lleguen, por favor.

—No te preocupes, que ya lo hemos hecho. Nosotros tardaremos, al menos, unas seis o siete horas en llegar. Ten en cuenta que llevamos dos niños, porque tu sobrino irá con nosotros.

—Sé que te voy a pedir mucho, pero… ¿podrías hacerte cargo de él hasta que pueda organizarme con mi hermana?

—Pierde cuidado, que ya lo estoy haciendo. Ahora, lo primero es Sofía, lo demás ya lo vamos hablando.

Nos despedimos en esa llamada, y quedamos en ir hablando conforme tuviéramos noticias de Sofía.

—¿Todo listo?

—No, me falta despedirme de Mercedes, a la que todavía no he visto.

—Me parece que está ahí, junto al coche de Abel.

Salí de la casa y me acerqué allí, donde mi nueva amiga estaba hecha un mar de lágrimas. En cuanto me vio, se vino para abrazarme.

—¿Por qué tengo tan mala suerte, Alexia?

—¿A qué te refieres?

—Para una vez que encuentro a un hombre que merece la pena, que me hace caso y me trata bien… se tiene que marchar.

—Si lo dices por Nacho, créeme que no era como se presentaba…

—¿Nacho? ¿Quién habla de ese gilipollas? Me refiero a Abel.

—¿Tienes a alguien que te retenga aquí?

—A nadie, porque el difunto —así se refería a su marido— era hijo único y yo tampoco tengo más familia que una hermana, pero que no vive aquí.

—Entonces, ¿por qué no te vienes a Salamanca con nosotros?

—Claro, y si la cosa no sale bien…

—Pues, si no sale bien, si quieres te quedas y, si no, te vuelves a tu pueblo. Fíjate tú qué problema.

—¿Sabes qué te digo? Que tienes razón. Voy a preguntarle a Abel si tiene prisa o si me puede esperar.

—Cuando llegues, me llamas. Si no tienes adónde ir, en mi casa tienes las puertas abiertas.

—¿Cómo no va a tener dónde ir, si yo le he dicho mil veces que se venga a mi casa, que lo intentemos? —dijo Abel, que aparecía con dos maletas.

—¿Me esperas a que recoja mis cosas?

—Por supuesto, preciosa. No tengo más prisa que la que tú quieras que tenga.

—Entonces, nos vemos en Salamanca. Nosotros nos vamos ya, que vamos con los dos niños y no queremos que nos coja la noche en la carretera.

—Te llamo, Alexia.

—Eso espero, Merceditas.

Nos dimos un beso y un abrazo, y cada una se marchó a sus respectivos quehaceres.

Me subí en el asiento trasero, entre los dos niños. Por suerte, el cochecito de Daniel tenía un accesorio para el coche, que servía como silla de seguridad, y que David ancló en el lado izquierdo, mientras que Dara iba en el derecho.

Antes de salir, le di el biberón a Daniel y le cambié el pañal, al igual que le puse la comida a Dara, para ver si no teníamos que parar en un buen trecho.

De todos modos, en los pies de la silla del niño llevaba dos bolsas, una con comida y leche para el bebé y otra con agua y varias bebidas para mi hija y para nosotros.

Emprendimos el camino y, cuando íbamos de viaje, Dayron nos llamó para avisarnos de que el helicóptero ya había llegado y que él se marchaba con Sofía, para no dejarla sola durante el trayecto.

—Dayron, por favor, con cualquier cambio, nos llamas, te lo ruego.

—No te preocupes, en cuanto lleguemos y el médico la vea, te aviso con el diagnóstico.

—Gracias, Dayron.

—A vosotros, Alexia.

Cortamos la llamada y seguimos el camino. Ojalá, cuando llegáramos allí, tuviéramos buenas noticias de Sofía y pronto pudiera volver a la normalidad.

Sabía que teníamos que enfrentarnos al tema de la herencia. Yo no quería nada para mí, pero no iba a permitir que ninguno de los dos niños pasara ningún tipo de necesidad.

No sería fácil que Lucrecia e Ignacio se pusieran de nuestra parte, pero, si era necesario, acudiríamos a un juez y que lo determinara él.

—¿Qué piensas?

—En cómo se habrá tomado Lucrecia la muerte de su adorado hijo y en la herencia, que supongo que será para Dara y Daniel.

—¿De verdad lo crees?

—¿A qué te refieres?

—Pues que yo creo que nada era de Nacho, que todo era de sus padres y que, si ese es el caso, ninguno de los dos verá ni un solo céntimo hasta que esos dos la palmen.

—Si es de ellos, estoy segura de que se lo gastarán todo antes que dejarles nada a los niños.

—Bueno, no adelantemos acontecimientos, que todavía no hemos llegado ni sabemos nada.